CrónicasHistoria

La increíble hazaña de dos scouts venezolanos que caminaron desde Caracas a Washington D.C.

Entre enero de 1935 y junio de 1937, dos jóvenes scouts venezolanos cambiaron para siempre el significado de la palabra determinación. Con sus mochilas al hombro y el uniforme scout como insignia de identidad, Rafael Ángel Petit y Juan Carmona emprendieron una caminata épica desde Caracas hasta Washington D.C., desafiando selvas, montañas, pandemias y fronteras. Su meta: asistir al Primer Jamboree Nacional de los Boy Scouts of America. El resultado fue una gesta histórica de resistencia, voluntad y espíritu que atravesó la mitad del continente americano y aún hoy asombra por su audacia

 

A Car­los David Vil­las­mil Del­ga­do y Ali Palacios, 
cuya dis­ci­plina silen­ciosa y leal­tad a la Prome­sa Scout 
son faro para las gen­era­ciones que vienen. 
A ellos, que entien­den que servir es un honor 
y per­se­ver­ar es un deber

 

Luis Alber­to Per­o­zo Padua
Peri­odista espe­cial­iza­do en cróni­cas históricas
[email protected]
@LuisPerozoPadua

Era una fría mañana del 11 de enero de 1935 cuan­do tres jóvenes scouts se pre­sen­taron en la Plaza Bolí­var de Cara­cas, lis­tos para empren­der un via­je que nadie en su tiem­po podía imag­i­nar. Rafael Ángel Petit, de la Tropa San Sebastián N° 1; Juan Car­mona, español de nacimien­to, pero for­ma­do en Venezuela; y el libanés Jaime Roll.

Sus mochi­las car­ga­ban lo mín­i­mo indis­pens­able. En los bol­sil­los ape­nas cin­co bolí­vares. En la mente, una sen­ten­cia que no admitía retro­ce­sos: “Lle­gare­mos a Wash­ing­ton o morire­mos con gusto”.

El raid pedestre Caracas–Washington, pro­movi­do por la Aso­ciación de Cro­nistas Deportivos, no era una excur­sión juve­nil. Era una declaración de ambi­ción con­ti­nen­tal. El escultismo vene­zolano, entonces en expan­sión, veía en ellos dis­ci­plina, resisten­cia y un espíritu de aven­tu­ra mold­ea­do en cam­pa­men­tos, mar­chas y prue­bas de carác­ter. Lo que comen­zó como una sal­i­da sim­bóli­ca se trans­for­mó en una trav­es­ía que duraría más de dos años y medio.

Car­mona y Petit ya en sue­lo norteamericano

Cruzar Venezuela era ape­nas el prólogo

La primera batal­la fue el pro­pio ter­ri­to­rio. Los tres andarines avan­zaron por la mis­ma ruta que Petit había recor­ri­do en 1933 durante la gira Maracaibo–Caracas. Descendieron por Los Teques y La Vic­to­ria, atrav­es­aron Mara­cay y Valen­cia, bor­dearon El Pal­i­to y cruzaron San Felipe y Urachiche has­ta lle­gar a Bar­quisime­to y Caro­ra. Luego vino la ver­dadera prue­ba: el ascen­so andino.

Tru­jil­lo, Valera, Alto del Páramo, Cachopo, Méri­da, Tabay, Tobar San­ta Cruz y Bailadores fueron esta­ciones de esfuer­zo. Después, La Gri­ta, El Cobre, Palo Grande y Colón; más ade­lante La Fría, El Guayabo, El Palmiro y San Cristóbal. Final­mente alcan­zaron San Anto­nio del Táchi­ra, últi­ma fron­tera venezolana.

Seten­ta y nueve días después de salir de Cara­cas, el 31 de mar­zo de 1935, los tres cruzaron el puente inter­na­cional Simón Bolí­var rum­bo a San Gil, Colom­bia. No era una meta alcan­za­da. Era el ver­dadero inicio.

Rafael Ángel Petit y Juan Carmona

La rup­tura

Pero las grandes trav­es­ías no se frac­turan por mon­tañas sino por con­vic­ciones. A pocos kilómet­ros de Bogotá estal­ló el con­flic­to. Car­mona, con­sciente de sus raíces españo­las, aspira­ba a que la haz­a­ña trascendiera tam­bién hacia su país de ori­gen. Petit fue categóri­co: vestían el uni­forme de la Fed­eración de Boy Scouts de Venezuela; la proeza debía ser venezolana.

