Aquiles Nazoa fue aprendiz de carpintería, botones y telefonista del hotel Majestic

 

Juan José Peralta
Periodista

Al arquitecto Antonio José López

Aquiles Nazoa era un carajito de diez años cuando a varias cuadras de su casa, aquel 30 de diciembre de 1930 inauguraban al más vistoso hotel que jamás haya tenido el centro de Caracas en toda su historia. No se imaginó el poeta de las cosas más sencillas que trabajaría en aquel lujoso Majestic como escribió otro poeta, José Pulido, “ellos  nunca se imaginaron que su botones y telefonista, Aquiles Nazoa, sería tan inmortal como Gardel”. Tampoco adivinaron que el pianista Aldemaro Romero sería un ícono musical, agregó


Nazoa trabajó allí dos años, de 1932 a 1934, apunta Pulido, “si hubiese trabajado un año más, habría conversado con Gardel”. Al año siguiente el acucioso joven de 15 años ingresó al diario caraqueño El Universal como empaquetador y archivista de clisés, después en la tarea delicada de tipógrafo y más tarde corrector de pruebas, para iniciar una brillante carrera como poeta y humorista en los diarios capitalinos, la radio y la televisión.

Ubicado frente a la antigua plaza de San Pablo y al Teatro Municipal construido por Guzmán Blanco el siglo anterior, el lujoso hotel llamado por Pulido “oasis de la Caracas de los 30’” fue paseo de los caraqueños y alojamiento ideal para artistas y músicos, así como el público asistente a las veladas para el antes y el después de las funciones. “Los que tenían dinero entraban y los demás, que siempre son mayoría, lo veían desde afuera. Tenía una belleza exterior tan interesante como la interior”, era el edificio más alto de la ciudad, primero con la novedad de ascensor y agua caliente en su grifería. ​

Recuerda Pulido que en 1935, unos dos meses antes de su muerte, en el segundo piso se alojó el famoso cantor Carlos Gardel, quien trajo el tango a Caracas y lo llevó a Maracay, apreciado por el general Juan Vicente Gómez con aplausos y morocotas. 

Adriani, brillante huésped

Otro huésped de lujo fue el economista andino Alberto Adriani, fundador del Ministerio de Agricultura y Cría en cien días y después  del Ministerio de Hacienda quien a la vez “inspiró y respaldó la creación del Banco Central de Venezuela, de la Contraloría; la puesta en marcha del Impuesto sobre la Renta y de las reivindicaciones del Estado sobre la riqueza del subsuelo”, asegura Pulido.

Fue el creador de la frase “Sembrar el petróleo”, para muchos atribución errónea a Arturo Uslar Pietri. Esa frase –lo digo yo– no se le podía ocurrir a un patiquín caraqueño sino a un especialista de la agricultura a quien hallaron muerto en su habitación el 10 de agosto de 1936 y aseguran que fue uno de los venezolanos más luminosos del siglo XX.

El joven ministro de 38 años murió de un ataque cardíaco, según las autoridades. Pedro Pablo Paredes dijo que envenenado con substancias que le provocaron el infarto. “Le tenían mucha envidia, era un hombre muy brillante”, corrió el rumor. ​

El recuerdo eterno

El historiador y filósofo Antonio Sánchez García en su crónica “El recuerdo eterno del Hotel Majestic”, publicada en octubre de 2018, contó con nostalgia que no llegó a los veinte años. “Aquella fachada tan singular la veíamos todos los días al caminar calle abajo desde la esquina de La Bolsa hasta el liceo Fermín Toro, de Reducto a Glorieta, donde estudiábamos, mientras en el dancing, o en La Taberna, tocaba el piano un joven como nosotros, Aldemaro Romero, con quien entablamos amistad muchos años después”.

¡Cuando anunciaron su demolición para la construcción de las torres del Centro Simón Bolívar la gente no lo podía creer! Hasta que llegaron las máquinas aquel febrero de 1949 y sus deudos comenzaron a guardar las reliquias del recuerdo de lo cual Sánchez García hizo una detallada lista sentimental: “La gran araña de la entrada, hecha con cristal de Murano, iluminó hasta hace poco la planta baja del desaparecido Hotel Caracas Hilton.

