Manuela Sáenz

 

Cuando amanezca, su hombre partirá al destierro. Sobre el caballo, verá alejarse un saco de huesos, el pecho hundido y en la boca un sollozo ahogado que ni siquiera es por ella, por la separación inminente, sino por la rasgadura que se ha obrado en su gloria


Parada en mitad del camino se esforzará para discernir en medio de la bruma los contornos de la espalda donde esparció, sin medida, aceites para aliviar los músculos averiados en la batalla, besos para avivar la pasión y palabras en susurros para nombrar aquella locura insomne.
 
El amor que una mujer profesa a un hombre tiene siempre algo de piedad, de sobresalto y de indulgencia; por eso cuando contempla al hombre amado en su partida, la amante experimenta tristeza, angustia y temor por la suerte del fugitivo en cuyas diligencias, para procurarse a sí mismo el abrigo y el descanso, no confía.
 
Esta desoladora mezcla de emociones es la que experimenta Manuela Sáenz en la madrugada del 7 de mayo de 1830 cuando observa los esfuerzos de Simón Bolívar por atinar el salto a la cabalgadura que lo lleva al exilio.
 
Los bogotanos no lo quieren ni un día más en su ciudad y el tirano debe salir de ella con lo que tenga; que no es mucho para el momento, apenas 17 mil pesos reunidos con la venta de una vajilla de oro y plata que le regalaran en el apogeo de su fama… y el corazón de una quiteña medio loca e impulsiva que no ha dudado en cruzar varias veces los Andes para ir en su pos, como un cóndor hembra aventado por el deseo.
 

MANUELA, QUIEN NO VOLVERÁ A VERLO DESPUÉS DE ESA DESPEDIDA ENTRE RELINCHOS, tenía entonces 33 años que nadie sabía con exactitud porque ella no los confesaba jamás y que pocos hubieran adivinado porque no los aparentaba ni en su rostro –que mantenía siempre levantado- ni en su pecho, que gustaba de asomar sobre el borde de escotes detenidos justo encima de los pezones.

Había nacido a principios de 1797 en la capital del Ecuador, entonces de 60 mil habitantes, hija adúltera de un español casado con mujer aristócrata y de una quiteña –hija, a su vez, de españoles- de linaje no menos encumbrado.
 
A los pocos años inicia Manuela una peripecia tan intensa, variopinta e inverosímil que sólo apelando a los testimonios de sus contemporáneos es medianamente creíble su historia.
 
La bella y libidinosa muchacha se había pasado casi toda la infancia metida en conventos donde sus padres la enviaron para que la criaran, primero, y la educaran,
después; por lo que, pese a sus lagunas de formación, Manuela sabía leer –y lo hacía con frecuencia- escribía y tenía buenas bases de aritmética.
 
Cuando todavía era una menor de edad, abandonó sigilosamente el convento para apostarlo todo, en lance premonitorio, a un uniforme.
 
El científico francés Jean Baptiste Boussingault, quien la frecuentó en Bogotá y le dedicó veinte páginas en sus Memorias, cuenta que “A Manuelita Sáenz la raptó del
convento el joven oficial Fausto D’Elhuyard, hijo del químico descubridor del tungsteno. 
 
D’Elhuyard padre entró al servicio de España como ingeniero y fue enviado a América. 
 
Manuelita nunca hablada de su fuga del convento. ¿La abandonó al raptor y se reintegró a su familia? Lo ignoro”.
 
El caso es que poco después del dulce secuestro, enterada toda Quito de la audacias de la hija de don Simón Sáenz de Vergara, Manuela abandona su país rumbo a Panamá, donde residía por entonces su padre.
 
Según Victor Von Hagen, autor de La amante inmortal, biografía de Manuela, ella “llegó a Panamá en 1815 para vivir junto a su padre después de la escandalosa aventura con Fausto en Quito.
 
En Panamá Manuela se introdujo en la vida fácil e indisciplinada, donde dio los dio los últimos toques a su educación. Ayudaba a su padre en el trabajo, porque había heredado de él la buena cabeza para los negocios y el amor al dinero.
 
Adquirió dos esclavas personales, aprendió a fumar –cosa que parecían hacer todas las mujeres en Panamá-, y se aficionó a la bebida.
 
Además, en el ambiente de exuberancia tropical del país, descubrió lo que después se llamó “un hechizo secreto para hacerse adorar”. 
 
