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Encuentro histórico entre Lusinchi y Reagan selló dos siglos de diplomacia (+FOTOS)

Luis Alber­to Per­o­zo Padua
Peri­odista espe­cial­iza­do en cróni­cas históricas
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@LuisPerozoPadua

La visita de Estado de Jaime Lusinchi a la Casa Blanca en diciembre de 1984 marcó un capítulo brillante de la diplomacia venezolana: ceremonias solemnes, un diálogo hemisférico crucial y una gala memorable reafirmaron una amistad entre Estados Unidos y Venezuela que se remonta a los tiempos previos a la República

Wash­ing­ton amaneció con un cielo claro, casi improb­a­ble para diciem­bre. Era como si el invier­no hubiera hecho una tregua para per­mi­tir que Venezuela lle­gara al corazón políti­co de Esta­dos Unidos. Des­de tem­pra­no, el South Lawn de la Casa Blan­ca vibra­ba con la expectación de un acto solemne que no sería uno más en el pro­to­co­lo esta­dounidense. Cuan­do Jaime Lus­inchi apare­ció en la alfom­bra roja y las 12 sal­vas de artillería hicieron tem­blar el aire hela­do, quedó claro que la diplo­ma­cia vene­zolana esta­ba a pun­to de inscribir uno de sus momen­tos más mem­o­rables del siglo XX.

El 4 de diciem­bre de 1984, aquel jardín sur comen­zó a trans­for­marse en un esce­nario impeca­ble­mente core­ografi­a­do. La alfom­bra roja, exten­di­da frente al South Por­ti­co, mar­ca­ba el camino de la comi­ti­va vene­zolana mien­tras, al fon­do, el Mon­u­men­to a Wash­ing­ton se recorta­ba con­tra el cielo como una estam­pa clási­ca del poder esta­dounidense. Las unidades de hon­or for­madas en aban­i­co, los uni­formes pul­cros y el des­file del Cuer­po de Tam­bores y Fusileros daban a la cer­e­mo­nia un aire casi fundacional.

Venezuela algu­na vez fue un faro de val­ores democráti­cos y pros­peri­dad. El pres­i­dente Jaime Lus­inchi en una cena de Esta­do en la Casa Blan­ca en 1984

Como salu­do ofi­cial al vis­i­tante, el U.S. Army detonó las 12 sal­vas de rig­or, un estru­en­do solemne que rever­beró sobre el jardín y elevó aún más la majes­tad del acto. Des­de la platafor­ma prin­ci­pal, Ronald Rea­gan esper­a­ba con gesto firme; a su lado, Nan­cy Rea­gan, ele­gante y ser­e­na, aporta­ba un equi­lib­rio per­fec­to a la escena.

Cuan­do Lus­inchi ascendió a la tri­buna, la ban­da mil­i­tar inter­pretó los him­nos y el silen­cio respetu­oso de los pre­sentes se que­bró con el apretón de manos entre ambos pres­i­dentes. Fue un salu­do cáli­do, cap­ta­do por las cámaras ofi­ciales y preser­va­do en las hojas de con­tac­to del fotó­grafo Fitz-Patri­cio. Detrás, los músi­cos de gala en el bal­cón com­pleta­ban aque­l­la ima­gen de solemnidad.

En sus primeras pal­abras, Lus­inchi evocó la figu­ra de Simón Bolí­var y agrade­ció el reconocimien­to del gob­ier­no esta­dounidense al lega­do del Lib­er­ta­dor. Fue un gesto que tejió un puente sim­bóli­co entre dos tradi­ciones democráti­cas dis­tin­tas, pero unidas por la defen­sa históri­ca de la libertad.

Diál­o­go en tiem­pos de tensiones

La visi­ta no era cer­e­mo­ni­al: ocur­ría en ple­na efer­ves­cen­cia de la Guer­ra Fría, cuan­do Cen­troaméri­ca ardía entre con­flic­tos y el Caribe se debatía entre la guer­ra ide­ológ­i­ca y la búsque­da de esta­bil­i­dad. En ese con­tex­to, Esta­dos Unidos veía en Venezuela un ali­a­do democráti­co de peso.