En una casa de Los Chorros, sus propietarios María Inés y Edmundo Reyes, nieta ella de Eloy Pérez y sobrina de Juan Pablo Pérez Alfonso, conservaban un escritorio, un armario, varias sillas de comedor y muchas piezas de mantelería, servilletas, sábanas y escaparates del hotel. Una gran mansión en el Country Club, antes de doblar en la avenida Altamira, exhibe las rejas de hierro del hotel, sus maderas, sus jarrones, sus vitrales, varios de sus muebles, incluso una réplica del salón de recepciones, con las mismas vigas y paredes revestidas de madera y los enormes jarrones de Sévres y los de estilos egipcio y etrusco. Hay también florales, arañas, ceniceros de plata con el anagrama HM, bellas columnas de madera, de estilo salomónico.

Reconstruida, exactamente como el original, se aprecia La Taberna, una especie de tasca española subterránea, con sus paredes de ladrillos y los jamones colgando del techo (aunque la testuz disecada de un toro matado por Paquirri indica que no todo es de aquella época). Y la imitación exacta del juego del comedor salió de las manos de dos ebanistas traídos de España”.

 

Mejor descripción del Majestic no hay que la de Sánchez: “Fachada europea, con las mesas de café desplegadas hacia la acera, y toldos muy graciosos en las ventanas suministraban un ambiente casi exacto al de Barcelona, o quizás de París. Salón de recepciones exponente del lujo asiático. El dancing con techo de arcadas, gran araña de globos blancos, palcos de rejas que dominan la pista de baile. Orquesta todos los días interpretando foxs, valses, pasodobles y tangos de moda. En el comedor, en el café de la calle, en el bar, en la terraza andaluza y en La Taberna, la botella de la Viuda Clicquot costaba Bs. 25, la copa de brandy Martel Cinco Letras Bs. 2, jerez a Bs. 1, un trago de Johnny Walker Etiqueta Negra Bs. 1,50, un Martini Bs. 1,25, un vaso de cerveza Caracas Bs. 0,75, y la cerveza Perrito Bs. 2,50. El cubierto costaba Bs. 12. El hotel ofrecía un salón de belleza (beauty parlor), bajo la dirección de la baronesa T. Steinheul; una insólita piscina, una terraza con sesiones de tennis y de cine, un patio español, una sala de juegos y de gimnasia; gabinetes Luis XVI y Japonés, una sala vanguardista y sus ascensores eléctricos”.

La construcción la comenzó Marcelino Marí, contratado en España por Eloy Pérez, según Sánchez García pero después la encomendaron al arquitecto español Manuel Mujica Millán, quien llegó en octubre de 1927 y se encargó de la obra iniciando su labor reconocida como arquitecto en el país. El dueño se ocupó de todos los detalles que hicieron del Majestic lujoso lugar de encuentro de la crema y nata de la otrora sociedad de América Latina: finos acabados realizados por ebanistas españoles que inmigraron especialmente para otorgar el toque de clase y distinción que envolvió majestuosamente esa década, permitieron el goce y disfrute de quienes se hospedaron en el hotel que hacía honor a su nombre, reza Wikipedia.

En la cúpula de la esquina, un ángel tocaba una trompeta y Pulido encontró la descripción de Rodolfo Izaguirre, del inolvidable momento cuando lo demolieron: “¡Lo vi caer cuando la arremetida de una bola gigantesca derrumbó el hotel! Estaba seguro de que, antes de caer, tocaría por última vez su trompeta para significar que se sacrificaba en aquel estrépito de escombros solo para hacer posible el comienzo de una modernidad urbana intensamente anhelada por los caraqueños, ¡pero no lo hizo! Para mi gran desconsuelo, su caída y el derrumbe de la elegante majestuosidad del Majestic marcaron el final de la inocencia que vivía en mí, protegida por aquella deidad musicante que no reaparecería nunca más en la ciudad”.

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