Antes de morirme quiero

Xiomary Urbáez
Periodista y escritora


En la hermosa tarde de febrero, desparramadas por el espacio, zanganeaban algunas nubes, impulsadas por el viento ligero llegado del litoral. La corriente balbuceaba entre los muros de los edificios y los almendrones del antiguo Paseo del Prado y de sus calles laterales, bien ajena al griterío.

     Era una comparsa misma el variopinto colectivo. Todas las clases sociales revueltas en alegres contoneos; en carruajes, calesas, quitrines o volantas, a caballo, a pie, con máscaras o como simples espectadores. Las bellas criollas desfilaban desde las decoradas carrozas, con la gracia y la elegancia propia de la mujer caribeña. Desde las ventanas, balcones y azoteas, muchos presenciaban el paseo carnavalesco o tomaban parte, lanzando flores a las bellas ocupantes. El ruido ahogó el extra de un chiquillo, que a viva voz y agitando violentamente el periódico en sus manos, voceaba la noticia.

―El pueblo toma las armas― chilló el muchacho.

     El alzamiento, ocurrido tan solo unas horas antes, ese mismo día, en el pequeño caserío de Baire, muy cerca del pueblo de Jiguaní, en la provincia de Oriente, pasó desapercibido entre la alegre algarabía.

     El norteamericano aplastó con el pie su cigarro, que quedó hecho trizas en el pulido mármol. Casi le arrebató el ejemplar al sorprendido zagaletón, que lo miró con sus grandes y marrones ojos llenos de curiosidad. El hombre de pelo rubio y de recias facciones hurgó en los bolsillos, hasta que consiguió una moneda de cincuenta centavos de dólar norteamericano y se la extendió al pregonero. El muchachito sonrió ampliamente.

―Thank you, sir ―le dijo en perfecto inglés, con el guaguancó propio de los cubanos.

     Nervioso, el hombre abrió el periódico. Una sacudida interna lo hizo palpar en los bolsillos de su saco americano de color beige, el pasaporte y las llaves del hotelito en el que se estaba alojando. Se estremeció.

     Una muchacha disfrazada de Afrodita le pasó por un lado y como al descuido, lo rozó. Él la miro casi sin verla. Por educación, con un virtuosismo ejercitado e indiferente, se obligó a sonreír. Ella coqueta, le devolvió el gesto. El norteamericano acabó por alejarse en una de las calles aledañas.

     Sentado en uno de los bancos, sombreado por un enorme árbol, la imagen de la mujer lo rondó. Centelleó el recuerdo. La vio. Admirándose el cuerpo en el espejo, acunando sus pechos en las propias manos, tan enamorada de ella misma.

     A su alrededor, escuchó las bulliciosas carcajadas mezcladas con ron y algunos cigarros de dimensiones exageradas. Un tabaco de primera pareció agobiar los descomunales labios morados de un gigante negro, de corpulenta musculatura y esquivo talante, que fumaba negligentemente. Las volutas le envolvían el prieto rostro en humo, expelido por boca y nariz. Ensimismado por la humareda intrusa, el norteamericano se disoció.

     El amor es egoísta. Nos encuentra solo para atarnos de mano con fuertes ligaduras, caviló pensativo. Se vio junto a ella, jugueteando en la arena de las escasas playas, mezclando vino, cerveza y whisky, bajando a la carrera por la calle principal, para que el viejo pescador de la casita costera les abriera varias docenas de ostras, sazonadas solamente con limón ¡Ese elogio al desorden, al descarrío, esa alegría de vivir! 

Paseo del Prado, Madrid 1945


 

 

 

 Ella lo había hechizado con su sorprendente hermosura. Ese poder consciente del que no hacía alarde, sino que asumía como condición natural. Cuando la vio por primera vez en ese baile, vestida de color aguamarina, tonalidad común en las costas que los rodeaban; quedó prendado en el embrujo de aquella morena belleza, con ojazos de extrañas inflexiones grises. Debió imaginar que esa apostura tenía visos de peligrosidad.

     Su aspecto perfecto y al mismo tiempo fresco de niña bien, ofrecía un espectáculo tan perturbador, que le pareció exagerado que hiciera mella en el cinismo característico y curtido por las largas horas en el mar, de un raquero, un contrabandista como él. No habría barreras. Lo supo en el mismo momento en que descubrió sus miradas detenidas. El resto del salón bailaba y ellos habían comenzado a desearse.

     El norteamericano se rindió a los pies de la joven damisela, reina de los más granados círculos de la sociedad de Cayo Hueso. En las primeras de cambio, se habían gozado sin límites. Exploraron cada recoveco de sus cuerpos. Una conducta nada decente para una muchacha de su condición.

