Francisco Tamayo: conciencia y técnica del desarrollo sustentable

 

Francisco Tamayo Yépez, (Sanare, 1902 – Caracas, 1985) es una referencia ineludible en la historia del pensamiento científico naturalista venezolano. (Venegas Filardo, 1987; Hurtado Rayugsen, 2006).  Su obra de educador e investigador tiene como escenario la Venezuela agraria que se transforma rápidamente con la llegada de la economía petrolera, establecida sobre la base de un Estado despótico que encabeza Juan Vicente Gómez.

La materia prima de su tesis social-ecológica la constituye esas transformaciones del país agrario al país de la renta minera; con sus consecuencias y secuelas en el paisaje, en la demografía; daños ambientales, desequilibrios ecológicos y destrucción de ecosistemas.  Riqueza y pobreza sobre la misma tierra como muy bien quedo plasmada en la literatura de Rómulo Gallegos.

La cultura rural, la agricultura y el éxodo campesino, serán temas permanentes y recurrentes en sus escritos. Sus recuerdos y observaciones de las vivencias en las haciendas de San Quintín y San Pablo, entre Sanare, Guarico y El Tocuyo como espacio geohistórico de la caña y el café, pero también la ciudad intelectual y de las tertulias culturales donde ya se hacía sentir la labor educativa del Colegio De la Concordia dirigido por Egidio Montesinos, lo cautivaran para toda su vida, y en una buena parte de sus escritos se reflejará aquella juventud cultivada precozmente.  

Llegada la adolescencia va al encuentro de Coro; ciudad que lo marcara en su búsqueda;  experimenta con la arqueología para dejarnos un escrito científico sobre la industria del olicornio, sin descuidar sus observaciones del paisaje,  y con ella las notas y apuntes de la vegetación local; Paraguaná, Adícora, los Médanos, Caujarao y Pueblo Nuevo serán sus atractivos.  

Francisco Tamayo, el cardón

 

Estos contextos despertaran un vivo interés por la naturaleza, vocación fortalecida por las enseñanzas de José Antonio Rodríguez López cuando va al Colegio San José en Los Teques, estado Miranda.

De este educador tendrá la más alta estima, ya que lo conecta con el universo de las Ciencias naturales: botánica, zoología, mineralogía, geología, química, física, geografía, historia y sociología, desde y para el medio venezolano, sin caer en localismos, reduccionismos y menos determinismo; la especificidad la descubre por lo universal del método científico.  

En 1943, por el Instituto Pedagógico Nacional, adquiere el grado de Docente en Biología, pero con una enorme afición por el saber; por eso su obra es la geografía y la historia de la tierra que lo ve nacer.

El itinerario vital es la fundación de una escritura para conocer y con ello crear la conciencia crítica para avanzar y desarrollar la nación. Es la Botánica del país; es la geografía y el territorio; la flora, la fauna, el suelo y el agua; es la voz de alerta de un mal anunciado: la tierra enferma. La casa del hombre amenazada por el hombre. Es la naturaleza en conciencia activa y la seguridad agroalimentaria.

Heredero de una tradición que tiene sus primeros pasos en  José María Vargas, y Fermín Toro, para luego conectarse a  Adolfo Ernst; a través de su maestro José Antonio Rodríguez López, se abre camino en el estudio de la Botánica aptitud que habrá de consolidar al encontrarse con Henry Pittier, quien le da la mano para abrirle horizontes en la naciente disciplina del estudio científico del mundo vegetal,  emprendiendo así  otra etapa en las Ciencias Naturales en Venezuela; por este mismo transitar se cruzaran Lisandro Alvarado, Alfredo Jahn, J. Saer D’Herguert y Eduardo Rohl.(Pittier, 1948; Guerrero, 1954; Tamayo, 1962)

Geografía, agua y ecología: sine qua non de la sustentabilidad 

Francisco Tamayo escribió sobre Ecología; y se puede entender que visto desde esta disciplina, hizo contribuciones científicas atendiendo a los componentes teóricos que ya había aportado en sus inicios el zoólogo alemán Haeckel, en 1866. 

El estudio de las relaciones entre los seres vivos que define en última instancia el hacer del Ecólogo, no fue para Tamayo el encierro dentro de esos límites,  se escapa del  concepto funcional para descubrir la unidad y síntesis que se entrama entre biosfera y sociedad.   

