Crónicas

Terepaima: 50 años de vida, un suspiro ante el acecho constante

Un santuario de niebla, jaguares, osos y orquídeas celebra su medio siglo mientras el hombre ronda sus fronteras con hacha, fuego y olvido. Al final el canto del pauji temeroso por la acción depredadora

José Luis Sotillo 
Cronista parroquial de Agua Viva 
@aguavivajose
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En la memo­ria geológ­i­ca de Venezuela, donde los esta­dos Lara y Por­tugue­sa se abrazan a través de mon­tañas de piedra metamór­fi­ca y cimas redondeadas, nació hace exac­ta­mente medio siglo un pul­món de niebla. 

El 14 de abril de 1976, el Par­que Nacional Tere­paima fue dec­re­ta­do para pro­te­ger lo que ya entonces se vis­lum­bra­ba frágil: sus bosques ombró­fi­los, sus ríos como el Sarare, y una fau­na que aún hoy susurra entre los árboles nom­bres de leyen­da: el oso fron­ti­no, el jaguar, la dan­ta, el pau­jí copete de piedra.

Pero este aniver­sario, más que una fies­ta, es un alto en el camino para escuchar lo que los vien­tos de la cordillera no callan: Tere­paima cumple 50 años amenazado.

Pet­rogli­fos repor­ta­dos en Terepaima

El diag­nós­ti­co que ya tenía medio siglo

No es una adver­ten­cia nue­va. En el informe fun­da­cional “El Par­que Nacional Tere­paima: Fun­da­men­to de su Creación”, los exper­tos Miyel Rodríguez y el fal­l­e­ci­do PhD. Robert Smith, escri­bieron con clar­i­dad casi proféti­ca: la pér­di­da de especies, la desapari­ción de fuentes de agua y la degradación de los sue­los son obra direc­ta del hombre. 

Cul­tivos, maderas, cac­ería, expan­sión urbana, pas­toreo exce­si­vo, fuego y mane­jo irra­cional de la tier­ra. Ellos lo dijeron entonces; nosotros lo igno­ramos todavía.

 Y aler­taron sobre algo esen­cial: que la úni­ca man­era de preser­var la nat­u­raleza en su for­ma más gen­uina era medi­ante la figu­ra de par­ques nacionales. Pero tam­bién advirtieron que sin edu­cación masi­va y per­ma­nente, sin una con­cien­cia colec­ti­va, el decre­to se vuelve papel mojado.

Mari­posa azul, autóc­tona del parque

Un paraí­so de endemis­mos y silencios

Subir a Tere­paima es aden­trarse en una sel­va nubla­da entre 1.200 y 1.500 met­ros, donde la Lica­nia mon­tana —el hier­ro o icaquito— crece solo aquí. Donde la orquídea Cat­t­leya mossi­ae, la Flor de Mayo nacional, agon­i­za arran­ca­da mano a mano por colec­cionistas y traficantes. 

Donde el mono capuchi­no, el cunaguaro y el oso melero aún cruzan los mis­mos caminos que los indí­ge­nas con­struyeron. Luego la colo­nia dejo su huel­la: el Camino Real, tes­ti­go de cemente­rios ances­trales y hacien­das como Las Parchas.

Hoy, quien recorre la Fila de Los Naran­jos, las Deli­cias o el área recre­ati­va “El Mirador”, puede toparse con tem­per­at­uras que oscilan entre 19 y 26 gra­dos, sí. Pero tam­bién con la som­bra del dete­ri­oro. Los mis­mos ríos que abaste­cen a Bar­quisime­to, Cabu­dare y pobla­ciones cir­cun­dantes ven men­guar sus cau­dales por la defor­estación aguas arriba.

 

Especies que se van en silencio

La lista de habi­tantes ilus­tres del par­que es tam­bién un catál­o­go del peli­gro. El jaguar (Pan­thera onca) ron­da cada vez más solo. El oso fron­ti­no (Tremarc­tos orna­tus) es ya un fan­tas­ma escurridizo. 

