El descubrimiento de tierra firme: Venezuela

Luis Alberto Perozo Padua
Periodista y escritor
luisalbertoperozopadua@gmail.com
TW / IG @LuisPerozoPadua

1492. Es octubre y el almi­rante Cristóbal Colón aca­ba de des­cubrir las améri­c­as. No lo sabe a primera vista, pero el tiem­po se encar­gará de otor­gar­le un sitial de hon­or en la his­to­ria, pero tam­bién de eclipsarlo.

Aquel hom­bre cruzará el Atlán­ti­co otras tres veces, arries­gan­do toda su for­tu­na, su acred­i­ta­da rep­utación y su cor­du­ra, desafian­do inclu­so las creen­cias ances­trales en una apues­ta que lo lle­vará más allá del mun­do conocido.

Para su primer via­je, Colón nece­sitó una can­ti­dad inimag­in­able de recur­sos financieros, por tan­to, fue la car­rera espa­cial del momen­to, igual de cos­tosa que en la actu­al­i­dad, puesto que las naciones euro­peas com­petían para lograr lle­gar a Asía y así con­quis­tar sus riquezas.

España recién gan­a­ba una exor­bi­tante guer­ra de más de 700 años, esce­nario que aprovechó Colón para solic­i­tar el respal­do, aducien­do a la coro­na, la posi­bil­i­dad cier­ta de nuevas fuentes de riquezas, puesto los magros fon­dos reales ya eran una preocupación.

En su via­je ini­cial, el Almi­rante dis­pu­so de tres naves, y su nave insignia, la San­ta­maría, un navío mer­cante, lento y muy antic­ua­do, pese a que sen­tía incli­nación por La Niña, que poseía un dis­eño avan­za­do, pues era de tipo cara­bela, ide­al para explo­ración por ser pequeña (23 met­ros de largo y seis met­ros de ancho) con capaci­dad para trans­portar unas 50 toneladas de car­ga, adap­tán­dose por esas car­ac­terís­ti­cas per­fec­ta­mente a la fae­na. Era una cara­bela sufi­cien­te­mente lig­era y veloz, que pudo sur­car el inmen­so olea­je del atlán­ti­co con ráp­i­das man­io­bras. Tenía un cal­a­do poco pro­fun­do que le per­mi­tió nave­g­ar en solo dos met­ros bajo el agua.

En su diario de via­jes, Colón apun­tó que las cara­belas via­ja­ban entre 100 y 130 kilómet­ros al día, a veces alcan­z­a­ban la increíble veloci­dad de 160 kilómet­ros, reg­istros que para la época rep­re­senta­ban veloci­dades alucinantes.

El ter­cer via­je de Cristóbal Colón zarpó de San­lú­car de Bar­rame­da el 30 de mayo de 1498 y esta­ba com­puesto por seis navíos, trip­u­la­dos por 226 hom­bres dis­tribui­dos en ocho naves: San­ta Cruz, San­ta Clara, San­ta María de Guía, La Castil­la, La Rábi­da, La Gaza, La Gor­da y La Vaqueña.

Al mis­mo tiem­po, una serie de expe­di­ciones pri­vadas par­tirían ese mis­mo año rum­bo a las Indias, tras ser autor­izadas por los reyes católi­cos, quienes habían otor­ga­do capit­u­la­ciones reales de explo­ración a las nuevas tier­ras; quitán­dole la exclu­sivi­dad y los priv­i­le­gios con­ce­di­dos orig­i­nal­mente a Colón de los via­jes transoceáni­cos (a las nuevas tier­ras descubiertas).

De esta man­era se ini­cia­ron los denom­i­na­dos “via­jes menores”, coman­da­dos por per­son­ajes como Vicente Yáñez Pinzón, Alon­so de Oje­da, Améri­co Vespu­cio, Juan de la Cosa y Pero Alon­so Niño.

Descrip­ción del cronista

En via­je el Almi­rante sigu­ió el camino a través del Atlán­ti­co; y después de var­ios días de nave­gación, el marinero Alon­so Pérez avistó tier­ra el 31 de julio, seña­lan­do lo que eran tres mon­tañas de una isla, la Isla de Trinidad cer­ca del ter­ri­to­rio con­ti­nen­tal de lo que es hoy Venezuela.

