MicrorelatosTodas Las Entradas

Con infinito amor para Olga Padua

 

CUANDO LUIS DANIEL PEROZO se disponía abrir aquel increíble hallazgo, las manos le temblaban y comenzaba a transpirar copiosamente. Minutos después, permaneció inmóvil, expectante, mirando el manuscrito sin siquiera pestañear. Por un momento se imaginó a su padre redactando aquella histórica nota.

Habían tran­scur­ri­do, 101 años, siete meses y 37 mil 132 días, des­de aquel sagra­do momen­to. Un siglo después, la epís­to­la, que nun­ca llegó a su des­ti­nataria, esta­ba por ser revelada. 

La car­ta, den­tro de un sobre impeca­ble, con sel­lo de lacre donde resalta­ban las ini­ciales ´LP´, mila­grosa­mente bien preser­va­da, fue local­iza­da den­tro de un pequeño cofre de madera y bor­des de pla­ta, el martes 25 de diciem­bre de 2018, en una casa de cam­po en ruinas afin­ca­da en las entrañas de la mon­taña de Terepaima.

El amar­il­len­to sobre, que se man­tu­vo intac­to por la nula exposi­ción a la luz y el oxígeno ausente, esta­ba dirigi­do a Olga Pad­ua, pero lo que rev­e­laría la nota en sí, sería real­mente conmovedor. 

Cabu­dare, abril 27 de 1917

Mi ama­da Olga, hoy he de con­fe­sarte, con infini­ta ale­gría, que escribí tu nom­bre en mi memo­ria por siem­pre y para siempre.

Fue aque­l­la mañana de rocíos cuan­do des­cubrí que cam­iné durante un siglo entero para encon­trar tu mira­da. Sólo me detuve para des­cansar y dormir algu­nas horas, las cuales aproveché para con­ver­sar con Dios, quien a su vez diari­a­mente me indicó el camino, luego pros­eguí nue­va­mente en mi soli­tario y eter­no recor­ri­do en medio de aquel vas­to y desmesura­do reino de recuerdos.

En la incier­ta trav­es­ía, sur­ca­da de tene­brosas veredas, inter­rumpí el tra­ji­nar para bus­carte en las aguas salo­bres de mis propias lágri­mas. Sol­locé atur­di­do por la evo­cación dev­as­ta­do­ra de tu agria par­ti­da, la cual me des­gar­ró aún más las entrañas.

Pese a los tum­bos agóni­cos, en mi mente y corazón ardoroso per­manecía vivo un deter­mi­nante propósi­to: encon­trarme con­ti­go, pero a cada paso, dejé des­perdi­ga­do un pro­lon­ga­do reguero de sus­piros, aque­l­las noches de estrel­las y días de llu­vias grandes que jamás cesaron.

En el tran­scur­rir de esa fría cen­turia, reviví por instantes fugaces mis días infantes a tu lado, anhelando retro­ced­er las agu­jas del reloj de pén­du­lo, pero las tinieblas ago­taron las últi­mas nos­tal­gias que se escur­rieron por las gri­etas de mi memo­ria. No pude verte. 

Me marché en medio de una desilusión sin medi­da, cuan­do se acabó el mun­do, cau­ti­vo de una tram­pa del des­ti­no en la que no tenía val­or para com­pren­der y sortear. Eran las señales pre­mon­i­to­rias de ese desven­tu­ra­do día.

Com­prendí entonces que esta­ba señal­a­do des­de siem­pre por el estig­ma de la soledad, entonces recor­rí miles de kilómet­ros, des­de Alas­ka has­ta la Patag­o­nia sin hal­lar tu ras­tro, inclu­sive me aden­tré para bus­carte una y otra vez, en los con­fines igno­tos de desier­tos inclementes, sel­vas espe­sas y mares profundos.

Me hundí sin asidero en las are­nas movedi­zas de tus recuer­dos. Me sumergí en un letar­go de muerte del que había sido en otros tiem­pos un paraí­so ter­re­nal. Era un tor­belli­no del cual inútil­mente inten­té burlar, pero que con cada paso sucum­bí con pre­mu­ra, no sin antes inten­tar ocul­tar la estela de mis amar­gas lágrimas.