No era que necesitara recursos afrodisíacos: sus maneras, su modo de caminar y sus movimientos bastaban para despertar en todos los hombres el deseo de poseerla”.
 
En Panamá conoció al médico inglés James Thorne que habría de ser su único esposo.
 
POCO DADA A LAS SIESTAS DE UN SIGLO DE DURACIÓN de la colonia, Manuela se había preparado para la etapa republicana aprendiendo a montar a caballo en la hacienda de su familia, donde también daba las largas caminatas que habrían de entonar su organismo para cruzar el continente a pie.
 
No era pues del tipo de muchacha que gusta pasarse la vida empollando a la espera de que pase algo.
 
Y lo malo es que –según la historia se empeña en repetir- con el doctor Thorne no era que pasara mucho.
 
De manera que, virtualmente separada de su marido, con quien residía en Lima, o escapada por unos días de su autoridad, Manuela Sáenz se encontraba en su ciudad natal cuando Bolívar entró triunfante a Quito enhebrando en su cuello las guirnaldas que le arrojaban las coquetas patriotas, algunas de las cuales pierden la
ideología cuando ven un par de soles en las hombreras.
 
 

“Mistress Thorne”, consignó Germán Arciniegas, “había llegado de Lima días antes, según decía, con la intención de vender un zambo esclavo, ‘sin seguro de vicios, enfermedades públicas ni secretas, libre de obligación, empeño o hipoteca’, y, además, 300 varas de damasco y 237 pañuelos de casimir.

Es posible que Mrs. Thorne –porque todo es posible- dijera la verdad. Pero es posible que no. Mrs. Thorne no era una inglesa boba, sino una quiteña brava y astuta. Pudo dejar Lima por darse unas vacaciones de marido, pues Mr. Thorne era anglicano y aburrido, realista y necio. 
 
Era visible el hecho de que Mrs. Thorne quería echar al aire las canas que no tenía. La vida le brotaba por los poros. Era la impetuosa juventud, la pasión hechas carne y huesos. Prendía candela debajo de un aguacero. Soñaba con un caballero de estatura heroica. Soñaba con… Bolívar”.
 
Y cuando vino a ver, lo tuvo delante. O mejor, debajo, porque el caraqueño pasaba, flaco y eufórico de gloria, debajo de su balcón en el instante en que ella lanzó la corona de flores hacia el centro de la multitud que colmaba las calles.
 
En carta a Santander, Vicente González reseñó que: “No sólo la gente visible de los pueblos, sino hasta el más miserable labrador ha salido a su encuentro, o a coronarlo, o a regalarle rosas.
 
El que menos lo llamaba Moisés y no hubo quien no vertiese lágrimas al verlo”.
 
Para esa época, Bolívar distaba mucho de ser lo que se llama un hombre guapo; y si hemos de atenernos a la descripción que de su aspecto para la época hace el general
Páez, terminaremos por concluir que El Libertador era un adefesio.
 
“Es bajo de cuerpo –un metro con 67 centímetros-“, calcula Páez “hombros angostos, piernas y brazos delgados. Rostro feo, largo y moreno; usa bigote un tanto recortado al filo del labio.
 
Cejas espesas y ojos negros, románticos en la meditación y vivaces en la acción. Pelo negro, también, cortado casi al rape con crespos menudos. (Las patillas y los bigotes se los quitó tres años más tarde).
 
El labio inferior protuberante y desdeñoso. Larga nariz, que cuelga de una frente alta y angosta, casi sin formar ángulo.
 
Es todo menudo y nervioso. Tiene la voz delgada pero vibrante. Y se mueve de un lado para otro con la cabeza siempre alzada y alerta las grandes orejas”.
 
ANTE SEMEJANTE TRAZA, MANUELA TUVO QUE APORTAR BELLEZA para colmar su cuota y también la de su novio, que andaba, como se ha visto, fallo de gracias físicas.
 
Pero lo que le faltaba de estampa lo compensaba con la cabal ofrenda en las arenas de la intimidad.
 
Desde que la conoció en el baile que siguió a su fragorosa irrupción quiteña, Bolívar la procuró para cuestiones de cama todos los días.
 
“Las doce noches –porque sus amores eran discretamente nocturnos-“, asegura Von Hagen “fueron completa y plenamente satisfactorias.
 
Manuela cubrió de tal modo las necesidades que Bolívar, mientras estuvo en Quito, no miró a ninguna otra mujer. Pero esto era únicamente elemento superficial del amor.
 
