El Nazareno de San Pablo y las epidemias

 

Macky Arenas
Periodista

CARACAS 1657: una espantosa epidemia se apodera de la ciudad. El vómito o escorbuto, mejor conocido como peste bubónica. Era una ciudad sin recursos, rural y pobre. En aquellos tiempos ni siquiera existía la salud pública. La gente enfermaba y se curaba como podía.

Enfrentar un contagio masivo era impensable y los contagiados no tenían esperanza de vida. Debido a la devoción popular, que ya era fuerte hacia la imagen, fue sacada en rogativa por las calles y veredas de la capital.

Cuenta la tradición que durante la procesión pasaron por un huerto cercano a su templo, sembrado de limoneros, y un racimo de limones quedó enredado entre la corona de espinas del nazareno, cayendo algunos al suelo. Los devotos entendieron el mensaje y los recogieron, dándolos como medicina a los enfermos, quienes sanaron pronta y milagrosamente.

El suceso ocurrió en una céntrica esquina caraqueña, la esquina de Miracielos, lo que no deja de ser alegórico. Desde ese tiempo se le bautizó como la esquina de El Limonero del Señor. Luego el fervor y la devoción hacia El Nazareno de San Pablo aumentó enormemente.

Todo hijo de Caracas es devoto del Nazareno de San Pablo. Desde que la gente gritó “milagro!” en aquella ocasión, la venerada imagen sale en procesión cada Miércoles Santo en pleno centro de Caracas, llevada en hombros por sus cófrades y seguida por el pueblo en oración.

Uno de los más famosos y recitados poemas de Andrés Eloy Blanco -conocido en Venezuela como “el poeta del pueblo”, se llama “El Limonero del Señor” dedicada al milagroso evento. Una de sus estrofas, relato de la procesión, reza:

De lo profundo del cortejo
partió la flecha de una voz:
—¡Milagro…! ¡Es bálsamo, cristianos,
el limonero del Señor…!
Y veinte manos arrancaban
la cosecha de curación
que en la esquina de Miracielos
de los cielos enviaba Dios.
Y se curaron los pestosos
bebiendo el ácido licor
con agua clara de Catuche,
entre oración y oración

Una de las más bellas leyendas que rodean esta preciosa talla, en madera de pino flandes de Sevilla, España, posiblemente de Felipe de Ribas en el siglo XVII, es la del escultor quien, después de terminar de tallar la imagen, el Nazareno se le aparece y le dice: “Donde me has visto que tan perfecto me has hecho”.

Tomado de eneltapete.com

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