1498. Es agos­to, conc­re­ta­mente miér­coles del primer día. Don Fer­nan­do Colón, hijo y primer bió­grafo del almi­rante, nar­ra que “por la mañana, sigu­ien­do pronta­mente el mis­mo via­je a Occi­dente, fue a parar a otra pun­ta que llamó de la playa, donde con grande ale­gría desem­bar­có la gente y tomaron agua en un bel­lísi­mo arroyo; pero en todo aquel con­torno no hal­laron gente , ni pueblo alguno, aunque por toda la cos­ta que deja­ba atrás habían vis­to muchas casas y pueb­los; ver­dad es que hal­laron pisadas de pescadores que habían hui­do, deján­dose algu­nas cosil­las que servían para pescar. Hal­laron tam­bién muchas huel­las de ani­males que parecían cabras y vieron los hue­sos de una, pero porque en la cabeza no tenía cuer­nos creyeron que podía ser de un gato o mono, como después lo supieron por haber vis­to en Paria muchos gatos seme­jantes”.

Nave­gan­do por el sur de Trinidad, Gol­fo de Paria (que divide Venezuela de Trinidad) el Almi­rante y su flota se aprox­i­maron al delta del río Orinoco com­para­n­do la fuerza del agua en su desem­bo­cadu­ra con la fuerza del Río Guadalquivir en tiem­po de crecidas. 

Recor­rien­do las dos pun­tas referi­das por el hijo de Colón, sobre la mar­gen izquier­da, a eso de mediodía “vieron la tier­ra firme a 25 leguas de dis­tan­cia, aunque pen­saron que era otra isla, y creyén­do­lo así el Almi­rante le puso por nom­bre Isla San­ta (avis­ta­da des­de Pun­ta Bombeador, una parte de la tier­ra alu­vial del delta del Orinoco, en Venezuela). Y prosigue más ade­lante descri­bi­en­do a Venezuela: “…pero todo el país era muy her­moso y los árboles has­ta el agua con muchas pobla­ciones, casas y grandísi­ma amenidad, cuya jor­na­da pasaron en brevísi­mo tiempo…”.

Mar­gari­ta en la bitá­co­ra del Almirante

«Esta gente, como ya dije, son todos de muy lin­da estatu­ra, altos de cuer­pos, e de muy lin­dos gestos, los cabel­los lar­gos e llanos, y traen las cabezas atadas con unos pañue­los labra­dos, como ya dije, her­mosos, que pare­cen de lejos de seda y almaizares: otro traen ceñi­do más largo que se cobi­jan con él en lugar de pañetes, ansí hom­bres como mujeres. La col­or de esta gente es más blan­ca que otra que haya vis­to en las Indias; todos traían al pes­cue­zo y a los bra­zos algo a la guisa de estas tier­ras, y muchos traían piezas de oro bajo col­gan­do al pes­cue­zo. Las canoas de ellos son muy grandes y de mejor hechu­ra que no son estas otras, y más livianas, y en el medio de cada una tienen un apartamien­to como cámara, en que vi que and­a­ban los prin­ci­pales con sus mujeres. Llamé allí a este lugar Jar­dines, porque así con­for­man por nom­bre». 

La descrip­ción del almi­rante en su bitá­co­ra es aun más con­move­do­ra y una vez lle­ga­do al litoral vene­zolano, Colón atrav­esó el Gol­fo de Paria y se impre­sionó por la suavi­dad del cli­ma y la gran cor­ri­ente de agua dulce que indi­ca­ba la pres­en­cia del impo­nente río Orinoco. Pen­só que esta­ba cer­ca del paraí­so ter­re­nal, lo cual plas­mó entu­si­as­ma­do en su relación de este ter­cer via­je. Pero no había lle­ga­do al paraí­so, sino al con­ti­nente americano.

Fuentes históri­c­as han descrito que la lle­ga­da del Almi­rante de la Mar Océano a nues­tras tier­ras ocur­rió por la población de Macuro, mien­tras nave­g­a­ba a través del Gol­fo de la Bal­lena (hoy de Paria) vinien­do des­de la Boca de la Ser­pi­ente, el estre­cho sur que sep­a­ra a Trinidad de Venezuela; otras fuentes deter­mi­nan que es mucho más prob­a­ble que el lugar donde Colón mandó los botes a la cos­ta firme fuera al oeste de Ense­na­da Yacua, y no al este de ella, de lo con­trario sobrepasaría el pun­to fija­do por la nave­gación del día sigu­iente según la bitácora.

El 15 de agos­to el Almi­rante divisó tres islas, dos de ellas pequeñas, bajas y ári­das (las actuales Coche y Cubagua), sep­a­radas por un canal de una ter­cera, may­or, cubier­ta de veg­etación y pobla­da de indí­ge­nas que la llam­a­ban Paragua­choa, voca­blo que sig­nifi­ca “peces en abun­dan­cia” y según otros estu­dios “gente de mar”. Colón bau­tizó la isla con el nom­bre de La Asun­ción, por haber sido des­cu­bier­ta en la fecha en la cual se cel­e­bra la Asun­ción de María.