En el Despa­cho Oval, Rea­gan y Lus­inchi con­ver­saron con fran­queza. La con­ver­sación se cen­tró en la necesi­dad de preser­var la paz, pro­mover la lib­er­tad y sosten­er gob­ier­nos democráti­cos en la región. Ambos man­datar­ios coin­ci­dieron en que la úni­ca ruta posi­ble para Cen­troaméri­ca era el desar­rol­lo económi­co, la inte­gración y el freno a los total­i­taris­mos emergentes.

Rea­gan recono­ció el esfuer­zo vene­zolano en la búsque­da de solu­ciones pací­fi­cas. Lus­inchi, a su vez, defendió la coop­eración inter­na­cional como clave para aliviar las ten­siones del hemisferio.

Coop­eración con­tra ame­nazas comunes

Uno de los temas cen­trales fue la lucha con­tra el nar­cotrá­fi­co, un fenó­meno que en los años ochen­ta comen­z­a­ba a expandirse con fuerza hacia el Caribe. Rea­gan, con­sciente de que Venezuela era un pun­to estratégi­co para con­tener ese flu­jo, elogió el com­pro­miso per­son­al de Lus­inchi, quien además de políti­co era médi­co, con un pro­fun­do sen­ti­do del daño social que gen­er­a­ban los estupefacientes.

Tam­bién abor­daron la coop­eración económi­ca y los retos del mun­do en desar­rol­lo. Con­ver­saron sobre alter­na­ti­vas para aliviar la cri­sis cen­troamer­i­cana y mecan­is­mos para for­t­ale­cer el inter­cam­bio energéti­co y com­er­cial. En un hem­is­fe­rio lleno de diver­gen­cias, ambos líderes coin­cidían en algo esen­cial: la democ­ra­cia debía defend­er­se, sosten­erse y respal­darse entre naciones amigas.

Una noche de gala 

La jor­na­da cul­minó con la Cena de Esta­do, donde la Casa Blan­ca bril­ló con su máx­i­mo esplen­dor. Lus­inchi llegó en la limusi­na pres­i­den­cial, recibido por los anfitri­ones en un ambi­ente cáli­do, col­ma­do de luces, músi­ca y elegancia.

A las 9:55 de la noche, con la voz segu­ra de un estadista, Rea­gan abrió for­mal­mente el brindis. Sub­rayó el peso de Venezuela como ref­er­ente democráti­co en Améri­ca Lati­na y, con tono solemne, evocó la figu­ra de Simón Bolí­var: “Es incal­cu­la­ble la deu­da de grat­i­tud que los esta­dounidens­es deben a Simón Bolí­var. Por lo tan­to, es apropi­a­do que debamos hac­er una pausa y reflex­ionar sobre sus grandes logros en este bicen­te­nario de su nacimien­to… Bolí­var, más que cualquier otra figu­ra en la his­to­ria del hem­is­fe­rio occi­den­tal, entendió que, aunque somos ciu­dadanos de país­es sep­a­ra­dos, somos miem­bros de una famil­ia en el Nue­vo Mun­do: somos americanos”.

Aquel men­saje forma­ba parte de la procla­ma que él mis­mo fir­mó un año antes, el 19 de julio de 1983, para hon­rar el bicen­te­nario del Lib­er­ta­dor, y lo retomó con énfa­sis en la Cena de Esta­do. Lus­inchi, por su lado, inter­vi­no en español —sus pal­abras fueron tra­duci­das por un intér­prete— y respondió con grat­i­tud, desta­can­do los val­ores com­par­tidos por ambas naciones a lo largo de dos sig­los y el com­pro­miso mutuo con la lib­er­tad y la vocación democráti­ca del hemisferio.

