Vargas y Carujo

 

Reinaldo Rojas
Historiador


Los valientes le temen a los otros hombres; los justos a su conciencia. Y en la república el temor se le debe a la ley, no a los hombres

El enfrentamiento verbal entre Vargas y Carujo nos persigue. Aquellas palabras están en el origen de la nación porque reflejan nuestra concepción del poder político, de su conquista y utilización. Corría el año de 1835 y el conflicto por el poder se anuncia con nuestra primera “revolución”, la Revolución de las Reformas, bajo la jefatura del general Santiago Mariño. 

José María Vargas

Las razones que explican este conflicto han sido tratadas por los historiadores como el resultado de una ruptura en el grupo dominante surgido de la Guerra de Independencia con nuestro primer caudillo, el general José Antonio Páez. Pero también está la contradicción de intereses entre los nuevos amos de la tierra, en su mayoría militares, y una naciente burguesía vinculada al comercio de importación-exportación, a la banca privada y a los gobiernos de Páez, Vargas y Soublette. 

 
También está la contradicción entre las regiones y el centralismo caraqueño que se expresa en las banderas de un movimiento federalista que tiene en figuras civiles como Estanislao Rondón, a sus voceros. Y otra corriente que representa la irrupción del factor militar frente al poder civil de la república. La república es un hecho político y civil, pero la fuerza está en las armas. Esa intervención del elemento militar en la vida política de la nación comienza con la Revolución de las Reformas y tiene en Vargas y Carujo a sus símbolos. 
 
El tema puede parecer lejano, de una Venezuela del siglo XIX que según Antonio Arráez tuvo treinta y nueve (39) revoluciones entre 1830 y 1903. Sin embargo, lo duradero de aquel conflicto son las nociones de poder y de ley que allí van a estar presentes. En su biografía sobre Vargas, Andrés Eloy Blanco recrea el enfrentamiento entre ambos hombres cuando Carujo, a la cabeza del batallón Anzoátegui, pone bajo arresto al presidente Vargas el 8 de julio de 1835. Allí, Carujo le increpa: “Señor doctor, usted sabe ya del pronunciamiento. Evítenos los males tremendos que pueden sobrevenir… Los gobiernos son de hecho”. 
 

Por sufragio

Vargas le responde: “Permítame usted, el gobierno de Venezuela no es de hecho; la nación se ha constituido legítimamente y establecido su gobierno, hijo de un grande hecho nacional y de la voluntad de todos, legítimamente expresada”. Efectivamente, Vargas había sido electo por sufragio en 1835, en contienda con Soublette, candidato de Páez, bajo un sistema electoral de segundo grado, donde solo votaban quienes sabían leer y escribir y contaran con propiedades o con sueldos por el ejercicio de una profesión, oficio o industria. Por eso se denominaban gobiernos oligárquicos y conservadores. ¿Qué más se dicen Vargas y Carujo? 
 
Dice el militar: “El derecho, señor doctor, viene del hecho; una revolución produjo el gobierno que usted ha servido, ésta producirá otro, que más tarde se llamará derecho; la nación acogerá esta causa como acogió aquella”. Es decir, solo la fuerza produce los cambios políticos legítimos y efectivos. Y, ¿quién tiene la fuerza de las armas en la República? 
 
Vargas le responde: “Usted me habla de la voluntad futura de la nación; yo le hablo de la presente. La que usted cita no tiene más autoridad que su palabra; la que yo obedezco está escrita: es la Ley fundamental de la sociedad venezolana, dada por sus legítimos representantes, con verdadera misión. Si el derecho viene después del hecho, ha de ser de un hecho grande, nacional, en el estado primitivo de la sociedad, y no el hecho tumultuario de una guarnición militar, que no puedo, ni debo considerar sino tal como las leyes lo conocen y califican”. 
 

Ejercicio del poder

Entonces, Carujo exclama: “Éste será más tarde un hecho nacional. El mundo es de los valientes”. A lo que Vargas le responde: “No, el mundo es de los justos: es el hombre de bien y no el valiente el que siempre ha vivido y vivirá feliz sobre la tierra y seguro de su conciencia”. El problema de fondo no es el contenido de las demandas sino la forma en que hacemos ejercicio del poder y construimos Estado; la relación entre el momento del hecho y el orden que impone el derecho; la relación entre los valores y las costumbres y el papel de las leyes en un Estado Republicano. 
 
La fórmula de Carujo es la fuerza para crear un nuevo orden. La de Vargas, el respeto al derecho que es el orden. ¿Revolucionarios o conservadores? El problema -nos dice Cecilio Acosta- es que para nosotros, la revolución es cambio de gobierno por la fuerza y ruptura total con el pasado. No dejamos institución en pie para que el caudillo de turno decida por todos. ¿Una costumbre? Bolívar recordaba en 1819 que las costumbres y no la fuerza son las columnas de las leyes. Los valientes les temen a los otros hombres; los justos a su conciencia. Y en la república el temor se le debe a la Ley, no a los hombres. 

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