     La finura y la delicadeza con la que se movía en las fiestas, bastaban para paliar el montaraz aspecto de su carácter. Un hecho que parecía esconder muy bien, dado que encajaba dentro de su plan de “dueña de su destino”. Un secreto bien guardado que le había permitido hacer lo que hacía, sin levantar hasta ahora, la mínima sospecha. En algunos casos (él lo había comprobado arrebatado de celos) sepultaba bajo el encanto femenino, el recelo de cualquier enemigo, cuya sagacidad hiciera peligrar “la misión”.

     Viéndola peinarse después de una tarde de amor, se le antojó al norteamericano que ella nunca escaparía de la autoridad heredada. Un destino que la convertía en una especie de dama de corte feudal. Ella se alisaba, se despeinaba, se volvía a alisar, lo acariciaba, le preguntaba por su cabello, por su rostro, por su cuerpo, por toda ella; mientras él, desde la cama, bebiendo una cerveza, adoraba todos los grados de su frivolidad. Ciertamente no lo vio venir.

     Cuando se lo pidió, no fue en tono suplicante. Más bien lo exigió. Transportar armas en vez de aguardiente, le dijo ¡Es muy fácil! Qué te cuesta, solo tienes que cambiar un rubro por otro. La sorpresa no le permitió moverse por un buen rato. Intentó persuadirla a punta de labia, mientras su mente buscaba los argumentos para convencerla de que esa no era su guerra. Terminó dándole la espalda y alejándose apresuradamente, bajo la fija mirada femenina cargada de reproches.

     Al verlo partir, ella se llenó de rencor. No se quedaría con un pendejo que andaba del timbo al tambo, sacando tesoros de barcos hundidos o mercadeando aguardiente. Para conseguir un mundo mejor hacían falta ideales. Desde pequeña, había escuchado conversaciones políticas de hombres que creían en una sociedad individual, mientras ella, confirmaba su apego por lo colectivo. No podía ser más aprensiva frente a las razones mencionadas por él. Al menos no en el mundo, la nación y la época, que les había tocado en suerte.

     Con el periódico aun en la mano, el norteamericano sintió un escalofrío. El usualmente granítico corazón, comenzó a latir desaforadamente. Ahora lo entendía. Amparada en su condición de hija del cónsul español, ella se movía libremente. Era pieza clave de La Juvenil de Cayo Hueso. Ahora entendía tanto ir y venir. Debió suponerlo… Ella, era una espía.

     A lo lejos, vio el bajo de Regla. En el ambiente carnestolendo de La Habana, pensó en sí mismo. Estaba orgulloso de ser un vago productivo. De luna en luna, había vivido innumerables ocurrencias en noches impregnadas de peligros, música, mujeres de la mala  o de la buena vida, tabaco, infamias menudas y trueques de todo tipo, sin fingir. Era un bohemio, sujeto solamente al espíritu superior; uno que respetaba su condición humana, sin más críticas que las que provenían de su libre albedrío.

     Sin ir muy lejos, la noche anterior, había cenado en compañía de una viuda. Una hermosa y libidinosa pelirroja en sus tempranos cuarentas, descendiente de una rica familia de Santiago, que pasaba más tiempo en Francia que en su tierra natal. El congrí había sido servido sobre platos de finas porcelanas francesas, alemanas e inglesas, como merecía la mesa de una acaudalada mujer cubana. El brandy de sobremesa fue el preludio a la descarada propuesta para que pasaran la noche juntos.

     Una comparsa de bellas gitanas, impregnó el ambiente con el aroma de costosa perfumería francesa, alemana y española. Sonreído notó, que casualmente, se había sentado muy cerca de la casa Guerlain. En su último cargamento, en vez de armas como ella le había pedido, primorosamente envueltos, los empaques de las colonias Mennen, Avon y Revlon, competían por el espacio con las botellas de Brandy y whisky. Tal vez de ahora en adelante, la clase media cubana también tendría derecho a las accesibles fragancias. Eso era revolución pensó compungido. No esa estupidez que ella pretendía.

     Con el calor de la tarde, arreció el deseo por el espumoso y helado líquido de una Tropical. Pretendió animarse y entrar en una de las tabernas, desde donde un grupo de borrachines, entonaba desafinadamente Guantanamera. Yo soy un hombre sincero, de donde crece la palma, y antes de morirme quiero, echar mis versos del alma… Finalizaban el coro, al grito de Cuba Libre. Originalmente era una canción de amor hasta que fue tomada como himno de protesta ¡Esta gente respira política!, pensó. Rápidamente tradujo la letra: I am a truthful man from this land of palm trees. Before dying I want to share these poems of my soul. No pudo evitar la carcajada. El mundo estaba al revés y los culpables eran los activistas.



