Un parque huérfano llamado Dinira

 

Juan José Peralta
Periodista


En las sierras de Barbacoas y Portuguesa, entre los estados Lara, Portuguesa y Trujillo se encuentra el Parque Nacional Dinira, decretado el 30 de noviembre de 1988, a fines del próximo mes cumplirá treinta años como zona protegida para cuidar nacimientos de aguas de ríos y quebradas, además de una fauna muy particular propia de la zona

La desgracia de su orfandad reside en que a ninguna de las tres entidades les interesa su desarrollo como área bajo protección y para el turismo ecológico, a la par de generar fuentes de empleo en esta hermosa zona paramera con las bondades de su clima, su paisaje y su gente hospitalaria, amable y cordial.

Sea propicia la ocasión el pasado 27 de septiembre del Día Mundial de la Conciencia Ambiental para evocar la importancia de esta zona “protegida” que ha dejado de serlo pues, como debe ser del dominio público, a este régimen le importa un pepino el país y su desarrollo.

Menos le va a interesar una política ambiental dirigida a fortalecer el cuidado de las áreas protegidas bajo la administración y manejo del menguado Instituto Nacional de Parques, Inparques, ente encargado de todos los parques nacionales en Venezuela.

Vinculado a las cuencas de los ríos Orinoco, Guanare, Motatán y el lago de Maracaibo, por supuesto al río Tocuyo, el nombre de este bello parque deriva de una concepción poética de los indígenas que comparaban la belleza de los senos femeninos con los pliegues de sus colinas. Dinira –según estudiosos de la lingüística de los primeros pobladores– se deriva del vocablo arawaco “dinta”, que significa lomas en forma de senos de mujer, aludiendo al hecho de dar savia y vida. La gente de Trujillo aspiraba que lo llamaran Carache, los de Portuguesa como su sierra y los larenses Barbacoas. Pero Dinira se quedó.

Este parque aún no tiene suficiente señalización adecuada a lo que contribuye su ubicación en espacios de tres estados y ocupa parte de los municipios Carache y Boconó del estado Trujillo (21.824 hectáreas), Monseñor Unda de Portuguesa con apenas 2.352 hectáreas y Morán y Torres de Lara con 21.152 hectáreas.

Además de las carencias de Inparques y la desidia del Ministerio del Ambiente, ahora populistamente llamado de Ecosocialismo y Aguas, los problemas de Dinira deben enfrentar la voluntad de tres gobernaciones y tres asambleas legislativas así como de cinco municipalidades –alcaldías y concejos municipales- para que sus necesidades sean atendidas como merece y he allí las raíces de su orfandad, porque los parques nacionales no son responsabilidad única de Inparques, sino de las entidades locales y regionales, asociadas a su desarrollo ambiental y social.

Como muchos parques en el país, Dinira tampoco tiene plan de ordenamiento, ni reglamento de uso, señalización, linderos que marquen su ámbito o infraestructura adecuada, ni se sabe dónde empieza el área protegida. Su ubicación, en las estribaciones montañosas de los Andes, así como su peculiar geografía con lomas y montañas escarpadas de gran altitud, le confieren un clima único en la región, dominado por bajas temperaturas y formaciones vegetales de páramo. Además de su particular geomorfología, Dinira es también importante refugio de restos fósiles arqueológicos.

Potencialidad turística le dan sus poblados y caseríos además de la quebrada del vino, así llamada por su coloración y su espectacular cascada y muy cerca la cueva de Las Peonías, cercanas al amable poblado de Barbacoas.

Uno de los detalles más importantes de este parque es que en el páramo de Cendé nace el río Tocuyo, la fuente fundamental de importancia hidrológica de abastecimiento del Embalse Dos Cerritos: de allí tomamos sus aguas para los municipios Morán, Jiménez e Iribarren, razón especial para su mantenimiento y protección, lamentablemente descuidado porque en ninguna de las tres entidades regionales donde despliega su rica biodiversidad existe sentido de pertenencia como uno de los lugares privilegiados de la región y algunos de sus parajes han sido invadidos impune e irresponsablemente.

Al estado Lara siempre se le vincula con chivos y cardones y se desconoce su vínculo con la cordillera de los Andes extendida hasta los pies de Barquisimeto y comienza su ascenso desde el Parque Nacional Terepaima y continúa con el Parque Nacional Yacambú hasta Dinira, en una unidad geográfica bajo protección hacia las partes altas de la entidad.

Más sorprendente aún para quienes se enteran de la existencia en su flora de variedades de Espeletias, conocidas como frailejones que sólo imaginan en las zonas más altas del estado Mérida y según los botánicos es posible el vuelo de sus semillas desde la Teta de Niquitao por el cerro de la Culata, aventadas desde el páramo de Guaracamal por los fuertes vientos de la montaña y forma parte de su variada flora, rica en especies endémicas donde cuatro tipos de vegetación compiten en belleza en alturas desde 1.200 hasta 3.500 metros sobre el nivel del mar, a temperaturas desde seis hasta 22 grados.

Debieron tomarse medidas de protección a una flora autóctona de las partes más bajas o sabanas, por la intervención de quienes no entienden la importancia de su existencia, como la de su fauna donde encontramos especies en extinción como el oso frontino o andino, el jaguar o tigre americano y el venado matacán, en sana armonía con cachicamos, lapas, picures, rabipelados, monos capuchinos y araguatos, cuchicuchis, mapurites, venados caramerudos, osos mieleros, zorros, dantas, osos hormigueros, puercoespines y báquiros.

Entre sus frondas de diversos tonos de verde convive amplia variedad de aves que ponen el tono alegre y musical con sus cantos, tucusitos, paujíes copete de piedra, colas de hoja, cristofués, esmeraldas coliverde, pericos de ojo blanco, lechuzas orejudas, gallinas azules, colibríes pechiazul, cardenalitos, guacharacas, carpinteros copete rojo, cucaracheros, querrequeres y pájaros león, entre otros.

Lástima que las tres entidades regionales y las cinco alcaldías de su entorno no hayan tenido mejores iniciativas para promover su protección y convertir a este hermoso parque en lugar aprovechable para turismo interno, sobre todo ahora cuando todo es tan caro para viajar a zonas más alejadas de Barquisimeto y sus ciudades vecinas.

Para Reynaldo Dávila, “hablar de la Cascada del Vino” es hablar de un destino turístico inigualable en Lara” de tranquilidad y paz e invita a conocer su variada vegetación, fauna y especialmente la pureza de sus manantiales.

Mucho oyó Dávila de un lugar larense donde las aguas caen desde 90 metros de altura y su increíble color tinto, “como si proviniera de los mejores viñedos y donde además, hace un clima de montaña muy fresco y agradable. Es indescriptible la maravillosa sensación que experimentas al llegar a la tan nombrada Cascada del Vino ubicada en el municipio Moran de esta entidad regional, en el sector norte del Parque Nacional Dinira a 1.672 Mts sobre el nivel del mar”.

Desde Barquisimeto existen diversas vías que llevan a la Cascada del Vino, una de ellas es la carretera Quíbor – El Tocuyo y en la Ciudad  Madre tomar hacia los Humocaros a la altura de la represa Dos Cerritos. Otra forma es en la vía de la  carretera Panamericana hacia Trujillo y entrar por La Pastora, subir hasta Jabón, seguir a San Pedro y llegar a Barbacoas, todos acogedores poblados de montaña. A solo diez  minutos de esta última población se encuentra la imponente Cascada del Vino. Un lugar inolvidable.

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