Aroa, un recorrido por su historia

Mario R. Tovar G
Escritor e investigador
mtovar60@hotmail.com

“(…) Y en los presentes se han cogido muchas porciones de cobre fundido en pedazos de varios tamaños, con los cuales se asegura se han hecho (…) muchos trapiches de Barquisimeto, Tocuyo y Carora.” 
Descripción Geográfica de Aroa elaborada por Martín de Tellechea (1769)


     Las históri­c­as minas de Aroa, local­izadas en el  denom­i­na­do Valle de San Fran­cis­co de Cocorote, fueron des­cu­bier­tas por el capitán Alon­so Sánchez de Oviedo en 1605 y según   Anto­nio Arel­lano Moreno, cita­do por el his­to­ri­ador Reinal­do Rojas (2002) en su valioso tex­to “De Varique­ceme­to a Bar­quisime­to”, éste reseña que la explotación de dichas minas se ini­ció a par­tir de 1620, cuan­do dicho min­er­al se extra­jo  para acuñar mon­edas de vel­lón, fundir cam­panas para las igle­sias en la “Ciu­dad Madre de El Tocuyo” y otros 4.176 quin­tales de cobre fueron envi­a­dos a San­to Domin­go y España, des­de 1631 y 1658. Den­tro de este con­tex­to, datos más pre­cisos serían apor­ta­dos por el his­to­ri­ador Anto­nio Arel­lano Moreno en su: “Economía Colo­nial Vene­zolana”: obra cita­da por Rojas, donde ofrece cifras de los libros de la Real Hacien­da entre los años 1623 a 1630, así como de los libros de cuen­ta de dichas minas de Cocorote, exis­tentes en el Archi­vo Gen­er­al de la Nación, evi­den­cián­dose que en este lap­so se extra­jeron de este yacimien­to: 779.527 libras de cobre, de las cuales  se remi­tieron 50.000  a San­to Domin­go en 1631, por orden del Rey, quien pos­te­ri­or­mente el 21 de agos­to de 1663, le otor­ga a Fran­cis­co Marín de Narváez por Real Cédu­la: “En empeño y per­pe­tu­idad por tiem­po y espa­cio de diez y ocho años a cam­bio de 30 mil pesos de ocho reales de pla­ta y otros diez mil pesos en las Cajas Reales de Cara­cas”; con­tra­to que incluía: “Sus cer­ros, valles, esclavos, hatos de gana­do, mulas, bueyes, her­ramien­tas, casas y el pueblo de San Nicolás”, hoy Yumare.

     En relación a quien des­cubrió las minas de Aroa, el capitán Alon­so Sánchez de Oviedo, es opor­tuno acud­ir a los datos apor­ta­dos por el fal­l­e­ci­do cro­nista de Bar­quisime­to Ramón Querales (2003), en su libro: “La Coro­na Man­cil­la­da”, donde reseña los car­gos ocu­pa­dos por Sánchez de Oviedo has­ta 1608, como: Teniente Guar­da y Jus­ti­cia May­or de Bar­quisime­to, Alcalde Ordi­nario, Regi­dor y Teniente de Gob­er­nador y Capitán Gen­er­al en Tru­jil­lo, Tocuyo y Caro­ra; además par­ticipó en la cam­paña de exter­minio de los aguer­ri­dos Jira­jaras, que con­cluye el 25 de enero de 1628 con la fun­dación de la ciu­dad de Nirgua. 

Dicha his­to­ria de vida fue pre­sen­ta­da ante las autori­dades respec­ti­vas por su bis­ni­eta María Ruíz de la Par­ra, al recla­mar encomien­das en la región, dados los ser­vi­cios presta­dos por Sánchez de Oviedo, como una vía para enmen­dar: “Una injus­ti­cia que el Rey debería sat­is­fac­er a sus herederos”, según incoa­ba la bis­ni­eta. Final­mente, las minas de Aroa pasaron a manos de Simón Bolí­var, como heren­cia de su ter­cera abuela, Jose­fa Marín de Narváez.

San Nicolás de Tolentino

     Las cróni­cas escritas sobre nues­tra his­to­ria colo­nial refle­jan la fecun­da activi­dad desar­rol­la­da en el pasa­do por muchos pueb­los que tuvieron una dinámi­ca muy par­tic­u­lar; pero sin embar­go, con el devenir de los tiem­pos mod­er­nos pau­lati­na­mente quedaron rel­e­ga­dos en el olvi­do por difer­entes razones, has­ta casi pro­ducirse su par­cial o total extinción. 