   Quiso acompañarlos pero le faltaron fuerzas, era tal su desánimo. Culpó a los placeres de la noche anterior, pero para su asombro, a pesar de haberse dejado seducir por los vapores de varias copas y los encantos de la viuda, lo suyo nada tenía que ver con aquel desliz pasajero. Disfrutando del improvisado grupo de cantantes, no se atrevió a discutir con su conciencia.

     Caminó despacio hasta la costa rocosa frente a ciudad. Había una difusa tristeza en la mirada del impávido hombre de piedra. Hasta la orilla llegaba toda clase de inmundicia. Los habaneros no contaban con un sistema de cloacas decentes. Desde las casas cercanas vertían las excretas. El olor y el ejército de zancudos y mosquitos hacía inhóspito aquel espacio de roca y mar que hubiera podido ser hermoso. Sin embargo, más allá, en la costa de agudos arrecifes que terminaba en el monte firme e impenetrable de El Vedado, que alguna vez fue muralla natural ante ataques piratas, existían balnearios de impresionante belleza. En alguno de sus tantos viajes (cuando todavía era felizmente irresponsable), se había instalado bajo una sombrilla, para disfrutar de los recatados trajes de baño y de la picardía natural de las cubanas.

  A la mañana siguiente, despertó sorprendido por el ruido molesto de una gota cayendo sobre un charquito al lado de su cama. Abrió los ojos del todo, fijando mejor la mirada en el origen de la gotera. De las vigas del techo, faltas de mantenimiento, vio desprenderse la próxima chispa de agua. En la pared, la humedad también causaba severos daños. El enyesado lucía descascarado y dejaba ver el barro y la paja de los antiguos adobes. Se estiró y sintió como miles de arpones le traspasaron el cuerpo. Había dormido muy poco y mal. Se sentía agotado. El ánimo exacerbado por la frustración, sumado al sentimiento que se apodera de un ser humano, cuando está a punto de hacer algo que no le gusta, le restó la energía necesaria para tan siquiera discutir contra él mismo.

     Durante la noche de desvelo había decidido que al regresar a Key West, se pondría a las órdenes del pequeño succcubus que estaba haciendo de su vida un infierno. En la duerme vela, mientras exorcizaba sus fantasmas, había planificado la ruta por la cual metería las armas. Por el estrecho de la Florida, caería en el río Santa Ana, desembarcaría en el caserío de Santa Fe, un pueblo costero ubicado al oeste de La Habana, guiado por las fogatas de los ayudantes en tierra. Era perfecto porque allí solo había un ingenio de poca producción. Era poco probable que algunos de los doscientos y tantos esclavos dieran la voz de alerta. Más bien estarían dispuestos a incorporarse a la lucha, pensó con aprehensión. Esto de la independencia los trae de cabezas.

     El Wild Spirit surcaba las picadas aguas infestadas de tiburones. La pequeña goleta de vapor, con casco de madera y aparejo de tres palos, de manufactura inglesa, era perfecta para el breve cruce y, para las incursiones por los cayos de la Florida. El norteamericano se aseguró que la preciada carga estuviera lejos de los coletazos del agua salada que apostaban a humedecerla. Impartió precisas órdenes a los tres tripulantes.

     ―Chequeen la pólvora, la manteca, la mantequilla y el opio―dispuso en tono firme.

     Luego se relajó, fumando un habano, disfrutando de la tan conocida acuarela marina.

     En la costa peligrosamente rocosa y llena de arrecifes, el norteamericano vio los torsos desnudos, sudorosos, bronceados de tanto sol ―casi tan oscuros como los de los negros― de sus compatriotas. Los “concos” que vivían de las esponjas, de la extracción de sal marina o de las labores de rescate de tesoros y salvamento de barcos naufragados. Los saludó. Las botellas de ron cubano que saltaron en el aire, fueron rápidamente alcanzadas por los fuertes brazos.

     Desde hace miles de años, el hombre descubrió que al evaporarse el agua de mar, quedaba la sal marina, reflexionó el norteamericano, mientras los observaba afanados alrededor de las planchas grandes de cemento, donde depositaban el cloruro de sodio para evaporarlo al sol y eliminar el agua sobrenadante.

