El caballo contra la máquina

Omar Garmendia
Cronista y escritor

Para los primeros años del siglo XX ya se comien­za a oír sobre un acon­tec­imien­to que va a hac­er cam­biar total­mente el modo de vivir en Bar­quisime­to: el automóvil. En la lucha del cabal­lo con­tra la máquina, todavía existe el antic­ua­do que cree que la humanidad nun­ca va a salir de un caballo.

En ese pleito quienes ter­mi­nan desa­pare­cien­do son los coches y los cabal­los. El automóvil entra vic­to­rioso en la vida bar­quisimetana. Los coches y los cabal­los irán retirán­dose a men­esteres más modestos, como los corte­jos fúnebres. 

El primer automóvil que llegó al esta­do Lara no llegó a posar sus llan­tas en Bar­quisime­to. Ni siquiera llegó por sus pro­pios medios de fuerza mecáni­ca. Este automóvil arribó primero al puer­to de Tuca­cas en 1904 a bor­do de un vapor proce­dente de Puer­to Cabel­lo, adonde había lle­ga­do prove­niente de Europa.

Del puer­to de Tuca­cas es envi­a­do por el fer­ro­car­ril Bolí­var has­ta Dua­ca. Era de fab­ri­cación france­sa, prob­a­ble­mente un Pan­hard Lev­as­sor y había la cir­cun­stan­cia de que el primer vehícu­lo que exis­tió en Venezuela para esa fecha lo había traí­do doña Zoila de Cas­tro, esposa del Pres­i­dente de la Repúbli­ca, Cipri­ano Cas­tro, en 1904, de modo que podría supon­erse que este automóvil ha debido ser uno de los primeros en Venezuela. 

En Dua­ca el automóvil fue obje­to de un recibimien­to apoteósi­co y el Eco Indus­tri­al, per­iódi­co bar­quisimetano, anun­cia que próx­i­ma­mente sería exhibido en Bar­quisime­to, pero con el entu­si­as­mo, la nov­el­ería de los paseos por Dua­ca y sus alrede­dores, se con­sum­ió todo el com­bustible. El car­bu­rante nun­ca llegó.

Luego se entabló una deman­da con­tra el propi­etario del vehícu­lo y éste fue envi­a­do por el fer­ro­car­ril Bolí­var has­ta Bar­quisime­to y quedó guarda­do en la fer­retería de J. Hanser, donde per­maneció dos años, es decir, has­ta 1906.

 

Primer Ford de dos asien­tos lle­ga­do a Bar­quisime­to, esta­ciona­do frente a la plaza Bolí­var. Nótese el gesto de asom­bro y de incredul­i­dad del curioso con los bra­zos cruza­dos. Cuan­do encendieron el automóvil, sal­ió cor­rien­do jun­to con los demás mirones, mien­tras los per­ros ladraban
El cro­nista Julio Ner­vo apun­ta en el Eco Indus­tri­al del 30 de junio de 1906 su lamen­to por la des­pe­di­da del vehícu­lo de nues­tra ciudad:

El automóvil que está enfer­mo en esta ciu­dad y pri­va­do por con­sigu­iente de paseos, lo embar­caron ayer para Cara­cas, en bus­ca de mejores aires para su salud que­bran­ta­da; y ver que tan bien le fue en Dua­ca, segu­ra­mente que por la tem­per­atu­ra igual a la de Cara­cas y pare­ci­da a la de Europa, de donde es ori­un­do. El calor de aquí le hizo mal y se fue en solic­i­tud de otros aires. Lás­ti­ma que no hubiéramos tenido el orgul­lo de ver­lo cor­retear por nue­stros paseos. El mal de esta tierra.

El paciente melancólico

“Cuan­do sal­ió el paciente que no dor­mía, sólo qued­a­ba uno por aten­der. Lo hizo pasar y lo invitó a recostarse en el mul­li­do diván. Lo vio com­ple­to, vesti­do todo de negro bril­lante. Le pre­gun­tó a qué se debía la visi­ta a su con­sul­to­rio. El paciente se deslas­tró en una retahíla de dolen­cias como dis­pep­sias, con­sti­pa­ciones y, a veces, que sus evac­ua­ciones eran irreg­u­lares, con con­tenidos gaseosos, desver­gon­za­dos. ¡Ayúdeme, doc­tor! llegó a excla­mar el enfer­mo, con un rechi­nar de coyun­turas que al fac­ul­ta­ti­vo le sonaron como ecos de tornil­los y bielas acon­go­jadas. Tomó algunos datos pre­vios al paciente como tem­per­atu­ra, pre­sión, pal­pa­ciones para des­cubrir algún tem­blor­cil­lo en el cara­pa­cho y el niv­el de flu­i­dos cor­po­rales. Notó una leve cojera del lado izquierdo.
- ¿Cuál es su nom­bre –le preguntó.
- Pan­hard Levassor.
-¿Nació ust­ed en Fran­cia, señor?
- Sí, doc­tor, en París, Avenue de Ivry, de donde son mis padres.
- ¿Y qué es lo que siente?

