CrónicasSemblanzas

Fernando Ponte y el manantial eterno de una aspiración

José Luis Sotillo
Cronista parroquial de Agua Viva
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@aguavivajose

Todavía hoy, cuan­do el vien­to baja de la ser­ranía de las Cuibas trayen­do ese olor a tier­ra moja­da que antic­i­pa la tarde con los apre­cia­bles crepús­cu­los al costa­do, parece escucharse el eco de sus pasos.

Fer­nan­do José Ponte Bor­jas cam­ina­ba cada mañana, o en algunos casos al final del día, pero entre los primeros rayos mañaneros, siluetea­do con­tra el hor­i­zonte, como un viejo roble que decidió echar raíces defin­i­ti­vas en este rincón del mun­do, jus­to donde la mon­taña se rinde ante la inmen­si­dad del valle; el cuál me invi­ta a escribir unas breves líneas para detal­lar los aportes al pro­ce­so de con­sol­i­dación de un opor­tuno proyec­to hídri­co, todavía vigente como la razon­a­da clar­i­dad que en su momen­to planteó.

Don Fer­nan­do Ponte gra­ban­do para el pro­gra­ma Ambi­ente y Con­ser­vación de Pro­mar Tv, en su apaci­ble morada

Pero, más allá de los por­menores y la angus­tiosa ambi­ción por mejo­rar la cal­i­dad del entorno al se debía. Es ade­cua­do señalar que don Fer­nan­do fué des­de un prin­ci­pio seduci­do para vivir en aque­l­los para­jes del extremo alto de Agua Viva. Sien­do en 1993, cuan­do fijó res­i­den­cia en el sec­tor Las Cuibas.

Atrás renun­cio a la vida que impli­ca las urbes cubier­tas de asfal­to y los despa­chos de la Gran Cara­cas, las jun­tas direc­ti­vas de la Cantv donde fue pres­i­dente nacional entre 1978 y 1979; y el bul­li­cio de la ciu­dad cre­pus­cu­lar que lo adop­tó des­de los cua­tro años, cuan­do arribó de su Mara­cai­bo natal. 

Deci­di­do, se vino a habitar la geografía mís­ti­ca de Agua Viva. No llegó solo: tra­jo con­si­go a su ama­da e insep­a­ra­ble esposa, Ana Pernía de Ponte, y a una estirpe de seis hijos que beberían de los prin­ci­p­ios morales que él aprendió de su abuela y de una tía. Tra­jo, sobre todo, una mira­da dis­tin­ta: la del inge­niero elec­tricista egre­sa­do de “la Casa que Ven­cen las Som­bras”; pero con un cúmu­lo de conocimien­tos vin­cu­la­dos con los viejos sis­temas de dis­tribu­ción de agua lev­an­ta­dos por la antigua civ­i­lización romana; para enten­der los flu­i­dos de la tierra.

Fue esa mira­da la que al percibir la sed de los pobladores, des­cubrió un tesoro olvi­da­do: las vie­jas arte­rias del acue­duc­to Agua Blan­ca-Gua­macire, con­stru­i­do en 1928 bajo el rég­i­men de Eusto­quio Gómez. Como un geól­o­go que hal­la una veta pre­ciosa, el inge­niero supo que la gravedad —esa fuerza ele­men­tal que dobla cum­bres— podía susti­tuir a cualquier motor ruidoso. 

Des­de la Escuela Eve­lio José Aponte de las Cuibas, con los niños

El relieve cuibeño, que se alza como un bal­cón nat­ur­al a los pies de la mon­taña, se ofrecía dócil para que el agua cor­ri­era libre por sus propias venas, cus­to­di­a­da des­de lo alto por el impo­nente e imper­turbable cer­ro Tere­paima. Así nació Hidrocuibas, proyec­to que luego, red­i­men­sion­a­do por la fe colec­ti­va de los veci­nos, se trans­for­mó en Hidro-Agua Viva, para cal­mar la sed de toda la parroquia. 

No estando solo en la fae­na. A su lado, como árboles recios que for­man un bosque pro­tec­tor, surgieron diri­gentes que en una ocasión inte­graron el Bloque Veci­nal Unido y de la recor­da­da Ave­cuibas, entre ellos: Hum­ber­to Mén­dez, Evaris­to Lugo, Daniel Rodríguez, San­tos Zoda, por solo nom­brar algunos. Todos se sumaron a la con­vo­ca­to­ria del “inge­niero Ponte”. Tenía el don esca­so de con­vo­car sin impon­er; poseía un carác­ter firme como el tron­co del araguaney, pero un tra­to gen­til como la brisa que despeina los cañav­erales del valle.

