La puya o nica: la moneda mínima que sostuvo la economía venezolana
La “puya” o “nica”, la moneda de cinco céntimos fue durante más de un siglo el vuelto imprescindible de los venezolanos. Desde su primera acuñación en 1897 hasta su desaparición en 2011, cuenta una historia de orden monetario, vida cotidiana y memoria popular
Luis Alberto Perozo Padua
Periodista especializado en crónicas históricas
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@LuisPerozoPadua
Antes del bolívar, Venezuela vivía un caos monetario. Circulaban reales españoles, pesos colombianos, monedas extranjeras y fichas privadas. En ese escenario de desorden y falta de cambio menudo, la gente bautizó como “puya” a la fracción mínima que permitía cerrar transacciones pequeñas. No era un nombre oficial, pero sí una solución práctica convertida en costumbre.
La historia formal de la puya comenzó con un decreto del 19 de mayo de 1896, firmado por el presidente Joaquín Crespo. Allí se autorizó la acuñación de monedas de cinco céntimos en cuproníquel. El contrato se firmó con la Casa de Moneda de Berlín, que produjo cuatro millones de piezas. Llegaron a La Guaira en marzo de 1897 y entraron en circulación de inmediato.
Aquella primera puya medía unos 19 milímetros, pesaba alrededor de 2,3 gramos y tenía borde liso. En el anverso mostraba el escudo nacional de los Estados Unidos de Venezuela; en el reverso, el valor “5 CÉNTIMOS” dentro de una corona de laurel. Era pequeña, liviana y pensada para durar.

Una moneda humilde con una vida larguísima
A lo largo del siglo XX, la puya se convirtió en la reina del vuelto. Hubo emisiones en 1915, 1921, 1925, 1927, 1929, 1936, 1938, 1944, 1945, 1946 y 1948. Se fabricaron en distintos metales y en diferentes casas de moneda, primero en el extranjero y luego con mayor participación local. En total, se estima que más de 67 millones de piezas clásicas circularon por el país.
Con ella se compraban caramelos, se pagaban pasajes cortos, se ajustaban cuentas en mercados y se sellaban tratos mínimos. Era la moneda que siempre había “por si acaso”. En algunas regiones la llamaban “cobrito”, en otras simplemente “la puya”, pero en todas tenía el mismo valor simbólico: resolver lo pequeño.
A juicio del cronista Oscar Yanes: “La puya y la locha eran el lenguaje entre el bodeguero y el pulpero en una Venezuela arruinada por las enfermedades y la pobreza”.
Adiciona Yanes, que la expresión “Están gozando un puyero” se refiere a la costumbre de guardar en frascos de vidrio los vueltos de las compras en “puyas” (Bs. 0,05); al abrirse los frascos se entregaba “ese puyero” a los muchachos para que lo gastaran en chucherías. Remarcaba, además que a la puya también se le conocía como: Nica. Recibió muchos otros nombres como: centavo, cobre, churupo, chiva.
Cuando cinco céntimos alcanzaban para algo
Una puya —cinco céntimos de bolívar— tuvo poder de compra real en Venezuela desde finales del siglo XIX hasta, aproximadamente, los años 60 y comienzos de los 70. No fue una moneda simbólica: durante décadas fue dinero “de verdad”, útil en la vida cotidiana. Su valor, claro, fue erosionándose con el tiempo, pero por mucho tiempo resolvió necesidades concretas.
Finales del siglo XIX – primeras décadas del XX
Con una puya se podía:
– Comprar un caramelo grande o varias golosinas pequeñas
– Pagar una taza de café sencillo en una fonda
– Comprar un pan pequeño o una galleta
– Dar una propina mínima
– Pagar una carta postal o papel para escribir
– Comprar una ración mínima de arroz, azúcar o sal en pulperías
– Cubrir parte de un pasaje corto en tranvía o carreta
– Comprar una vela o fósforos
En ese período, cinco céntimos sí resolvían algo concreto. No era vuelto decorativo: era dinero funcional.
Años 30 – 40
Todavía tenía fuerza real. Con una puya podías:
– Comprar un café negro
– Un pan dulce o pan salado pequeño
– Una porción mínima de papelón rallado
– Un periódico atrasado
– Un pasaje urbano corto o completar uno mayor
– Dulces tradicionales: cocadas, panelitas, suspiros, alfeñiques
– Una bolsa pequeña de maní tostado
Aquí la puya era la moneda del vuelto exacto. Si no había puya, la gente se molestaba: la ausencia de esos cinco céntimos se sentía.
Años 50 – 60
Empieza a perder poder adquisitivo, pero aún sirve:
– Una chupeta o caramelo
– Un cafecito muy básico
– Una bolsita mínima de cotufas
– Un pasaje escolar corto
– Una estampa religiosa
– Un papel o un sobre
Ya no compraba “comida” como tal, pero seguía siendo útil.
Años 70 – 80
Aquí prácticamente muere en la práctica:
– Nada relevante por sí sola
– Solo servía para completar un vuelto
– Algunos comerciantes la rechazaban
– Los niños la juntaban como “moneda vieja”
Desde este punto en adelante, la puya ya era una reliquia circulante: una moneda que seguía existiendo en metal, pero había dejado de existir en la economía real.
La inflación terminó por matarla. A finales del siglo XX ya no compraba casi nada. En 2011 fue desmonetizada oficialmente, convertida en chatarra legal. Pero su nombre siguió vivo en la conversación popular y en la memoria de quienes crecieron contando puyas sobre el mostrador.
Hoy la puya no suena en los bolsillos ni sirve para dar vuelto, pero todavía pesa en la memoria. Fue la moneda más humilde y, al mismo tiempo, una de las más importantes. Porque sostuvo la economía doméstica cuando el bolívar valía algo y el país creía en el mañana. En ese pedazo mínimo de metal quedó atrapada una Venezuela que ya no existe, pero que todavía se recuerda… puya a puya.