Un ejem­p­lo de lo ante­ri­or­mente expre­sa­do, lo obser­va­mos con el antiguo pobla­do de San Nicolás de Tolenti­no, ubi­ca­do en las ady­a­cen­cias del Valle de Aroa; cuya exis­ten­cia quedó reseña­da en el libro de Visi­ta Pas­toral real­iza­da por el Obis­po Mar­i­ano Martí para la Dióce­sis de Cara­cas entre los años (1771- 1784), donde se ubi­ca­ban algunos de sus lin­deros en los sigu­ientes tér­mi­nos: “(…)Al poniente el río del Tocuyo que divide al mis­mo Valle del pueblo de Jácu­ra juris­dic­ción de la ciu­dad de Coro: al norte el río de Yumare que se intro­duce después en el río de Aroa y divide a dicho Valle de los pueb­los de San Nicolás y Mapub­ares: y al sur el sitio del Limonci­to lin­dero de dicho cura­to de Dua­ca (…)”, infor­ma­ción reseña­da por  el escritor yaracuyano Andrés Graterol  Rojas, en su obra: “Aroa. Su Musa, Breve His­to­ria y Geografía en la Exten­sión de su Existencia”.

Esperan­do el tren en Aroa, esta­do Yaracuy. Foto Pedro A Rangel Cruz

     Por su parte el his­to­ri­ador Ambro­sio Per­era, cita­do por Páez (1998; p. 62), delimi­ta a dicha población de San Nicolás: “(…) al ori­ente con algu­na dec­li­nación hacia el Sur con­fronta con el pueblo de Mapub­ares del Vic­ari­a­to de Coro dis­tante trece lenguas, al Norte fron­ter­i­zo, al Sur con­fronta con el supradi­cho pueblo de Cañi­zos, dis­tante cer­ca de ocho leguas”. 

Sobre algunos de los acon­tec­imien­tos ocur­ri­dos en dicha población en el cur­so de su his­to­ria, nos cuen­ta el recono­ci­do his­to­ri­ador vene­zolano José Luis Sal­cedo Bas­tar­do (1976), que durante el alza­mien­to de Andresote en 1732 con­tra la Com­pañía Guipuz­coana, se lev­an­taron cua­tro par­cial­i­dades negras: los loan­gos de Coro, los del río Aroa y camino real de San Nicolás, , los del río Yaracuy y los sabaneros de San Pedro y Taría; lo alien­tan igual­mente sus ami­gos de Morón, Sanchón, Ura­ma y Alpargatón. 

Por su parte, don Nicolás Per­az­zo cor­rob­o­ra el even­to, agre­gan­do además que los alza­dos del men­ciona­do camino de San Nicolás y el río Yaracuy, dom­ina­ban prác­ti­ca­mente la región com­pren­di­da entre los ríos Yaracuy y Taría, asien­to preferi­do de Andresote, a quien obe­decían todos los negros cimar­rones de los diver­sos gru­pos, así como tam­bién unos cuan­tos indí­ge­nas de aque­l­los lugares.

     A niv­el económi­co, la zona se con­vir­tió en una impor­tante Ruta del Com­er­cio del cacao a través del río Aroa, en cuya desem­bo­cadu­ra tam­bién se con­struyó un fuerte, destru­i­do por los holan­deses, y la ruta ter­restre camino de San Nicolás- Aroa que en época de llu­vias se hacía intran­sitable. Tiem­po después, especí­fi­ca­mente en 1734, se fir­mó un asien­to con el Cabil­do de San Felipe con el com­pro­miso de monop­o­lizar el com­er­cio del cacao por el río Aroa. A cam­bio, el Cabil­do se com­pro­metía a con­stru­ir un almacén en el valle de San Nicolás y el río Yaracuy, respectivamente.

