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Marita Lorenz, la espía que intimó con Marcos Pérez Jiménez

Espía, amante, testigo incómoda y madre en disputa. Ilona Marita Lorenz atravesó algunos de los episodios más turbios de la Guerra Fría y terminó vinculada al ocaso del dictador venezolano Marcos Pérez Jiménez. Desde su relación con Fidel Castro en la Cuba revolucionaria y su contacto con agencias de inteligencia estadounidenses, hasta su aparición en un tribunal federal de Miami intentando frenar una extradición histórica, Lorenz encarna la zona gris donde se mezclan espionaje, poder, sexualidad política y estrategias judiciales desesperadas

Luis Alber­to Per­o­zo Padua
Peri­odista espe­cial­iza­do en cróni­cas históricas
[email protected]
@LuisPerozoPadua

Ilona Mari­ta Lorenz nació el 18 de agos­to de 1939 en Bre­men, Ale­ma­nia, en una Europa dev­as­ta­da por la Segun­da Guer­ra Mundi­al. Su infan­cia estu­vo mar­ca­da por el con­flic­to: sien­do niña sobre­vivió al cam­po de con­cen­tración de Bergen-Belsen, expe­ri­en­cia que ella mis­ma señalaría como deter­mi­nante en su carác­ter. Su padre fue capitán de mari­na mer­cante y su madre, de nacional­i­dad esta­dounidense, man­tu­vo vín­cu­los con entornos diplomáti­cos e infor­ma­tivos que acer­caron tem­prana­mente a Lorenz a cír­cu­los de poder.

A finales de los años cin­cuen­ta, Lorenz ya se movía con nat­u­ral­i­dad entre Europa, Améri­ca Lati­na y Esta­dos Unidos. En 1959, tras el tri­un­fo de la Rev­olu­ción cubana, llegó a La Habana y entabló una relación ínti­ma con Fidel Cas­tro. Vivió var­ios meses alo­ja­da en el entonces Hotel Habana Libre y fue tes­ti­go direc­ta de la eta­pa ini­cial del nue­vo rég­i­men. Años más tarde afir­maría que quedó embaraza­da de Cas­tro y que perdió al hijo en cir­cun­stan­cias nun­ca aclaradas, un episo­dio que con­tribuyó a rodear su figu­ra de mis­te­rio y controversia.

Tras romper con Cas­tro, Lorenz se incor­poró a redes anti­cas­tris­tas en Esta­dos Unidos. Según su pro­pio tes­ti­mo­nio —par­cial­mente cor­rob­o­ra­do por archivos desclasi­fi­ca­dos— fue uti­liza­da por la CIA como colab­o­rado­ra oca­sion­al y acep­tó par­tic­i­par en una mis­ión para asesinar a Cas­tro medi­ante cáp­su­las de veneno. La mis­ión fra­casó antes de eje­cu­tarse. Des­de entonces, Lorenz quedó reg­istra­da como una figu­ra per­iféri­ca del espi­ona­je esta­dounidense: más infor­mante y tes­ti­go que agente oper­a­ti­va, pero útil por su acce­so a hom­bres de poder.

Mari­ta jun­to a la hija que tuvo con el dic­ta­dor vene­zolano Mar­cos Pérez Giménez. Foto Micke Sébastien, Paris Match y Edi­ciones Penín­su­la. Con­tac­to D. R.

El dic­ta­dor en el exilio

Cuan­do Ilona Lorenz cono­ció a Mar­cos Pérez Jiménez, el exman­datario vene­zolano ya había pasa­do de dic­ta­dor todopoderoso a acu­sa­do inter­na­cional. Der­ro­ca­do el 23 de enero de 1958, huyó primero a Repúbli­ca Domini­cana y luego a Panamá, has­ta estable­cerse en Esta­dos Unidos, donde fue detenido en 1960 por irreg­u­lar­i­dades migra­to­rias y pos­te­ri­or­mente proce­sa­do por malver­sación de fon­dos públicos.

Venezuela ini­ció entonces un com­ple­jo pro­ce­so de extradi­ción, sus­ten­ta­do en prue­bas de enriquec­imien­to ilíc­i­to, cuen­tas ban­car­ias en el extran­jero y adquisi­ción de bienes con fon­dos del Esta­do. Pérez Jiménez con­trató abo­ga­dos espe­cial­iza­dos en dere­cho fed­er­al y desplegó una defen­sa ori­en­ta­da a retrasar el pro­ced­imien­to el may­or tiem­po posi­ble. Cada recur­so legal, cada inci­dente colat­er­al, era una opor­tu­nidad para ganar meses.

