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Eleanor Roosevelt en Caracas: el diario que retrató a Venezuela desde la Casa Blanca de Phelps

Mar­zo de 1944. Tras la visi­ta históri­ca de Med­i­na Angari­ta a la Casa Blan­ca, la Primera Dama de Esta­dos Unidos lle­ga a Venezuela y escribe cada detalle. Su diario rev­ela una Cara­cas mod­er­na y desigual, hos­pi­ta­lar­ia y en trans­for­ma­ción, vista des­de la casa de William H. Phelps en Caracas

 

Luis Alber­to Per­o­zo Padua
Peri­odista espe­cial­iza­do en cróni­cas históricas
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@LuisPerozoPadua

 El avión cam­bia de escala y tam­bién de escala históri­ca. Es 23 de mar­zo de 1944 y Eleanor Roo­sevelt deja atrás Atkin­son Field para entrar en ter­ri­to­rio vene­zolano. No es una lle­ga­da impro­visa­da, sino el segun­do acto de una relación que se ha con­sol­i­da­do ape­nas sem­anas antes, cuan­do Isaías Med­i­na Angari­ta es recibido en la Casa Blan­ca por Franklin D. Roo­sevelt en enero de 1944, en ple­na guer­ra mundi­al. Ella estu­vo allí. Aho­ra viene a ver.

La recep­ción en La Guaira tiene nom­bres pro­pios, como si se tratara de una esce­na cuida­dosa­mente ano­ta­da en un cuader­no de campo:

“A nues­tra lle­ga­da, nos reci­bieron el Min­istro de Rela­ciones Exte­ri­ores (Carac­ci­o­lo Par­ra Pérez) y la Sra. María Luisa Osío San­tana de Par­ra Pérez, así como nue­stro Emba­jador Frank P. Cor­ri­g­an y la Sra. (Elsie Natal Bar­rett) Cor­ri­g­an. Via­jé con el Min­istro de Rela­ciones Exte­ri­ores y la Sra. Par­ra Pérez has­ta Caracas”.

A la primera dama norteam­er­i­cana, Eleanor Ros­sevelt, la reci­bieron la primera dama vene­zolana Irma Feli­zo­la Fer­nán­dez y su esposo el pres­i­dente Isaías Med­i­na Angari­ta, pero no en el Pala­cio e Miraflo­res, sino en la casa de William Hen­ry Phelps

No hay anon­i­ma­to en su rela­to. Eleanor escribe con pre­cisión de cro­nista. Reg­is­tra a las per­sonas, los car­gos, los gestos. Y luego describe el trán­si­to hacia la cap­i­tal con una mira­da que com­bi­na asom­bro y método:

“Es una car­retera mar­avil­losa, que ser­pen­tea entre las mon­tañas ofre­cien­do vis­tas panorámi­cas del mar y las mon­tañas, tan­to arri­ba como abajo”.

Ese ascen­so des­de La Guaira no es solo geográ­fi­co. Es sim­bóli­co: el paso de la cos­ta al poder, del puer­to a la cap­i­tal, del trán­si­to a la esce­na política.

Al lle­gar, no hay pausa.

“Al lle­gar a la ciu­dad, fuimos direc­ta­mente al Pan­teón, donde deposité una coro­na de flo­res en la tum­ba de Simón Bolí­var. Es un edi­fi­cio dig­no y her­moso, dig­no del gran lib­er­ta­dor que yace rodea­do de mon­u­men­tos de otros patri­o­tas venezolanos”.

Eleanor no subes­ti­ma el rit­u­al. Entiende que Bolí­var no es solo his­to­ria: es legitimidad.

La ciu­dad que Eleanor recorrió

Cara­cas aparece ante sus ojos como una ciu­dad en tran­si­ción. No es la postal deteni­da en el tiem­po que algunos podrían esper­ar, pero tam­poco una metrópoli con­sol­i­da­da. Es algo inter­me­dio, y ella lo describe con esa clar­i­dad que incomoda:

“La parte antigua de la ciu­dad por la que pasamos es intere­sante, con algu­nas plazas y edi­fi­cios públi­cos encan­ta­dores. Mucha gente vive en las afueras, donde las casas están rodeadas de her­mosos jardines”.

No hay juicio explíc­i­to, pero sí una lec­tura implíci­ta: una ciu­dad frag­men­ta­da entre lo viejo y lo nue­vo, entre el cen­tro históri­co y la expan­sión suburbana.

Esa mis­ma noche, Eleanor lle­ga al lugar que se con­ver­tirá en el ver­dadero esce­nario de su expe­ri­en­cia venezolana:

“Pasamos la noche en casa del señor William Phelps y su esposa Ali­cia Elvi­ra Tuck­er… que es encan­ta­do­ra en todos los sentidos”.

