El fusilamiento de Leonardo Infante y los apuros de su juez

Elías Pino Iturrieta
Historiador

Uno de los episodios que incrementan las distancias entre venezolanos y granadinos cuando va a estallar la crisis de Colombia, es el juicio seguido en la capital contra el coronel Leonardo Infante. Ahora veremos lo esencial de sus peripecias


Naci­do en los llanos de Chaguara­mal y cel­e­bra­do por sus ascen­sos en el ejérci­to después de empezar la car­rera como sol­da­do raso, Infante es un ejem­p­lo de cora­je y superación. Su leyen­da de bravu­ra entre­tiene las con­ver­siones de los cam­pa­men­tos, y su ubi­cación en fun­ciones de coman­do lla­ma la aten­ción sobre las opor­tu­nidades de ascen­so que la patria ofrece a sus servi­dores. Infante es acu­sa­do de asesinar a uno de sus sub­al­ter­nos, un teniente tam­bién vene­zolano, y hal­la­do cul­pa­ble por un tri­bunal que pre­side el mag­istra­do valen­ciano Miguel Peña. Lo que en situa­ciones nor­males debe pasar como trámite cotid­i­ano, se con­vierte en cen­tro de asperezas que traspasan el lin­dero de los estrados.

Coro­nel Leonar­do Infante

En el suce­so está involu­cra­dos dos indi­vid­u­os céle­bres de la vida vene­zolana. Infante, por sus vic­to­rias y su valen­tía. Peña por una pres­en­cia que remon­ta a los orí­genes de la repúbli­ca, cuan­do sobre­sale entre los ani­madores de la Sociedad Patrióti­ca de Cara­cas. Sus cre­den­ciales lo intro­ducen en los cenácu­los ilustra­dos de la sabana y lo ele­van a la Corte Supre­ma de Jus­ti­cia, que lo pone a encabezar el pro­ce­so que aho­ra revuelve a la opinión públi­ca. El acu­sa­do es con­de­na­do al últi­mo sup­li­cio, pero Peña se nie­ga a fir­mar la sen­ten­cia porque, según ase­gu­ra en escritos por­menoriza­dos, advierte irreg­u­lar­i­dades o impre­ci­siones en la suma del voto de los jue­ces. Sus cole­gas insis­ten en lo inob­jetable del mecan­is­mo de la votación y ele­van el caso ante el Con­gre­so, para pedir san­ciones con­tra el pro­tag­o­nista del desacato.

El sena­do dis­cute el nego­cio y lle­ga a pro­pon­er que se con­dene a Peña por una ¨acti­tud man­i­fi­es­ta­mente con­traria con­tra el bien de la Repúbli­ca¨, pero no alcan­zan los votos para lle­gar a una decisión así de enfáti­ca. Se le sus­pende entonces por un año, con reba­ja de suel­do para pagar a su reem­plazante. Sin el escol­lo que la entor­pecía puede la Corte cer­rar la causa con­tra el coro­nel Infante, cuyo fusil­amien­to ocurre el 26 de mar­zo de 1825. Vale la pena deten­erse en la descrip­ción del acto, inclu­i­da en la Gac­eta de Colom­bia, porque ofrece detalles sus­cep­ti­bles de infor­mar sobre las sen­si­bil­i­dades con­movi­das por el espec­tácu­lo que pueden provo­car reac­ciones de trascen­den­cia política:

El reo con­servó has­ta sus últi­mos momen­tos aque­l­la pres­en­cia de áni­mo con que tan­tas veces se había pre­sen­ta­do delante de los ene­mi­gos de su patria. Su mar­cha al lugar del patíbu­lo vesti­do con el uni­forme mil­i­tar, inspira­ba ideas con­so­lado­ras a la esta­bil­i­dad de la repúbli­ca, a la vez que con­sternó el áni­mo de los espec­ta­dores: un hom­bre, ele­va­do des­de la últi­ma clase mil­i­tar al ran­go de Coro­nel, vence­dor en cien batal­las, man­i­festa­ba la jus­ti­cia del Gob­ier­no que lo había rec­om­pen­sa­do mien­tras empleó su espa­da con­tra los ene­mi­gos de la inde­pen­den­cia y de la lib­er­tad: ese mis­mo Coro­nel, vence­dor en cien batal­las, des­ti­na­do a perder la vida por el homi­cidio de que fue acu­sa­do, mostra­ba que la ley tiene toda su fuerza en Colom­bia y que cas­ti­ga con igual­dad a los que la infrin­gen. ¡Ya no existe el des­gra­ci­a­do Coro­nel Infante! Per­mi­ta el cielo que nun­ca jamás vuel­va a pre­sen­tarse en la Repúbli­ca un espec­tácu­lo tan sen­si­ble, no obstante su jus­ti­cia y rectitud.