Pero él  va mucho más allá, pues en sus reflexiones el  hombre y la tierra constituyen un hecho ecológico, pero visto en una complejidad, y sentido crítico, en el entendido de que no hay simples relaciones, sino unidad, interdependencia, limite y también relaciones asimétricas, destructivas y tejidas en función de la economía, lo social y cultural. Postula un pensamiento para una Ecología que es en esencia geográfica, pero además social.  

Se aparta de las tendencias deterministas y ortodoxas, ya que apuesta al posibilismo y no al determinismo, postula los géneros de vida así en las montañas, en las mesetas y llanuras y sus determinaciones climáticas se vuelven humanas, por tanto son intervenidas por el hombre.

Del universo de su obra podemos observar: Un pensamiento científico-humanista, que lo fue por vocación, delineado a su vez por la pasión naturalista, a la cual  llega por la Botánica, la climatología y la geografía, en fin por el estudio y conocimiento de la flora, la fauna, el agua y el suelo.

Francisco Tamayo

Es decir, lo ocupa el reino vegetal, animal y mineral. Todo lo lleva a una síntesis; piensa la Ecología, pero no es el naturalista de colección, que admira y hace inventarios en laboratorios o hace descripciones físicas frías en sus cuadernos.

Su trabajo forma parte de la búsqueda del ser nacional. Hace historia, antropología y sociología para ayudar a ser feliz al hombre. No es la vana ciencia que lo llena, es la búsqueda de felicidad y del bien para el colectivo. Cuando habla del agua, del suelo, de la erosión y de las prácticas para conservar lo hace con la plena convicción de que forma parte de una visión que promueve al hombre; con su filosofía conservacionista echa las bases de  lo que hoy se denomina desarrollo sustentable (Gabaldón, 2006).

Su advertencia en 1976, es meridiana: “para el futuro habrá mucha más gente en el planeta, a la cual debemos transmitirle no una naturaleza en ruinas, sino un ambiente prospero donde ellos también puedan disfrutar la felicidad de vivir” (Tamayo, 1993:30) (énfasis nuestro).

Es de gran utilidad conceptual poder encontrar en su obra la síntesis, es decir, Francisco Tamayo integra lo científico, lo teórico con la pertinencia social como lo llamarían ahora, pero en él hay es una vocación de sabiduría en función del hombre; la naturaleza lo integra y lleva a ver al hombre en conjunto, en dialéctica y esto le permite avanzar en la comprensión de los problemas de su tiempo y vivir con la búsqueda de nuestro presente.

Llama la atención que la obra de Tamayo, no se haya difundido con la fuerza que alcanzan los discursos de la Convención de Washington en 1940, Estocolmo, 1972,  o los planteamientos del Club de Roma en 1968, o  el informe Brunthand en 1987 y recientemente  Al Gore  y los trabajos de Arturo Eichler que evidentemente deben ser reflexionados en estos momentos;  pero ya Tamayo anuncia las  bases de un pensamiento antropo-ecológico  y lo más importante una ecología que tenga como centro la realidad social del hombre y con ello desemboca en visión dialéctica de la relación hombre-naturaleza.

Se encontraba así con Farfield Osborn, quien en 1949 desde Nueva York advertía las agresiones del hombre contra el medio ambiente. De alguna manera entre sus selvas nubladas, los paisajes xerófitos y sus preocupaciones por desertización y la destrucción de la capa vegetal de las tierras, lo ponen a la altura de las denuncias sobre los daños ambientales por el uso excesivo de los agroquímicos escritas por la norteamericana Rachel Carson en su libro: Primavera silenciosa en 1962.   

Resulta interesante de la obra que conocemos de Tamayo, que no es de su vocabulario: dióxido de carbono, monóxido de carbono, dióxido de azufre, óxidos de nitrógenos, fosfatos, mercurio, plomo, radiación a pesar de que es una terminología que desde los años 80 empieza a ocupar la atención del hombre, por esto de la contaminación ambiental, aunque si lo vemos atisbar con la percepción sobre los rayos ultravioletas y su incidencia en la salud.

