CrónicasHistoria

Eloy el indio Tarazona, el espaldero del dictador Juan Vicente Gómez

Luis Alberto Perozo Padua
Periodista y cronista
luisperozop@hotmail.com
@LuisPerozoPadua

Lo encon­traron bocaba­jo, frío y exán­ime muchas horas después de ocur­ri­do el suce­so. La causa, un infar­to ful­mi­nante que se doc­u­men­tó el 28 de octubre de 1951, en la Cár­cel de El Obis­po, en El Guarataro, Cara­cas, sin que su causa fuera cono­ci­da por tri­bunal alguno.

Eloy Tara­zona había naci­do en la Gua­ji­ra colom­biana, en la local­i­dad de Enciso, perteneciente al depar­ta­men­to de San­tander, hacia 1881. Sus padres Joaquín Tara­zona y Fran­cis­ca Cáceres, eran agricultores de aque­l­la zona remo­ta de la ciu­dad capital. 

De mozo, Eloy, con­sigu­ió tra­ba­jo en las hacien­das del gener­al Eusto­quio Gómez, pri­mo her­mano de Juan Vicente Gómez, en San Anto­nio del Táchi­ra, quien tam­bién tenía var­ios com­er­cios de víveres, gra­nos, tal­abartería y tex­tiles, entre otros, en donde, a ratos, tam­bién presta­ba sus ser­vi­cios el mozo de Eloy.

Cuan­do se desar­rol­ló la invasión de los 60, cono­ci­da como la Rev­olu­ción Lib­er­al Restau­rado­ra, el 23 de mayo de 1899, una expe­di­ción de vene­zolanos exil­i­a­dos en Colom­bia al man­do de Cipri­ano Cas­tro para der­ro­car el gob­ier­no del pres­i­dente Igna­cio Andrade, el indio Eloy, esta­ba en primera fila del Batal­lón Junín.

Durante el sitio de La Vic­to­ria, en 1902, el indio se unirá a las tropas del Juan Vicente, y des­de entonces se con­ver­tirá en la som­bra del gen­er­al que más tarde gob­ernará a Venezuela con puño de hier­ro durante 27 lar­gos años.

Juan Vicente Gómez jun­to a ‘Vicen­ti­co’ Gómez. Detrás el indio Tara­zona en 1918. Foto: Luis Felipe Toro. Colec­ción de Archi­vo Fotografía Urbana

 

Su lealtad era absoluta

Bajo de estatu­ra, de tez more­na y ojos achi­na­dos, soli­tario, her­méti­co, huraño y sobre todo enigmáti­co era la descrip­ción más exac­ta del indio Tara­zona, un per­son­aje rodea­do de mis­te­rio casi nov­e­l­e­sco. Su leal­tad al Ben­eméri­to era abso­lu­ta y pron­to se con­ver­tirá en su con­se­jero políti­co pese a ser un ile­tra­do. Dormía “con un ojo abier­to y el otro cer­ra­do, atrav­es­a­do en la puer­ta del dor­mi­to­rio de su jefe. Además, per­manecía siem­pre en esta­do de aler­ta. Era inmis­eri­corde con los ene­mi­gos del gener­al pres­i­dente. No tenía famil­iares ni ami­gos. Era el úni­co que tenía acce­so a la intim­i­dad de un hom­bre tan her­méti­co como Juan Vicente Gómez.

Cier­to día, cuan­do el indio ya era jefe su guardia person­al, le pro­pu­so a Gómez pro­bar él primero los ali­men­tos que le servían, «porque no con­fío ni en mi som­bra, mi gen­er­al». Y era después de su con­sen­timien­to que el Ben­eméri­to los toma­ba.

El 29 de Enero de 1928, en el Aeró­dro­mo de Mara­cay. Juan Vicente Gómez espera al pilo­to norteam­er­i­cano Charles Lind­bergh que viene de Colom­bia. Casi al final de la primera fila, desta­ca Eloy el indio Tara­zona, empuñan­do el sable cuya pun­ta des­cansa en el suelo

Torturador de los asesinos

Cuan­do Juan­cho Gómez, de 63 años, primer vicepres­i­dente de Venezuela y gob­er­nador de Cara­cas fue asesina­do con 27 puñal­adas en su dor­mi­to­rio del Pala­cio de Miraflo­res, la noche del 30 de junio de 1923, uno de los primeros en cono­cer el aten­ta­do fue el indio Tara­zona, quien ya con el gra­do de coro­nel, encon­tró el cuer­po de Juan­cho baña­do en san­gre ten­di­do en la cama.

No era una muerte común la del her­mano del Ben­eméri­to pres­i­dente Juan Vicente Gómez, quien era el primero en la línea de suce­sión de la hege­monía de los Gómez. 

