El hada del gran río

 

Xiomary Urbáez
Periodista y escritora


La vida en sí es el más maravilloso cuento de hadas
Hans Christian Andersen

En el campamento, hubiera sido muy fácil escuchar
el vuelo de una mosca. Todos dormían a pierna suelta.
El bosque enmudecido, silencioso, arropado por la
sombra inerme, tras la fuerza de un viento vástago de
tifón y de una pesada lluvia, ahora estaba en calma.
Cada gota se había enredado entre las breñas de la
selva. Las mojadas tiendas de campaña habían sido
levantadas a pocos kilómetros de San Carlos de Río
Negro, a orillas del río Casiquiare.

Los jóvenes exploradores, Alexander y Aimé,
habían estado jugando a los naipes, antes de que el
chaparrón los obligara a resguardarse. Durante el día,
el calor había sido intenso; pero al ocultarse el sol,
la fresca brisa abanicó el ambiente. Ambos europeos,
de diferentes países, se comunicaban entre ellos
en francés. Esa tarde, habían estado recordando la
más reciente aventura en las intricados senderos del
enorme cerro caraqueño. Con los cuadernos abiertos,
compartieron datos.

—Estoy seguro de que a Andrés, le hubiera gustado
acompañarnos —dijo Alexander mirando seriamente a
su amigo Aimé.
El maestro venezolano, contemporáneo (ninguno
superaba los treinta años), les había causado una
grata impresión como compañero en la expedición
de El Ávila. Ahora, mientras el inclemente aguacero
aporreaba fuertemente las ligeras casuchas, el grupo
de ocho hombres, incluyendo al cura, los dos guías y los
tres cargadores indígenas, se retiraron a descansar, no
sin antes asegurar las mulas bajo un rústico cobertor
de tela impermeable, levantada muy de prisa.

El viaje en la corbeta Pizarro, desde La Coruña
en España, hasta América del Sur, había acercado a
la pareja de técnicos. Consagrados al juego infinito
del ajedrez, habían pasado las tardes en alta mar
en amena competencia, convencidos de que el
complicado juego era una formidable gimnasia. En
las muchas excursiones, mientras eran martirizados
por los mosquitos, habían fantaseado llamándose
mutuamente la atención. Asombrados, intercambiaban
opiniones.

Hasta el momento, habían recogido muestras de
plantas que llevarían disecadas. Descripciones exactas
de especies muy curiosas o nuevas de insectos,
conchas; medidas barométricas y trigonométricas de
las cadenas montañosas; descripciones geológicas;
operaciones astronómicas, experimentos sobre
la declinación e inclinación magnética; sobre la
temperatura, elasticidad, transparencia, humedad,
carga eléctrica y cantidad de oxígeno de la atmósfera;
dibujos sobre la anatomía de todo lo que los rodeaba,
incluyendo a los miembros de las tribus locales.

En el país montaraz lleno de riesgos que era
Venezuela, habían sido bien tratados por los oficiales
del rey español; cosa que había favorecido sus
recorridos. No obstante, tenían que ser cuidadosos con
las calenturas que dragaban la salud o con los inciertos
caminos por las aguas vehementes, frecuentemente 
revueltas y rebosadas de caimanes y pirañas. En las
misiones regentadas por los sacerdotes, descansaban
de tanto en tanto.

Gracias a las cualidades de Andrés Bello como
competente profesor, hablaban un poco de castellano,
lo cual les permitía mantener una conversación
básica en el enmarañado país. La asistencia de los
nativos, cuyos brazos movían las frágiles piraguas
o cargaban las muestras y con cuyos conocimientos
de la geografía, se aventuraban por los pasos más
conocidos y seguros, estaba haciendo posible el éxito,
de lo que había comenzado como un sueño.

Antes del amanecer, el sonido de un aletear
alarmó al joven Aimé. Sobresaltado, medio dormido,
no dudó en tomar su carabina de Versailles de gran
precisión. El francés agudizó el oído. Los músculos en
tensión preparados para saltar al mínimo movimiento
desconocido. Estiró el brazo libre para sacudir al amigo,
que dormía profundamente muy cerca. Alexander
pensó que una tormenta marina lo zarandeaba,
hundido como estaba todavía, en las profundas garras
de Morfeo.