     Como el de todos los trotamundos, el pasado del norteamericano era un misterio. No obstante, la mundanidad que exhibía registraba una buena educación. El éxito que tenía con las mujeres era innegable. Con los hombres, las relaciones eran cordiales, quizás por aquello de que al enemigo es mejor mantenerlo cerca.

     Al llegar al poco concurrido puerto de Cayo Hueso, fondeó al lado de una nave holandesa que se abastecía de carbón. Más allá, notó la majestuosidad del acorazado USS Maine. Lo primero que hizo el norteamericano fue comprar el periódico para ponerse al día. Cada vez se sentía más sorprendido por el crecimiento de la actividad comercial. El cayo había adquirido una imagen nueva y próspera. Los anuncios, que eran muchos, publicitaban cafés, tiendas de ropa, colegios, academias, teatros y tabaco… mucho tabaco.  

     Al poco rato, ya había despachado su carga sin el menor inconveniente, a pesar de la inquisitiva ronda de un par de individuos que reconoció como enviados del cónsul. Le causó gracia las burdas labores de pesquisa. Espía y divide era la consigna. Para las autoridades españolas era necesario vigilar todo elemento. No contaban con la ayuda del gobierno estadounidense. A pesar de que no era una oposición abierta, a la jurisdicción anglosajona no le hacía gracia apoyarlos. Los asumían como piezas molestas de una lucha forastera. El cónsul sufriría un infarto si supiera que el disidente dormía bajo su propio techo. Alzó los hombros en un gesto de desdén absoluto.

     La muchacha había sabido agradecer el cambio. Los siguientes días, se disfrutaron sin restricciones, tumbados entre las dunas, escuchando las olas, con los muslos desnudos al sol, expuestos a las miradas indiscretas de las gaviotas que volaban cerca dando escandalosos graznidos. Algunas jornadas después, con la suerte sellada y varios besos apasionados que continuarían encendidos en sus bocas, partió el norteamericano. El Wild Spirit cargado hasta los tuétanos de armas, se hizo a la mar en el tranquilo y cálido atardecer.

El norteamericano oteó el horizonte por decimoséptima vez. Estaba inquieto. De pronto, su aguda mirada vio centellear un punto brillante en la línea del horizonte. Se llenó de ansiedad. El punto se agrandaba rápidamente. Probablemente se trataba de una nave. La intranquilidad del norteamericano aumentó. Tanto más cuando “aquello” pareció dirigirse hacia ellos. Pronto vio las luces. Era un barco a vapor. Un relámpago sombrío brilló en sus pupilas. Encogió los ojos al mínimo, en un intento por examinar la inmensa masa de agua. Por entre las olas vio el casco de acero, con tres palos y treinta y dos metros de eslora del bergantín-goleta, venírsele encima. El guardacosta tipo cúter, escupió los primeros cañonazos.

     ―¡Shit!― exclamó el hombre

     Estaban tan cerca de lograrlo. En la distancia, en la vecina orilla, podía ver el resplandor de las fogatas guiando el rumbo. Casi olía el tufillo del humo de la madera ardiente. Frenético, comenzó a desatar uno de los pequeños botes salvavidas.

     ―Trataré de distraerlos. Ustedes sigan y entreguen en tierra el cargamento. A mí no me harán nada. Como mucho, algunos días en prisión- ordenó confiado.

     Sopló un viento fresco que empujó rápidamente la pequeña gabarra, alejándola del Wild Spirit. Lo último que vieron los marineros fue al norteamericano con el fusil en la mano. El hombre miraba con frialdad al temible contrincante. El guardacosta avanzó a toda máquina, arrojando por la chimenea chorros de fumada negra.Mientras se alejaban, en el Wild Spirit escucharon los gritos del capitán, que terminaron por perderse entre el ruido infernal de los cañones.

     ―Shit, shit. I’m not hero. ―aullaba el norteamericano

     Al abordar la barcaza los patrulleros quedaron sorprendidos. Era un estadounidense. El jefe del guardacostas reparó que el joven malherido trataba de decirles algo. Compasivo se agachó y acercó el oído a los labios del rubio moribundo:

Yo soy un hombre sincero, de donde crece la palma, y antes de morirme quiero, echar mis versos del alma…-

Julio 2013

Sirva este cuento para destacar el esfuerzo de aquellos cubanos que entendieron que sin libertad era mejor no vivir, y también para los norteamericanos que los ayudaron. A los actuales ciudadanos de Cayo Hueso, les ofrezco estas palabras de su compatriota, el compositor John Cage: “No hace falta renunciar al pasado al entrar en el porvenir. Al cambiar las cosas no es necesario perderlas.”

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