Por su parte, en el Cen­so Agrí­co­la de 1720 prac­ti­ca­do por Pedro José de Olavar­ria­ga en el pobla­do de San Nicolás de Tolenti­no, detec­tó 03 propi­etar­ios con 13.000 árboles de cacao que pro­ducían en 1500 hec­táreas, unas 750 fane­gadas. Entre los datos apor­ta­dos por Olavar­ria­ga, cita­do por Páez (1998; p.p. 47–53), se desta­ca un pro­duc­tor de la región de San Nicolás de nom­bre Juan Bolí­var, el cual era el propi­etario de 620 hec­táreas, que llegó a pro­ducir unas 330 fane­gas de cacao, emple­an­do el tra­ba­jo de 22 hom­bres, en el enten­di­do que se nece­sita­ba un tra­ba­jador para aten­der anual­mente el prome­dio de 1.000 árboles de cacao. Final­mente, gra­cias a su priv­i­le­gia­da posi­ción geográ­fi­ca, el pobla­do de San Nicolás de Tolenti­no se con­sti­tuyó en una zona con una impor­tante pro­duc­ción agrí­co­la, estratégi­ca­mente ubi­ca­da para con­tro­lar el con­tra­ban­do y el com­er­cio colo­nial por el río Aroa, en su ruta hacia el Mar Caribe.

Actuación con­tra el gentilismo

     La explotación de las Minas de Aroa estu­vo acti­va entre los años 1623 y 1650, cuya pro­duc­ción se ori­en­tó prin­ci­pal­mente a la exportación de cobre hacia San­to Domin­go o para el uso local en la fab­ri­cación de piezas y partes para los trapich­es, cam­panas, cam­panil­las, cin­chas, almirez y estri­bos, entre otros. Sus comar­cas más próx­i­mas eran San Nicolás, hoy Yumare y el pueblo de indios Dua­ca, lugar donde hab­it­a­ba el cura doc­trinero, quien atendía las almas del valle de Aroa y que llegó a ten­er en una época a más de 600 habi­tantes, depen­di­entes de las minas.

     Sin embar­go, en un tiem­po el sitio  fue aban­don­a­do, quedan­do el valle sin habi­tantes fijos, lo que era aprovecha­do por algunos aborí­genes de Dua­ca para ado­rar a sus dios­es en algu­nas cuevas de Aroa; persegui­do rit­u­al, cat­a­lo­ga­do por la Igle­sia Católi­ca como gen­til­is­mo y doc­u­men­ta­do en la Relación Geográ­fi­ca lev­an­ta­da en Aroa  por Martín de Tel­lechea en 1767, quien recogió un  hecho ocur­ri­do a comien­zos del siglo XVIII en el lugar, pro­tag­on­i­za­do por Bernardi­no Corne­jo, un indio de Dua­ca, apo­da­do “Tío Cone­jo”; sin­co­pa­do del apel­li­do en alusión a su baja estatu­ra, quien por dos veces apresó a todos los idóla­tras encon­tra­dos en el sitio, entregán­do­los a las autori­dades de Bar­quisime­to, donde pagaron prisión; pero pasa­do un tiem­po, ya libres, volvieron a rein­cidir por ter­cera vez en tales prác­ti­cas, y al ser sor­pren­di­dos en el acto, fueron asesina­dos en el lugar  seis de ellos por este  crim­i­nal Tío Cone­jo, quien avisó después a la jus­ti­cia en Bar­quisime­to, pero sale  absuel­to de este atroz ajusticiamiento. 

Otra evi­den­cia sobre esta lucha con­tra el gen­til­is­mo, la dejó Fray Anto­nio Alcega en  una car­ta dirigi­da al Rey de España en 1606, donde apun­tó: “(…) Les ten­go has­ta hoy que­ma­dos por mi per­sona 1.114 san­tu­ar­ios, casas, ído­los, sin más de otros 400 que por mi comisión se que­maron (…)”. Final­mente, el obis­po Gon­za­lo de Angu­lo tach­a­ba a los encomenderos como esclav­is­tas de indios en Real Cédu­la de 1619, y de no: “Aten­der al reposo de sus almas (…) ni dar­les doc­t­ri­na, lo que les deja como gen­tiles e idol­a­tran­do y hacien­do otras super­sti­ciones cau­sadas del olvi­do de la fe y de no ten­er siem­pre quien les fomen­tase a ella”; un doc­u­men­to sólo para el reg­istro históri­co, que demostró el: “se aca­ta, pero no se cumple”, muy pro­pio de la colonia.

Plaza Bolí­var de Aroa

La guer­ra de Aroa

     Con­trario a lo que muchos pen­sábamos, durante la guer­ra de eman­ci­pación nacional el país no sufrió de una paráli­sis total y en tal con­tex­to, se seguían real­izan­do mat­ri­mo­nios, se abrían liti­gios, había vida uni­ver­si­taria y entre algunos de los sac­er­dotes dis­per­sos en las difer­entes provin­cias del país, surgían dis­putas rela­cionadas con las ide­ologías enfrentadas para la fecha, entre los pro-monárquicos e independentistas. 