La dis­cusión escaló. Fue una gri­eta. Car­mona decidió sep­a­rarse y avan­zar solo, lle­gan­do primero a Bogotá el 12 de mayo de 1935.

En la cap­i­tal colom­biana, Jaime Roll tam­bién optó por deten­er su mar­cha, afec­ta­do por los pleitos surgi­dos entre Bucara­man­ga y Bogotá. La expe­di­ción qued­a­ba reduci­da a uno.

Petit solic­itó instruc­ciones al teniente Leal Bra­cho. La respues­ta fue escue­ta: “Recibido. Regrese a ésta. Famil­ia bien. Cuer­po salú­da­lo. Miguel Ángel Leal B.”

Petit y Car­mona en su caminata

La orden implic­a­ba volver. Petit respondió con algo más fuerte que la obediencia:

“Has­ta hoy sus con­se­jos y órdenes han sido cumpli­dos al pie de la letra. Pero en esta ocasión, el caso cam­bia de aspec­to. Va en ello no sola­mente mi hon­or, sino el de mi famil­ia, el de mi patria para la que quiero cosechar glo­rias deporti­vas y el Cuer­po de Boy Scouts de Venezuela, que ha deposi­ta­do, con la A.C.D. (Aso­ciación de Cro­nistas Deportivos) de Cara­cas su con­fi­an­za en mí. Así, pues, si muero en la audaz empre­sa, moriré con gus­to. Antes morir con hon­or que vivir deshonrado.”

En ese instante la cam­i­na­ta dejó de ser colec­ti­va y se con­vir­tió en una empre­sa indi­vid­ual sosteni­da por orgul­lo, iden­ti­dad y una obsti­nación que roz­a­ba la temeridad.

Rafael Ángel Petit no era solo un joven entu­si­as­ta del deporte y la cul­tura físi­ca; era un atle­ta for­ja­do en com­pe­ten­cias y dis­ci­plina scout, prepara­do para jor­nadas inter­minables. Juan Car­mona, por su parte, había encon­tra­do en Venezuela un hog­ar y en el escultismo una escuela de carácter.

Ambos encar­n­a­ban la vol­un­tad, la leal­tad y el sen­ti­do de mis­ión que define al movimien­to scout. Pero la his­to­ria demostraría que, cuan­do el ide­al se pone a prue­ba, no todos lo sostienen del mis­mo modo.

Ter­ri­to­rios y obstácu­los: la ruta más difí­cil del planeta 

Cam­i­nar des­de Venezuela has­ta Esta­dos Unidos en esa época requería algo más que pies resistentes. Sig­nificó atrav­es­ar paisajes, cli­mas, cul­turas y fron­teras sin el apoyo de car­reteras mod­er­nas ni tec­nología GPS.

El 29 de julio de 1935, Rafael Ángel Petit aban­donó Medel­lín con un propósi­to que ya no era solo geográ­fi­co: debía atrav­es­ar las sel­vas impen­e­tra­bles del Chocó colom­biano y el Dar­ién panameño para reen­con­trarse con Juan Car­mona, quien había par­tido quince días antes en soli­tario. No era un trayec­to cualquiera. Aque­l­la fran­ja selváti­ca era, inclu­so para explo­radores exper­i­men­ta­dos, uno de los ter­ri­to­rios más hos­tiles del continente.

Cuan­do Petit llegó a Colón, a finales de agos­to, recibió una noti­cia inqui­etante: en el hos­pi­tal San­to Tomás per­manecía inter­na­do un joven proce­dente del Dar­ién, víc­ti­ma de una grave infec­ción provo­ca­da por una pic­a­da de gusano, con ries­go inclu­so de amputación. Petit acud­ió de inmedi­a­to. El heri­do era Carmona.