Es reiterativo en la relación flora-fauna, suelo y agua de allí que la desertización, la erosión y el desconocimiento de la ecuación agua- tierra- hombre le preocupen sobre manera y también el sentido del desarrollo seguido a espalda de la naturaleza y pese al hombre mismo; hemos llegado, dice a una evolución contaminante degenerativa; (Tamayo, 1987a:28) de allí que la irracional destrucción de la cubierta  vegetal, deforestación, erosión, la desertización del medio son los ejes primarios de reflexión en el pensamiento científico de Tamayo, para luego elaborar una teoría síntesis de la relación hombre naturaleza que la logra por la unidad de la geografía y la ecología.   

 Francisco Tamayo: el espiral humanista 

En un artículo suyo de 1953 titulado “¿Dónde están las tierras, los bosques y las aguas de Lara?”, encontramos un texto que ilustra la visión del asunto que queremos resaltar; leamos:

Si consideramos que existe una íntima  relación entre el hombre y la más íntima partícula de suelo; entre el agua, la flora y la fauna, por una parte,  y la especie humana, por la otra, llegaremos a la conclusión de que todos estos  elementos constituyen eslabones de una cadena cíclica, indisoluble y armoniosa, los cuales no pueden ser alterados  ni maltratados sin que se dañe  el conjunto, ya que existe, entre todos ellos, una estrecha relación de interdependencia, de manera tal que le atañe al uno, en pro o en  contra, afecta a todos los demás. (Tamayo, 1994:74)

Cubierta Libro Francisco Tamayo

Deja formulado un postulado que ha sido olvidado en el debate determinista y mecanicista del desarrollo socio-económico; por tanto que desde la visión  de Tamayo se puede apreciar el enfoque que integra  el todo por sus partes, pero también las partes por el todo y lo más importante es el principio de interdependencia y de conjunto que rige la lógica humana, que en la representación occidental se volvió egoísta y soberbia para crecer en detrimento  de los ecosistemas, desconociendo las dinámicas ecológicas como base de todo proceso de desarrollo económico.

El texto que hemos citado va más allá del llamado formulado por la UNESCO en 1968, cuando señala la urgencia de la protección de la biosfera, requerimiento planteado en reconocimiento de una evidente contaminación ambiental; pero a Tamayo le vamos a encontrar pensando otras dimensiones, por eso le vemos advertir:  “debemos recordar las formas nobles de la ambición como son el deseo de conocer más, de saber, de ahondar en la esencia de las cosas y en el análisis y comprensión del hombre para propiciar el avance de la sociedad humana en una espiral ascendente de justicia y bienestar social” (Tamayo, 1993:20)

No niega la imperiosa necesidad de desarrollo, pero la exigencia era, y sigue siendo en palabras de José Martí: “conocer para resolver”. En consecuencia no es la copia de un modelo, de un esquema el que garantizaría ese espiral reclamado por Tamayo. Hay que descubrir la esencia para echar adelante, que es en último caso buscar el bienestar social para el colectivo.

Ahora bien, desde el matiz euro-céntrico del desarrollo la clave está en el modelo o paradigma de la industrialización muy bien desplegado en ideas, en ideologías y en técnicas, luego de la revolución industrial inglesa; y precisamente este sentido dado a la historia se convertirá en referencia insoslayable para las nacientes repúblicas hispanoamericanas otrora hijas de la expansión colonial europea.

Los discursos desde el siglo XIX se construyen a partir de la formación e inversión directa de capital, industrialización y modernización, queriendo decir que esta es la única vía para el desarrollo económico, estableciendo así una idea lineal del desarrollo.

Un sentido sistémico del capitalismo imponía la lógica del desarrollo; sólo se trataba de buscar a fuera el sentido de la historia que viene dado por lo que occidente señaló como horizonte: crecimiento y acumulación de capital garantizarían la distribución de la riqueza para hacer feliz al colectivo; pero Tamayo no se cansa de advertir que este camino llevaría a una crisis antropo-ecológica, aunado a sociedades con marcadas y profundas desigualdades sociales. 

De allí que considere la idea del desarrollo integral, o que pudiéramos llamar ecológico o en última instancia humano. Esto lo va ampliar en un artículo titulado “De la economía del campo”. Me atrevería a señalar que en este trabajo Tamayo apunta hacia una operatividad de una economía agraria integrada en el avance de la Ciencia y tecnología, pero sin desconocer la ecología, y con ello las bases de una economía que garantice la seguridad agroalimentaria.  Vemos algunos   textos:

Los grandes centros urbanos e industriales demandan muchos alimentos que deben ser suplidos por nuestra agricultura. Entonces podemos comprender que el individualismo de la pequeña parcela es antieconómico.