A este respec­to, la his­to­ri­ado­ra Inés Quin­tero coordinó un equipo inves­ti­gador que durante dos años se dieron a la tarea de inves­ti­gar cómo fue la vida cotid­i­ana en estos cru­en­tos años, con el obje­to de reunir nuevas voces y hac­er una nue­va mira­da sobre nue­stro pasa­do, con la final­i­dad de ampli­ar y pro­fun­dizar en prob­le­mas, temas y situa­ciones igno­radas has­ta el momen­to por la his­to­ri­ografía; valiosa infor­ma­ción que sería pub­li­ca­da en un tex­to bajo el títu­lo de “Más Allá de la Guer­ra”, edi­ta­do en el 2008 bajo los aus­pi­cios de la Fun­dación Bigott. 

Pues bien, en este esclare­ce­dor libro, encon­tramos reseña­do un curioso liti­gio ocur­ri­do en 1812 en la población de Aroa, entre el sac­er­dote asen­ta­do en este cura­to, el anciano pres­bítero Juan José Bustil­los y el Jus­ti­cia May­or de Aroa José Joaquín de Alto­laguirre, quien había orde­na­do apre­sar al anciano sac­er­dote, para luego enviar­lo detenido a la ciu­dad de Coro, debido a su apego a la causa republicana.

     A todas estas, es de destacar que el pres­bítero Bustil­los había ejer­ci­do durante más de trein­ta años el min­is­te­rio sac­er­do­tal del Valle de Aroa. Sin embar­go, la procla­mación de la inde­pen­den­cia, un año antes, lo dis­tan­ció de su feli­gresía, quienes en su may­oría man­tenían su leal­tad a las autori­dades real­is­tas. En razón de esa adhe­sión, al restau­rarse el orden manárquico, el Jus­ti­cia May­or Alto­laguirre encar­cela al reli­gioso, ini­cián­dose des­de ese momen­to una encona­da rival­i­dad, ya que la estadía de Bustil­los en las incó­modas bóvedas de Coro duró lo mis­mo que tardó en restable­cerse el orden republicano. 

En 1813 el anciano sac­er­dote regre­sa a su cura­to, no sin lev­an­tar resque­mores entre el vecin­dario de Aroa y, en especí­fi­co, con su Teniente Jus­ti­cia May­or, José Joaquín Alto­laguirre. La exac­er­bación del con­flic­to entre patri­o­tas y real­is­tas acen­tuó las fric­ciones entre Bustil­los, Alto­laguirre y la grey de Aroa y en vista de ello, el anciano sac­er­dote sal­ió de su cura­to a la cer­cana y repub­li­cana local­i­dad de Gua­ma, donde se hospedó en la casa de su com­pañero de causa, Pedro Ibero, antiguo veci­no de Aroa.

     En este sen­ti­do, al poco tiem­po Bustil­los es insta­do por Alto­laguirre a retornar a su cura­to, razón por la cual el sac­er­dote acude a su supe­ri­or direc­to, Matías Brizón, sac­er­dote de San Felipe, para que jus­ti­fi­case a las autori­dades de Aroa su pro­lon­ga­da ausen­cia. Pese a la jus­ti­fi­cación emi­ti­da des­de la casa par­ro­quial de San Felipe, el vecin­dario entendió la sal­i­da de su pres­bítero como una fuga, cuya inten­ción era fraguar algún plan con su par­cial Pedro Ibero, en con­tra de los habi­tantes de Canoabo y su Teniente Jus­ti­cia May­or Altolaguirre. 

No se equiv­o­ca­ban, ya que Bustil­los había ini­ci­a­do las dili­gen­cias nece­sarias ante el Capitán Gen­er­al Juan Manuel Caji­gal para que nom­brase a su ami­go Ibero como teniente interi­no de Aroa, cuyo nom­bramien­to logra, pero tam­bién ati­za las fric­ciones den­tro de Aroa y del ban­do real­ista de Alto­laguirre, quien  reac­ciona irri­ta­do ante la pres­en­cia patri­o­ta en Aroa, ini­cián­dose un largo pro­ce­so de más de cua­tro años para impug­nar este nom­bramien­to, tras lo cual man­dan largas misi­vas de impu­gnación a las autori­dades mil­itares y civiles para lograr su cometido. 