Después de eje­cu­ta­da la sen­ten­cia se pre­sen­tó el Exmo. Señor Vicepres­i­dente a cabal­lo entre las tropas que con­cur­rieron a la eje­cu­ción y les dijo: «!Sol­da­dos de la Repúbli­ca! Ved este cadáver, las leyes han eje­cu­ta­do este acto de jus­ti­cia. Mien­tras el Coro­nel infante empleó su espa­da con­tra los ene­mi­gos de la Repúbli­ca y la sirvió con fidel­i­dad y bizarría, el Gob­ier­no lo colmó de hon­ores y rec­om­pen­sas, pero la ley descargó sobre él todo su rig­or el día en que, olvi­dan­do sus deberes, sac­ri­ficó alevosa­mente a un ciu­dadano, ofi­cial tam­bién de la Repúbli­ca. Este es el bien que ha con­segui­do Colom­bia después de sus glo­riosos sac­ri­fi­cios. Mi corazón está par­tido de dolor con la vista de seme­jante espec­tácu­lo, y nece­si­to toda la fuerza de mis prin­ci­p­ios para hablaros delante de este cadáver.

Después de exal­tar el cora­je físi­co del héroe fusila­do, la cróni­ca pone énfa­sis en la necesi­dad de deten­er los exce­sos de los mil­itares. Mere­cen encomio cuan­do sir­ven con leal­tad a la patria, pero deben quedar suje­tos a penas sev­eras, como la de muerte, cuan­do atro­pel­lan las leyes. La Gac­eta de Colom­bia uti­liza la con­duc­ta del con­de­na­do para comu­nicar una lec­ción de acatamien­to a las reg­u­la­ciones. El sol­da­do des­dicha­do acep­ta su cul­pa y mar­cha con serenidad a pagar­la ante la sociedad, meti­do en el uni­forme que hon­ró en la guer­ra y manchó con un homi­cidio. Pero el men­saje sale de los labios del Vicepres­i­dente San­tander, cuya pres­en­cia cer­ca del paredón indi­ca la rel­e­van­cia que con­cede al suce­so como evi­den­cia del esta­do de dere­cho en el establec­imien­to recién fundado. 

Pero tam­bién, como pueden sen­tir en numerosos rin­cones del mapa más allá de la Nue­va Grana­da, como una ostentación del poder que puede ejercer ante sus adver­sar­ios vene­zolanos. El hom­bre que cae en una plaza cén­tri­ca de Bogotá nace en Venezuela, mas tam­bién el juez que pierde el car­go por negarse a suscribir su sen­ten­cia. En un rompecabezas como el que se tra­ta de sol­dar, la com­pare­cen­cia y la aren­ga de don Fran­cis­co de Paula pueden ser malinterpretadas.

Más todavía cuan­do las autori­dades de la cap­i­tal involu­cran a Peña en un nue­vo caso lla­ma­do a sem­brar ron­chas. Agentes del gob­ier­no cen­tral envían a Venezuela por su con­duc­to una ele­va­da can­ti­dad de dinero en efec­ti­vo, alrede­dor de cuya entre­ga afir­man que fue escamotea­da o dis­traí­da una parte antes de lle­gar a su des­ti­no. El men­sajero hace cuen­tas para demostrar que no se aprovechó del encar­go y las expli­ca en un pliego lleno de detalles, de números pre­cisos, pero los dígi­tos de Bogotá dicen lo con­trario y per­miten que la pren­sa ase­gure que es un pícaro de colmil­los afi­la­dos. Acosa­do por rumores y por ame­nazas de cas­ti­go, Peña pre­fiere quedarse en Valen­cia, su ciu­dad natal, sin regre­sar a ofre­cer expli­ca­ciones per­sonal­mente. No será bien acogi­da la vuelta de un mag­istra­do con­de­na­do por los senadores y aho­ra sospe­choso de malver­sación de fon­dos, pien­sa jun­to con sus amigos.

Así como mul­ti­pli­can las mur­mu­ra­ciones sobre las difer­en­cias que exis­ten en Colom­bia por el ori­gen de quienes las pro­tag­on­i­zan, no en balde hay una rival­i­dad ya osten­si­ble entre vene­zolanos y reinosos por el con­trol de la activi­dad políti­ca, el suce­so hace que un hom­bre de expe­ri­en­cia en los asun­tos públi­cos quiera meter leña en el fuego de los sece­sion­istas que se agru­pan cer­ca del gen­er­al Páez. No solo se pre­sen­ta Peña como un políti­co persegui­do injus­ta­mente por el gen­er­al San­tander, sino tam­bién como el obstácu­lo de la causa que con­du­jo a la inmo­lación del hero­ico y admi­ra­do coter­rá­neo Leonar­do Infante. De allí que este­mos frente a suce­sos rel­e­vantes, que fomen­tan las antipatías y las espinas frente a la unión colombiana.

Toma­do de Prodavinci

CorreodeLara

Esᴛᴀ́ ᴜsᴛᴇᴅ, ᴅɪsᴛɪɴɢᴜɪᴅᴏ ʟᴇᴄᴛᴏʀ, ᴇɴ ᴛᴇʀʀɪᴛᴏʀɪᴏ ᴅᴇ ʜɪsᴛᴏʀɪᴀ, ᴅᴇ ʜᴏᴍʙʀᴇs ᴄɪᴠɪʟɪsᴛᴀs, ʏ sᴏʙʀᴇ ᴛᴏᴅᴏ, ᴅᴇ ɢʀᴀɴᴅᴇs ᴀᴄᴏɴᴛᴇᴄɪᴍɪᴇɴᴛᴏs ϙᴜᴇ ᴍᴀʀᴄᴀʀᴏɴ ᴜɴ ʜɪᴛo

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