- Pues, verá doc­tor, extraño el cor­retear por las calles de la Place Saint Michel, cuan­do íbamos rum­bo a la rue Mouf­fe­tard y las encan­tadas calle­jue­las del mer­ca­do de la Place Con­trescarpe. En ver­a­no pasea­ba con las ven­tanas abier­tas por los lados de la Ile Saint Louis y La Tour d’ Argent donde la brisa choca­ba con­tra mi frente al des­cu­bier­to, lev­an­tan­do una polvare­da de are­na fina. En pri­mav­era el fres­co vien­to del norte me recon­fort­a­ba y sen­tía que la vida me habla­ba de la felicidad.

-Pero de pron­to –con­tin­uó el aque­ja­do- alguien me arrancó de mi lar nati­vo sin saber por qué y sin poder moverme por mí mis­mo me embar­caron des­de el puer­to de Le Havre has­ta el trópi­co, a un lugar extraño y caluroso. Lleg­amos un día a un puer­to que llam­a­ban La Guaira y me desar­maron. Me quitaron los zap­atos y mi gor­ra y no me dieron mi ali­men­to, sino que por el con­trario lo deposi­taron en unos envas­es metáli­cos. Aho­ra, después de todos los vaivenes de la mar, me encuen­tro en esta ciu­dad que lla­man Dua­ca, a la que me tra­jeron en fer­ro­car­ril des­de un puer­to que denom­i­nan Tuca­cas. Aquí en este pobla­do me mal­trataron, Todos se me sub­ían enci­ma, los niños brin­ca­ban y me ensu­cia­ban con sus embar­ra­dos pies. Me lle­varon por calles de amar­gu­ra, me dolían las extrem­i­dades con tan­ta piedra, idas y venidas. Sufrí mucho. Un día dejaron de darme comi­da y en medio de la algar­abía de unas damise­las que daban gri­ti­tos de estu­pe­fac­ción, quedé par­al­iza­do y no pude más. El calor, el can­san­cio y el peso de tan­ta gente me que­braron el espina­zo y claudiqué.

CARORA-EL TRENTINO (Foto Benet, años 30)
El doc­tor, escuchan­do aten­ta­mente al atribu­la­do esto­ico, se llevó el bor­de del puño cer­ra­do al men­tón, en acti­tud pen­sati­va. Luego de hac­er el exa­m­en físi­co ruti­nario cor­re­spon­di­ente y de haber­le hecho abrir la boca de par en par para obser­var los con­duc­tos nerviosos que partían del corazón, aus­cul­tar con el este­to­sco­pio los rui­dos inter­nos del vien­tre mecáni­co, el galeno no observó males graves en su anatomía, excep­to por su cojera. Llegó a la con­clusión que los padec­imien­tos e indis­posi­ciones del doliente no eran físi­cos sino del espíritu. Gara­bateó un récipe inin­tel­igi­ble, le recomendó que pasara unas vaca­ciones en Bar­quisime­to y Cara­cas y que luego se regre­sara a su tier­ra. Para curar­le la cojera, sólo le inyec­tó un poco de aire com­prim­i­do, ape­nas unas tres libras de pre­sión, en el neumáti­co delantero izquier­do. Sufre ust­ed de melan­colía –dijo”.

CorreodeLara

Esᴛᴀ́ ᴜsᴛᴇᴅ, ᴅɪsᴛɪɴɢᴜɪᴅᴏ ʟᴇᴄᴛᴏʀ, ᴇɴ ᴛᴇʀʀɪᴛᴏʀɪᴏ ᴅᴇ ʜɪsᴛᴏʀɪᴀ, ᴅᴇ ʜᴏᴍʙʀᴇs ᴄɪᴠɪʟɪsᴛᴀs, ʏ sᴏʙʀᴇ ᴛᴏᴅᴏ, ᴅᴇ ɢʀᴀɴᴅᴇs ᴀᴄᴏɴᴛᴇᴄɪᴍɪᴇɴᴛᴏs ϙᴜᴇ ᴍᴀʀᴄᴀʀᴏɴ ᴜɴ ʜɪᴛo

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