De ahí que se requieran grandes campos de cultivo con alta mecanización y gran productividad, todo lo cual necesita el concurso de la ciencia, de la tecnología y de un nutrido personal que incluya la mano de obra especializada y la no especializada pero en vías de serlo. Entonces es concebible, dada las actuales circunstancias de la apremiante y conflictiva hora que vivimos, la creación de grandes granjas colectivas para producir alimentos masivamente, de alta calidad y precios razonables” (Tamayo, 1993:68)

Este planteamiento quizás en correspondencia con las ideas generales dominantes sobre desarrollo adquieren otra visión en el pensamiento de Tamayo, ya que  subraya la necesidad del trabajo colectivo y a su  vez no dejando de lado la ciencia y tecnología y, cuando toca la realidad local esta directriz va acompañada con las siguientes recomendaciones que garantizan a su vez el sentido de lo sostenible y sustentable en la búsqueda del ansiado progreso material que en voz del sabio obedece también a la ecología, veamos las sugerencias en la escala regional del estado Lara cuando en su momento escribía advirtiendo sobre la  sequía y el desierto en cierne:

  • Conservar los restos de bosques existentes en las cabeceras de los ríos Tocuyo, Turbio, Morere, Claro, Curarigua y Baragua.
  • Usar racionalmente los suelos de la zona montañosa.
  • Reforestar las áreas suburbanas de las poblaciones de la zona árida, como medida de salubridad pública.
  • Crear parques extraurbanos para el sano esparcimiento de los conglomerados ciudadanos. (Tamayo, 1994:80)

Con estos planes, Tamayo asegura conservación, protección y alimentación. Previene que se debe resguardar para generaciones futuras. No lo secuestra el desarrollismo lineal aferrado a la industrialización a cualquier costo en nombre de la búsqueda del ansiado capital, aunque voces como la de Raúl Prebisch habrán de dar a grito la urgente tarea de que industrializar era desarrollar. La propuesta de este reconocido pensador argentino fundador de la CEPAL en 1949, queda explicitada así: 

A nuestro juicio, era imposible resolver el problema fundamental de la pobreza sin elevar sustancialmente el ritmo de la acumulación, cambiando al mismo tiempo la composición del capital y, desde luego, la estructura productiva. De esta manera se absorberían en el sistema, con creciente productividad e ingresos, las grandes masas de la población excluidas del desarrollo económico (Prebisch, 1979: IX-X).

Esta tesis orientó e impulsó el paradigma de la industrialización, así como la búsqueda afanosa de las inversiones de capitales de origen extranjero. Bueno, la historia ya es conocida de que este modelo precisamente no ha sido éxito para lo que pudiéramos considerar desarrollo en términos globales, aunque el planteamiento guarda validez desde el diseño del modelo capitalista. Los resultados teóricamente previstos para nuestros países han sido el de un crecimiento económico sin desarrollo humano.

En consecuencia, Tamayo es más prudente, aunque no descarta estas ideas de su tiempo; sin embargo, cuando observa el proceso venezolano va dando su visión para el cambio social con su respectivo equilibrio ecológico y armónico para el colectivo, para la mayoría.

Para él es significativo el hecho de percibir el fenómeno de las migraciones internas y eso que se llamó el éxodo del mundo rural no lo pensará en función de los prejuicios y esquemas allende a nosotros; al respecto precisa un sistema social integral, endógeno dentro del sistema global de desarrollo; vemos el planteamiento:

Esta migración rural no sería alarmante si a la par tuvieran cabida dos medidas complementarias indispensables: una reforma agraria radical y una empeñosa acción bien programada y ejecutada, acerca de las zonas marginadas de las ciudades, mediante la cual, su gente se habilite, se instruya, se eduque; se aviven y estimulen sus potencias espirituales; se le enseñe a luchar perseverantemente, a ir contra la inercia y el fatalismo, contra la conformidad y la resignación.

Se le ponga en el uso de las técnicas nuevas; en camino de las artes y de las ciencias; se le enseñe a trabajar en equipo, en cooperativas de producción, de servicio, de solidaridad humana.