Fue en ese con­tex­to cuan­do ini­ció su relación con Lorenz, en Mia­mi y Nue­va York, donde ella pasó a ocu­par un lugar cer­cano en la vida pri­va­da del exdic­ta­dor. Según relató pos­te­ri­or­mente, Pérez Jiménez la man­tu­vo económi­ca­mente durante un tiem­po y la pre­sen­tó en cír­cu­los de exil­i­a­dos como su com­pañera. La relación fue inten­sa, pero inestable, atrav­es­a­da por el miedo a la extradi­ción y por las ten­siones propias de un hom­bre que veía der­rum­barse su poder.

(NY22—12 de agos­to) Extradi­ción a Venezuela aproba­da.— El ex pres­i­dente vene­zolano Mar­cos Pérez Jiménez, cuya extradi­ción fue solic­i­ta­da para que enfrente juicio por el pre­sun­to des­fal­co de más de 13 mil­lones de dólares de ese país, fue aproba­da hoy por Esta­dos Unidos.
La decisión fue anun­ci­a­da por el sec­re­tario de Esta­do Rusk y con­sti­tuye la primera vez que un ex jefe de Esta­do es orde­na­do a ser extra­di­ta­do des­de Esta­dos Unidos.
Pérez Jiménez ha per­maneci­do detenido en una cár­cel de Flori­da des­de diciem­bre de 1962 mien­tras com­bat­ía el inten­to de extradi­ción en su con­tra.
(Foto AP Wirepho­to) (ver nota de AP Wire)

Encuen­tro bajo alias y mis­ión secreta

El encuen­tro entre Ilona Lorenz y Mar­cos Pérez Jiménez no nace del deseo, sino de una mis­ión políti­ca. En mar­zo de 1961, cuan­do el dic­ta­dor vene­zolano llev­a­ba ya tres años der­ro­ca­do y residía en el sur de Flori­da, Lorenz fue con­duci­da a una res­i­den­cia de Mia­mi Beach para entre­vis­tarse con un hom­bre pre­sen­ta­do bajo el alias de “Gen­er­al Díaz”. No era una cortesía: Lorenz actu­a­ba entonces como men­sajera de la Briga­da Inter­na­cional Anti­co­mu­nista, una red que recaud­a­ba fon­dos entre exman­datar­ios y fig­uras del anti­co­mu­nis­mo hemisférico.

Su encar­go fue direc­to: exi­gir a Pérez Jiménez una con­tribu­ción de 200.000 dólares para la orga­ni­zación. No era una donación vol­un­taria; era el pre­cio de pertenecer —o al menos de no quedar ais­la­do— den­tro del eco­sis­tema de poder que pro­tegía a los caí­dos útiles de la Guer­ra Fría. A par­tir de ese momen­to, según el pro­pio tes­ti­mo­nio de Lorenz, el vín­cu­lo se inten­si­ficó. “Me per­sigu­ió durante seis sem­anas”, declararía después. La frase, delib­er­ada­mente ambigua, ha sido leí­da durante décadas como insis­ten­cia sen­ti­men­tal. Pero en el con­tex­to real —dinero, espi­ona­je, iden­ti­dades fal­sas— tam­bién puede leerse como interés estratégico.

Es en esa zona gris donde la his­to­ria da un giro deci­si­vo. La relación, que habría comen­za­do bajo parámet­ros oper­a­tivos, derivó en un vín­cu­lo ínti­mo que cul­minó con el nacimien­to de una hija. La niña, María Vic­to­ria, nació en 1961, en Esta­dos Unidos, en pleno perío­do en que Pérez Jiménez enfrenta­ba pre­siones legales cre­cientes por parte del Esta­do vene­zolano, que bus­ca­ba su extradi­ción por deli­tos de cor­rup­ción y enriquec­imien­to ilícito.

Cuan­do Lorenz inter­pu­so la deman­da judi­cial de pater­nidad, la niña tenía ape­nas unos meses de naci­da. El momen­to no fue neu­tro. En el dere­cho esta­dounidense, un pro­ce­so civ­il acti­vo —espe­cial­mente uno que involu­crara manu­ten­ción, fil­iación y dere­chos famil­iares— podía con­ver­tirse en un obstácu­lo proce­sal para una extradi­ción inmedi­a­ta. La figu­ra del exdic­ta­dor deja­ba de ser úni­ca­mente la de un reo recla­ma­do por otro Esta­do: pasa­ba a ser padre deman­da­do, con obliga­ciones pen­di­entes den­tro de la juris­dic­ción norteamericana.