El reen­cuen­tro no fue retóri­co ni sen­ti­men­tal; fue una reafir­ma­ción. Allí, entre el olor a anti­sép­ti­co y el rumor del puer­to, sel­l­aron nue­va­mente su com­pro­miso. Las difer­en­cias que los habían sep­a­ra­do quedaron atrás frente a la mag­ni­tud del desafío. Retomaron jun­tos la mar­cha bajo la mis­ma consigna que había mar­ca­do su par­ti­da: “Lle­gare­mos a Wash­ing­ton o morire­mos con gusto”.

La Esfera 18–7‑1937

Cos­ta Rica: Una recep­ción cál­i­da y una batal­la con la enfermedad

Tras meses de mar­cha, el 23 de diciem­bre de 1935 a las 8 de la noche, Rafael Ángel Petit y Juan Car­mona lle­garon a San José, cap­i­tal de Cos­ta Rica, donde fueron recibidos con una sim­patía que, fuera de Venezuela, pocos lugares les habían brinda­do con tan­ta calidez. Su paso por ese país no fue fácil: el palud­is­mo golpeó con fuerza a Petit, ralen­ti­zan­do sus pasos y oblig­án­do­los a pro­lon­gar su estancia antes de poder con­tin­uar hacia el norte del continente.

Una vez repuestos, sigu­ieron su mar­cha y el 15 de mar­zo de 1936 alcan­zaron Man­agua, Nicaragua. Allí relataron las pecu­liari­dades que obser­varon en Cos­ta Rica: una nación donde las elec­ciones pres­i­den­ciales atraían la aten­ción de todas las famil­ias, que col­ga­ban retratos de sus can­didatos y exhibían los col­ores de sus par­tidos des­de las fachadas de sus casas —una esce­na que resulta­ba curiosa para dos vene­zolanos que, al salir de Cara­cas en 1935 bajo el gob­ier­no del gen­er­al Juan Vicente Gómez, no habían cono­ci­do pro­ce­sos elec­torales com­pa­ra­bles en su pro­pio país.

El 18 de mar­zo, en Man­agua, fueron recibidos por el pres­i­dente Dr. Juan Bautista Sacasa, quien los apoyó económi­ca­mente y posó con ellos para una fotografía que quedaría como tes­ti­mo­nio de ese encuen­tro sim­bóli­co entre una joven ges­ta scout y los lid­er­az­gos políti­cos de Centroamérica.

Entre sospe­chas y lib­era­ciones: El Salvador

Atrav­es­ar El Sal­vador no fue un trámite pací­fi­co. En ple­na dic­tadu­ra de gen­er­al Max­i­m­il­iano Hernán­dez Martínez, Petit y Car­mona fueron detenidos dos veces en la fron­tera bajo sospecha de ser disidentes políticos.

Las autori­dades con­fundieron su pres­en­cia con movimien­tos con­trar­ios al rég­i­men, has­ta que la revisión de sus doc­u­men­tos rev­eló la ver­dad: eran Scouts vene­zolanos cam­i­nan­do hacia los Esta­dos Unidos. Tras aclararse la con­fusión, fueron lib­er­a­dos y pudieron pros­eguir su ruta.

Méx­i­co: Reconocimien­to y descanso

En Méx­i­co enfrentaron lar­gos tramos bajo el sol inclemente del alti­plano y noches frías que exigían resisten­cia físi­ca y men­tal. En cada lugar, sus botas gasta­ban más sue­las: se cal­cu­la que cada uno usó al menos doce pares durante todo el raid pedestre.

El 22 de octubre de 1936 la cap­i­tal azteca los recibió con hon­or. Petit y Car­mona fueron salu­da­dos por fig­uras desta­cadas del escultismo mex­i­cano: el Jefe Scout de Méx­i­co, Jorge Muñoz; el Comi­sion­a­do Inter­na­cional Rober­to Burkle; y el Comi­sion­a­do del Dis­tri­to Fed­er­al, Emilio Raz Guzmán.

En reconocimien­to a su odis­ea, los Scouts de Méx­i­co los con­dec­o­raron, y durante un mes fueron hués­pedes en la cap­i­tal, donde pudieron des­cansar y com­par­tir expe­ri­en­cias con la comu­nidad scout local.

