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Pololo Arráiz: el maestro que convirtió el civismo en canto y dejó su voz sembrada en Barquisimeto

A cien años de su nacimiento, Napoleón “Pololo” Arráiz emerge como una figura irrepetible: educador, cronista y cantor de lo larense que entendió la escuela como trinchera moral

Luis Alber­to Per­o­zo Padua
Peri­odista espe­cial­iza­do en cróni­cas históricas
[email protected]
@LuisPerozoPadua

El salón huele a tiza húme­da y madera vie­ja. Afuera, el sol de Bar­quisime­to cae como una sen­ten­cia sobre el patio. Aden­tro, el pro­fe­sor lev­an­ta ape­nas la voz, pero bas­ta. “Ust­ed no viene aquí a repe­tir, viene a pen­sar”, dice, mien­tras gol­pea suave­mente el pupitre con los nudil­los. Nadie se mueve. Nadie res­pi­ra. El mucha­cho del fon­do —Guiller­mo Luna, futuro gob­er­nador del esta­do Lara— lo recor­dará como un instante deci­si­vo. Así empieza todo: con un mae­stro que no enseña mate­rias, sino destinos.

“No gri­ta­ba nun­ca… y sin embar­go nadie se atrevía a dis­traerse”, recuer­da el cro­nista bar­quisimetano Car­los Guer­ra Brandt, fijan­do la esce­na como quien vuelve a un lugar intacto.

Napoleón Arráiz en su adul­tez. Foto colec­ción Car­los Guer­ra Brandt

Así empieza a dibu­jarse Napoleón Arráiz Rodríguez, “Polo­lo”, naci­do en El Tocuyo el 1 de abril de 1926. Pero su his­to­ria no se deja atra­par por fechas: se recon­struye en la memo­ria de quienes lo vivieron.

Se for­ma en el Insti­tu­to Pedagógi­co de Cara­cas y regre­sa a Bar­quisime­to con una con­vic­ción que no nego­cia: edu­car ciu­dadanos. No téc­ni­cos, no repeti­dores, sino indi­vid­u­os capaces de con­vivir en libertad.

Según remem­o­ra Guer­ra Brandt, su idea era clara: “for­mar civilis­tas”. La pal­abra no era dec­o­ra­ti­va. Era programa.

Y entonces el aula deja de ser aula. Se con­vierte en lab­o­ra­to­rio de país.

Durante décadas, Polo­lo atraviesa los pasil­los del Liceo Lisan­dro Alvara­do y del Mario Briceño Iragor­ry con una ped­a­gogía que des­bor­da el cur­rícu­lo. Enseña his­to­ria, sí, pero sobre todo enseña respon­s­abil­i­dad. Enseña nor­mas, pero sobre todo enseña sentido.

“Él no esta­ba for­man­do alum­nos, esta­ba for­man­do ciu­dadanos”, insiste el cro­nista, como cor­rigien­do cualquier inten­to de simplificación.

El civis­mo como oficio

Hay en Polo­lo una noción casi sac­er­do­tal de la edu­cación. Su tra­ba­jo no es empleo: es apostolado.

Com­bate la igno­ran­cia, pero tam­bién la indifer­en­cia. Insiste en val­ores que hoy pare­cen incó­mo­d­os: respeto, tol­er­an­cia, decen­cia pública.

Su libro For­ma­ción Moral y Cívi­ca no es un man­u­al más. Es la exten­sión escri­ta de su mag­is­te­rio: una guía para enten­der que la con­viven­cia no es espon­tánea, se construye.

Quienes pasaron por sus aulas no solo recuer­dan con­tenidos. Recuer­dan una for­ma de estar en sociedad.

De allí salen pro­fe­sion­ales, diri­gentes, exgob­er­nadores. Pero tam­bién —y esto es más impor­tante— ciu­dadanos anón­i­mos que sostienen la vida civ­il sin estridencias.

“Su may­or logro no fue lo que enseñó, sino lo que dejó sem­bra­do”, apun­ta Guer­ra Brandt.