Comenzó a insinuarse en sus relaciones algo diferente y más hondo, algo que procuraba equilibrio y profundidad al deseo.
 
Manuela conocía –como pocas de las mujeres de Bolívar habían conocido- el valor de los espacios vacíos. Comprendía instintivamente cuándo debía ser tierna y apasionada y cuándo debía escuchar en silencio, mientras la charla devolvía el equilibrio al organismo saciado”.
 
OCHO AÑOS HABRÍAN DE ESTAR JUNTOS –Y SEPARADOS- ESTOS DOS DELIRANTES que hicieron de una guerra contra el Imperio no más que un obstáculo para retrasar sus encuentros y atizar el ardor de sus asaltos.
 
Al principio se separaron varios meses sin volverse a ver y todo parecía indicar que Manuela sería una tez alabastrina más en el récord del enano lúbrico que saciaba sus ansiedades con sangre de hombre en las batallas y con miel de mujer en la ingle.
 
Pero eso era exactamente lo contrario de lo que Manuela Sáenz había determinado. En sus planes no aparecía en absoluto el abandono de Bolívar ni su desamor, mucho menos ser en su vida una queridita más que aguarda el regreso del macho con un pañuelito en la mano y en la otra un recién nacido. Manuela, por lo demás, era estéril.
 
Y como se enguayabó con el caraqueño hasta decir más, más, por favor, más, enfiló todas sus armas hacia la conquista.
 
Y tenía muchas. No sólo su belleza física y su permanente disposición a echar un buen polvo con el hombre que le gustaba, sino, sobre todo, su astucia, su inteligencia y su red de conocimientos acerca de quién era quién en el siglo XIX suramericano (no olvidar que entre sus amistades se contaba el propio José de San Martín, amante de su gran amiga Rosita Campuzano).
 
Además, tenía el muy femenino don de ver en el fondo de los ojos y detectar la vileza y la traición cuando asedian al amado. Fue así como se fue internando en la vida de Bolívar como una niña entra en el mar para ser sacudida por sus designios, pero también como penetra una mujer en una habitación abandonada para poner orden… y su retrato en el dintel.
 
Al poco tiempo, ella era la mujer del Libertador. “Manuela”, dice Von Hagen “era muy estimada por cuantos rodeaban a Bolívar, irlandeses, ingleses o criollos. Veían que esta mujer podía comunicar al Libertador muchas desagradables verdades que ellos no osaban decirle.
 
Estaba enamoradísima, pero tenía el sentido del humor y de las proporciones y no vacilaba en explayarse sobre los defectos de su amante. Manuela se había convertido de pronto en una necesidad vital para el Libertador.
 
En octubre, a pesar de las objeciones del general Lara, Manuela fue incorporada oficialmente al estado mayor de Bolívar.
 
Al propuesta del coronel O’Leary, que llegó a sentir por ella un profundo afecto, quedaron a su cargo los archivos personales del héroe.
 
Tomó muy en serio estos deberes. Y se vistió para la función. Se otorgó a sí misma el grado de coronela y apareció en el cuartel general con casaca azul y vueltas y cuello rojos; en cada una de las charreteras doradas, donde una tira de paño azul indicaba el rango, se hizo bordar una hoja de plata de laurel.
 
Cumplía sus deberes con el fervor que mostraba en todo y pronto quedó tan identificada con las cosas del Libertador, que no pareció en modo alguno outre que estuviera agregada al cuartel general”.
 
GUAPA Y APOYADA, MANUELA SÁENZ LE DIO SABANA A SU EXCÉNTRICA PERSONALIDAD, de cuyos rasgos se tiene noticias por informantes de la época.
 
Jean Baptiste Baussingault, que se pasó horas observándola, escuchándola y escribiendo sobre ella en su diario y en las epístolas que cursaba a su familia, la describe con lujos de detalles.
 
“No confesaba su edad”, se lamenta Baussingault. “Cuando la conocí, representaba veintinueve a treinta años; estaba en todo el esplendor de su belleza irregular: linda mujer, gordita, ojos oscuros, mirada indecisa, tez rosada de fondo blanco, cabellos negros… a veces una gran señora, a veces una ñapanga.
 
Bailaba con igual gracia un minuet o la cachucha… Poseía un encanto secreto para hacerse adorar… Fumaba graciosamente… Sus manos eran las más bellas del mundo”.
 