Aquí es donde la his­to­ria deja de ser anecdóti­ca y se vuelve políti­ca. La deman­da no solo colocó a Pérez Jiménez en el cen­tro de un con­flic­to pri­va­do; lo ancló jurídica­mente al ter­ri­to­rio esta­dounidense en un momen­to críti­co. La defen­sa del exman­datario pudo argu­men­tar —y de hecho lo hizo— que existían asun­tos civiles sin resolver que requerían su per­ma­nen­cia en el país. Cada sem­ana gana­da era una vic­to­ria frente a Caracas.

La pre­gun­ta incó­mo­da, la que rara vez se for­mu­la en Venezuela, es inevitable:
¿Fue Ilona Lorenz úni­ca­mente una amante traiciona­da… o una pieza fun­cional —vol­un­taria o no— den­tro de una estrate­gia legal para dilatar la extradición?

El patrón no es excep­cional. En la Guer­ra Fría, los expe­di­entes per­son­ales fueron uti­liza­dos como escu­d­os jurídi­cos, y los vín­cu­los ínti­mos, reales o induci­dos, se con­virtieron en her­ramien­tas para ganar tiem­po. Lorenz, for­ma­da en entornos de inteligen­cia, conocía el val­or de un con­flic­to legal bien colo­ca­do. Pérez Jiménez, cur­tido en el uso instru­men­tal del poder, entendía per­fec­ta­mente lo que sig­nifi­ca­ba con­ver­tir lo pri­va­do en una trinchera judicial.

Nada de esto exon­era ni con­de­na por sí solo. Pero desmon­ta la ver­sión cómo­da. La relación entre Ilona Lorenz y Mar­cos Pérez Jiménez no puede leerse fuera del con­tex­to de espi­ona­je, finan­ciamien­to políti­co y super­viven­cia legal. La hija, la deman­da y el momen­to elegi­do no son episo­dios mar­ginales: son piezas que enca­jan demasi­a­do bien en un tablero donde la extradi­ción era la ame­naza central.

Y cuan­do demasi­adas coin­ci­den­cias se alin­ean, la his­to­ria deja de ser sen­ti­men­tal para vol­verse, otra vez, política.

(Orig­i­nal Cap­tion) Ilona Mari­ta Loren­z’s plea was denied in a Mia­mi Fed­er­al court on 8/6 to block the extra­di­tion of ex-Venezue­lan pres­i­dent, Mar­cos Perez Jimenez. The 26-year-old blond, shown with her attor­ney, Mon­tague Rosen­berg, charged that Jimenez had failed to keep an agree­ment to sup­port the woman and her 17 moth old daugh­ter with all the lux­u­ries with which he sur­round­ed his wife.

Una hija en medio del cerco

En mar­zo de 1962, en Nue­va York, Lorenz dio a luz a una niña a la que llamó Móni­ca Mer­cedes Pérez Jiménez. El nom­bre no fue casu­al. Lorenz afir­mó que el exdic­ta­dor recono­ció pri­vada­mente la pater­nidad y que se com­pro­metió a garan­ti­zar manu­ten­ción, vivien­da y seguri­dad tan­to para ella como para la menor. Tam­bién sos­tu­vo que Pérez Jiménez reac­cionó con vis­i­ble inco­mo­di­dad al cono­cer el nacimien­to, con­sciente de que una hija fuera de su mat­ri­mo­nio com­plic­a­ba aún más su situación legal y personal.

Durante los meses sigu­ientes, la relación se dete­ri­oró. Lorenz denun­ció que los com­pro­misos económi­cos fueron incumpli­dos y que quedó prác­ti­ca­mente aban­don­a­da con una hija pequeña en medio de un pro­ce­so judi­cial de alto per­fil. Para entonces, el cer­co legal con­tra Pérez Jiménez se estrech­a­ba y la extradi­ción parecía inevitable.

La deman­da como escu­do legal

En agos­to de 1963, cuan­do el pro­ce­so de extradi­ción entra­ba en su fase final, Lorenz apare­ció en un tri­bunal fed­er­al de Mia­mi, rep­re­sen­ta­da por el abo­ga­do Mon­tague Rosen­berg. Tenía 26 años y su hija 17 meses de edad. La acción judi­cial bus­ca­ba blo­quear o sus­pender la extradi­ción, ale­gan­do incumplim­ien­to de obliga­ciones económi­cas y respon­s­abil­i­dades famil­iares por parte del exdictador.