En 1816, Sal­vador de Moxó, como jefe mil­i­tar supe­ri­or de estas provin­cias recibe una de estas denun­cias y man­da abrir un expe­di­ente con­tra Bustil­los y  remite esta denun­cia al arzo­bis­po Nar­ciso Coll y Pratt, quien solici­ta al jefe real­ista prue­bas de la denun­cia y le recuer­da que para la época no se podían remover curas sin que el pro­ce­so sigu­iese los trámites estable­ci­dos por la ley. Final­mente, le tocaría al pres­bítero yaracuyano Manuel Vicente de Maya dilu­ci­dar este con­flic­to, como encar­ga­do del arzo­bis­pa­do por ausen­cia del obis­po Coll y Pratt, apli­can­do dos sen­ten­cias: instó a Bustil­los a pre­sen­tar dis­cul­pas públi­cas y noto­rias al teniente Alto­laguirre y le envió a la veci­na población de Dua­ca, para seguir acti­vo como sac­er­dote con la anu­en­cia de las autori­dades ecle­siás­ti­cas de la época, con­cluyen­do así esta par­tic­u­lar guer­ra en los valles de Aroa.

Fer­ro­car­ril Bolí­var, Aroa

 

El Fer­ro­car­ril Bolívar

Como bien lo afir­ma Pierre Vilar, el obje­to de la his­to­ria es estu­di­ar la dinámi­ca de las sociedades humanas, a par­tir de la obser­vación de unos hechos (la mate­ria históri­ca), que a su vez se clasi­fi­ca en hechos de masa, hechos insti­tu­cionales y, acontecimientos. 

En este sen­ti­do, la his­to­ria así vista no debe lim­i­tarse a la descrip­ción de los hechos insti­tu­cionales, ni a un recuen­to económi­co y políti­co, sino que ha de exten­der­se al estu­dio glob­al de las vin­cu­la­ciones de estos hechos con la vida cotid­i­ana de las sociedades que se estu­di­an, si se pre­tende com­pren­der entera­mente la dinámi­ca de éstas. 

Pre­cisa­mente, fue esto lo que hizo la his­to­ri­ado­ra vene­zolana Lucila Muji­ca de Asua­je, en su rig­uroso tra­ba­jo his­to­ri­ográ­fi­co tit­u­la­do: “El Fer­ro­car­ril Bolí­var. De Tuca­cas a Bar­quisime­to”; edi­ta­do en Bar­quisime­to primero en el 2002 y luego reed­i­ta­do en 2003 en los talleres de Tipografía y Litografía Hor­i­zonte, 165 págs.; bajo los aus­pi­cios de la Fun­dación Buría.

     Dicha obra se con­tex­tu­al­iza a medi­a­dos del siglo XIX y prin­ci­p­ios del XX; época del auge de la economía cafe­talera de exportación, lo cual obliga a la con­struc­ción del Fer­ro­car­ril Bolí­var y sus antecedentes, especí­fi­ca­mente en 1834, donde comien­za la his­to­ria de este fer­ro­car­ril a raíz de la explotación de las Minas de Cobre en Aroa, por parte de la empre­sa ingle­sa The Bolí­var Min­ing Asso­ci­a­tion, quien intere­sa­da en acar­rear el min­er­al de cobre de la man­era más ráp­i­da y segu­ra has­ta Tuca­cas y a través del Río Aroa, ini­cia la con­struc­ción en 1834 de los primeros rieles entre las minas y el sec­tor El Hacha, inau­gu­ran­do con ello uno de los primeros capí­tu­los en la his­to­ria fer­roviaria venezolana.

     Como bien lo señala en el pról­o­go de la obra el his­to­ri­ador Reinal­do Rojas, “De esta his­to­ria y sus reper­cu­siones en la vida económi­ca y social de la denom­i­na­da hoy Región Cen­troc­ci­den­tal, tra­ta este libro de la pro­fe­so­ra Lucila Muji­ca de Asua­je, elab­o­ra­do como Tra­ba­jo de Gra­do para el Pro­gra­ma de Maestría en His­to­ria que a finales de los años 70 fun­dara y dirigiera en la Uni­ver­si­dad Cen­tral de Venezuela, el mae­stro Fed­eri­co Brito Figueroa, des­de las per­spec­ti­vas de la His­to­ria Económi­ca y Social”. 