Una fotografía, fecha­da en 1900, de una répli­ca del buque insignia del explo­rador Cristóbal Colón, la San­ta María

Colón escribió en su car­ta a los reyes: «yo jamás leí ni oí que tan­ta can­ti­dad de agua dulce fuese así aden­tro e veci­na con la sal­a­da; y en ello asimis­mo la suavísi­ma tem­per­an­cia. Y si de allí del Paraí­so no sale, parece aun may­or mar­avil­la, porque no creo que se sepa en el mun­do de río tan grande y tan fondo». 

Y con­tinúa el Almi­rante: «Yo creo que éste es un gran con­ti­nente, descono­ci­do has­ta hoy, pues de él desem­bo­ca una gran can­ti­dad de agua dulce, y por otra parte que sobre la tier­ra hay seis partes de tier­ra firme por una de agua». (Relación del Ter­cer Via­je por don Cristóbal Colón).

Después de recor­rer el Gol­fo de Paria o de la Bal­lena (nom­bre colo­ca­do por el Almi­rante), tomó rum­bo a La Españo­la, donde la situación era adver­sa para sus intere­ses y hos­til para su famil­ia. Un grupo de pobladores, encabeza­do por el alcalde may­or Fran­cis­co Roldán, se había rebe­la­do con­tra la autori­dad de Bar­tolomé Colón, replegán­dose al inte­ri­or de la isla. Ante la gravedad de los hechos, el Almi­rante recién lle­ga­do resolvió nego­ciar con los sedi­ciosos, cedi­en­do a sus pre­ten­siones de con­tar con indí­ge­nas para su ser­vi­cio per­son­al. Asimis­mo, el poco oro encon­tra­do has­ta entonces no sat­is­facía en nada las expec­ta­ti­vas creadas por el Almirante.

El esce­nario com­pli­ca­do en la isla rápi­do llegó a oídos de los reyes. Abund­a­ban las que­jas con­tra la for­ma en que los Colón mane­ja­ban los asun­tos admin­is­tra­tivos y en vez de apor­tar dinero a las arcas reales, la isla sólo demand­a­ba gas­tos. En vir­tud de esto, la coro­na envió al juez pesquisador Fran­cis­co de Bobadil­la, que arribó a San­to Domin­go, el nue­vo enclave español en esta isla, el 23 de agos­to de 1500. 

El fun­cionario pro­cedió a deten­er a Cristóbal Colón, y a sus her­manos Bar­tolomé y Diego; y los embar­có enca­de­na­dos a España en el mes de octubre, a donde arrib­aron el 25 de noviem­bre. Al poco fue lib­er­a­do por orden de su Majes­tad Isabel la católi­ca, pero antes debió renun­ciar a sus dere­chos y títu­los de Almi­rante de la Mar Océana y de Vir­rey de los ter­ri­to­rios des­cu­bier­tos en el Nue­vo Mundo.

La estrel­la del Almi­rante comen­z­a­ba a apa­garse. Su mag­ní­fi­ca haz­a­ña, su valiente auda­cia en una trav­es­ía impre­sio­n­ante pron­to fue eclip­sa­da y con­sid­er­ara una mon­stru­osi­dad. La his­to­ria ses­ga­da se encar­garía tam­bién de ocul­tar que, tras el des­cubrim­ien­to de un nue­vo mun­do, el almi­rante ter­mi­naría arru­ina­do, der­ro­ta­do en su humanidad y en el oca­so, sepul­ta­do, sin aspavien­tos en una mod­es­ta cripta.

Muerte del Almi­rante Cristóbal Colón

Fuente: El via­je per­di­do de Colón. Ed Her­rmann. España, 1999
El Almi­rante, la extra­or­di­nar­ia saga de Cristóbal Colón. Ernesto Vegas Pagán. Pres­i­den­cia de la Repúbli­ca de Venezuela. Cara­cas 1990
Colón en Paría 1498. Jorge Olavar­ría. Fun­dación Aven­sa. Venezuela 1998
El Almi­rante de la Mar Océano: vida de Cristóbal Colón. Samuel Eliot Mori­son, Libr­ería Hachette S. A., Buenos Aires 1945
Cuader­nos Lagoven (1997): Venezuela — 500 años, Segun­da Parte; pub­li­cación del Depar­ta­men­to de Asun­tos Públi­cos de Lagoven, S.A., fil­ial de PDVSA, Caracas

CorreodeLara

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