Según declara­ciones pos­te­ri­ores de la propia Lorenz, la ini­cia­ti­va no fue com­ple­ta­mente espon­tánea. Afir­mó que abo­ga­dos vin­cu­la­dos a la defen­sa de Pérez Jiménez le sugirieron uti­lizar una deman­da de pater­nidad como vía para intro­ducir un nue­vo frente legal que obligara al tri­bunal a con­sid­er­ar una sus­pen­sión tem­po­ral del pro­ce­so. La estrate­gia no era inédi­ta: en la jurispru­den­cia esta­dounidense de la época, los con­flic­tos civiles para­le­los podían, en cier­tos casos, gener­ar retra­sos significativos.

El tri­bunal rec­hazó la solic­i­tud el 6 de agos­to de 1963, al con­sid­er­ar que los reclam­os per­son­ales no tenían inci­den­cia legal sobre un pro­ced­imien­to de extradi­ción entre Esta­dos sober­a­nos. La man­io­bra fra­casó. Días después, Pérez Jiménez fue envi­a­do a Venezuela para enfrentar a la justicia.

Tác­ti­cas des­de la sombra

La inter­ven­ción de Ilona Lorenz no puede expli­carse como un acto ingen­uo ni como un sim­ple arreba­to emo­cional. Su his­to­r­i­al pre­vio —rela­ciones con jefes de Esta­do, con­tac­to direc­to con ser­vi­cios de inteligen­cia y par­tic­i­pación en opera­ciones encu­bier­tas— la sitúa muy lejos del per­fil de una madre desin­for­ma­da que acude espon­tánea­mente a un tri­bunal. Lorenz sabía cómo fun­cio­nan los tiem­pos judi­ciales, cómo se intro­ducen causas colat­erales y, sobre todo, cómo se gana tiempo.

El momen­to elegi­do para la deman­da no fue casu­al. Apare­ció cuan­do la extradi­ción de Mar­cos Pérez Jiménez esta­ba prác­ti­ca­mente deci­di­da y cuan­do su defen­sa agota­ba los recur­sos for­males. Intro­ducir una recla­mación de pater­nidad y manu­ten­ción bus­ca­ba forzar audi­en­cias adi­cionales, abrir flan­cos civiles y con­t­a­m­i­nar un expe­di­ente penal con ele­men­tos emo­cionales y mediáti­cos. Era una juga­da clási­ca de dilación, uti­liza­da en otros pro­ce­sos sen­si­bles de la Guer­ra Fría.

No existe un doc­u­men­to que pruebe una coor­di­nación escri­ta entre Lorenz y los abo­ga­dos del exdic­ta­dor, pero el patrón es demasi­a­do pre­ciso para atribuir­lo solo a la casu­al­i­dad. La propia Lorenz admi­tió años después que la idea surgió en con­ver­sa­ciones con el entorno legal de Pérez Jiménez. No fue una impro­visación: fue un inten­to con­sciente de alter­ar el cur­so de la justicia.

Mari­ta Lorenz. Foto Micke Sébastien, Paris Match y Edi­ciones Penín­su­la. Con­tac­to D. R.

La man­io­bra fra­casó. El tri­bunal fed­er­al cer­ró la puer­ta y la extradi­ción se eje­cutó. Pero el episo­dio deja una enseñan­za incó­mo­da para la his­to­ria vene­zolana: el perezji­menis­mo no cayó úni­ca­mente por la pre­sión pop­u­lar o diplomáti­ca, sino que inten­tó sobre­vivir has­ta el últi­mo momen­to uti­lizan­do las zonas gris­es del dere­cho, inclu­so instru­men­tal­izan­do vín­cu­los personales.

Ilona Lorenz no logró sal­var a Mar­cos Pérez Jiménez, pero tam­poco fue una figu­ra mar­gin­al. Fue una pieza más —efímera, polémi­ca y delib­er­a­da— en el epíl­o­go de una dic­tadu­ra que, aun der­ro­ta­da, inten­tó man­io­brar des­de la sombra.

CorreodeLara

Esᴛᴀ́ ᴜsᴛᴇᴅ, ᴅɪsᴛɪɴɢᴜɪᴅᴏ ʟᴇᴄᴛᴏʀ, ᴇɴ ᴛᴇʀʀɪᴛᴏʀɪᴏ ᴅᴇ ʜɪsᴛᴏʀɪᴀ, ᴅᴇ ʜᴏᴍʙʀᴇs ᴄɪᴠɪʟɪsᴛᴀs, ʏ sᴏʙʀᴇ ᴛᴏᴅᴏ, ᴅᴇ ɢʀᴀɴᴅᴇs ᴀᴄᴏɴᴛᴇᴄɪᴍɪᴇɴᴛᴏs ϙᴜᴇ ᴍᴀʀᴄᴀʀᴏɴ ᴜɴ ʜɪᴛo

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