Además de ello, es impor­tante destacar que la Prof. Lucila Muji­ca de Asua­je ha tenido una impor­tante trayec­to­ria durante más de tres décadas como docente en difer­entes insti­tu­ciones de la región, tales como el antiguo Insti­tu­to Pedagógi­co Exper­i­men­tal de Bar­quisime­to, en el Cole­gio Inmac­u­la­da Con­cep­ción y en la Escuela Nor­mal Miguel José Sanz; ambos de Bar­quisime­to, así como pro­fe­so­ra en el Cole­gio San­ta María de Chiva­coa, ubi­ca­do en nue­stro esta­do Yaracuy.

Cemente­rio de los ingle­ses en Aroa

     En este orden de ideas, el libro se estruc­tura en un pról­o­go, una pre­sentación, tres doc­u­men­ta­dos capí­tu­los, las con­sid­era­ciones finales y las respec­ti­vas fuentes con­sul­tadas. En relación al con­tenido podemos leer entre otros aspec­tos: El Espa­cio Geográ­fi­co del Eje Tuca­cas- Bar­quisime­to; Espa­cio Geográ­fi­co del Fer­ro­car­ril Bolí­var; El Eje Económi­co Tuca­cas-Bar­quisime­to: Situación, Relieve, lo Hidro­grá­fi­co y lo Geológi­co; El Guz­man­cis­mo y las Inver­siones Extran­jeras (1870–1888), Vida Acti­va y Deca­den­cia del Fer­ro­car­ril Bolívar(1834–1954): Su Con­struc­ción y Vin­cu­lación con las Minas de Aroa; Los Con­flic­tos Sociales que Gen­eró; El Eje Dua­ca- Bar­quisime­to y el Carác­ter de las Inver­siones Extran­jeras en el Eje Tuca­cas- Bar­quisime­to, respec­ti­va­mente. En relación al fun­cionamien­to de dicho Fer­ro­car­ril Bolí­var en nue­stro espa­cio yaracuyano, su auto­ra entre otros aspec­tos nos indi­ca: “(…) Para el trasla­do del cobre hacia el exte­ri­or a par­tir de 1825 se uti­liz­a­ban dos vías, por una el mate­r­i­al era lle­va­do en recua de mula des­de Aroa has­ta San Nicolás pasan­do por los Cañi­zos, sitio de embar­que flu­vial por el Río Yaracuy has­ta Boca de Yaracuy en el Gol­fo Triste. De aquí seguían a Puer­to Cabel­lo, sitio de sal­i­da hacia los mer­ca­dos inter­na­cionales (…)”. Cul­mi­na apun­tan­do en su rig­uroso tex­to sobre este par­tic­u­lar, la his­to­ri­ado­ra y docente jubi­la­da de la UPEL-IPB Lucila Muji­ca de Asuaje.

Bolívar y sus minas

     El 10 de diciem­bre de 1830 El Lib­er­ta­dor Simón Bolí­var des­de su lecho de enfer­mo, pero en su “entero y cabal juicio, memo­ria y entendimien­to nat­ur­al”, según sus propias pal­abras, expre­sa en el cuar­to ordi­nal  de su tes­ta­men­to que: “Declaro que no poseo otros bienes más que las tier­ras y Minas de Aroa, situ­adas en la provin­cia de Carabobo, y unas alha­jas que con­stan en el inven­tario que debe hal­larse entre mis pape­les, las cuales exis­ten en el poder del señor Juan Fran­cis­co Martín, veci­no de Cartagena”. 

Sin embar­go, es de hac­er notar que en múlti­ples oca­siones El Lib­er­ta­dor le man­i­festó a famil­iares y alle­ga­dos, su dis­posi­ción de vender dichas minas como una vía para garan­ti­zar el futuro de su famil­ia y el suyo en par­tic­u­lar, una vez reti­ra­do de la vida militar.

