Repercusiones de Leonardo da Vinci en Venezuela

 

Freddy Torrealba Z
Escritor e investigador


El 2 de mayo pasado se han cumplido los 500 años del fallecimiento de este genio florentino en Francia. Oportunidad propicia para recordar sus aportes a la humanidad en lo artístico y científico. Un genio incomprendido que hoy sigue marcando huella en esta aldea global. Un genio merecedor de respeto por la relevancia de su trabajo, honestidad, inteligencia, educación y aportes al progreso humano.

Los viajes trasatlánticos, que trajeron la mundialización de la vida del hombre a partir de 1492, facilitaron el contacto con sus creaciones artísticas en Venezuela. Pese a la lejanía la obra del genio italiano era conocida en medio del atraso de nuestra pintura que se abre al mundo en las primeras décadas del siglo XX. La élite intelectual que se nutría del arte universal europeo la seguía en medio de las limitantes impuestas por las distancias y la falta de una eficaz comunicación. La música y la literatura tenían mayor profusión entre las clases privilegiadas caraqueñas gracias a la actividad económica con Europa. La pintura venía después. Los pocos artistas y viajeros que apreciaban sus obras en París vivían la experiencia del hedonismo, conocimiento y también su estudio.

Con Arturo Michelena

Entre quienes en el país se compenetra con sus creaciones tenemos al valenciano Arturo Michelena (1863–1908). Éste recrea su cuadro La Última Cena que deja inconcluso al morir víctima de la tuberculosis. En1997 expresamos nuestras impresiones sobre dicha obra en la revista dominical Magazine, dirigida por nuestro entrañable amigo Edecio González:

“Cuando la muerte lo sorprende a la temprana edad de 25 años trabajaba su versión de la célebre escena de “La Última Cena”, la cual quedó inconclusa. Los elementos que la conforman están apenas esbozados con el modelado de luces y sombras. Con todo, es el testimonio de su obsesión por el perfeccionamiento de la figura que abordaba. Pero confirma que un tema en cualquier quehacer creativo del hombre nunca se agota. Comprobado está que cada quien lo asume según su particular concepción e intereses en juego.

La Última Cena es una pintura detallista y analítica mediante un preciso dibujo dirigido a exaltar el semblante de los personajes en un bien logrado trabajo de composición y perspectiva. La versión de Arturo Michelena de este hecho bíblico-religioso nos presenta a Jesús de pie teniendo de fondo una Luna, cuya luz penetra al recinto, al tiempo que se propaga sobre una mesa en herradura con los apóstoles a su alrededor. La obra presenta una composición en simetría confluyendo hacia El Salvador todo el foco de atención cuando sus discípulos lo observan y escuchan imperturbables lo que hace y dice. Todo ello mientras Judas Iscariote permanece cabizbajo ajeno a lo que sucede. El Maestro, con los brazos levantados, presagia el desenlace de la entrega por Judas y posterior crucifixión. La atmósfera de tensión y angustia es magistralmente captada por el autor.

Es su particular y genial versión de ese hecho en la vida del Liberador de la humanidad apoyado en el preciosismo artístico, característico de los cultores de los temas clásicos.”

Visto por Chío Zubillaga Perera

Don Chío Zubillaga Perera

Mientras que el periodista y humanista caroreño Cecilio Zubillaga Perera es uno de los pocos privilegiados en su tiempo, en admirar de cerca sus cuadros. Ocurre durante sus 2 visitas a Francia en la tercera década del siglo pasado cuando visita el Museo de Louvre de París. Su sensibilidad para las expresiones del arte lo conmueven. Don Chío escribía sobre pintura por lo que su regreso a Carora publica varias crónicas sobre este singular hecho que titula “Mis mañanas en el Louvre”.

En la esfera de la pintura don Chío se consideraba un conservador. Los estallidos del impresionismo lo impactan profundamente declarando su apego al artista italiano. Por lo que en enero de 1925 se encuentra en París y exclama “Yo me quedo con Leonardo, …”. Sin duda le puso interés a sus cuadros con una minuciosa observación propia del que sabe de arte. Estas son sus pareceres sobre el Museo de Louvre:

 “Mis visitas al Louvre han sido frecuentes. Pero si las multiplicara por días, por meses, por años no podría detallar este universo de belleza artística que hay allí almacenada. Desde el primitivo esbozo de la estatuaria africana, primeros albores del genio que quería expresar su ideal en la piedra, pasando sobre el bosque glorioso de Grecia, por la expresión austera de Roma grande y la penumbrosa Edad Media.” 

En Lara se amplía su conocimiento por medio de las reproducciones que facilita la industria cultural que democratiza el acceso al arte. Así se hacen presentes sus obras en instituciones educativas, culturales, artísticas y públicas. En la enseñanza formal gracias a la materia Educación Artística que, en 1968, cursamos en segundo año de bachillerato cuando estudiábamos en el Liceo Rafael Villavicencio. Clases impartidas por la profesora Clementina de Peña, dueña de aquel encanto de una dama romana.

 Es común en más de un hogar apreciar una reproducción de su pieza La Última Cena, aunque sea en pequeño formato. Este es un signo de la arraigada fe religiosa de nuestro pueblo fortalecida por estas imágenes de este excepcional italiano del Renacimiento.

Foto de portada: La Última Cena en versión de Arturo Michelena (1908)

REFERENCI AS:

Páez Ávila, Juan. Cecilio Zubillaga Perera (Biografía) II tomos. Academia Nacional de la Historia. Caracas. 1986.
Torrealba Z. Freddy. La Última Cena, el testamento artístico de Arturo Michelena. Revista Magazine. Barquisimeto. 22 de julio de 1997.

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