El pau­jí copete de piedra (Pauxi pauxi) se escucha menos. El car­de­nal­i­to (Car­du­elis cucul­la­ta) ha dis­minui­do sus ban­dadas por las tram­pas de cazadores furtivos. Has­ta la mari­posa Thysa­nia agrip­ina, que de lejos parece un pájaro, y has­ta una nue­va especie de escor­pión des­cu­bier­ta allí, cla­man por un respiro que no llega.

La con­cien­cia que falta

Los creadores del par­que lo dijeron con clar­i­dad: la belleza nat­ur­al de Tere­paima, sus bosques, sus orquídeas, su agua, jus­ti­fi­caron su inclusión en el sis­tema de áreas pro­te­gi­das. Pero tam­bién advirtieron: “durante años ha exis­ti­do una cam­paña acti­va a favor de su preser­vación… antes de que su dete­ri­oro sea irreversible”.

A 50 años de aquel decre­to, la cam­paña acti­va se ha vuel­to esfuer­zo dilu­i­do y ais­la­do. No hay pro­gra­mas masi­fi­ca­dos. No hay aler­ta tem­prana. En cam­bio, sí hay incen­dios provo­ca­dos, tala ile­gal, pas­toreo en zonas no per­mi­ti­das, y la expan­sión silen­ciosa de la fron­tera agricola.

Las cono­ci­das ante­nas de Tere­paima, que se divisan des­de la mese­ta de Barquisimeto

El agua que nos queda

Tere­paima no es solo un rincón pin­toresco para el eco­tur­is­mo. Es, ante todo, una fábri­ca de agua para dece­nas de miles de per­sonas en Lara y Por­tugue­sa. Sus ríos ali­men­tan acue­duc­tos, rie­gan cul­tivos, sostienen vidas. Si sus bosques caen, las fuentes se secan. 

Si las fuentes se secan, no hay desar­rol­lo posi­ble. Los pro­pios men­tores del par­que lo resum­ieron en una frase lap­i­daria que hoy debería estar graba­da en cada escuela, cada alcaldía, cada con­cien­cia: “El uso pri­or­i­tario debe ser el abastec­imien­to de aguas para los prin­ci­pales cen­tros urbanos circundantes”.

Medio siglo después: ¿qué celebramos?

Cel­e­bramos que Tere­paima aún con su nobleza res­pi­ra. Que sus sel­vas nubladas aún guardan jaguares, onzas y hele­chos. Que sus caminos aún cuen­tan his­to­rias prehispánicas. 

Pero tam­bién hace­mos un alto: si no se toman medi­das acer­tadas, ajus­tadas a la leg­is­lación ambi­en­tal vigente, si se sigue lucran­do a cos­ta de sus límites, si no se ele­va una ver­dadera con­cien­cia colec­ti­va, este medio siglo será ape­nas el pre­lu­dio de un lamento.

Tere­paima ya tiene 50 años. No es joven, pero tam­poco está viejo. Está, más bien, en vilo. Y como todo ser vivo que mira al futuro, espera que esta vez sí lo escuchemos.

CorreodeLara

Esᴛᴀ́ ᴜsᴛᴇᴅ, ᴅɪsᴛɪɴɢᴜɪᴅᴏ ʟᴇᴄᴛᴏʀ, ᴇɴ ᴛᴇʀʀɪᴛᴏʀɪᴏ ᴅᴇ ʜɪsᴛᴏʀɪᴀ, ᴅᴇ ʜᴏᴍʙʀᴇs ᴄɪᴠɪʟɪsᴛᴀs, ʏ sᴏʙʀᴇ ᴛᴏᴅᴏ, ᴅᴇ ɢʀᴀɴᴅᴇs ᴀᴄᴏɴᴛᴇᴄɪᴍɪᴇɴᴛᴏs ϙᴜᴇ ᴍᴀʀᴄᴀʀᴏɴ ᴜɴ ʜɪᴛo

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