Virgen Morena

 

Xiomary Urbáez
Periodista y escritora


(Guayana 1726)

El hombre llevaba un par de leguas renqueando desde la serranía entre los lechos arenosos del río. Caminaba al ritmo zigzagueante del agua. Cada tanto las arcadas lo hacían inclinarse. Con el cuerpo sudoroso y acalambrado seguía marchando por el caudal pardo casi eterno, entre la impúdica selva. Mareado, notó la hinchazón.

De la poco profunda aunque dolorosa herida en el talón, había extraído el aguijón de la raya. La sangre había dejado rastro en la tierra arcillosa. Secó la frente con el paño rústico de color castaño. Subió la capucha en un vano intento por espantar el calor. Aflojó la cuerda que llevaba atada a la cintura y sintió menos ahogo. 

Las sandalias habían quedado en aquella margen de la cuenca alta donde infortunadamente había entrado en la corriente. Volvió a mirar el torrente ahora más plácido, reducido a lagunas y esteros. Lecho del oro, asiento de cuarzos, azabaches y peñascos verdes. La calentura se intensificó y con ella los recuerdos.

La casa familiar de zócalo de piedra fabricada en ladrillo encalado con tejado a cuatro faldones, situada en una estrecha calle de Puente la Reina, la villa medieval fortificada rodeada de torreones que lo había visto nacer en 1691. El cruce del mar había sido un cambio radical. Débilmente, apartó ramas de morichales.

Con la mirada vedada observó garzas, gabanes, alcaravanes y corocoras posados en los árboles, tan diferentes a la perdiz roja de su tierra natal. Ahora la sangre cayó sobre las enormes lajas manchando los recovecos en los bajíos. Las últimas luces del día lo acompañaban cuando sus pies descalzos tocaron la irregular formación pétrea compuesta de varias lomas de roca desnuda. Llegó a la cima.

La imponente atalaya emergida de la profundidad de la tierra que resguardaba el valle, se abrió a los cansados ojos del malherido. Los adormilados rayos naranjas se despeñaban al poniente cuando el hombre cayó en la compacta, oscura y enorme losa granítica, añorando los tranquilos espacios del convento de Cintruénigo, donde había estudiado Artes y Filosofía. En los empinados farallones a varios metros sobre la planicie, en medio del bosquecillo de yopos, un bloque fracturado de la atávica piedra había causado una redonda fisura de donde permanentemente, desde las mismas entrañas, brotaba un agua cargada de minerales. 

Ella tenía rato mirando las sombras en la superficie de la luna, hundida hasta el cuello en la relajante poza rodeada por el vaho de la fina neblina.  De pronto, el sonido seco atrajo su atención. Se acercó. Con sus manos pretendió contener la sangre que todavía brotaba de la lesión. Le dio de beber, limpió la llaga, chupó y escupió en el suelo la ponzoña. 

El hombre permaneció muy quieto todavía desmayado. La mujer tomó el polvillo y lo puso en el carrizo insuflador. Nerviosa sopló con fuerza el yopo en las fosas nasales de aquel extraño. Por un instante nada ocurrió, hasta que el herido comenzó a retorcerse y volvió a tener arcadas. Pensó que la cabeza se le separaría del cuerpo.

Sintió un punzante dolor en las sienes. Las cuencas de los ojos parecieron estallar. Intentó gruñir, pero la brillante imagen de una morena Virgen del Txori ahogó su grito. Se abandonó desnudo en los brazos acanelados de la divina doncella. Un minuto después soportó en su pecho el peso de un jaguar rodeado de truenos, repentinamente transformado en un pequeño pájaro.

Piadosamente, la avecilla revoloteó limpiándole el rostro y mojándole los labios con agua bendita. Fue una de esas circunstancias en las cuales, incluso para la sosegada mirada de la conciencia o de la estricta enseñanza de la fe cristiana, el tormento muestra su gloria y dan ganas de achicharrarse en el fuego eterno. 

FIN

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