Las minas del cobre del Libertador

Den­tro de este con­tex­to, sea opor­tu­na la ocasión para reseñar parte del con­tenido epis­to­lar sostenido por El Padre de la Patria con su her­mana María Anto­nia en ante­ri­ores opor­tu­nidades, a quien le encomend­a­ba per­sonal­mente esa tarea. Es así como des­de el Poto­sí, el 24 de octubre de 1825, entre otros aspec­tos le señal­a­ba lo sigu­iente: “(…) Las Minas de Aroa quiero vender­las aho­ra que hay tan­ta ansia por minas y colo­nias extran­jeras. Si perdemos esta ocasión, después quizá no se logrará, y cuan­do quer­amos ase­gu­rar una for­tu­na en Inglater­ra, ya no podremos. Propiedades y hacien­das nos quedan demasi­adas y lo mis­mo digo de casas, que mañana se caerán con un tem­blor. Lo cier­to es que tenien­do nosotros en Inglater­ra cien mil libras ester­li­nas ase­gu­radas en el ban­co, gozamos al año de un tres por cien­to, que pasan de doce mil pesos de renta, y además ten­emos el dinero de pron­to para cuan­do lo quer­amos: de este modo, suce­da lo que sucediere, siem­pre ten­drán Uds., una for­tu­na con que con­tar para Uds., y para sus hijos. A mí nun­ca me fal­tará nada, según veo por el esta­do de las cosas, pero a Uds les puede fal­tar todo, cuan­do menos lo piensen, pues de un momen­to a otro puedo morir. Además, Uds., pueden desear ir algu­na vez a Europa a estable­cerse. De todos mod­os, con­viene que ven­damos estas Minas de Aroa, y para esto te autor­i­zo para que hagas pub­licar en todas partes que se venden, pre­sen­tan­do al públi­co una relación muy exac­ta de sus ven­ta­jas y del esta­do en que se hal­lan. Te man­do una copia de la car­ta que le escri­bo al arren­dador de ellas para que te instruyas de todo, y puedas tratar con él como te parez­ca más con­ve­niente; de modo que yo quiero que las proposi­ciones me las man­des a mí para yo exam­i­narlas, y resolver lo que me parez­ca mejor. En Inglater­ra será mejor donde se ven­dan estas minas (…) En gen­er­al, te recomien­do todos los nego­cios de que te lle­vo hablan­do, y en par­tic­u­lar de el de las minas (…) He sabido que han recibido quince o veinte mil pesos por los cobres y los arren­damien­tos de Aroa: dime lo que hay en esto y en la dis­tribu­ción que has hecho del dinero (…) Soy tuyo. Simón”.

     Tres días después, es decir el 27 de octubre de 1825, El Lib­er­ta­dor Simón Bolí­var le escribe a su queri­da her­mana en los sigu­ientes tér­mi­nos: “He recibido tu car­ta de 28 de abril en la cual me dices que el Sr. Lazo, y Estéves me ponen pleito por las minas. ¿Si eso hacen con­mi­go, que harán con los otros? Razón tienes de que­jarte de nues­tras leyes y de nue­stros jue­ces. A los ami­gos que escrib­an sobre esta mate­ria, que es una de las más impor­tantes. El dinero que sobre del cobre y de los arren­damien­tos guárda­lo has­ta segun­da orden (…) Me parece bien, que acaba­do el pleito de Aroa, te pre­sentes en mi nom­bre con los doc­u­men­tos del caso, pidi­en­do la declaración del tri­bunal sobre a quién pertenece la heren­cia del may­oraz­go de la Con­cep­ción, para que inter­ven­ga dicho heredero en el inven­tario y avalúo de este vín­cu­lo, como lo man­da el con­gre­so por su ley sobre la abol­i­ción de may­oraz­gos. Con este moti­vo podemos salir de este pleito y de este enre­do (…) Soy tuyo de corazón. Simón”. Por últi­mo, la his­to­ri­ado­ra vene­zolana Inés Quin­tero, reseñó en su libro “La Criol­la Prin­ci­pal”, basa­do en la vida y obra de María Anto­nia Bolí­var, que El Lib­er­ta­dor con­fi­a­ba ple­na­mente en ella, has­ta el pun­to de autor­izarle la admin­is­tración de todos sus bienes, entre ellos las Minas de Aroa; últi­ma propiedad que con­servó has­ta su muerte.

Dis­cur­so de Nicolás Perazzo 

     Le cor­re­spondió a la Imprenta del Esta­do Yaracuy, pub­licar en octubre de 1972, un intere­sante dis­cur­so del entonces cro­nista de San Felipe, don Nicolás Per­az­zo, tit­u­la­do “Bolí­var en Aroa”, en ocasión del trasla­do de la estat­ua en bronce del Lib­er­ta­dor, des­de San Felipe hacia la población de Aroa, para la fecha cap­i­tal del Dis­tri­to Bolívar. 

