Estanislao y la orden del general José Antonio Páez

 

Igor José García Rodríguez
Escritor

14 de junio de 2009. 7, 09 am
Dedicado a mi padre en lo que hubiese sido su cumpleaños 86

Cuando lo llevaban a rastras para la plaza de Altagracia, de Barquisimeto, Estanislao trataba de mover con mayor celeridad su pierna lisiada. Amarrado de mano a mano con otros negros era guiado por un soldado muy joven a caballo quien gritaba improperios, quizás con la intención de sentirse importante ante ese conglomerado de mujeres, niños y ancianos que miraban, bien desde sus ventanas o bien desde la acera, el cumplimiento de aquella orden del general Páez, el centauro, el libertador, el jefe militar y político de la zona, el vencedor en Carabobo, el hombre que por primera vez visitaba la ciudad en su rol de soldado.


Estanislao miraba con dificultad las casas por donde pasó tantas veces. Los cúmulos de bahareque y cañas ya adornados por plantas invasoras y las tejas ennegrecidas regadas por lo que alguna vez fue un piso de familia acomodada.

El dolor ocasionado por el mecate apretando sus muñecas humedecía sus ojos. Sentía que estaba vez no era el juego de los muchachos que lo llevaban al río para maltratarlo, pero no estaba seguro. Oyó muchas veces hablar del general, de la guerra, de Bolívar, de españoles y patriotas, pero nunca entendió, así como tampoco entendió como fue a parar de niño en la casa del cura ni porqué debía arrastrar su pierna al caminar con su pie doblado y enteco. Pero era que tampoco podía hacerse entender. Apenas decía con claridad: “si señó”; “no señó” y lo demás era una sarta de incoherencias qua movían a la burla.

Estanislao servía al cura para enviar recados escritos y como eran pocos los que sabían leer y escribir en aquel poblado, era poco el trabajo realizado y mucho el tiempo para el ocio y el deambular errante. El general decía que cumplía órdenes del Congreso de Colombia, que Bolívar necesitaba soldados en el Perú, que la Santa Alianza preparaba una invasión a Venezuela, que se necesitaban cincuenta mil soldados para defender la patria. Pero la gente se preguntaba si Estanislao podía ser soldado. No se lo imaginaban encaramado en un caballo con la lanza al ristre en medio de explosiones, de gritos, de fusilazos. Y además, ¿no y que se había  acabado la guerra desde hacía dos años, desde aquel encuentro en Bobare entre los coroneles Carlos Núñez y Manuel León?

Pero Estanislao estaba allí, acompañado de otros tres negros. El primero un viejo que se negaba a volver al ejército aduciendo que lo habían herido tres veces en batalla y que al final lo habían regresado a la hacienda para seguir de esclavo. Que lo habían engañado siempre y por eso no se presentó al llamado a la recluta, hecho por el general Páez para ese día a las doce en la Plaza de Altagracia. Además su amo no le permitía salir sin su permiso. Los otros dos tampoco estaban aptos para la guerra. Su debilidad se notaba a leguas. Enclenques, taciturnos, diferían mucho del soldado ágil y fuerte necesario para el combate.

En el instante en que lo colocaban frente a aquella fila de soldados, en la mente de Estanislao se albergó la época de su niñez en la que el suelo se movió sin parar. En algo se parecía a este momento. Desde ese tiempo las casas estaban derruidas. Los techos de la iglesia se cayeron y el ruido que venía del fondo lo hizo abrir la boca desmesuradamente. Era la imagen de si mismo. Se miró los ojos: Grandes, muy grandes, como los de las vacas, pero abiertos, tan abiertos que casi ocupaban toda la cara. Las pupilas: pequeñas como islas rodeadas de blanco por todas partes. La nariz: escarranchada como dos cuevas de cachicamo. La piel: blanqueada como la túnica del cura en la misa de los domingos. La boca: también abierta, desmesuradamente abierta, mostrando las encías vacías de trecho en trecho. Las muelas: ennegrecidas por las caries. Los dientes: Carcomidos por un sarro espantoso. Era su rostro. No se preguntó nada. Se quedó en el recuerdo del dolor en su pie. La luz del sol entrando a torrentes por donde estuvo el techo de la iglesia y al banco de madera sobre su pierna y su pie. Sobre el banco las tejas, las cañas, el bahareque…. Y no paraba de temblar. Por eso abrió la boca y quedó así como una figura grotesca. Ahora siente de nuevo un grito y un gran ruido. Pero esta vez el dolor es en el pecho. Un dolor instantáneo, lacerante y último que lo entibia y lo desploma.

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