En 1828, cuando ya Manuela residía en Bogotá a una cuadra de ya saben quién, el francés tomó nota de que: “Manuelita estaba siempre visible; de mañana vestía un negligé que no carecía de atractivo. Los brazos desnudos, sin preocuparse por mostrarlos.
 
Hablaba poco, fumaba graciosamente, su aspecto era modesto. De día solía salir vestida de oficial.
 
De noche se metamorfoseaba, tal vez al influjo de unos vasos de oporto. Indudablemente se ponía colorete.
 
Peinaba artísticamente sus cabellos. Mostraba mucho ímpetu; era alegre, sin finura, y a veces usaba expresiones un tanto atrevidas. Imprudente hasta el exceso, cometía
acciones verdaderamente censurables, sólo por el placer de cometerlas.
 
Un día, cabalgando por las calles de Bogotá, divisó a un soldado de infantería que llevaba el santo y seña colocado en la punta del fusil. Lanzarse al galope sobre el infeliz y arrancarle el santo y seña fue cosa de un instante. El soldado le disparó sin herirla y ella, al momento, se volvió y le entregó el sobre.
 
Adoraba a los animales, entre éstos a un oso insoportable, que tenía el privilegio de rondar por toda la casa. Una mañana llegué a visitar a Manuelita: como todavía no se había levantado, tuve que entrar en su alcoba.
 
Allí vi una escena espantosa. El oso estaba echado sobre ella y le tenía las garras puestas sobre los senos. Al verme entrar, Manuelita me dijo con calma: ‘Don Juan, vaya a la cocina, traiga una taza de leche y póngala a los pies de la cama; este oso del demonio no quiere dejarme’. Traje la leche.
 
El animal lentamente descendió de encima de su víctima. ‘Vea –me decía Manuela, mostrándome el pecho- no tengo ninguna herida’. Una noche fui a su casa.
 
Manuelita se acababa de levantar de la mesa y me recibió en su saloncito. En la conversación elogió la habilidad de las quiteñas en toda clase de bordados, y para probarlo quiso mostrarme una camisa artísticamente hecha.
 
Sin el menor embarazo y de la manera más natural, cogió por el ruedo la que tenía puesta y se la alzó de modo que pudiera examinar la labor verdaderamente notable de sus amigas.
 
Hube de ver, como es natural, algo más que las aplicaciones. ‘Mire, don Juan, cómo están hechas’. ‘Hechas al torno’, respondí aludiendo a las piernas”.  Atento a sus ires y venires, no se le escapó que: “Era generalmente en la noche cuando Manuelita visitaba al general. Llegó allí una vez que no era esperada. Hete aquí que encontró en el lecho de Bolívar un magnífico arete de diamantes.
 
 
Hubo entonces una escena indescriptible: Manuelita, furiosa, quería absolutamente arrancarle los ojos al Libertador. Era entonces una vigorosa mujer; apresaba tan bien a su infiel, que el pobre gran hombre se vio obligado a pedir socorro.
 
Dos edecanes lograron con mucho trabajo librarlo de la tigresa, mientras Bolívar no cesaba de decirle: ‘Manuela, tú te pierdes’.
 
Las uñas, muy bonita uñas, habían hecho tales arañazos en la cara del infortunado que durante varios días no dejó el cuarto a causa de un resfriado, como se decía en el Estado Mayor.
 
Pero durante esos mismos días recibió los cuidados más solícitos, más tiernos, de su querida gata”.
 
En carta a su hermano, dejó constancia de que: “Jonatás, la mulata esclava de la que Manuela nunca se separa; es una muchacha negra de cabello ensortijado y una mujer impresionante, siempre vestida de soldado, salvo en las circunstancias de que te hablaré.
 
Es realmente la sombra de su ama y, aunque esto no es más que murmuración, se dice que es también su amante, conforme a vicio corriente en el Perú.
 
Con unos cuantos compañeros, he sido testigo de este vicio con mis propios ojos. En una tertulia formamos un grupo para asistir a esta ceremonia impura pero muy divertida…”.
 
Y en una ocasión en que Manuela, vestida de coronel, cayó de un caballo, Baussingault estaba ahí para recoger toda la información. 
 
“Por fortuna, el doctor Richard Cheney, un apuesto escocés, estaba con nosotros. Soltó el uniforme del coronel y yo le dije: ‘hágale un examen, doctor; está usted familiarizado con el cuerpo humano’. En realidad, ya lo había hecho antes.
 