Se le ayude a encontrarse a sí mismo y a auxiliar a los demás; se le abran todas las perspectivas de la justicia social y del acceso a todos los dones culturales y materiales de la vida. Y en vez de prisiones, deberán crearse escuelas de aprendizaje de trabajos; que en vez de hospicios establezcan parques para el deporte y la recreación. (Tamayo, 1993:17)   

En este mismo orden de ideas, esboza su propuesta de granjas-cooperativas, que pudieran parecer apreciaciones localizadas o aisladas, sin embargo, para él constituían un mecanismo de evitar el éxodo campesino. Puntualicemos el plan:

Las granjas (…) tendrán una estructura colectiva y se autoabastecerán salvo en los dos primeros años de su funcionamiento, cuando el Estado contribuirá con el 50 por ciento de sus gastos estrictamente comprobados. Estas granjas tendrán personal técnico, personal de mantenimiento, personal de mano de obra. Todos los cuales gozarán sueldos moderados de acuerdo con el tipo y calidad de su trabajo. Las utilidades se repartirán por igual entre todos los trabajadores.

A quien fuere ineficiente en su trabajo debido a poco conocimiento del mismo, se le dará dos meses para ponerse al día, si no logra superar su falla será sustituido por otro más competente, y al saliente se le enviará a un centro de orientación donde puede encontrar su vocación y su ubicación en la vida. Estas granjas tendrán carácter autónomo en cuanto al manejo administrativo, pero el Estado estará pronto a controlar la marcha de la organización, detectar fallas y proponer soluciones para cada caso.

Las granjas en referencia funcionarán como cooperativas de producción y consumo y buscarán los modos de evitar intermediarios entre el productor y el consumidor. Dichas granjas tendrán escuelas, comedor escolar, salón para actos culturales, salón para espectáculos (teatro, cine, ambos con tenor educativo, cultural o recreativo); parque-jardín (recreativos); salón de música (coros, estudiantinas, conciertos, creación musical); salón para bailar, salón para artes plásticas y pintura; campos deportivos (…) taller para aprender mecánica y producir repuestos para maquinas usadas en la granja” (Tamayo, 1993:70)   

En esta propuesta plantea la necesidad de productividad y modernización  pero desde la visión endógena para crear lo que el mismo llama en este texto la fuerza creadora, que debe redundar en la eliminación de la pobreza y la inclusión de la mayoría en el  bienestar social; hemos citado en extenso por la calidad de planteamiento operativo formulado por Tamayo, como vemos se trata de una propuesta que recoge integralmente el proceso económico y visualiza el sentido organizativo social como parte del desarrollo.

Eso que denominan ahora capital social ya estaba presente en la visión del desarrollo que visualiza nuestro naturalista; aquí encontramos el disidente frente a los discursos desarrollistas que vieron en los modelos del sistema capitalista la única vía para alcanzar el bien colectivo.

El cuestionamiento no solo es para el sistema económico, también  cuestiona el Estado paternalista y populista; por esta vía es crítico de la riqueza adquirida sin trabajo, así como el despliegue de una sociedad de consumo que secuestra al hombre y castra la posibilidad de crear bienestar; veía con claridad la importancia del Estado pero atento a estimular al hombre en sus potencialidades para abrir camino en la búsqueda de su felicidad en colectivo y no sólo en la variable económica sino en la dimensión  humana de la existencia terrenal.

Sobre la acción del Estado paternalista, comenta:

Me parece muy peligrosa una tendencia que está tomando cuerpo actualmente como medida para resolver el problema de esos desheredados de la periferia urbana: la de darles limosnas de dinero, ropa, y alimentos. Esto tiende a convertir en parásitos a los beneficiarios de esas dádivas; a transformarlos en un relajado material comprable; sin personalidad; sin horizontes para su redención.  (Tamayo, 1987a:66)

Este mal ha acompañado a todas las administraciones políticas en la Venezuela del siglo XX y ahora en este siglo XXI. De allí que una buena parte de su escritura estuvo centrada en reflexionar sobre el éxodo del campo, y el mal generado por los llamados cinturones de miserias que crecen en las periferias  de las ciudades.

El petróleo no logra articular el desarrollo y menos integrar el territorio en su totalidad; aunado al fracaso de la reforma agraria, veremos cómo los principales centros urbanos servían a su vez, para la formación de barrios y ranchos que contrastan al paisaje urbanizado por los servicios e instituciones modernas de salud y educación, pero sin capacidad para la mayoría.