—Alexander, Alexander, despierta — apremió con
voz firme Aimé, al compañero.
Finalmente, el otro reconoció la voz temblorosa.
Se espabiló rápidamente. El muchacho alemán, se
armó en un santiamén con un par de pistolas de arzón,
también de manufactura francesa. El dúo se mantuvo
en alerta por breves instantes. Nadie más había
despertado. Sin embargo, la naturaleza parecía estar
viva. Abrieron la tela que cubría la entrada de la tienda
de campaña. La altura encapotada por el mal tiempo
pareció rasgarse, permitiendo que se explayara la
túnica de Selene, que como una ninfa, se mimetizó en
una colosal luna, iluminando claramente la humedad
del sendero. A medio vestir, tomaron el atajo que los
condujo hasta un pozo, algo distante de la corriente
del afluente donde se levantaba el campamento.
Allí, sobre las aguas espumosas que resultaban de
una tímida cascada, la advirtieron.
—¿Estoy viendo lo que veo? —murmuró un
pasmado Alexander.
—Si es lo mismo que yo veo —contestó en voz
muy bajita Aimé—creo que si estás viendo lo que ves.
Los ojos de los muchachos estaban abiertos de
par en par. Parecía un ser semidivino. De otro mundo.
Una joven de magnífica belleza. De tez blanca, ojos
claros, larguísimos y negros cabellos, de armónicas
proporciones humanas. Una etérea y alada criatura
que divertida les sonrió.

Ambos, que no podían ser más diferentes, estaban
impactados. Alexander era de elegantes maneras. La
nariz perfilada, los labios plenos y la piel muy blanca,
con sonrosadas mejillas. Parpadeando, achicó los
grises ojos, impresionado. Con la mano de largos y
elegantes dedos, apartó los mechones de su rubio
cabello. Inclinó su elevada estatura tratando de enfocar
a la fantasmagórica visión.

Parado a su lado, los labios delgados de Aimé,
permanecieron apretados. A pesar de que su piel era
ligeramente más bronceada que la de su amigo, en las
circunstancias, lució pálida. El viento movió el espeso,
grueso y oscuro cabello del joven galo, tan alto como
el germano. La poderosa nariz, rasgo destacado de
su faz, hiperventiló. Los dos eran dueños de facciones
inteligentes. En común tenían el interés por las ciencias
naturales y el hecho de que eran europeos. Extranjeros
hurgando en los tesoros de las aguas del Orinoco.

—¿Quién eres? —preguntó Alexander, el primero
que pudo recuperar la voz.
—¡Yo soy el rumor de las hojas. La descarga del
viento! —contestó la aparición, con voz cantarina.
Sin dudas, este era un dibujo que nunca harían, a
riesgo de perder toda la credibilidad, reflexionaron los
exploradores mirándose uno a otro, adivinándose los
pensamientos.
—Soy el enlace entre el mundo visible y el invisible.
Algunas veces me disuelvo y me convierto en arenilla
dorada.
La mujer giró en su eje, mientras miles de chispas
resplandecientes siguieron la trayectoria de la ligera
figura, que parecía rodeada de un halo luminoso.
—¡Es polvo de hadas! —exclamó, revelando lo que
era—. Tiene poderes mágicos porque guarda nuestra
esencia.
Los miró, mientras su rostro mostraba un aspecto
apacible.
—¡Eres un hada! —expresó Alexander.
En su cara apareció una mueca que dejó ver la
emoción ante la insólita situación.
Desde la más tierna infancia, los cuentos de hadas
los habían acompañado. Crecieron con las imágenes de
chicas lindas que con sus varitas salvaban a los príncipes
de los ogros malos. Las leyendas celtas contaban de
seres que merodeaban por los bosques, las plantas, las
rocas, los lagos, los manantiales o las gotas del rocío.
Pero ¿qué era esto que veían? ¿Un hada caribeña?
Somos un par de científicos, pensó Alexander. Esos
cuentos forman parte de nuestra infancia.
Mientras tanto, Aimé parecía estar pasmado de
extrañeza. El muchacho cavilaba acerca de la poca
suerte que habían tenido aquellos que pensaron que

las leyes de los hombres, la razón o la ciencia con su
método, acabarían con la magia. Admiró la capacidad
de los seres humanos para seguir soñando, imaginando
y lo más increíble de todo, entrando y saliendo de
otros mundo. Con el puño se frotó los ojos, en un vano
intento por despertar de lo que todavía creía era una
alucinación.

—¿Cómo es que te podemos ver? —la pregunta
brotó maquinalmente de los labios de Aimé, sin que
éste pareciera controlar el sonido de su voz.
—Soy un ser espiritual, invisible al ojo humano. Los
animales tienen la vista, el oído y el olfato, más agudo.
Ellos sí me notan —murmuró la bella fantasía, dejando
escapar una alegre carcajada y con esa vocecita tan
hermosa que los cautivó por completo.
Ustedes han visto y han escuchado el bosque y a
la corriente del río. Por eso me ven —dijo, mientras la
brisa retozona le movía la vaporosa túnica de tonos
verdes pálidos que la ayudaba a mimetizarse con el
medio ambiente—. Vinieron hasta aquí porque quieren
probar que hay conexión entre los ríos —afirmó
espontánea—.

