Nacimientos, Juguetes y Navidades

Luis Heraclio Medina Canelón
Abogado – Historiador

La fortuna de haber crecido junto a abuelos nacidos en el siglo XIX y el haber tenido padres tradicionales nos permite manejar los recuerdos de épocas muy lejanas que no se encuentran en las crónicas comunes. Entre esos recuerdos están las de las navidades de otros tiempos, con sus nacimientos y juguetes.

Los Nacimientos.

El Nacimiento, o pesebre o belén, como lo llaman en otras latitudes tiene su origen por el siglo XIII y se le atribuye a San Francisco y luego a los padres franciscanos en Italia. De allí se extendió a toda la Europa católica, de donde nos llega traído por nuestros antepasados españoles. Es indudablemente la primera tradición de Navidad que tenemos los venezolanos y los americanos en general.

En tiempos de nuestros abuelos no existía el plástico, los materiales con que se construía el pesebre o nacimiento era el papel de las bolsas de mercado, el cartón o las telas en desuso que se pintaban de colores de la naturaleza. Las delicadas figuras eran de yeso, importadas de Italia, Francia o España. Recuerdo que mi abuela, siguiendo la tradición familiar, fabricaba todos los años una gruta o cueva con una caja de cartón que envolvía con papel de bolsas de mercado (antes las bolsas eran de un papel muy grueso y resistente, siempre de color beige oscuro) y las remataba con alguna pintura para darles ciertos matices.

Me contaba mi abuelo que los árboles del nacimiento los hacían con maticas de maíz: previamente, a finales de noviembre ponían a germinar las semillas en potecitos y ya para la hora de montar el nacimiento eran unas maticas muy bonitas, mucho mejor que esas plásticas que se consiguen ahora. Yo he puesto en práctica esta olvidada costumbre para algunos nacimientos, pero generalmente cuando me acuerdo ya está entrado diciembre y no da tiempo para que crezcan lo suficiente las matas. También recuerdo del nacimiento de la abuela unas nubes azules y blancas hechas con algún tipo de textil o algodón que no he visto mas nunca. Le daban un aspecto muy bonito al cielo del nacimiento. Generalmente de dentro de esas nubes se asomaba algún ángel y una estrella fabricada en casa, con el aluminio de alguna lata de leche.

El arbolito en los tiempos de los abuelos no existía. Debió llegar con la influencia norteamericana, seguramente después de la segunda guerra mundial, en los cuarenta, o quizás un poco antes con la presencia de las industrias petroleras, los automercados y los centros comerciales. Por eso me parece poco preciso hablar de el “tradicional arbolito”, cuando muy bello y todo, pero no es algo de una larga tradición, históricamente hablando, es una novedad, cuando mucho de dos generaciones atrás, por oposición al nacimiento que entre nosotros tiene unos quinientos años.
La conservación de las hayacas.

Otro detalle de los tiempos de nuestros padres y abuelos que me llamaba mucho la atención es la conservación de las hayacas. En Venezuela se popularizaron las neveras o refrigeradores en tiempos relativamente modernos, creo que poco más o menos a partir de los cuarenta, quizás llegaron con los arbolitos. Mis padres me contaban que cuando ellos eran niños no había neveras y fueron una tremenda novedad cuando aparecieron. A las primeras neveras se les llamaba “Frigidare”, que era el nombre de la primera marca que llegó y la gente llamó así a todos los refrigeradores que llegaban, cualquiera fuera su marca.

Los antiguos refrigeradores, conocidos con el nombre genérico de “Frigidare”, por ser ésta la marca de las primeras neveras que llegaron a Venezuela.

Pues bien, antes de esa época no había refrigeración en las casas; entonces las hayacas preparadas en diferentes fechas, según la costumbre de cada familia, algunas a principios de diciembre y otros hasta el mismo 24, eran hervidas todos los días, para poder preservarlas. Esta casi-pasteurización, unida con ciertas propiedades de la hoja de plátano permitían conservar el delicioso pastel de maíz por muchísimos días. Igualmente los dulces eran conservados naturalmente por el efecto del almíbar de azúcar o papelón y no necesitaban la refrigeración.

Los regalos.

En tiempos de los abuelos, quienes traían los regalos no era el Niño Jesús, sino los Reyes Magos, al igual que en Europa.

En los tiempos de los abuelos y nuestros padres quienes traían los regalos a los niños no era el Niño Jesús, como ocurre en la actualidad, sino Los Tres Reyes Magos, el 6 de Enero, como todavía se acostumbra en Europa. El secreto y la ilusión consecuente eran rigurosos. Se hacía la carta que se ponía junto al nacimiento en los zapatos que se habían dejado relucientes para la ocasión… y a esperar. Existía la amenaza de que a los niños que no se habían portado bien los Reyes no le traerían los juguetes sino una caja llena de carbón u otra cosa peor…No se si esta terrible sanción se llegó a producir, pero a mis viejos y tíos no les llegó a pasar nunca, afortunadamente.

No obstante, según me contaba mi mamá, para el día de Navidad el Niño Jesús se hacía presente con unos pequeños regalos, en su caso eran todos los años: un bolívar de plata, un huevo de gallina y no recuerdo bien, pero creo que también traía algo de fruta. Hay una anécdota en la familia, que cuenta mi mamá, que siendo una pequeña inocente, una noche de Reyes se despertó y con mucho miedo fue hasta el nacimiento a ver si Melchor, Gaspar y Baltazar habían dejado sus regalos. Cuando sigilosamente llegó hasta la sala vio a tres sujetos, de espaldas, de coloridas capas que estaban arrodillados frente al pesebre. Llena de miedo corrió hasta su cama. O era un un sueño de la niña o descubrió a sus tías poniendo los regalos y por la tensión su imaginación las transformó en Reyes. Sea que sea, hasta sus últimos días mantenía que ese recuerdo era muy vivo.