Napoleón Arráiz. Foto colec­ción Car­los Guer­ra Brandt

Un archi­vo vivo del habla larense 

Inspi­ra­do en relatos famil­iares —espe­cial­mente en su tía Nativi­dad Reyes—, Los cuen­tos de mi tía políti­ca y otras ton­terías preser­va giros del lengua­je pop­u­lar y sirve de ref­er­en­cia para estu­dios lingüís­ti­cos en la UCV.

El cro­nista de la oralidad

Polo­lo entiende algo que muchos int­elec­tuales pasan por alto: el lengua­je pop­u­lar tam­bién es patrimonio.

En sus cuen­tos, recoge expre­siones que no apare­cen en dic­cionar­ios for­males, pero que con­tienen la iden­ti­dad de una región. No las cor­rige. No las estiliza. Las respeta.

Ese gesto —aparente­mente lit­er­ario— es, en real­i­dad, políti­co: preser­var una for­ma de hablar es preser­var una for­ma de pensar.

Su obra se con­vierte en mate­r­i­al de estu­dio, pero antes fue una intu­ición: lo que no se reg­is­tra, se pierde.

Ser­e­natas y memoria

Hay otra escena.

Bar­quisime­to de noche. Ven­tanas abier­tas. Voces que se ele­van en coro. Entre ellas, la de Polo­lo, joven, par­tic­i­pan­do en ser­e­natas jun­to a otros bohemios de la ciudad.

No es un pasatiem­po. Es una exten­sión de su proyecto.

Escribe letras —inclu­so ver­siones del vals Como llo­ra una estrel­la— que luego serán inter­pre­tadas por dis­tin­tos músicos.

Gra­ba dos dis­cos LP, con­duce el pro­gra­ma Ser­e­na­ta pro­duci­do por el canal region­al Tele­cen­tro, impul­sa corales.

Su con­vic­ción es sim­ple y pro­fun­da: la cul­tura tam­bién educa.

La músi­ca, en su caso, no es orna­men­to. Es her­ramien­ta de identidad.

Napoleón Arráiz der­rochan­do tal­en­to. Foto colec­ción Car­los Guer­ra Brandt

Una vida sin fisuras

“Todo el mun­do le decía Polo­lo”, evo­ca el cronista.

No es triv­ial. En esa cer­canía hay una clave.

El pro­fe­sor no se sep­a­ra del hom­bre. No hay doble dis­cur­so. Lo que enseña en el aula lo prac­ti­ca en la calle.

Sen­cil­lo, acce­si­ble, aten­to. Escucha. Con­ver­sa. Se involucra.

Además de edu­cador, es colum­nista, com­pos­i­tor, pro­mo­tor cul­tur­al, creador de una revista infan­til. No se limi­ta a un rol: mul­ti­pli­ca su influencia.

Mantiene amis­tad con músi­cos, impul­sa corales, par­tic­i­pa acti­va­mente en la vida cul­tur­al larense. La edu­cación, en él, no tiene fronteras.

El eco que permanece

El 15 de julio de 2006 muere Polo­lo Arráiz. Pero la muerte, en este caso, es ape­nas un dato biográfico.

Napoleón Arráiz, car­iñosa­mente cono­ci­do como Polo­lo. Foto colec­ción Car­los Guer­ra Brandt

“Uno lo sigue vien­do en la gente”, afir­ma Guer­ra Brandt, no como con­sue­lo, sino como evidencia.

Está en el ciu­dadano que respe­ta una nor­ma sin vig­i­lan­cia. En el que habla con respeto. En el que entiende que la con­viven­cia no es casual.

“Hoy hacen fal­ta más Polo­los”, insinúa el cro­nista Guer­ra Brandt.

Y ahí aparece la pre­gun­ta incó­mo­da: ¿qué hici­mos con esa edu­cación que insistía en for­mar ciu­dadanos y no solo profesionales?

El salón sigue ahí. La tiza, el calor, el mur­mul­lo contenido.

Y en algún pun­to de la memo­ria, un hom­bre cam­i­na entre pupitres invisibles.

No lev­an­ta la voz.

No hace falta.

Porque lo que enseñó —si aún que­da oído— sigue soste­nien­do, en voz baja, la idea de país.


Fotos: Colec­ción del cro­nista Car­los Guer­ra Brandt

CorreodeLara

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