En tal con­tex­to, para la magna fecha, los actos estu­vieron encabeza­dos por el gob­er­nador de ese entonces, Dr. Simón Saave­dra Hernán­dez, acom­paña­do de ilus­tres vis­i­tantes, entre los que cabe men­cionar a los direc­tivos de la Sociedad Boli­var­i­ana de Venezuela: Dr. Luís Vil­lal­ba Vil­lal­ba, Dr. J.A. Escalona Escalona y coro­nel Cán­di­do Pérez Mén­dez; por la Acad­e­mia Nacional de la His­to­ria: Dr. Héc­tor Par­ra y Dr. Car­los Felice Car­dot; gen­er­al Car­los Valero Monas­te­rio del Insti­tu­to de Altos Estu­dios Mil­itares, así como rep­re­sen­tantes de Asam­blea Leg­isla­ti­va del Esta­do Yaracuy, Con­ce­jos Munic­i­pales de Aroa y de San Felipe, Dióce­sis de San Felipe, invi­ta­dos espe­ciales y rep­re­sen­tantes de organ­is­mos públi­cos y pri­va­dos de la región; fieles tes­ti­gos de tan solemne acto.

    En este esce­nario, le cor­re­spon­dería dar el dis­cur­so de orden al   Cro­nista de San Felipe, Nicolás Per­az­zo, quien nació en  San Felipe el 20 de julio de 1902 y  cursó sus estu­dios pri­mar­ios en la escuela “Padre Del­ga­do” y la secun­daria en el cole­gio “La Salle” de Bar­quisime­to, quien ejer­ció difer­entes ofi­cios en per­iódi­cos y car­gos públi­cos, en el inte­ri­or y fuera del país, al tiem­po que en su rol de his­to­ri­ador, ocupó la Sil­la “V” como Indi­vid­uo de Número en la Acad­e­mia Nacional de la Historia.

     Ini­cia su dis­cur­so don Nicolás Per­az­zo, expre­san­do: “Señores: cuarenta y dos años van a cumplirse en breve del primer cen­te­nario de la muerte del Lib­er­ta­dor. Cuarenta y dos años va a ten­er esta estat­ua, sobria y digna, del Padre de la Patria, de erguirse en tier­ras del Yaracuy. No asis­ti­mos, por lo tan­to, a la inau­gu­ración, propi­a­mente dicha, sino al trasla­do de este bronce clási­co, de San Felipe a Aroa (…)”. 

Pos­te­ri­or­mente, dis­curre en ame­nas rem­i­nis­cen­cias de su infan­cia, con anéc­do­tas de nues­tra his­to­ria local, recor­dan­do luego sus estu­dios en el Cole­gio La Salle, sus lec­turas, per­son­ajes yaracuyanos y otros vin­cu­la­dos con Aroa, como Juan Vicente Bolí­var y sus hijos María Anto­nia y Simón; heredero del rico mayorazgo. 

Por últi­mo, con­cluye su dis­cur­so dicien­do: “Señores; está bien, muy bien, que en el concier­to armo­nioso de la revi­tal­ización que está vivien­do su pat­ri­mo­nio famil­iar en Aroa: sus minas y sus tier­ras, se encuen­tre pre­sente, en la proyec­ción hero­ica de la estat­ua, el recuer­do ori­en­ta­dor y per­ma­nente del Lib­er­ta­dor (…) sus ide­ales de lib­er­tad, de sober­anía y de respeto de la dig­nidad humana”. Con este emo­ti­vo dis­cur­so del fal­l­e­ci­do Cro­nista de San Felipe, don Nicolás Per­az­zo, con­cluimos éste sim­bóli­co via­je por Aroa, en un breve recor­ri­do por su enal­te­cedo­ra his­to­ria.

CorreodeLara

Esᴛᴀ́ ᴜsᴛᴇᴅ, ᴅɪsᴛɪɴɢᴜɪᴅᴏ ʟᴇᴄᴛᴏʀ, ᴇɴ ᴛᴇʀʀɪᴛᴏʀɪᴏ ᴅᴇ ʜɪsᴛᴏʀɪᴀ, ᴅᴇ ʜᴏᴍʙʀᴇs ᴄɪᴠɪʟɪsᴛᴀs, ʏ sᴏʙʀᴇ ᴛᴏᴅᴏ, ᴅᴇ ɢʀᴀɴᴅᴇs ᴀᴄᴏɴᴛᴇᴄɪᴍɪᴇɴᴛᴏs ϙᴜᴇ ᴍᴀʀᴄᴀʀᴏɴ ᴜɴ ʜɪᴛo

Un comentario en «Aroa, un recorrido por su historia»

  • el 21 agosto, 2022 a las 11:33 pm
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    Me gus­to su his­to­ria.. me gus­ta la bel­la his­to­ria de un pasa­do de la cual sumer­gio un futuro..

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