La res­i­den­cia prin­ci­pal de William H. Phelps —la céle­bre “Casa Blan­ca”— esta­ba ubi­ca­da en la Urban­ización El Paraí­so, a la altura de lo que hoy es el cen­tro com­er­cial Paraí­so Plaza, en la aveni­da Páez. Ese dato, hoy pre­ciso y ver­i­fi­ca­ble, per­mite enten­der que Eleanor no habitó un espa­cio abstrac­to de poder, sino un pun­to con­cre­to de la ciu­dad, una direc­ción que todavía puede ubi­carse en el mapa caraqueño.

Y des­de allí, observa.

Visi­ta de Eleonor Roo­sevelt a Cara­cas 1944. Al fon­do obser­va el Dr. Carac­ci­o­lo Par­ra Pérez, can­ciller de Venezuela. A la izquier­da la primera dama vene­zolana Irma Feli­zo­la Fer­nán­dez y su esposo el pres­i­dente Isaías Med­i­na Angarita 

El pun­to exac­to de la historia

La “Casa Blan­ca” de William H. Phelps, donde se hospedó Eleanor Roo­sevelt, esta­ba en la urban­ización El Paraí­so, en la aveni­da Páez, a la altura del actu­al cen­tro com­er­cial Paraí­so Plaza. Ese lugar fue, durante días de 1944, el epi­cen­tro infor­mal de la diplo­ma­cia hem­is­féri­ca en Caracas.

Phelps, el anfitrión que rep­re­senta­ba un país

Para enten­der por qué Eleanor está en esa casa hay que enten­der quién es Phelps. No es solo un empre­sario. Es un con­struc­tor de mod­ernidad. Lle­ga­do a Venezuela a finales del siglo XIX, for­ma­do en Har­vard, decide radi­carse defin­i­ti­va­mente en el país y trans­for­mar su vida cotidiana.

Intro­duce las máquinas de coser Singer y las máquinas de escribir Under­wood —her­ramien­tas fun­da­men­tales para la buro­c­ra­cia mod­er­na—, impul­sa el Almacén Amer­i­cano como sím­bo­lo del con­sumo urbano y dis­tribuye automóviles Ford des­de 1911. En 1930 fun­da Broad­cast­ing Cara­cas, la primera emiso­ra com­er­cial de radio del país, mar­can­do el ini­cio de la comu­ni­cación de masas en Venezuela.

Pero tam­bién es cien­tí­fi­co, ornitól­o­go, explo­rador. Su figu­ra com­bi­na empre­sa y conocimien­to, cap­i­tal y cul­tura. Es, en tér­mi­nos con­tem­porá­neos, un oper­ador de legitimidad.

Por eso Eleanor está allí. Porque la casa de Phelps no es solo cómo­da. Es representativa.

William H. Phelps fundó en 1930 la emiso­ra YB1BC Broad­cast­ing Cara­cas, que pos­te­ri­or­mente pasó a lla­marse Radio Cara­cas Radio

Lo que Eleanor escribió sobre Venezuela

El 24 de mar­zo de 1944, ya insta­l­a­da en Cara­cas, Eleanor Roo­sevelt pub­li­ca una de las descrip­ciones más rev­e­lado­ras del país en ese momen­to. Su tex­to no es pro­pa­gan­da. Es una radiografía.

“La gente de Venezuela se mostró muy amable. Nos salu­daron con la mano y nos hicieron sen­tir muy bienvenidos”.

La hos­pi­tal­i­dad aparece primero. Es el ras­go visible.

Pero inmedi­ata­mente intro­duce el análi­sis estructural:

“Venezuela cuen­ta aho­ra con un gob­ier­no muy pro­gre­sista. Están des­man­te­lando bar­rios mar­ginales y han puesto en mar­cha un pro­gra­ma de vivien­da de bajo cos­to en el cen­tro de Cara­cas. Están capac­i­tan­do a mae­stros y con­struyen­do nuevas escue­las primarias”.

El reconocimien­to es claro y directo.

Sin embar­go, Eleanor no se detiene ahí. La guer­ra, omnipresente en su mira­da, atraviesa tam­bién su lec­tura de Venezuela:

“La guer­ra ha com­pli­ca­do la vida de estas per­sonas debido a la fal­ta de trans­porte marí­ti­mo para sus pro­duc­tos. El cos­to de vida ha aumen­ta­do, así que me imag­i­no que los pobres lo están pasan­do mal…”.

Es una frase que rompe la nar­ra­ti­va oficial.

