Antonio Paredes fue fusilado sin juicio por la tiranía

 

A prin­ci­p­ios de febrero de 1907, el coro­nel Anto­nio Pare­des se dirige de Trinidad a Venezuela para der­ro­car a Cipri­ano Cas­tro. Lo acom­pañan 13 seguidores pro­vis­tos de 20 fusiles y 20 sables. Así lo comu­ni­ca al gob­er­nador inglés de la isla, quien no le con­cede impor­tan­cia a la novedad.

No sé por qué aho­ra vuelve a mi memo­ria este suce­so admirable­mente descrito por Ramón J. Velásquez. Quizá porque con­sidere que es un hecho que después no se verá en Venezuela y val­ga la pena que no escape de los recuer­dos colec­tivos; o tal vez por lo con­trario, porque puede reco­brar vida en tér­mi­nos monstruosos.

Se establece en Curazao para for­mar parte de un movimien­to con­spir­a­ti­vo que se des­gas­ta en las querel­las de sus miem­bros y por la fal­ta de una cabeza que los aglu­tine. La desilusión lo lle­va a París, donde se llena de libros, toma lec­ciones de can­to y asiste a con­fer­en­cias de arte mil­i­tar en Saint-Cyr. La muerte de Cre­spo y el ascen­so de Igna­cio Andrade a la Pres­i­den­cia de la Repúbli­ca lo ani­man a regre­sar. Había sido com­pañero del nue­vo man­datario en las aulas juve­niles y pens­a­ba volver a su tra­ba­jo de hom­bre de armas. 

Debe par­tic­i­par en la guer­ra con­tra el alza­mien­to del Mocho Hérnán­dez, sin ocu­par posi­ciones de jefatu­ra, pero se estre­na como polemista en artícu­los de prosa vig­orosa con­tra los par­tidar­ios del mochis­mo insur­gente. Sus letras encuen­tran mucha lec­toría. Cuan­do Cipri­ano Cas­tro dirige des­de la fron­tera tachirense una invasión con­tra los escom­bros del crespis­mo, se con­vierte en opo­nente tenaz. 

El instante del fusilamiento 

Cuan­do el sol­da­do trató de ven­dar­le los ojos, el gen­er­al Anto­nio Pare­des le gritó: -¡Máteme, pero no me veje Quiero morir vien­do de frente a mis asesinos Maldito seas Cipri­ano Castro!

No se con­for­ma con des­pre­ciar una invitación del caudil­lo andi­no para que se incor­pore a sus huestes. Lla­ma la aten­ción sobre su medioc­ridad, pronos­ti­ca el declive que car­ac­teri­zará su acce­so al poder y lo reta públi­ca­mente en céle­bre doc­u­men­to: Ven­ga ust­ed por mí, para que nos jugue­mos la vida como hom­bres valientes, escribe al mandón que se está estrenando. 

Pasa tres años enjaula­do y con gril­los, expe­ri­en­cia de la cual deja un escrito mem­o­rable, Diario de mi prisión en San Car­los, el primero de su género en la his­to­ria de Venezuela. Luego mar­cha a Trinidad, para volver en 1907 a su últi­ma aven­tu­ra. Los pocos vian­dantes de las sel­vas se sor­pren­den ante la vista de la fac­ción de desar­ra­pa­dos que vienen por el gal­lo montañés. 

Es cap­tura­do en Bar­ran­cas del Orinoco, con los pocos seguidores que le acom­pañan. La for­t­aleza de las fuerzas del gob­ier­no facili­ta la operación. El coro­nel baja las armas, después de recla­mar garan­tías para la dig­nidad y la vida de los rendidos.

Medi­ante telegra­ma cifra­do, Cipri­ano Cas­tro orde­na el fusil­amien­to de Anto­nio Pare­des sin fór­mu­la de juicio. Así sucede inmedi­ata­mente (el 15 de febrero 1907). Pese a que la cru­el­dad y la injus­ti­cia son mon­e­da cor­ri­ente en la época, la noti­cia causa con­ster­nación y mul­ti­pli­ca los reproches con­tra una tiranía despiadada. 

En 1908 se ini­cia un pro­ce­so con­tra el man­datario ya der­ro­ca­do, para con­denarlo por la artera inmo­lación de su adver­sario. El juicio se anun­cia con bom­bos y platil­los, pero sus pro­mo­tores lo dejan a medias. Nadie paga la hor­ro­rosa fechoría.

POR Elías Pino Iturrieta


Foto de portada: El general Antonio Paredes en su despacho en Puerto Cabello

 

En mar­zo de 1909 tuvo lugar el entier­ro en Cara­cas del gen­er­al Anto­nio Pare­des, fusila­do 2 años antes por orden de Cipri­ano Cas­tro. Antes de des­cansar en la tier­ra, había tenido una tum­ba en el Orinoco. Foto: Fotografía Urbana

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