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Las grandes traiciones de nuestra historia

Luis Heraclio Medina Canelón
Abogado — historiador

En estos días se está hablando mucho de traiciones y se va a seguir hablando de ese tema. El diccionario define la traición como el quebrantamiento de la lealtad o fidelidad que se debe tener para con alguien o algo. Si no existía previamente esa lealtad obligatoria no existe la traición. La traición la vemos en la guerra, en la política, en el amor y en la amistad, pero especialmente en la guerra y la política donde las lealtades son especialmente volátiles. La traición más conocida en el mundo entero es cuando Judas Iscariote vendió a Jesús por un puñado de monedas de plata. En Venezuela tenemos algunas traiciones notables.


Podemos recor­dar la traición que ocurre en Puer­to Cabel­lo en 1812. Fran­cis­co Hernán­dez Vinoni era un teniente de las Mili­cias de Blan­cos de Aragua desta­ca­do allí bajo las órdenes del joven coro­nel Simón Bolí­var. En un momen­to en que Bolí­var no esta­ba en el Castil­lo San Felipe, for­t­aleza y prisión de la ciu­dad, Hernán­dez Vinoni cam­bia de ban­do y se pasa a los real­is­tas. Inmedi­ata­mente lib­era a los pre­sos, entre los que se encon­tra­ban los canarios y par­dos encar­ce­la­dos a raíz del alza­mien­to de Valen­cia de 1811, quienes se hacen fuertes en el Castil­lo. Bolí­var inútil­mente tra­ta de reducir­los y ante la lle­ga­da de tropas real­is­tas a Valen­cia Bolí­var opta por reti­rarse por bar­co a La Guaira.  En esa for­t­aleza se encon­tra­ba bue­na parte del par­que de los patri­o­tas (fusiles, cañones, pólvo­ra, etc), por lo que la caí­da de este lugar en manos de los monárquicos fue un golpe fatal para la naciente república.

Castil­lo San Felipe de Puer­to Cabel­lo, lla­ma­do tam­bién “Castil­lo Libertador”

Poco después,  Fran­cis­co de Miran­da capit­u­la (se rinde) a las fuerzas real­is­tas en San Mateo, pese a con­tar con más sol­da­dos que sus ene­mi­gos y no haber recibido todavía una der­ro­ta aplas­tante. Por medio de esta capit­u­lación Miran­da entre­ga­ba las tropas y todo el arma­men­to a los real­is­tas y obtenía un salvo­con­duc­to para irse fuera de Venezuela. Bolí­var, Miguel Peña y otros patri­o­tas con­sid­er­aron que Miran­da los había traiciona­do y lo apre­saron; lo entre­garon a los real­is­tas y de allí fue a parar a la prisión de La Car­ra­ca en España, donde murió.

Miran­da en La Car­ra­ca, por Arturo Michelena

Muchos años más tarde, ocurre una de las traiciones más famosas de la his­to­ria políti­ca y mil­i­tar venezolana:

Para la déca­da de 1870 Anto­nio Guzmán Blan­co era el dueño abso­lu­to del poder en Venezuela. Su segun­do, el hom­bre de acción, era el cojedeño Matías Salazar, un guer­rero de la vie­ja escuela, valeroso, indis­ci­plina­do y osa­do, con gran ascen­di­ente en los pueb­los de Carabobo y Cojedes. “Mati­itas”, lo conocían por su esca­so tamaño. Al frente de las tropas de Guzmán, Matías Salazar había toma­do Cara­cas a san­gre y fuego, desa­lo­jan­do al ene­mi­go y facil­i­tan­do la entron­ización de Guzmán. Fue des­ig­na­do segun­do jefe del ejérci­to y luego pres­i­dente de Carabobo. Pero poco a poco va dis­tan­cián­dose de su jefe y mues­tra sus ape­ten­cias de poder. El 20 mayo de 1871, en una de las fre­cuentes vis­i­tas de Guzmán Blan­co a Valen­cia “Mati­itas” le mon­ta una tram­pa: con engaños lo hace ir a una cochera donde un grupo de sicar­ios esper­an para matar al pres­i­dente, pero a últi­ma hora Guzmán es adver­tido del plan y ráp­i­da­mente se reti­ra salván­dose por min­u­tos. Era la noche de “San Bernardi­no” en el san­toral, y así es recor­da­da esa noche que pudo cam­biar la his­to­ria. Salazar huyó, se alzó con sus tropas, fue der­ro­ta­do y per­don­a­do por Guzmán. Luego se volvió a alzar, pero ya no hubo perdón: Guzmán ordenó que lo fusila­ran entre Taguanes y Tinaquillo.