Tras el crimen, el leal edecán, comen­zó una per­se­cu­ción implaca­ble con­tra los ene­mi­gos del pres­i­dente, apre­san­do a los más con­no­ta­dos opos­i­tores, pero sabi­en­do que los asesinos per­manecían en el cír­cu­lo ínti­mo del tira­no gen­er­al.

Juan­cho, quien no tenía esposa, novia, ni ami­ga, siem­pre esta­ba rodea­do de jóvenes mil­itares y de los lla­ma­dos «patiquines caraque­ños», uno de ellos era Isidro Bar­ri­en­tos, un joven oficial.

Fue entonces cuan­do un movimien­to en fal­so del cita­do Bar­ri­en­tos ofre­ció su casa en ven­ta para irse del país, lo que inmedi­ata­mente per­mi­tió al indio Tara­zona descifrar la nat­u­raleza del crimen y sus autores.

Detenido Bar­ri­en­tos, fue cru­el­mente tor­tu­ra­do por Tara­zona a peti­ción del sátra­pa gen­er­al, para que con­fe­sara la vil intri­ga. Fue acu­sa­do del crimen jun­to a sus cóm­plices y con­de­na­dos a 20 años de cár­cel en La Rotun­da, pero al poco tiem­po “La Sagra­da”, la policía el rég­i­men, los sacó de la cár­cel y ajus­ti­ció.

Eloy el indio Tara­zona señal­a­do con una flecha a la som­bra del man­damás Juan Vicente Gómez

López Contreras lo apresó

El coro­nel Eloy el indio Tara­zona, fue apre­sa­do el 15 de diciem­bre de 1935, por el pro­pio jefe del Esta­do May­or, Eleazar López Con­tr­eras, por recomen­dación de Eusto­quio Gómez, acusán­do­lo de con­spir­ación al orga­ni­zar y par­tic­i­par en un supuesto com­plot para tomar el poder inmedi­ata­mente después del fal­l­ec­imien­to del pres­i­dente gen­er­al Juan Vicente Gómez.

Con­fi­na­do en la cár­cel públi­ca de la ciu­dad, con asien­to en la calle Bolí­var, tras sur­gir en su con­tra numerosas deman­das civiles y penales que pusieron en evi­den­cia la tup­i­da red de impunidad que gozó durante el manda­to del Ben­eméri­to, el indio Tara­zona llegó a ser un rico propi­etario de la región, con pos­e­siones agropecuar­ias, numerosos inmue­bles y prestamista de gran dimensión. 

Muer­tos Juan Vicente Gómez en diciem­bre de 1935, y su pri­mo Eusto­quio Gómez, en abril de 1936, el indio fue expa­tri­a­do a Colom­bia (norte de San­tander) en donde vivió has­ta los años cin­cuen­ta, que es cuan­do vuelve a Venezuela durante el manda­to de Mar­cos Pérez Jiménez, per­sua­di­do de obten­er garan­tías y ejercer recur­sos para rescatar su pat­ri­mo­nio expropiado.

Volvió a Venezuela tras engaño

Escribe el his­to­ri­ador Helly Alber­to Ángel, que el coro­nel Tara­zona fue engaña­do por cazarrec­om­pen­sas cuan­do a prin­ci­p­ios de 1951, quienes, bajo prome­sa de poder recu­per­ar las tier­ras expropi­adas, lo lle­varon des­de Chiná­co­ta, Colom­bia a San Cristóbal, esta­do Táchi­ra, y lo entre­garon a la Seguri­dad Nacional, vis­to que el indio tenía una req­ui­si­to­ria des­de 1936, sien­do traslada­do hacia Cara­cas. La operación la eje­cutó el pro­pio Jorge Mal­don­a­do Par­il­li, como jefe de la policía política.

Algu­nas fuentes ase­gu­ran que el pres­i­dente y tam­bién dic­ta­dor Mar­cos Pérez Jiménez, esta­ba tras la pista del tesoro de Juan Vicente Gómez que el indio Tara­zona había enter­ra­do.

Y para ten­er una idea, la desmesura­da y míti­ca for­tu­na del Ben­eméri­to gen­er­al, al momen­to de su muerte ascendía a 200 mil­lones de dólares, con­vir­tién­do­lo en el hom­bre más rico de Sudaméri­ca, según el Dr. Ale­jan­dro Rivas Vásquez, min­istro de Obras Públi­cas (1903–1904), senador por el esta­do Apure (1936–1937) y pres­i­dente del Con­gre­so de la Repúbli­ca.

Tara­zona recibió el mis­mo tratamien­to y quizá en menor gra­do que el que propinó, pues fue con­finado en una cel­da inmun­da de El Obis­po en donde fue víc­ti­ma de cru­eles tor­turas y le fue nega­da la ali­mentación casi al pun­to de morir de inani­ción. Nun­ca se supo el lugar de inhu­mación de su cadáver, toda vez se silen­ció toda evi­den­cia.

CorreodeLara

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