Remem­o­ro sus días de entre­ga; des­de mi rol de cro­nista par­ro­quial, lo vi recibir con­movi­do la Orden “Ciu­dad de Cabu­dare” en su segun­da clase en el año 2016. El esce­nario no podía ser otro: la pat­ri­mo­ni­al Hacien­da Agua Viva. Allí, las pal­abras de la artista plás­ti­ca Sto­nia Martínez —un ver­bo car­ga­do de verdes, luces y paisajis­mo— des­per­taron en él, una sen­si­bil­i­dad nue­va por el arte. Don Fer­nan­do, detrás de las matemáti­cas del inge­niero, cobi­ja­ba siem­pre el alma sen­si­ble de un humanista.

Reci­bi­en­do la Orden “Ciu­dad de Cabu­dare” por parte del exal­calde José Barreras

Su lid­er­az­go nat­ur­al lo llevó a ser miem­bro prin­ci­pal de la primera Jun­ta Par­ro­quial Pro­vi­sion­al de Agua Viva, jura­men­ta­da el 20 de julio de 1999, jun­to a Car­men Rosa Linarez de Albar­rán y Car­los Giménez. 

Des­de esa trinchera civ­il abrazó los prob­le­mas de la gente. Su respeta­da pos­tu­ra políti­ca, de pro­fun­da raíz social­cris­tiana, jamás fue una linde para el encuen­tro; su casa fue inclu­so vis­i­ta­da por la excan­di­da­ta pres­i­den­cial Irene Sáenz Conde, demostran­do que su vocación prin­ci­pal era ten­der puentes sobre las difer­en­cias, e inclu­so fue uno de los que coad­yu­vó a for­mar el primer par­tido o movimien­to políti­co elec­toral local “Bloque AV” en el año 2004.

Más allá, de estos datos nos que­da su estam­pa cotid­i­ana. El veci­no que daba la cola en su vehícu­lo a quien la nece­si­tara, el hom­bre que orga­ni­z­a­ba los rega­los decem­bri­nos para los niños de la escuela veci­na, el cam­i­nante del alba que ejercita­ba el cuer­po y el espíritu bajo la mira­da del Terepaima. 

Nues­tra amis­tad se sel­ló en ese amor com­par­tido por esta comar­ca. Coin­cidíamos con dis­cur­sos, ges­tiones y lar­gos silen­cios con­tem­p­lan­do el ver­dor de nue­stro territorio.

En la mañana del pasa­do 25 de mayo, su corazón se detu­vo, deján­donos la sor­pre­sa de la orfan­dad y la niebla de la nos­tal­gia. Ya no se le ve recor­rer las calles de su segun­do ter­ruño. Sin embar­go, al mirar las ser­ranías cuibeñas, se sabe que su obra sigue fluyen­do de for­ma invis­i­ble, grave y libre. 

Su lega­do corre como el agua limpia que enseñó a bajar sin bom­bas des­de las cum­bres, fil­trán­dose en la memo­ria fér­til de este pueblo.

Al cumplirse el vigési­mo octa­vo aniver­sario de la pro­mul­gación de Agua Viva como par­ro­quia, estas notas —enrique­ci­das por los valiosos aportes doc­u­men­tales del pro­fe­sor Car­los Giménez— rindo trib­u­to a su memo­ria. Fer­nan­do José Ponte Bor­jas no solo planteó traer agua a los gri­fos; enseñó que una comu­nidad se con­struye con la mis­ma pacien­cia con que la nat­u­raleza esculpe la piedra, gota a gota. 

Con la dig­nidad de quien sabe que el bien colec­ti­vo, cuan­do nace de lo alto, siem­pre encuen­tra su cauce nat­ur­al entre el Tere­paima que vig­i­la, y el Tur­bio que canta.

Man­an­tial y antigua galería de Gua­macire, para abaste­cer del pre­ci­a­do recur­so hídri­co al proyec­to Hidrocuibas

CorreodeLara

Esᴛᴀ́ ᴜsᴛᴇᴅ, ᴅɪsᴛɪɴɢᴜɪᴅᴏ ʟᴇᴄᴛᴏʀ, ᴇɴ ᴛᴇʀʀɪᴛᴏʀɪᴏ ᴅᴇ ʜɪsᴛᴏʀɪᴀ, ᴅᴇ ʜᴏᴍʙʀᴇs ᴄɪᴠɪʟɪsᴛᴀs, ʏ sᴏʙʀᴇ ᴛᴏᴅᴏ, ᴅᴇ ɢʀᴀɴᴅᴇs ᴀᴄᴏɴᴛᴇᴄɪᴍɪᴇɴᴛᴏs ϙᴜᴇ ᴍᴀʀᴄᴀʀᴏɴ ᴜɴ ʜɪᴛo

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