En cuanto a los juguetes, eran mucho más que los ya tan cacareados “tradicionales” de los cuales no vamos a escribir. Tanto nuestros padres como nuestros abuelos contaron con maravillosos juguetes que nada tienen que envidiarle a los de hoy en día, más aún eran superiores ya que estaban construidos con metal, madera, cerámicas y otros materiales altamente duraderos. Caballitos de madera donde se montaban los más pequeños comandando batallones imaginarios, soldaditos de plomo bellamente pintados en colores brillantes, rifles, revólveres y espadas, casi indestructibles en hierro y madera, carretas con sus caballitos a cuerda, de latón o hierro, y los zancos para los más grandecitos fueron los juguetes comunes de nuestros abuelos; y las abuelas tenían bellas muñecas de porcelana y tela europeas, así como las corrientes de trapo, con sus lujosos vestidos y juegos de té o café en porcelana verdadera.

Una generación mas adelante, mi papá recordaba juguetes más complejos, ya con algo de tecnología: añoraba el “Meccano”, algo parecido al moderno Lego, de puro metal, pero con ruedas, tuercas, tornillos y platinas agujeradas, con el que construía aeroplanos, grúas, coches y mil cosas. También me hablaba de un barquito de latón al que se alimentaba con kerosene o gasolina y hacía combustión propulsando al juguete. Por supuesto que los reglamentos internacionales que hoy en día existen no permitirían muchos de esos juguetes por ser considerados peligrosos, bien por los materiales de los que están construidos o por sus formas. Hoy es impensable un juguete fabricado con el nocivo plomo o que use propulsión de algún combustible.

Mi generación todavía conoció buenos juguetes, pero a nosotros si nos los traía el Niño Jesús, aunque los Reyes siempre se presentaban con alguna ñapa. Los nuestros fueron los originales Mattel, made in USA, de alta resistencia y calidad, provenientes Sears o tiendas similares. Todavía en mis tiempos muchos eran fabricados en metal. Aun están por allí un fusil M-1 y un Colt 45 de fulminantes, con unos de 50 años de antigüedad, me aguantaron a mí y sobrevivieron a mis hijos. Eran cargados con algo como unas serpentinas de un detonante que hacían las delicias de los pequeños vaqueros o guerreros que éramos de muchachos. Hacíamos inmensas partidas entre primos y vecinos y jugábamos nuestras guerras de mentira, nuestros favoritos eran los juguetes bélicos y somos hoy profesionales y padres de familia sin tacha alguna. La prohibición de los juguetes bélicos es una necedad, una de esas tonterías impuestas por ciertos grupos de opinión a los cuales prefiero no referirme.

Somos la generación del primer G-Joe, algo así como un abuelo del Max Stell que vino muchos años después, que se transformaba de marine de Vietnam a soldado de la segunda guerra mundial o vaquero según las ropas o accesorios que venían por separado. También los batijuguetes: el baticinturón, el batiboomerang, y otro montón de baticosas, que hicieron furor en los tiempos de Batman y Robin. Recuerdo el maravilloso “Fuerte Apache” con la empalizada, la casa, el batallón de caballería y los indios.

Al Niño Jesús nunca le faltó entre tanto juguete un libro: gran formato, y muchas imágenes, siempre con temas atractivos para nuestros gustos: el espacio, dinosaurios, perros o caballos, carros, etc. Eso nos incentivó la lectura desde pequeños.

Al ser nosotros la generación que se maravilló con la llegada del hombre a la luna, estrenamos a los astronautas de Mattel: el mayor Mason y sus compañeros de la estación lunar, hasta un marciano verde venía entre esos. Recuerdo también el “Terror Marciano”, una fábrica de monstruos que uno mismo diseñaba con unas hormas  de cuerpos, cabezas y patas que se fabricaban en el molde con un plástico líquido llamado ”plastigut” que luego se horneaban en el hornito que también vendían  y nos permitía fabricar a nuestro gusto docenas de distintos bichos.

Mas grandecitos, el Niño Jesús se preocupó de buscar el juguete instructivo y llegaron el Laboratorio de Química, que nos hizo científicos y científicos-locos en alguna otra ocasión, causando pequeñas explosiones en los tubos de ensayo, el microscopio que nos abrió el micro mundo a nuestros ojos y nos interesó por la biología, y el telescopio con el que explorábamos la luna y las estrellas. y el laboratorio de electricidad, que llevó a que mi hermano llegara hasta profesor de ingeniería eléctrica en institutos universitarios.

Han pasado muchos años. Ya a muchos niños no los visitan a los niños ni el Niño Jesús ni los Reyes Magos; la magia de la ilusión va siendo sustituida por una impersonal y fría visita al centro comercial. Las batallas entre primos y amiguitos que protagonizaron con sus arsenales de utilería mis abuelos, mi padre y yo mismo con mi hermano y mis primos, ya hoy cincuentones, en cualquier campo, patio o solar vacío difícilmente podrán disfrutarla los hijos de mis hijos. Las niñas actuales no conocen una verdadera taza de porcelana en miniatura. Un teclado y un “joystick” hipnotizadores son los dueños de los nuevos tiempos. Creo que esta es una de esas ocasiones donde se puede decir que todo tiempo pasado fue mejor.

Luis Medina Canelón

Abogado, escritor e historiador Miembro Correspondiente de la Academia de Historia del Estado Carabobo

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