Y luego, como si antic­i­para un cam­bio históri­co, intro­duce otro tema:

“Actual­mente se está deba­tien­do la cuestión de otor­gar el dere­cho al voto a las mujeres… Casi podría decirse que existe un movimien­to fem­i­nista en este ámbito”.

No es una obser­vación menor. Es el reg­istro de una trans­for­ma­ción en curso.

De izquier­da a derecha: Dr. Car­rac­ci­o­lo Par­ra-Pérez (Can­ciller de la Repúbli­ca de Venezuela), sra. Eleanor Roo­sevelt, Pres­i­dente Isaías Med­i­na Angari­ta, seño­ra Irma de Med­i­na (primera dama de la Repúbli­ca de Venezuela). Durante la cena ofi­cial que el pres­i­dente Med­i­na Angari­ta ofre­ció a la sra. Roo­sevelt en la res­i­den­cia pres­i­den­cial de La Que­bra­di­ta, en ocasión de su visi­ta a Venezuela en Mar­zo de 1944

La diplo­ma­cia sin rigidez

Uno de los momen­tos más rev­e­ladores ocurre lejos del pro­to­co­lo tradi­cional. Eleanor lo deja escrito con naturalidad:

“Tras almorzar en nues­tra emba­ja­da, fuimos a vis­i­tar a la seño­ra Med­i­na Angari­ta… El pres­i­dente y la seño­ra Med­i­na Angari­ta nos reci­bieron a nues­tra lle­ga­da a casa del señor Phelps, y esa noche cen­amos en su casa”.

Ese gesto —el pres­i­dente desplazán­dose a la res­i­den­cia donde se hospe­da la Primera Dama esta­dounidense— rede­fine la eti­que­ta diplomáti­ca. No hay rigidez, hay flex­i­bil­i­dad cal­cu­la­da. Es una for­ma de con­stru­ir cer­canía sin perder jerarquía.

Y la jor­na­da con­tin­ua con una inten­si­dad que Eleanor reg­is­tra sin adornos:

“A las cua­tro lleg­amos a la sede de la Sociedad Amer­i­cana… Luego me reuní con la pren­sa… Para mi sor­pre­sa, había var­ios cientos…”.

La sor­pre­sa no es teatral. Es real. Cara­cas responde.

Una ciu­dad obser­va­da has­ta el últi­mo detalle

Eleanor no igno­ra lo cotid­i­ano. Se detiene en lo que podría pare­cer menor, pero que para ella es esencial:

“Muchos de nue­stros mucha­chos vienen a Cara­cas con per­misos cor­tos… las damas esta­dounidens­es se han orga­ni­za­do como un comité de anfitrionas…”.

Ese sis­tema de hos­pi­tal­i­dad impro­visa­da le parece sig­ni­fica­ti­vo. Es la guer­ra tra­duci­da en gestos domésticos.

Y al final del día, deja una con­fe­sión que cier­ra su mira­da con una nota humana:

“Teníamos casi dos horas para des­cansar… pero real­mente nece­sitábamos des­cansar porque teníamos que escribir esta columna…”.

Ahí está la clave.

Eleanor no solo vive la experiencia.

La con­vierte en texto.

La primera dama Eleanor Roo­sevelt, el pres­i­dente Med­i­na Angari­ta y el pres­i­dente F. D. Roo­sevelt en la Casa Blan­ca. Enero de 1944

Cuan­do su avión despe­ga al día sigu­iente, Cara­cas que­da atrás como una ciu­dad que ha sido vista con aten­ción poco habit­u­al. No des­de la dis­tan­cia diplomáti­ca, sino des­de la prox­im­i­dad de una casa en El Paraí­so, des­de la mesa de una cena, des­de la obser­vación directa.

Y lo que que­da no es una ima­gen ide­al­iza­da, sino algo más valioso: un retra­to com­ple­jo, hecho de avances y ten­siones, de hos­pi­tal­i­dad y desigual­dad, de mod­ernidad en construcción.

Porque en mar­zo de 1944, Venezuela no solo recibió a la Primera Dama de Esta­dos Unidos.

Fue leí­da por ella.

Y esa lec­tura —pre­cisa, incó­mo­da, lúci­da— es la que todavía hoy per­mite enten­der cómo un país quiso mostrarse… y cómo real­mente fue visto.

Eleanor Roo­sevelt, Primera Dama de los Esta­dos Unidos (1933–1945). Activista de los dere­chos humanos y de los dere­chos de la mujer, apoyó ampli­a­mente la políti­ca del “New Deal” de su esposo, el pres­i­dente Franklin Delano Roo­sevelt y buscó con­sol­i­dar lazos de amis­tad entre todos los país­es del con­ti­nente amer­i­cano. Pho­to cred­it: Franklin D. Roo­sevelt Pres­i­den­tial Library

CorreodeLara

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