En Wash­ing­ton, el diplomáti­co vene­zolano Dió­genes Escalante recibe a Rafael Ángel Petit y Juan Car­mona, quienes cam­i­naron durante 2 años des­de Venezuela has­ta EE.UU. (1935–1937) para asi­s­tir a la Primera Reunión de los Boy Scouts of Amer­i­ca. Una trav­es­ía épi­ca hoy casi olvidada

Cruce al norte: Texas y una car­retil­la legendaria

Final­mente, en la tarde del 25 de enero de 1937 cruzaron el puente inter­na­cional sobre el Río Bra­vo y pis­aron sue­lo esta­dounidense después de más de dos años de mar­cha con­tin­ua y tras haber recor­ri­do a pie la may­or parte de Venezuela, Colom­bia, Panamá, Cos­ta Rica, Hon­duras, El Sal­vador, Guatemala y México.

Sin embar­go, debieron regre­sar tem­po­ral­mente a Mon­ter­rey y luego a Ciu­dad de Méx­i­co debido a prob­le­mas con sus visa­dos norteam­er­i­canos, antes de lograr el ingre­so definitivo.

Una vez en Texas, en su trán­si­to por ese esta­do comen­zaron a uti­lizar una car­retil­la con­stru­i­da por ellos mis­mos para trans­portar sus equipos con may­or facil­i­dad gra­cias a las mejores car­reteras pavi­men­tadas de la región.

Esta car­retil­la, que sim­boliz­a­ba su adapt­abil­i­dad y cre­ativi­dad, fue pos­te­ri­or­mente don­a­da al Museo Rafael Urdane­ta de Mara­cai­bo cuan­do regre­saron a Venezuela. Con el tiem­po se perdió del inven­tario del museo y figu­ra hoy entre los artícu­los por recu­per­ar, un reli­cario de una haz­a­ña que mar­có a toda una generación.

Cómo sobre­vivían los caminantes 

Petit y Car­mona no tenían dinero para com­prar comi­da cada día. Para sosten­erse, tuvieron que ingeniárse­las: Daban char­las y con­fer­en­cias infor­males en los pueb­los que cruz­a­ban, expli­can­do su misión.

Vendían postales auto­grafi­adas con su sel­lo per­son­al. Recibían dona­ciones, ali­men­tos y hospeda­je de autori­dades locales y comu­nidades impre­sion­adas por su propósi­to. Su uni­forme no era solo un sím­bo­lo: fun­cionó como un salvo­con­duc­to moral. Les abría puer­tas, gen­er­a­ba con­fi­an­za y des­perta­ba curiosi­dad entre quienes encon­tra­ban a dos jóvenes cam­i­nan­do sin más com­pañía que su leal­tad al sueño de lle­gar a Washington.

¡Al fin! Lleg­amos a Washington

El 16 de junio de 1937, tras más de dos años, cin­co meses y cin­co días de cam­i­na­ta, Petit y Car­mona entraron final­mente a Wash­ing­ton D.C., pisan­do sus últi­mos tramos por la Lee High­way, exhaus­tos pero triunfantes.

Su lle­ga­da fue repor­ta­da en la pren­sa esta­dounidense: “Boy Scouts de Venezuela lle­gan a Wash­ing­ton después de una cam­i­na­ta de 8,000 mil­las…”, tit­uló The Wash­ing­ton Post.

El mis­mo día fueron recibidos ofi­cial­mente en las escali­natas del Capi­to­lio por el emba­jador de Venezuela, Dió­genes Escalante en com­pañía de su esposa, Car­men Car­oli­na Tor­res de Lecu­na, quienes reci­bieron el tri­col­or nacional de parte de los dos Boy Scouts.

Pero el momen­to más emblemáti­co llegó días después: el 30 de junio de 1937 se inau­guró el Primer Jam­boree Nacional de los Boy Scouts of Amer­i­ca en el Nation­al Mall de Wash­ing­ton, donde unos 27.000 scouts par­tic­i­paron del even­to que agru­pa­ba activi­dades, cer­e­mo­nias y encuen­tros mul­ti­cul­tur­ales. Petit y Car­mona no solo par­tic­i­paron: fueron cel­e­bra­dos como sím­bo­los vivos de la aven­tu­ra scout.