Ya en el siglo XX ten­emos a Cipri­ano Cas­tro en el poder. El hom­brecito de Capa­cho es muy descon­fi­a­do. Tiene como vicepres­i­dente a su com­padre Juan Vicente Gómez, pero no con­fía en él ple­na­mente. Varias veces lo pone a prue­ba para ver has­ta donde lle­ga la fidel­i­dad del hom­bre, pero Gómez siem­pre le es leal. Pero Cas­tro enfer­ma, los ciru­janos le recomien­dan via­jar a Europa para tratarse con los más mod­er­nos tratamien­tos médi­cos de la época. En noviem­bre de 1908 Cas­tro se embar­ca y deja encar­ga­do de la pres­i­den­cia a su queri­do com­padre Juan Vicente. En diciem­bre Gómez le da un golpe de esta­do a Cas­tro, quien más nun­ca podrá regre­sar a Venezuela.

Gómez tenía tam­bién otro com­padre muy queri­do, Román Del­ga­do Chal­baud, la figu­ra más prom­ete­do­ra de su rég­i­men, pero en 1913 le advierten a Gómez que Del­ga­do lo ha traiciona­do y planea un golpe en su con­tra que incluye has­ta la posi­bil­i­dad de asesinarlo. Inmedi­ata­mente orde­na deten­er­lo en La Rotun­da, donde pasará catorce años con gril­los en los tobil­los y pasan­do hambre.

Pero las tiranías son muy pro­lí­fi­cas a la hora de las traiciones. Años más tarde se pro­duce uno de los even­tos que más ha con­mo­ciona­do a Venezuela: El 30 de junio de 1923, den­tro del mis­mísi­mo Pala­cio de Miraflo­res, el lugar más seguro, pro­te­gi­do y vig­i­la­do de toda Venezuela, es asesina­do a puñal­adas en su habitación el primer vicepres­i­dente de la repúbli­ca y a la vez  gob­er­nador del Dis­tri­to Fed­er­al Juan Crisós­to­mo (Juan­chi­to) Gómez, her­mano del dic­ta­dor Juan Vicente Gómez. Ofi­cial­mente se anun­cia­ron unos cul­pa­bles, pero esa ver­sión no la creyó nadie. Los homi­ci­das tuvieron que ser gente del entorno más ínti­mo del dic­ta­dor, para poder entrar has­ta las habita­ciones pri­vadas y salir sin ser nota­dos. La opinión más gen­er­al­iza­da de este caso es de que estu­vieron impli­ca­dos el hijo de Gómez, José Vicente (Vicen­ti­co) Gómez Bel­lo (segun­do vicepres­i­dente de la repúbli­ca e inspec­tor gen­er­al del ejérci­to) y su madre Dion­isia Bel­la, ex con­cu­bi­na del tira­no. El moti­vo sería doble: la ambi­ción de Vicen­ti­co para acced­er al poder elim­i­nan­do a su tío que era el primer vicepres­i­dente y la ven­gan­za de Dion­isia, que acus­a­ba a Juan­chi­to de haber cau­sa­do la muerte de una hija de Dion­isia,  quien se sucidó luego de que Juan­chi­to la despres­ti­gia­ra. El autor mate­r­i­al sería uno de los amantes homo­sex­u­ales de Juan­chi­to, quien tenía debil­i­dad por los hom­bres de uni­forme. Lo cier­to es que var­ios tes­ti­gos fueron asesina­dos por los esbir­ros y nun­ca se pudo saber la total­i­dad del hecho.

Así son la guer­ra y la políti­ca, de traición en traición.

Luis Her­a­clio Med­i­na Canelón.

Luis Medina Canelón

Abogado, escritor e historiador Miembro Correspondiente de la Academia de Historia del Estado Carabobo

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