Estas anomalías habrán de tener expresión en el desbordamiento social vivido en Caracas en 1989, la violencia, más las crisis políticas desembocaron en ese estallido urbano que ponía en evidencia el fracaso de la Democracia representativa, del populismo y el agotamiento de la renta petrolera.

La solución para Tamayo estaba en la oportunidad, que describe en el siguiente texto:

Lo que se requiere para ellos es trabajo, oportunidad de ser útiles, oportunidad para dignificar sus vidas destrozadas por la miseria; oportunidad para honrar sus hogares y familias; oportunidad para darles a sus hijos una educación; oportunidad para vivir con el señorío y la noble categoría de los seres humanos. (Tamayo, 1987a: 66-67)

Y a su visión del desarrollo le agrega dos dimensiones fundamentales: una referida a que la soberanía y el afianzamiento nacional no puede ir de espalda al progreso social y la otra, que en vez de pedir a grito las inversiones de capital y la industrialización se aferra al papel de la investigación, es decir, de la Ciencia tanto para el desarrollo como para la conservación.

El pensador, una vez más se encuentra con la idea de José Martí: “conocer es resolver”. Así lo encontramos impulsando la Sociedad Venezolana de Ciencias Naturales, la Estación biológica de los Llanos,  el Herbario del Instituto Pedagógico de Caracas,   y un mayor esfuerzo por la creación de Parques que además como centros de recreación constituían verdaderos espacios para las investigaciones aplicadas en el campo de la biología y la botánica.

De modo que en Tamayo, el hombre naturalista como le llamaron sus biógrafos, el hombre que conoció suelos y flora, ante todo planteó una vía del desarrollo sustentado en lo ecológico y con la convicción de mirar hacia adentro para presentarse en el concierto del mundo. Y para ello dejó una obra que es el andar por Venezuela, pero sobre todo conocer a Venezuela en su geografía e historia, lo que significa la base para progresar y generar felicidad colectivas que tanto le preocupó.  

En este orden de ideas, sobresale lo que él denomina el drama ecológico, el cual define en los siguientes términos: 

Las etapas del drama ecológico están señaladas en sus coyunturas por grandes descubrimientos o por inventos que generan transformaciones sustantivas del hombre frente a la naturaleza, tal como pudo ser el descubrimiento del modo de producir fuego, en épocas remotas, o el descubrimiento de la desintegración del átomo, en nuestros días. (Tamayo, 1987b: 94)

Desde este punto de vista, asume que el drama producto de las innovaciones pudiera resolverse por lo que el mismo llama “sabia política ecológica”. A esta idea agrega: “otras vías hay para el bienestar y el desarrollo, cuando éste se concibe y realiza en beneficio integral del ser humano” (Tamayo, 1987b: 106).

Esta vertiente en la obra de Tamayo resulta contracorriente en su momento, ya que desde los centros de poder y su reflejo en los países periféricos, lo que se trata es buscar la riqueza para el beneficio parcial y en detrimento de la ecología.

Desde su pensamiento creyó que los objetivos del desarrollo eran en función del hombre, que significa respetar los límites y la interdependencia compleja en todos los elementos del ecosistema que explican al hombre y su habita natural. 

En su discurso en el día mundial del ambiente el 5 de junio de 1980, se muestra agudo y preciso al indicar la esencia de la Venezuela contemporánea. Parece que se adelantaba a lo que podía venir a partir de 1989:

Quiero ratificar que no soy contrario al desarrollo; solamente propongo que se gobierne al desarrollo, que se le oriente y dirija; primero que nada, hacia la rehabilitación de las generaciones ahogadas en el marginamiento, para que esa enorme fuerza humana entre a formar parte en la marcha total del país, pero no como lastre, como gente inhabilitada, sino como fuerza creadora.