Eran los úni­cos scouts que habían lle­ga­do cam­i­nan­do des­de su país de ori­gen suman­do más de 18 mil kilómet­ros, 2 años, 5 meses, 5 días y 4 horas, y eso los con­vir­tió en una atrac­ción desta­ca­da del máx­i­mo even­to Scouts.

Tan rel­e­vante fue la haz­a­ña de estos dos vene­zolanos, que el pro­pio pres­i­dente de los Esta­dos Unidos Franklin D. Roo­sevelt, pres­i­dente hon­o­rario de los Scouts, los elogió en públi­co y estrechan­do sus manos.

Cam­i­naron 12.896 kilómet­ros para asi­s­tir al Jam­boree de los Boy Scouts. Wash­ing­ton, D.C., 16 de junio. Dos Boy Scouts vene­zolanos, Rafael Petit (izquier­da) y Juan Car­mona (derecha), exam­i­nan sus botas tras cam­i­nar 40 kilómet­ros diar­ios durante dos años para asi­s­tir al Jam­boree de los Boy Scouts en Wash­ing­ton (izquier­da). Cara­cas, 11 de enero de 1935, lle­gan­do hoy a Wash­ing­ton. Foto: Har­ris y Ewing. Bib­liote­ca del Con­gre­so de Esta­dos Unidos. Junio 16 de 1937

Regre­so a casa: del Capi­to­lio al fer­vor venezolano

La mon­u­men­tal trav­es­ía encon­tró su cul­mi­nación en Wash­ing­ton D.C., frente a las escali­natas del Capi­to­lio, donde quedó sel­l­a­da una odis­ea de miles de mil­las recor­ri­das a pie. Tras par­tic­i­par en el Primer Jam­boree Nacional de los Boy Scouts of Amer­i­ca y con­ver­tirse en fig­uras cel­e­bradas del encuen­tro, Rafael Ángel Petit y Juan Car­mona comen­zaron el retorno a su patria por una vía impens­able cuan­do partieron con cin­co bolí­vares en el bol­sil­lo: el aire.

El 25 de julio de 1937, a las 4 de la tarde, abor­daron en Mia­mi un vue­lo gra­tu­ito con­ce­di­do por la Pan Amer­i­can Air Lines. La ruta incluyó escalas en Puer­to Rico y en Puer­to España, en Trinidad y Toba­go, antes de diri­girse hacia Venezuela. Dos días después, el 27 de julio, ater­rizaron en el aeró­dro­mo de Mai­quetía a las 7 de la mañana.

La esce­na con­trasta­ba con la par­ti­da silen­ciosa de enero de 1935. Esta vez no eran tres jóvenes anón­i­mos ini­cian­do una aven­tu­ra incier­ta, sino dos tro­ta­mun­dos que regresa­ban con­ver­tidos en sím­bo­lo de per­se­ver­an­cia nacional. Famil­ias, autori­dades y miem­bros del movimien­to scout vene­zolano se con­gre­garon para recibir­los entre aplau­sos, ban­deras y vítores.

La trav­es­ía de Petit y Car­mona no fue solo una aven­tu­ra juve­nil. Fue, en su tiem­po, un puente entre cul­turas. Fue un ejem­p­lo de dis­ci­plina, con­stan­cia y leal­tad a un ide­al. Su his­to­ria cruzó fron­teras y abrió una ven­tana para enten­der el poder del espíritu humano cuan­do se com­bi­na con una causa más grande que uno mismo.

Recor­rer miles de kilómet­ros a pie no es solo una proeza físi­ca: es una metá­fo­ra de la vida. Cada paso que Petit y Car­mona dieron des­de Cara­cas has­ta Wash­ing­ton fue un acto de fe en sí mis­mos y en su sueño.

Esto nos recuer­da que el ver­dadero val­or no siem­pre se mide en medal­las o tro­feos, sino en la capaci­dad de avan­zar cuan­do todo parece indicar que no hay camino. Y es ese espíritu, ese gesto de cam­i­nar has­ta la meta sin rendirse, lo que con­vierte esta haz­a­ña en una luz que sigue inspi­ran­do a generaciones.

Fotos: Cortesía del Museo Vir­tu­al Scouts Venezuela / Har­ris y Ewing. Bib­liote­ca del Con­gre­so de Esta­dos Unidos. Junio 16 de 1937

CorreodeLara

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