De las velas al vapor en el Lago de Valencia

Xiomary Urbáez
Periodista y escritora

En el siglo XIX, la comunicación entre las comunidades agrícolas cercanas al lago de Tacarigua y la ciudades aledañas, se dificultaba en época de lluvias. Los concesionarios de la Compañía del Gran Ferrocarril de Venezuela, huelen el potencial de la navegación comercial y, a finales de 1851, el vapor sustituye a la vela, que desde tiempos remotos transportaba diferente rubros y comunicaba


Desde el puerto de El Javillo, zarpa el vapor Urdaneta con ilustres invitados. Los dueños, los gobernadores de Aragua y Carabobo y otros agasajados, hacen la travesía hasta Arenal para luego degustar un banquete de inauguración, al atracar en Los Guayos.

Para 1853, vapores de varias compañías tocan los puertos alrededor del lago. Los empresarios también abren caminos, a través de los cuales por tarifas extras, transportan cargas hasta los centros urbanos cercanos. En 1869, el boyante negocio de la libre navegación por ríos y lagos, atrae la atención de la prensa y es tema de debate parlamentario, sin que al final prosperen las iniciativas contra los privados. Más tarde, el dictador Gómez usa recursos públicos para comprar más embarcaciones, que brinden servicio a sus fincas particulares de la orilla sur del lago.

Desde el principio de su régimen, surcan las aguas del lago los buques Valencia y Valencia I. En los años treinta, llegan el Valencia II y el Tacarigua, cuyos restos fueron abandonados en las riberas durante el primer Gobierno de Rafael Caldera, rescatados hace unos años por el actual régimen bajo la falsa promesa de restauración, para ser abandonados nuevamente. Probando que ni en democracia ni en tiranía, existe voluntad para preservar la memoria histórica.

Fortuna en el Tacarigua

Volviendo a Gómez, él y su compadre Antonio Pimentel, acumularon fortuna con el traslado de productos y ganado desde varias propiedades situadas en Güigüe. Todo un circuito comercial y de recreación -complementado por un funicular desde la zona montañosa al valle- complace al sátrapa.

Como ven amables lectores, los regímenes militares criminales apoyados por civiles sinvergüenzas, han sido y son nefastos para el país. Hasta el presente llegan anécdotas reseñando lo que ocurría en la corriente del Tacarigua. Algunas tienen que ver con los capitanes.

Un margariteño apellidado Rodríguez -conocido como compaitigre- obtiene el cargo por salvar la vida de Gómez en la guerra Libertadora de 1901, trasladándolo herido desde Carúpano a Cumaná. Otro, es el joven Domingo Pérez o Perecito de 21 años, contratado hacia 1921, por recomendación de uno de los hijos de Juan Vicente Gómez.

También quedan descripciones como la que -en 1916- hace José Ignacio Lares, intelectual y político merideño convidado a navegar en el precioso vapor Josefina, tan espacioso que puede cargar 300 pasajeros. “Desde los puentes se divisaba la costa esmeralda de la laguna”. Al embarcadero, se llega desde Maracay en un pequeño tren -de cuatro kilómetros- llamado el Rápido de Güigue, con locomotoras suplidas en 1889, por el fabricante alemán Krauss. Después de tomar el trencito y un vapor, el Benemérito inspecciona a caballo sus fundos. En ocasiones más frívolas, sobre el agua navega el derroche dispuesto para él y para sus invitados.

Impulsados por paletas, motores y calderas, algunos lujosos vapores -como el ya mencionado Josefina- cuentan con tres pisos. En el primero, la cubierta de acceso, cocina y la caldera. En el segundo, camarotes y comedor. En el tercero, la sala de mandos, una terraza y la habitación de Gómez. Champaña y exquisiteces son llevadas a través de un ascensor pequeño. El paseo incluye la tenebrosa, aunque bella isla del Burro, con su legendario cementerio indígena y la isla Otama, donde una playita está acondicionada para deleite de los convidados. Dicen que es allí, donde con ayuda de su lugarteniente Eloy Tarazona, Gómez entierra un tesoro de morocotas y joyas.

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