Ahoga­do en mis anh­e­los, luego de la primera cen­turia, un martes de abril, entre la bru­ma y una llu­via tenue, caí tum­ba­do bocaba­jo, ensimis­ma­do en descon­sue­lo atroz.

Y padecí por un momen­to la des­dicha de ser mor­tal, donde mi inven­ci­ble corazón comen­z­a­ba a res­ig­narse en el sopor lento del alien­to que toca­ba la cam­pana de mi hora mor­tal. La vida se me escapó en un últi­mo sor­bo, ape­nas si me sobra­ba un pós­tu­mo instante para mirar las hul­las desven­ci­jadas propen­sas a borrarse.

Mi ros­tro atribu­la­do y mis ojos ane­ga­dos de lágri­mas fáciles tes­ti­fi­caron el infal­i­ble oca­so. Divisé el hor­i­zonte con la mira­da tré­mu­la donde retorn­a­ba el astro rey, ful­gu­rante y abrasador. Con exce­si­vo esfuer­zo lev­an­té la cabeza nue­va­mente y vi apare­cer en medio de la luz inten­sa la ima­gen sub­lime de un sueño refle­ja­do en el espe­jo de otro sueño. Creí verte.

Inmer­so en letar­go me vi, y con el corazón resque­bra­ja­do de dolor dejé escapar cen­tel­las de deses­per­an­za, pero no hice un solo gesto que denun­cia­ra mi des­o­lación. Traté de afer­rarme a la vida. Tendí la mano en el vacío inmen­so, y mila­grosa­mente el úni­co asidero que encon­tré fue la mano mar­avil­losa del arcano de los tiempos.

En cada anochecer insis­to en nue­stro reen­cuen­tro, y al despun­tar la auro­ra, vuel­vo a pros­eguir mi itin­er­ario eter­no. Ten­go la deli­rante sen­sación que han pasa­do entre cien y doscien­tos cuarenta años des­de que comencé a soñarte.

Nadie más habla de ti. No existe huel­la algu­na de tu sendero, pero hay quienes cuen­tan que te han vis­to cam­i­nan­do entre las alti­vas espi­gas de cañame­lar de los pre­dios del Valle del río Tur­bio, incans­able, con aquel áni­mo inde­struc­tible. Te he bus­ca­do mi Olga.

Dejaste un tra­zo de recuer­dos en medio del ver­dor de Tara­bana y El Moli­no. Hoy apun­to estas líneas en papiros como ves­ti­gio infini­to, para que mis hijos puedan hal­larte y cono­certe. Y al tiem­po que esto acon­tez­ca, seguiré vién­dote en la pro­fun­di­dad ine­scrutable de mis sueños de cada amanecer.

Mi grat­i­tud abuela Olga.

Tuyo siem­pre y para siempre

LP

PD
Cuan­do mi cuer­po deje este mun­do, que los papiros per­manez­can bajo la cus­to­dia de Luis Daniel, Gabriel Ale­jan­dro, Andrés Santi­go y Math­ías Marce­lo, y una vez rev­e­la­dos, éstos sean devuel­tos al orgul­loso Tere­paima, en donde pasaste tus días pri­mav­erales. Allí hay parte de ti. Me recon­for­ta saber que algún día los leerás, pues allí estarán para cuan­do deci­das retornar.

Epís­to­la que obtu­vo el Primer Lugar en II Edi­ción Con­cur­so Car­tas des­de el Corazón 2016, orga­ni­za­do por la Alcaldía del munici­pio Palave­ci­no del esta­do Lara

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CorreodeLara

Esᴛᴀ́ ᴜsᴛᴇᴅ, ᴅɪsᴛɪɴɢᴜɪᴅᴏ ʟᴇᴄᴛᴏʀ, ᴇɴ ᴛᴇʀʀɪᴛᴏʀɪᴏ ᴅᴇ ʜɪsᴛᴏʀɪᴀ, ᴅᴇ ʜᴏᴍʙʀᴇs ᴄɪᴠɪʟɪsᴛᴀs, ʏ sᴏʙʀᴇ ᴛᴏᴅᴏ, ᴅᴇ ɢʀᴀɴᴅᴇs ᴀᴄᴏɴᴛᴇᴄɪᴍɪᴇɴᴛᴏs ϙᴜᴇ ᴍᴀʀᴄᴀʀᴏɴ ᴜɴ ʜɪᴛo

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *