CrónicasHistoria

La diplomacia venezolana en Estados Unidos bajo la sombra de Gómez

Luis Alber­to Per­o­zo Padua
Peri­odista espe­cial­iza­do en cróni­cas históricas
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@LuisPerozoPadua

Entre 1908 y 1936, la representación venezolana en Washington fue un engranaje clave del poder de Juan Vicente Gómez. Diplomáticos de alto perfil, petróleo en expansión, neutralidad calculada y férrea disciplina política sostuvieron una relación marcada por conveniencia y evidente desigualdad. Un siglo después, el vínculo bilateral continúa tensado entre desconfianza, sanciones y tímido acercamiento

El 20 de junio de 1908, Esta­dos Unidos rompió rela­ciones diplomáti­cas con Venezuela. Retiró su legación en Cara­cas y con­fió la cus­to­dia de sus archivos e intere­ses a Luis de Lore­na Fer­reira, rep­re­sen­tante diplomáti­co de Brasil. Seis días después, el 26 de junio, Venezuela eje­cutó el retiro ofi­cial de su legación y encar­ga­do de Nego­cios en Washington.

En ese con­tex­to asum­ió Nicolás Veloz Goiti­coa, caraque­ño, como encar­ga­do de Nego­cios ad inter­im. Ya había ejer­ci­do el car­go entre 1905 y 1906. Fue el primer sostén insti­tu­cional en medio de la inter­rup­ción for­mal del vín­cu­lo bilateral.

Las rela­ciones se restablecieron el 13 de febrero de 1909 medi­ante la fir­ma del Pro­to­co­lo para la decisión y arreg­lo de cier­tas recla­ma­ciones. Comen­z­a­ba así una eta­pa de nor­mal­ización bajo la égi­da del ben­eméri­to Juan Vicente Gómez.

Con­viene sub­ra­yar un pun­to esen­cial des­de el rig­or his­to­ri­ográ­fi­co: durante bue­na parte del gome­cis­mo, la rep­re­sentación vene­zolana en Wash­ing­ton tuvo ran­go de Legación, no de Emba­ja­da. La ele­vación for­mal de muchas lega­ciones lati­noamer­i­canas al ran­go de emba­jadas ocur­rió en las décadas de 1930 y 1940. Por ello, los jefes de mis­ión fueron téc­ni­ca­mente min­istros plenipo­ten­cia­r­ios, no emba­jadores en sen­ti­do contemporáneo.

Diplo­ma­cia de estabilidad

Tras el restablec­imien­to asum­ió Pedro Eze­quiel Rojas y Rojas, naci­do en Cumaná en 1837, peri­odista y senador. Fue Envi­a­do Extra­or­di­nario y Min­istro Plenipo­ten­cia­rio des­de 1909 has­ta su muerte en Atlantic City en 1914. A sus funerales asis­tió el pres­i­dente Woodrow Wil­son, gesto que evi­den­ció el niv­el de inter­locu­ción alcanzado.

Luego ocu­paría la mis­ión San­tos Aníbal Domini­ci Otero (1914–1922), médi­co, abo­ga­do, escritor y ex rec­tor de la Uni­ver­si­dad Cen­tral de Venezuela. Su gestión coin­cidió con la Primera Guer­ra Mundi­al y con el despegue petrolero vene­zolano. Neu­tral­i­dad pru­dente y señales de esta­bil­i­dad fueron sus ejes operativos.

Pos­te­ri­or­mente asumirían Pedro Manuel Arcaya Madriz (1922–1926 y 1930–1936) y, entre ambos perío­dos, Car­los Fran­cis­co Grisan­ti Franceschi (1926–1930). Arcaya, jurista e his­to­ri­ador; Grisan­ti, doc­tor en Dere­cho y figu­ra par­la­men­taria. Ambos ges­tionaron una eta­pa en la que el petróleo ya había con­ver­tido a Venezuela en actor energéti­co estratégi­co para Esta­dos Unidos.

Gómez no via­ja­ba, no cul­tiva­ba pres­en­cia inter­na­cional direc­ta. Su políti­ca exte­ri­or des­can­só en inter­me­di­ar­ios capaces de trans­mi­tir orden inter­no, pago pun­tu­al de la deu­da exter­na y garan­tías a la inver­sión extran­jera. Ese fue el ver­dadero eje de la diplo­ma­cia gomecista en Esta­dos Unidos: esta­bil­i­dad políti­ca como aval económico.

José GIl for­toul al cen­tro con su pipa. Luis Felipe Toro. Repro­duc­ción dig­i­tal del orig­i­nal perteneciente a la Colec­ción de Fotografía del Archi­vo Audio­vi­su­al de Venezuela. Cen­tro Nacional de Con­ser­vación Documental

Ros­tro int­elec­tu­al de la dictadura

En esos años tam­bién orbita­ban en la arqui­tec­tura int­elec­tu­al del rég­i­men fig­uras como José Gil For­toul y Manuel Díaz Rodríguez, quienes fueron envi­a­dos a Wash­ing­ton para enten­der­se con el gob­ier­no norteam­er­i­cano, pese a que ninguno fue jefe de mis­ión per­ma­nente en Wash­ing­ton durante el perío­do aquí descrito. Ambos rep­re­sen­taron el ros­tro civ­il y doc­tri­nario del gome­cis­mo en el exterior.

Pero reducir a Gil For­toul a un sim­ple acom­pañante sería un error his­to­ri­ográ­fi­co. Naci­do en Bar­quisime­to en 1861, fue uno de los intele

José Gil For­toul. Bib­liote­ca Nacional de Venezuela His­to­ria de Venezuela en Imá­genes – Fun­dación Polar. Aprox. 1931

ctuales más influyentes del pos­i­tivis­mo vene­zolano. Jurista, his­to­ri­ador, sociól­o­go y políti­co, llegó a ser pres­i­dente pro­vi­sion­al de la Repúbli­ca en 1913 y pres­i­dente del Con­se­jo de Gobierno. 

Su obra, par­tic­u­lar­mente su His­to­ria Con­sti­tu­cional de Venezuela, no solo inter­pretó el pasa­do repub­li­cano, sino que ofre­ció una jus­ti­fi­cación teóri­ca del orden como req­ui­si­to del progreso.

Para el gome­cis­mo, Gil For­toul no era un dec­o­ra­do: era la legit­i­mación doc­tri­nar­ia del autori­taris­mo como fase nece­saria de con­sol­i­dación estatal. Cuan­do fue envi­a­do a Wash­ing­ton, su pres­en­cia comu­ni­ca­ba algo más que cortesía diplomáti­ca; trans­mitía la idea de que el rég­i­men poseía fun­da­men­to int­elec­tu­al y visión histórica.

Manuel Díaz Rodríguez, por su parte, médi­co y nov­el­ista mod­ernista, aporta­ba otra dimen­sión: la cul­tur­al. Autor de Ído­los rotos y figu­ra cen­tral del mod­ernismo vene­zolano, encar­n­a­ba la sofisti­cación lit­er­aria que el rég­i­men quería proyec­tar hacia el exte­ri­or. Su par­tic­i­pación en ges­tiones diplomáti­cas bus­ca­ba mostrar un país no reduci­do al caudil­lis­mo rur­al sino capaz de dialog­ar con los códi­gos cul­tur­ales del mun­do atlántico.

Eran parte del andami­a­je sim­bóli­co que acom­paña­ba la políti­ca exte­ri­or: orden pos­i­tivista, por un lado, refi­namien­to cul­tur­al por otro.

El dis­cur­so castigado

El 19 de abril de 1921, durante la inau­gu­ración de la estat­ua ecuestre de Simón Bolí­var en Cen­tral Park, el diplomáti­co Este­ban Gil Borges rep­re­sen­tó ofi­cial­mente a Venezuela.

No era un fun­cionario menor. Naci­do en Cara­cas en 1879, abo­ga­do, inter­na­cional­ista y figu­ra cen­tral de la Can­cillería vene­zolana, Gil Borges fue min­istro de Rela­ciones Exte­ri­ores en varias opor­tu­nidades y uno de los diplomáti­cos mejor for­ma­dos de su gen­eración. Dom­ina­ba el dere­cho inter­na­cional públi­co y par­ticipó acti­va­mente en la mod­ern­ización insti­tu­cional del Min­is­te­rio de Rela­ciones Exte­ri­ores. Su car­rera trascendía la coyun­tu­ra: era un pro­fe­sion­al de Esta­do. En Nue­va York pro­nun­ció un dis­cur­so cen­tra­do en la figu­ra del Lib­er­ta­dor. No men­cionó al gen­er­al Juan Vicente Gómez.

En una nota de pren­sa apare­ci­da en The Wash­ing­ton Post se lee: El min­istro de Rela­ciones Exte­ri­ores de Venezuela vuela a casa
Wash­ing­ton, D.C. — el Dr. Este­ban Gil-Borges, acom­paña­do por la seño­ra (Matilde Amelia Martínez Paz Castil­lo) Gil-Borges (derecha) y su hija, la señori­ta María Gil-Borges, fueron fotografi­a­dos mien­tras abor­d­a­ban un avión con des­ti­no a Mia­mi, donde conec­tarán con otro vue­lo que los lle­vará a Cara­cas y al nue­vo car­go del doc­tor como min­istro de Rela­ciones Exte­ri­ores de Venezuela. Des­de 1924, el Dr. Gil-Borges ha sido direc­tor asis­tente de la Unión Panamer­i­cana. Ha sido una figu­ra impor­tante en el gob­ier­no (Tra­duci­do del inglés) 

La omisión desató una con­tro­ver­sia en Cara­cas. La Bib­liote­ca Biográ­fi­ca Vene­zolana doc­u­men­ta que el silen­cio fue inter­pre­ta­do como fal­ta de leal­tad o impru­den­cia políti­ca. Al regre­sar, Gil Borges perdió su car­go como min­istro plenipo­ten­cia­rio y fue obje­to de críti­cas des­de sec­tores cer­canos al poder.

El episo­dio rev­ela una ten­sión estruc­tur­al: la diplo­ma­cia debía enar­bo­lar el lega­do boli­var­i­ano ante el mun­do, pero sin eclip­sar la cen­tral­i­dad del gob­er­nante. En un rég­i­men donde el poder se con­cen­tra­ba en una figu­ra, el dis­cur­so exte­ri­or tam­bién debía refle­jar sub­or­di­nación simbólica.

Que un diplomáti­co de su tal­la fuese san­ciona­do por una omisión pro­to­co­lar demues­tra has­ta qué pun­to la políti­ca exte­ri­or esta­ba sub­or­di­na­da al con­trol políti­co inter­no. No era un prob­le­ma de retóri­ca: era un prob­le­ma de autoridad.

Tras años res­i­den­ci­a­do en Wash­ing­ton D.C., Este­ban Gil Borges fue lla­ma­do por el gob­ier­no de Eleazar López Con­tr­eras para regre­sar a Cara­cas y asumir la Can­cillería vene­zolana, respon­s­abil­i­dad que desem­peñó des­de el 17 de febrero de 1936 has­ta el 5 de mayo de 1941, en reem­pla­zo de Pedro Itria­go Chacín.

Dese­qui­lib­rios históricos

Des­de una per­spec­ti­va his­to­ri­ográ­fi­ca, la relación entre Venezuela y Esta­dos Unidos durante el gome­cis­mo estu­vo mar­ca­da por prag­ma­tismo y cál­cu­lo estratégi­co. No fue una diplo­ma­cia de afinidades ide­ológ­i­cas sino de intere­ses con­ver­gentes. Esta­dos Unidos nece­sita­ba esta­bil­i­dad energéti­ca en el Caribe; Venezuela requería reconocimien­to y capital.

En 1930, aprovechan­do los ingre­sos cre­cientes de la entonces incip­i­ente indus­tria petrol­era, Juan Vicente Gómez ordenó la can­celación total de la deu­da exter­na de Venezuela, que según estu­dios económi­cos ascendía a unos 225,5 mil­lones de bolí­vares en 1909 y fue liq­uida­da por com­ple­to el 17 de diciem­bre de 1930, fecha escogi­da para con­mem­o­rar el cen­te­nario de la muerte de Simón Bolí­var. Eso implicó un desem­bol­so de aprox­i­mada­mente 24 mil­lones de bolí­vares, equiv­a­lente a alrede­dor de 4,5 mil­lones de dólares de la época, hecho que con­vir­tió al país en uno de los pocos del mun­do sin deu­da exter­na for­mal en ese momento.

Pedro M. Arcaya. Archives at the Library of Congress

Esa operación no fue un acto menor: mien­tras las economías euro­peas y lati­noamer­i­canas lucha­ban por cumplir con sus obliga­ciones financieras durante la cri­sis de 1929 y la Gran Depre­sión, Venezuela emergió sin la car­ga de deu­da exter­na y con un flu­jo petrolero que la hacía atrac­ti­va para cap­i­tales e intere­ses norteamericanos. 

Den­tro de ese con­tex­to, el mer­ca­do esta­dounidense absorbió bue­na parte de la pro­duc­ción de crudo vene­zolano, pues para finales de la déca­da de 1920 Venezuela ya era uno de los prin­ci­pales expor­ta­dores de petróleo del mun­do, y los ingre­sos del petróleo rep­re­senta­ban la base fun­da­men­tal de la esta­bil­i­dad fis­cal y del pago de obliga­ciones internacionales.

Sin embar­go, esta esta­bil­i­dad económi­ca no sig­nificó equi­lib­rio políti­co. Gómez con­solidó un Esta­do autori­tario donde los resortes insti­tu­cionales qued­a­ban sub­or­di­na­dos a su autori­dad per­son­al. La diplo­ma­cia, inclu­so en su dimen­sión téc­ni­ca y pro­fe­sion­al, era una exten­sión de ese con­trol: un diplomáti­co podía ser san­ciona­do por un silen­cio. Ese con­tex­to con­traste con los desafíos que se pre­sen­taron después de su muerte.

Después del gome­cis­mo, la relación bilat­er­al con Esta­dos Unidos sigu­ió sien­do amplia, con momen­tos de coop­eración y tam­bién de ten­siones. Durante la dic­tadu­ra de Mar­cos Pérez Jiménez (1952–1958) las pre­siones y alian­zas geopolíti­cas con­tin­uaron, y en los gob­ier­nos democráti­cos pos­te­ri­ores (1958–1998) la relación se mane­jó con nor­mal­i­dad insti­tu­cional, inclu­so con altos nive­les de com­er­cio petrolero.

Todo cam­bió en la era Hugo Chávez (1999–2013) y se pro­fun­dizó con Nicolás Maduro (2013-pre­sente). La retóri­ca ide­ológ­i­ca anti­es­ta­dounidense, las expropia­ciones de activos de empre­sas norteam­er­i­canas, la nacional­ización de indus­trias claves, y la alian­za con actores geopolíti­cos adver­sos a Wash­ing­ton (como Rusia, Irán y Chi­na) sepul­taron el mod­e­lo de entendimien­to prag­máti­co que había car­ac­ter­i­za­do gran parte del siglo XX. Bajo Chávez y Maduro, las rela­ciones con Esta­dos Unidos se dete­ri­o­raron has­ta nive­les sin prece­dentes: san­ciones económi­cas, rup­tura de la rep­re­sentación diplomáti­ca y acusa­ciones mutuas de inter­fer­en­cia políti­ca inter­na mar­caron un pun­to de inflex­ión profundo.

Juan Vicente Gómez en com­pañía del gen­er­al esta­dounidense John J. Per­sh­ing y otros ofi­ciales de alto ran­go. Fotografía Luis Felipe Toro, 1925. Colec­ción Bib­liote­ca del Con­gre­so, Washington

La difer­en­cia con la era de Gómez, cuan­ti­ta­ti­va y cual­i­ta­ti­va­mente, es rev­e­lado­ra. Entonces, aunque la diplo­ma­cia esta­ba sub­or­di­na­da al poder inter­no, la relación con Esta­dos Unidos se sostenía sobre una base económi­ca com­par­ti­da: la necesi­dad de esta­bil­i­dad fis­cal, el pago de las obliga­ciones y un interés com­par­tido en el petróleo. Hoy, muchos de esos fac­tores se invierten: la políti­ca exte­ri­or ide­ológ­i­ca susti­tuye la con­ver­gen­cia de intere­ses, las san­ciones susti­tuyen trata­dos y acuer­dos, y la descon­fi­an­za susti­tuye la inter­locu­ción estabilizadora.

Pero la con­stante históri­ca es la asimetría. Entonces y aho­ra, Venezuela nego­cia des­de una posi­ción estruc­tural­mente desigual frente a la poten­cia hem­is­féri­ca. La diplo­ma­cia gomecista fue efi­caz en trans­mi­tir orden, aunque al cos­to de sub­or­di­nación insti­tu­cional y con­cen­tración de poder. La diplo­ma­cia con­tem­poránea enfrenta un desafío dis­tin­to: con­stru­ir esta­bil­i­dad sin depen­der de la lóg­i­ca per­son­al­ista ni de rup­turas ide­ológ­i­cas que sepul­tan canales de inter­locu­ción indispensables.

La his­to­ria demues­tra que la relación con Esta­dos Unidos nun­ca ha sido sen­ti­men­tal. Ha sido instru­men­tal, condi­ciona­da por el peso del petróleo y por las necesi­dades económi­cas del momen­to. La pre­gun­ta provo­cado­ra que deja el pasa­do y el pre­sente es inevitable: ¿Puede Venezuela recon­stru­ir una políti­ca exte­ri­or sober­ana y estable sin sac­ri­ficar la cal­i­dad insti­tu­cional que ni Gómez ni las recientes admin­is­tra­ciones han logra­do consolidar?

CorreodeLara

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