‘Es una mujer de una conformación singular’, me dijo. Nunca logré que me explicara cómo estaba conformada.
 
Todo lo que sé es que Manuela poseía un encanto secreto que la hacía adorable. Manuela recobró el sentido, oyó mi observación acerca del examen, abrió un ojo con el que me miró fijamente y me dijo alegremente: ‘Don Juan, es usted un cochinito’. No hubo gran daño. El examen terminó rápidamente y no se descubrió nada serio.
 
Yo estiré los bigotes del coronel –eran unos bigotes cortados a oficiales españoles muertos en Ayacucho, unidos en unos grandes mostachos artificiales y ofrecidos a
Manuela por los vencedores de la batalla”.
 
MITAD AMAZONA, MITAD RAMERA, COMO DESPACHÓ UNO DE SUS BIÓGRAFOS, Manuela Sáenz estaba movida con tanta fuerza por la pasión erótica como por el ímpetu político, el afán independentista, y diera la impresión, también, de que disfrutaba con la provocación.
 
“Todo el tinglado de aquella extravagante conducta”, ensaya Von Hagen, “era una inverosímil fachada para ocultar las verdaderas intenciones, las manipulaciones políticas a favor de los ideales de Bolívar.
 
Aunque muy bella y con mucho dominio de sí misma, sus hechizos eran inferiores a sus talentos y la combinación de unos y otros resulta insuperable.
 
Manuela era muy astuta. Sus notorias locuras eran circunstanciales y, detrás del charro despliegue de su personalidad barroca, demostraba de mil modos una gran capacidad para la intriga política”.
 
“Por las noches”, dice Von Hagen, había fiestas en la Quinta (de Bolívar) y Manuela se presentaba en ella con vestidos de última moda.
 
Estaba en posesión de las últimas revistas –London Mail, Variedades-, y copiaba de ellas vestidos que eran la envidia de todas las mujeres de Bogotá.
 
Cuando apareció con un vestido de terciopelo azul, cola corta bordada en oro, mangas cortas y largos guantes de cabritilla traídos de París, las lenguas de todas las damas soltaron puro veneno. Manuela reaccionaba ante esto como siempre.
Con un total desprecio por los prejuicios sociales, echaba en cara a todas sus propios devaneos.
 
Llegada la noche, en la Quinta, en compañía de la Legión Británica u otras personas de Bogotá, permitía a su esclava que caricaturizara a las mujeres de la ciudad”.
Cuando Bolívar murió en Santa Marta, ella, aún en Bogotá, quiso suicidarse haciéndose morder en un hombro por una serpiente venenosa. 
 
No contaba con que su buen apetito le había granjeado un buen depósito de vitaminas y minerales para hacer frente a cualquier agresión.
 
Sobrevivió, un poco pálida pero más bella todavía. Sus enemigos se lanzaron entonces contra ella y, tras detenerla en una cárcel, la echaron de Nueva Granada.
 
Su primer destino fue Jamaica, de donde salió después de un año pensando, equivocadamente, que podría regresar a su país.
 
No fue así y vino a recalar al puerto peruano de Paita donde la encontró Giuseppe Garibaldi, quien fue “amablemente recibido en la casa de una afectuosa dama que estaba clavada al lecho por un ataque de parálisis que le impedía el uso de sus miembros; pasé la mayor parte del día en un sofá, junto al lecho de la dama… Doña Manuela Sáenz era la más amable y cortés matrona que haya visto jamás.
 
Había disfrutado de la amistad de Bolívar y conocía los más minuciosos detalles del gran Libertador…. Después del día pasado con Manuelita que, por contraste con tantos otros pasados con dolor y debilidad, puedo llamar deliciosos –como pasado en la interesante compañía de esta inválida-, me despedí de ella muy emocionado.
 
Los dos teníamos lágrimas en los ojos, sabiendo con seguridad que era nuestro último adiós en esta tierra”.
 
Poco después Manuela Sáenz sucumbió, víctima de la difteria y su cuerpo fue echado a la fosa común. El atormentador marfil de sus pechos se fundió en la tierra que, sin embargo, no logró aplacar lo que Bolívar calificó de “esta ardiente fiebre que nos devora como a dos niños”.
 

Milagros Socorro
Periodista e historiadora

Revista Exceso

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