La músi­ca del piano dio paso a uno de los momen­tos más recor­da­dos de aque­l­la noche: Nan­cy Rea­gan abrió el baile con su esposo, y después, con del­i­cadeza, invitó al pres­i­dente Lus­inchi a hon­rar­la con una pieza. Ambos se deslizaron entre aplau­sos en un salón ati­bor­ra­do de invi­ta­dos, radi­antes, cel­e­bra­dos. Para muchos, aque­l­la noche sin­te­tizó la ele­gan­cia y cor­dial­i­dad de la diplo­ma­cia de una época.

200 años de diplomacia

El encuen­tro dejó clara una ver­dad fun­da­men­tal: Esta­dos Unidos y Venezuela, aun con difer­en­cias pun­tuales, com­partían una pro­fun­da tradi­ción de respeto, de diál­o­go y de coop­eración. Pelosi de ten­siones mil­itares, cri­sis políti­cas y desafíos hem­is­féri­cos, ambos man­datar­ios lograron con­stru­ir una con­ver­sación ser­e­na, cen­tra­da en lo que unía a ambas naciones.

Rea­gan sub­rayó que el plu­ral­is­mo y la lib­er­tad eran ele­men­tos esen­ciales del hem­is­fe­rio occi­den­tal. Lus­inchi coin­cidió, enfa­ti­zan­do que Venezuela seguiría apo­s­tan­do por el entendimien­to democráti­co y la esta­bil­i­dad regional.

Hoy, cuan­do el recuer­do de esa visi­ta parece extravi­a­do entre los pliegues de la his­to­ria, con­viene mirar­lo con otros ojos. Aque­l­la jor­na­da de 1984 rep­re­sen­tó el pun­to cul­mi­nante de una diplo­ma­cia vene­zolana que, durante décadas, fue ejem­p­lo en el con­ti­nente: seria, respetu­osa, democráti­ca y pro­fun­da­mente integra­da a la comu­nidad internacional.

Esta­dos Unidos y Venezuela habían teji­do lazos des­de mucho antes de que fuéramos repúbli­ca; com­partieron luchas inde­pen­den­tis­tas, rutas com­er­ciales, afinidades políti­cas y una visión común del hem­is­fe­rio. Durante más de dos sig­los, esas rela­ciones se man­tu­vieron firmes, fra­ter­nas y enriquecedoras.

Solo con la lle­ga­da del dis­cur­so incen­di­ario y las acciones anti­democráti­cas de Hugo Chávez y luego emu­ladas por Nicolás Maduro se que­bró ese puente históri­co, inter­rumpi­en­do una tradi­ción de amis­tad que había sobre­vivi­do guer­ras, cri­sis económi­cas y con­vul­siones políti­cas por más de 200 años.

Recor­dar la visi­ta de Lus­inchi a la Casa Blan­ca no es un ejer­ci­cio de nos­tal­gia: es una invitación a repen­sar el lugar que Venezuela ocupó en la diplo­ma­cia democráti­ca, y el lugar que puede volver a ocu­par cuan­do recu­pere su vocación de diál­o­go, lib­er­tad y con­viven­cia hemisférica.

Porque aque­l­la mañana de diciem­bre de 1984 en Wash­ing­ton —entre ban­deras onde­an­do, sal­vas de artillería y un apretón de manos que estreme­ció el jardín sur— Venezuela demostró que sabía estar a la altura de la historia.

CorreodeLara

Esᴛᴀ́ ᴜsᴛᴇᴅ, ᴅɪsᴛɪɴɢᴜɪᴅᴏ ʟᴇᴄᴛᴏʀ, ᴇɴ ᴛᴇʀʀɪᴛᴏʀɪᴏ ᴅᴇ ʜɪsᴛᴏʀɪᴀ, ᴅᴇ ʜᴏᴍʙʀᴇs ᴄɪᴠɪʟɪsᴛᴀs, ʏ sᴏʙʀᴇ ᴛᴏᴅᴏ, ᴅᴇ ɢʀᴀɴᴅᴇs ᴀᴄᴏɴᴛᴇᴄɪᴍɪᴇɴᴛᴏs ϙᴜᴇ ᴍᴀʀᴄᴀʀᴏɴ ᴜɴ ʜɪᴛo

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