¡Estoy dispuesta a ayudarlos! —exclamó alegre—.
Ella parecía saber que el principal objetivo de los
jóvenes exploradores, era comprobar las teorías
que afirmaban que los ríos Orinoco y Amazonas, se
comunicaban.
—Y… ¿cómo te lo agradeceremos? —preguntó
Alexander suspicaz—. Su formación lo hacía
naturalmente desconfiado.
—Nada de lo que tienen me hace falta. A mí me
gustan los juegos —contestó ella sonriente.
En el bosque, todavía oscuro, se escucharon los
ruidos de los animalitos.
—Propongo uno. Les daré tres oportunidades para
que acierten mi nombre. Si no lo hacen, la conexión
que buscan, les será negada.
Los muchachos se miraron cómplices. Los acertijos
eran para ellos retos difíciles de rechazar.
—De acuerdo —dijeron ambos.
¿Qué perderían? Mientras el hada arreglaba
vanidosa su brillante cabellera, utilizando el agua del
estanque como espejo, ellos comenzaron a deliberar.
Transcurrieron los minutos.
—¿Te llamas Orquídea? —preguntaron señalando
la bella flor de pétalos lilas, ondulados, que colgaba
cerca de donde estaban.
La linda y graciosa hada, los miró burlona.
Moviendo el índice de su delicada manita, indicó que
no. Ellos retomaron el debate. Cada tanto, le daban
vistazos. Ella parecía rebotar sobre el agua. Un
desnudo pie hacia adelante, y el otro hacia atrás, en
rítmica danza.
—¿Te llamas Cacao? —preguntaron nuevamente—,
esta vez, señalando el árbol, que arrimado a la sombra
de los más grandes, lucía las esplendorosas florecillas
rosas y, creciendo directamente desde su tronco, las
grandes bayas, en tono amarillo purpúreo.
El hada nuevamente rio alborozada. Con la cabeza
negó una y otra vez, haciendo que el cabello bailoteara
a su alrededor como un velo flotante.

Desde aquí me voy al cielo y del cielo volveré;
soy espíritu de bosques y los hago florecer.
Vivo y muero sin parar
ando y ando en este trecho
y en mi éxodo… llego al mar.
Con la ingeniosa estrategia de una adivinanza,
el hada los hizo especular. Los ceños fruncidos
indicaban que los amigos estaban preparando sus
conocimientos.

—Mi nombre empieza con «H» —gritó el hada
juguetona, dando vueltas y vueltas sobre el agua
revuelta.
Después de un momento, Aimé y Alexander la
miraron fijamente. Alborozados se arriesgaron en el
tercer y último intento. Con mucha seguridad afirmaron
al unísono:
—Te llamas Huyaparí. El nombre original del
majestuoso Orinoco.
El hada abrió los claros ojos como platos. Estaba
sorprendida. Levitó hacia ellos. Los abrazó y le dio a
cada uno un fuerte beso.

—Sé que tienen buenas intenciones. Son hombres
de buen corazón. Estudiar las flores, los animales, los
minerales, estos ríos y a sus pobladores, es una bonita
manera de contribuir con el futuro. Pero recuerden no
atentar contra el entorno. Cada muestra que toman,
cada gota de agua que contaminan, es un despojo a
la naturaleza.

Ambos la miraban embelesados, casi sin respirar,
en completo silencio.
—Aimé, como tu apellido Bonpland lo indica, buena
planta, sé cuidadoso con lo que recolectas.
El aludido asintió con la cabeza.
—Alejandro Von Humboldt, tú eres un excelente
artista. Haz dibujos. Retrata este paisaje indómito.
Muéstrale al mundo la corriente majestuosa de este
río.
Con humildad, el muchacho bajó la mirada. El hada
continuó.
—Ustedes proporcionarán a la ciencia una enorme
ampliación. Divulgarán conocimientos delante de
grandes públicos. No obstante, nunca olviden que la
fuerza de los mitos jamás muere. Ni siquiera cuando la
civilización haya alcanzado increíbles desarrollos.
Ellos permanecían callados. Suponiendo ese futuro
del que ella les hablaba.

—Si siguen por este brazo —el hada señaló hacia
la corriente del río Casiquiare. Hallarán lo que buscan.
Es el conector de los dos grandes colosos: Orinoco
y Amazonas. Un largo canal que dependiendo de las
lluvias, corre hacia el Orinoco seis meses al año y otros
seis meses, hacia el Amazonas. Es un fenómeno único
y forma la mayor cuenca fluvial del mundo-

Ya casi amanecía. Aimé miró por encima del hombro
de su amigo Alexander, hacia el agua de tono oscuro.
Observó las llanas y vírgenes orillas bajo la niebla
matutina. La misma bruma que envolvió a Huyaparí,
haciéndola desaparecer ante sus ojos.

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