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A todo Nereo le llega su sábado

Luis Heraclio Medina Canelón
Abogado — Historiador

Yo no soy de por aquí

Yo vengo del otro lao,

Y un cambur en esta paila

Lo tengo muy bien ganao¡

Ningún preso que yo tuve

dejó de ser maltratao¡

y aquel que no se murió

fue porque nació parao.

¡Fue mucho el preso en mis manos!

¡Que se murió encortinao,

Le di raciones de arsénico

En el guayoyo mezclao

Y le remaché los grillos

Al enfermo desahuciao.

(Llegada de Nereo a la Quinta Paila del Infierno por Miguel Otero Silva)


Segu­ra­mente Nereo Pacheco pens­a­ba que la jus­ti­cia jamás lo alcan­zaría. Fue uno de los hom­bres que ha pasa­do a la his­to­ria por el dolor que causó a sus seme­jantes. Fue hace unos cien años.  Era un mula­to, músi­co y bar­bero, ori­un­do de Guare­nas. La primera víc­ti­ma que se le conoce fue su queri­da o una mujer que él pre­tendía y se negó a sus capri­chos. Nereo la mató a cuchilladas.

Nereo Pacheco

A Nereo lo metieron pre­so en La Rotun­da, mien­tras se desar­rol­la­ba el juicio. Eran los años veinte del siglo pasa­do, tiem­pos de la fer­oz tiranía de Juan Vicente Gómez. De algu­na man­era, las autori­dades gomecis­tas vieron las “apti­tudes” de Nereo y lo des­ig­naron “cabo de pre­sos”, es decir el reclu­so que vig­i­la y super­visa a sus com­pañeros dis­fru­tan­do de la con­fi­an­za y ben­efi­cios que le  dan las autori­dades del penal. Nor­mal­mente este car­go se le asigna al pre­so más antiguo, pero Pacheco no lo era. Hubo algu­na influ­en­cia allí. Cuen­tan los antigu­os cro­nistas que el juicio se le par­al­izó y  a Nereo le ofrecieron que si la sen­ten­cia era con­de­na­to­ria, le darían dinero y doc­u­men­tos para que  con otro nom­bre se fuera a Trinidad o Curazao. Eso ya lo había hecho la dic­tadu­ra con Eusto­quio Gómez quien había asesina­do a nada menos que al gob­er­nador de Cara­cas, el Dr. Mata Illas. A Eusto­quio lo sac­aron de la Rotun­da y le dieron un car­go en el gob­ier­no con el nom­bre de Evaris­to Prato. 

Nereo se dedicó a hac­er­les may­or el sufrim­ien­to a los adver­sar­ios del gob­ier­no que caían en la Rotun­da. Los nom­bres de las tor­turas hoy están casi olvi­da­dos: el cepo de cam­paña, las col­gadas, el tor­tol, el acial, las pelas, los gril­los, el aper­sogamien­to.   Y lo más grave, de acuer­do a múlti­ples denun­cias, enve­nenó a var­ios pre­sos añadién­dole a las escasas raciones de comi­da arséni­co y vidrio moli­do. Entre sus víc­ti­mas se recuer­da al sac­er­dote, tam­bién de Guare­nas,  Régu­lo Fran­quiz, doc­tor en dere­cho canóni­co, en cuyo hon­or se lev­an­tó una plaza y una aveni­da en su pueblo natal.

El sadis­mo de Nereo era tal, que mien­tras los pre­sos eran tor­tu­ra­dos por otros carceleros y cuan­do saca­ban al cadáver de alguno de esos infe­lices, el hom­bre se ponía a tocar un arpa que tenía, que por cier­to, lo hacía con gran habilidad.

Resul­ta que en esos días, un abo­ga­do lla­ma­do Angel Vicente Rivero,  fue encar­ce­la­do por un tiem­po en La Rotun­da y cuan­do fue excarce­la­do, el pro­fe­sion­al del dere­cho se dedicó a instar en los tri­bunales la sen­ten­cia en con­tra del tor­tu­rador, lo que logró en mar­zo de 1920 y Pacheco fue traslada­do al Castil­lo de Puer­to Cabel­lo donde ter­minó de pagar la exigua con­de­na. Allí sus jefes no lo  pudieron ayu­dar. Ter­minó de pur­gar su pena en 1926.

Al quedar libre, Pacheco fijó su res­i­den­cia en Cara­cas, donde vivió tran­quil­a­mente por nueve años, pero en diciem­bre de 1935 muere el dic­ta­dor Juan Vicente Gómez y se insta­la un nue­vo rég­i­men de lib­er­tades y de legal­i­dad pre­si­di­do por el gen­er­al Eleazar López Con­tr­eras. Así las cosas, un grupo de ex pre­sos del gome­cis­mo, muchos de ellos tor­tu­ra­dos por Nereo, encabeza­dos por Vic­tor Juli­ac, Sal­vador de La Plaza, Nestor Luis Pérez, y el capitán Luis Rafael Pimentel acusaron al carcelero por los crímenes del padre Fran­quiz, Eliseo López, un señor Cal­imán, un doc­tor Jiménez y otros infelices. 

La sen­ten­cia del tri­bunal fue ejem­plar: Pacheco aho­ra fue con­de­na­do a la pena máx­i­ma de veinte años, sin ningún aten­u­ante. Cuen­tan que al enter­arse lloró, pataleó, gritó y has­ta se orinó en los pan­talones (OMG¡). Los esbir­ros y los tor­tu­radores cuan­do pier­den el poder son unas mamitas.

Nereo Pacheco fue con­fi­na­do con el número 63 en un cal­abo­zo de la cár­cel de El Obis­po, donde murió el 15 de sep­tiem­bre de 1941, víc­ti­ma de la dia­betes. A todo cochi­no le lle­ga su sába­do, a veces se tar­da, pero le llega.

 

Luis Medina Canelón

Abogado, escritor e historiador Miembro Correspondiente de la Academia de Historia del Estado Carabobo

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