Debemos abrirle los brazos, nuestro entendimiento, comprensión y amor social y cristiano para elevarlas a la igualdad de oportunidades a la par de los demás hombres, pues con ese magnífico aporte de las dos terceras partes de la población venezolana a que alcanza el número de la gente yacente, de la gente postergada, es como Venezuela, ya sin lastre social, podrá echar a andar decididamente por los caminos del progreso y del desarrollo. Esto es, desarrollo para toda Venezuela (Tamayo, 1987a: 29) (énfasis nuestro)

El texto es contundente en el diagnóstico para aquel momento; se aprecia la preocupación por la distorsión y anomalías del desarrollo. Exclusión y pobreza subyacen en el modelo; gobernar el desarrollo constituye la estrategia y la misma se filtra necesariamente por la inclusión; desarrollo para toda Venezuela. Le angustia la presencia de generaciones marginadas, que debieran ser útiles como fuerza humana y creadora, si se garantiza la igualdad de oportunidades.

De la reflexión anterior se desprende el espiral humanista, cuando insiste en que la “promoción del hombre, integralmente considerado, es lo que puede salvarnos” Lo integral es para Tamayo: biosfera-hombre-desarrollo social, es decir, el reino vegetal, el reino animal y el reino mineral, como unidad ecológica que desemboca en bienestar sin atentar contra la naturaleza.

A modo de conclusión

A 35 años de estas ideas seguimos visualizando un modelo y una referencia en Francisco Tamayo; ya contamos con un instrumento importante como lo es la Constitución vigente, que recoge en su esencia la visón de un país, una nación que se encamine para el beneficio del colectivo con valores sociales y una ética sustentada en la solidaridad humana y la lucha permanente contra cualquier sistema que atente contra el hombre como parte de la biosfera y como la biosfera misma que alude necesariamente a un nuevo modelo de desarrollo que tenga como centro el humanismo. 

El manoseado debate desarrollo/subdesarrollo, que ha ocupado por un buen tiempo a los investigadores de las Ciencias Sociales tanto en el sector público como el privado, por lo menos, hasta la década de los 90 del siglo XX,  no encontró en Tamayo una utilización académica formal;  dedicó su vida a investigar para conocer el país y así poder postular salidas y proponer caminos, recordaba a su generación que para salir del atraso no había otro camino que el trabajo, la eficiencia, la educación, la cultura, la ciencia y la tecnología “aplicados masivamente a todo el pueblo venezolano, al margen de las elites y de los sectores privilegiados”, advirtiendo en seguida que no es por el  paternalismo, sino por las oportunidades de trabajo y educación.

En 1976, Francisco Tamayo, establece lo que él denominó errores fundamentales del hombre en el pretendido desarrollo económico lineal, leámoslo: 

  • Al pretender salirse totalmente de su ecosistema natural
  • En sustitución del natural no ha planificado la constitución de un ecosistema artificial, sino que a medida de las circunstancias va introduciendo modificaciones arbitrarias, sin tener en cuenta, antecedentes ni consecuentes.
  • El móvil de su acción, lejos de ser la promoción del bienestar de la sociedad humana, ha sido la idea del lucro con miras egoístas.
  • Pretender, a esta altura del tiempo, que sea posible vivir sin una planificación universal que trate de rectificar los errores sustantivos de su actuación anterior.
  • Pretender ignorar o permanecer indiferente ante la perspectiva del muy próximo agotamiento de los recursos, cuando ya es evidente el desequilibrio de los renovables y el agotamiento de los no renovables.
  • Permitir que la sociedad de consumo continúe empeñada en despilfarrar la capacidad humana y los recursos naturales. (Tamayo, 1993: 29)

En las acciones de estos errores, lo más perjudicado ha sido el recurso natural incluyendo al hombre. Por eso Tamayo, no descansa en advertir y divulgar el conocimiento de la naturaleza, de la ecología, no como prendas académicas sino como un sistema de valores que cruzan toda la existencia del hombre. En el siguiente texto de 1975, está por excelencia el pensamiento que delinea un espíritu conservacionista que abre paso a la teoría de la sustentabilidad. Leamos:

Los recursos naturales constituyen, después de los seres humanos, el patrimonio más valioso de la nación. No pueden ser enajenados. El uso de los mismos no deberá rebasar la medida de su capacidad de recuperación, si fueren renovables; y si no lo fueren; como es el caso de los minerales, la explotación deberá ser muy comedida, para alargar lo más posible su duración de manera que puedan usufructuarlos el mayor número de generaciones. De ahí que los recursos naturales tienen estricta función social que obliga a mantener una celosa política de control y estudio, tendente a usarlos racionalmente, de acuerdo con la más alta capacidad de los mismos. (Tamayo, 1993:58) (Énfasis nuestro)

Queda explicito el planteamiento de la conservación, no como acción romántica o ideológica, se trata de una filosofía conservacionista que le abrió camino a la ciencia y a la técnica que se reflejan en los alcances de los aportes que hace Tamayo a la Geografía, la Ecología, a la Botánica, Antropología y Sociología para hacer de su pensamiento la síntesis teórica sobre el desarrollo social y económico dentro los limites, de la interdependencia y complejidad que guarda la relación sociedad-naturaleza. Su exigencia era pensar en función de la humanidad y naturaleza como contrapartida al yo y a mi grupo; vivir en función de la solidaridad con todos los seres y las cosas. (Tamayo, 1993: 30)

Sirvan por tanto, estas líneas sustentadas en la escritura de Tamayo, que sin aparataje académico, echó las bases para el desarrollo endógeno y con una plena sabiduría de que ese desarrollo reúne al hombre y a la ecología.

Queda pendiente establecer las líneas maestras de su obra en la que la Historia, la Geografía y la Cultura no pueden ignorarse al planear y visualizar el desarrollo humano.

Tamayo es conciencia y patrimonio intelectual, pero ante todo un programa de investigación, en el que se descubra y se caracterice científicamente la compleja relación: naturaleza, economía y sociedad que seguro abrirá camino para perfilar un nuevo orden social que tenga como centro la fraternidad hombre-biosfera. 

Esperemos que esa conciencia, ese patrimonio intelectual se despliegue en la construcción de un nuevo sentido de la historia en los venezolanos de ahora. Y de igual manera, que los futuros profesionales de Economía Social, Urbanistas, Agrónomos, de la medicina humana y animal, ingenieros forestales, los planificadores de políticas y los recientes profesionales de Desarrollo Humano no desconozcan la obra de Francisco Tamayo.

Hay todo un filón para la visión y filosofía de los nuevos retos en este siglo XXI, signado paradójicamente por la disminución de la democracia social y política, para dar paso a  la expansión del capital financiero mundial, que finalmente organiza la geopolítica en la que se expresan y se profundizan las brechas de la calidad de vida y se agranda  la contradicción centro-periferia en mundo virtualmente globalizado, en el que la periferia entra en las coordenadas mundiales cuando resulta el mercado por excelencia para la economía digital y artificial que se engalana con las nuevas tecnologías de la información y comunicación.

En este contexto de festividades, de espectáculos y entretenimientos prolongados, y de abundancia informativa, gracias a las ultra modernas redes de televisión, se oculta muy bien el deterioro evidente de la biosfera, en tanto que las energías de origen fósil siguen manteniendo prácticas económicas y hasta gobiernos populistas y demagógicos.     

Carlos Giménez Lizarzado

Personal Docente y de investigación de la Universidad Politécnica Territorial Andrés Eloy Blanco y de la Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado.

carglizarzado@gmail.com

Referencias
Gabaldón, Arnoldo José. (2006). Desarrollo Sustentable la salida de América Latina. Caracas. Grijalbo.
Guerrero, Luis Beltrán (1954) Razón y sinrazón, temas de cultura venezolana. Caracas-Barcelona, España. Ediciones Ariel, S.L. 
Hurtado Rayugsen, Omar. (2005) Francisco Tamayo, estudio de su vida y aproximación a la vigencia de su obra. Caracas. UPEL. 
Pittier, Henry (1948) Trabajos escogidos. Caracas, Ministerio de Agricultura y Cría
Prebisch, Raúl (1979) Prologo a: Rodríguez, O. (1980). La teoría del subdesarrollo de la CEPAL .México. Siglo veintiuno editores.
Tamayo Francisco (1962) Camino para ir a Venezuela, Mérida, Venezuela, ULA. 
Id. (1987a) El Color de la Tierra.  Caracas. Congreso de la República.
Id. (1987b). Más allá del fuego y de la rueda. Caracas. CONICIT.
Id. (1993). El hombre frente a la naturaleza. Caracas. Monte Ávila Editores Latinoamericana.
Id. (1994) Sanare y las tierras de Lara. Sanare. Ediciones de la Municipalidad del Municipio Andrés Eloy Blanco. Colección Autores Sanareños. Vol.7
Venegas Filardo, Pascual. (1987) Imagen y Huella de Francisco Tamayo. Caracas. Intevep. 

COMENTANOS

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *