Independencia: la guerra de los cien años (1810–1903)

Ángel Rafael Lombardi Boscán
@lombardiboscan
Director del Centro de Estudios Históricos de LUZ

Coin­ci­do con Manuel Caballero cuan­do afir­mó en su libro: “Ni Dios, Ni Fed­eración” (1995), que la Inde­pen­den­cia no acabó en el año 1823 o 1830 como nos han hecho creer en la escuela sino en 1903 y que fue una guer­ra de cien años. Lo que demues­tra que Venezuela en el siglo XIX y antes del petróleo fue un país embri­onario y mera­mente imaginario/mitológico.

El Mito/Bolívar, erigi­do en 1842 por Páez, vino a com­pen­sar el fra­ca­so nacional en la real­i­dad. Fra­ca­so que tiene como epi­cen­tro a la guer­ra y sus deriva­dos. Una muy larga guer­ra que hizo de Venezuela no un país sino un cam­pa­men­to mil­i­tar con cen­tenares de fac­ciones bajo una admin­is­tración fed­er­al autárquica. 

Cuan­do se dice fed­er­al­is­mo hay que colo­car regiones históri­c­as. Y cuan­do se dice Cara­cas hay que asumir el proyec­to cen­tral­izador ini­ci­a­do por los bor­bones en 1777 y apoy­a­do por Bolí­var sin dis­imu­los. El caudil­lo se podía hac­er con la cap­i­tal pero sus ten­tácu­los no lle­ga­ban has­ta el inte­ri­or del país archipiélago.

De hecho, la Inde­pen­den­cia fue una guer­ra civ­il entre caudil­los y sus ejérci­tos pri­va­dos. Ya sabe­mos que ejérci­to met­ro­pol­i­tano ape­nas lo hubo durante la con­tien­da y que España aban­donó a la bue­na de Dios sus domin­ios amer­i­canos por inca­paci­dad mate­r­i­al e indifer­en­cia espir­i­tu­al, por no men­cionar el des­pre­cio con el cuál siem­pre trató a la gran fac­toría indiana.

La Sagra­da Cuer­po élite encar­ga­do de man­ten­er el orden políti­co durante el gob­ier­no de Juan Vicente Gómez

Elías Pino Itur­ri­eta en “País Archip­iéla­go, Venezuela, 1830–1858” (2001) con­cluye que Venezuela fra­casó inmedi­ata­mente después de haberse pro­duci­do la vic­to­ria en la Batal­la de Carabobo el 24 de junio de 1821. La guer­ra civ­il entre los par­tidos monárquico y patri­o­ta dio paso a su inten­si­fi­cación entre unos nuevos par­tidos for­ma­do por godos y lib­erales con los más estram­bóti­cos cruces y recomposiciones.

La guer­ra se decía que era por la lib­er­tad o igual­dad cuan­do en real­i­dad todas las apues­tas fuertes eran en torno al mis­mo poder y su usufruc­to como cama­da de priv­i­le­gios sub­ter­rá­neos para el caudil­lo hegemóni­co y su tribu. 

La ley y con­sti­tu­ciones fueron un solo barniz encubri­dor del caos. En el siglo XIX hubo más de diez con­sti­tu­ciones que se hacían o deshacían de acuer­do a las ape­ten­cias del dic­ta­dor de turno, todos Lib­er­ta­dores, y sin rubores respec­to a la pro­bidad admin­is­tra­ti­va en el mane­jo de los dineros públicos. 

Las reivin­di­ca­ciones pop­u­lares que se pudieron haber tenido en la Inde­pen­den­cia, eso que se lla­ma la cul­mi­nación de las expec­ta­ti­vas en hechos con­cre­tos, fue otra ilusión. Luego de 1830 la esclav­i­tud se man­tu­vo y los negros sigu­ieron estando machacados.

Los indios siem­pre fueron unos invis­i­bles humil­la­dos, inclu­so has­ta el mis­mo día de hoy. Y los par­dos, el grupo social humano más numeroso, pres­en­cia­ron con asom­bro luc­tu­oso que para ser elec­tor y elegi­do había que ten­er medios de for­tu­nas y propiedades en la Venezuela inde­pen­di­ente: muchos empezaron año­rar los sig­los hispánicos.

Los patas en el sue­lo encon­traron en la guer­ra, en un estric­to sen­ti­do: el saqueo, depreda­ciones y botín, una for­ma de ascen­so social hacien­do del crimen sus galones. Y como dice Caballero: “Y lo que en la paz es un crimen, en la guer­ra puede ser una haz­a­ña. El crimen no paga, si se comete en la paz: en la guer­ra, puede con­ver­tir al delin­cuente en un libertador”.

Al ser una guer­ra sus resul­ta­dos son la destruc­ción sis­temáti­ca de todo el país y el empo­brec­imien­to de la población además de una evi­dente invitación a la expa­triación del pro­pio solar. Además, el país care­ció de una economía agrí­co­la o ganadera pujante porque la dev­astación así lo impidió. 

Cada región históri­ca se para­petó des­de lo más pre­cario y man­tu­vieron economías de sub­sis­ten­cia sal­vo el caso del café que llegó a intere­sar a los ale­manes que hicieron del occi­dente de Mara­cai­bo un ter­ri­to­rio col­o­niza­do. Surgieron situa­ciones desca­bel­ladas como Mara­cai­bo y su hin­ter­land con más estre­chos con­tac­tos com­er­ciales con el ori­ente colom­biano y ciu­dades como Boston, Nue­va York y Ham­bur­go que con la mis­ma Cara­cas, cap­i­tal del país.

En nues­tra muy larga guer­ra de cien años, y cuida­do sino más, se han podi­do con­tabi­lizar entre 1826 y 1888: cuarenta rev­olu­ciones “nacionales” (Manuel Lan­dae­ta Ros­ales). Y Pedro Manuel Arcaya apun­ta que sólo hubo dieciséis años de paz en el siglo XIX: una paz arma­da. Así que la vio­len­cia como partera de la his­to­ria (Car­los Marx), infaus­ta en el caso vene­zolano, es todo un aser­to. De otras rev­olu­ciones, luego de pasa­do el ter­ror, se restau­ra la paz y los acuer­dos de la con­viven­cia cívi­ca: el caso vene­zolano fue ret­i­cente a esto.

Y de la vio­len­cia como for­ma de vida ningu­na sociedad nada bueno puede sacar. Razón por la cual nue­stros libros de his­to­ria esco­lar pasan por éste siglo a pies de pun­til­las y con un pañue­lo en la nar­iz. Ape­nas se ded­i­can a las fotografías de la estirpe de los caudil­los indómi­tos hacién­do­los pasar como abne­ga­dos con­struc­tores de la nación sola­pan­do sus incon­se­cuen­cias y des­man­es: Páez, Mon­a­gas, Fal­cón, Zamo­ra, Guzmán Blan­co y Joaquín Cre­spo son la pun­ta del ice­berg de un entra­ma­do social resque­bra­ja­do en todos sus confines.

El siglo XIX es el siglo en que se perdieron más de medio mil­lón de kilómet­ros cuadra­dos de nue­stro no tan sagra­do ter­ri­to­rio por parte de “la plan­ta inso­lente que pro­fanó el sagra­do sue­lo de la Patria” (Cipri­ano Cas­tro). Los respon­s­ables del despo­jo, de acuer­do a la ver­sión ofi­cial, fueron nue­stros ingratos “her­manos colom­bianos” y país­es otro­ra “ami­gos” como Inglater­ra devenido aho­ra en fer­oz imperialista.

El palud­is­mo sigu­ió ayu­dan­do al vaci­amien­to del país con una de las demografías más bajas del mun­do; el anal­fa­betismo ape­nas fue aten­di­do y expandió el sim­u­lacro de títu­los engo­la­dos de doc­tores y gen­erales has­ta el ridícu­lo; además, no había for­ma de comu­ni­carse entre una y otra región de man­era flu­i­da por las largas dis­tan­cias y la ausen­cia de vías ter­restres que se pre­cien. Venezuela no era la Venezuela de los mapas fin­gi­dos sino un ter­ri­to­rio amor­fo bajo el expe­di­ente de una guer­ra permanente. 

Val­le­nil­la Lanz en 1919 fue el primero en tip­i­ficar nues­tras muchas “guer­ras a muerte” al señalar que fueron los llanos el epi­cen­tro de la tor­men­ta social: el mun­do pas­to­ril y nóma­da, libre de las frágiles ataduras insti­tu­cionales, lan­za­do a una guer­ra de exter­minio con­tra los nichos de civ­i­lización del mun­do urbano arrin­cona­do en la cos­ta norte.

La may­oría de los vene­zolanos no han repara­do aún acer­ca de las cifras de muer­tos que rep­re­sen­tó ésta Nagasa­ki trop­i­cal. La Inde­pen­den­cia se llevó a la ultra­tum­ba a doscien­tos mil com­pa­tri­o­tas de una población que no pasa­ba del mil­lón de habi­tantes en 1810. Y más luego la Guer­ra Fed­er­al (1859–1963), el otro hito desmesura­do de ésta guer­ra sin cuar­tel entre los mis­mos vene­zolanos, se llevó otros doscien­tos mil más. 

Los lla­ma­dos de aux­ilio para repoblar nues­tra ter­rorí­fi­ca real­i­dad hue­su­da con la inmi­gración extran­jera ya estu­vieron pre­sentes des­de el mis­mo Moril­lo y Páez que solic­i­tan la veni­da de canarios o de cualquier aven­turero deses­per­a­do de otras lat­i­tudes. Sólo que nadie en su sano juicio emi­gra a un sepulturero.

Le debe­mos a Guzmán Blan­co en 1870 y más luego a Juan Vicente Gómez en 1908 la imposi­ción de un bona­partismo a la vene­zolana con el autori­taris­mo per­son­al­ista sobre un entra­ma­do insti­tu­cional lib­er­al que creó las bases del proyec­to nacional. Manuel Caballero le dedicó un libro esplén­di­do a esto con su: “Gómez, el tira­no lib­er­al” (2003).

Guzmán Blan­co fue el primero en socavar un fed­er­al­is­mo de inten­ciones que sólo la geografía hacía man­ten­er en pie: lo que eran las autonomías fed­erales era la vol­un­tad del caudil­lo mil­i­tar y su camar­il­la en el sec­tor en que rein­a­ban como señores feu­dales o a seme­jan­za de los shogunes del Japón medieval. El ver­dadero par­tido políti­co capaz de impon­erse sobre los demás era el de las armas y no el de las ideas y prin­ci­p­ios. Esto lo entendió mejor que nadie Cipri­ano Cas­tro y Juan Vicente Gómez a par­tir de 1899 al pro­fe­sion­alizar las mon­ton­eras de cabal­lo y machete.

 

El ejérci­to pro­fe­sion­al se tenía que encuadrar den­tro del Esta­do al ser­vi­cio de la nación; sólo que el Esta­do esta­ba col­o­niza­do por el caudil­lo y sus tropas como guardia pre­to­ri­ana al ser­vi­cio pro­pio y no de la sociedad y ciu­dadanos. En cam­bio, a los adver­sar­ios y ene­mi­gos había que aplas­tar­les: el ene­mi­go inter­no fue siem­pre una real­i­dad a difer­en­cia del exter­no al que se le mostra­ba una cara de impo­ten­cia por lo tosco de los pertre­chos de una logís­ti­ca mil­i­tar inex­per­ta de acuer­do al canon moderno.

Cuan­do tuvi­mos la cri­sis del Blo­queo en el año 1902–1903, momen­to en que el país pudo ser inva­di­do por una coali­ción de las prin­ci­pales poten­cias extran­jeras como Inglater­ra, Ale­ma­nia e Italia quedaron en evi­den­cia todas nues­tras debil­i­dades acu­mu­ladas en los últi­mos cien años. Des­per­ta­mos a una real­i­dad en que los sueños de pro­gre­so de la era post inde­pen­den­tista quedaron hechos trizas, y aun así, ape­nas escar­men­ta­mos ya que recur­ri­mos a las licen­cias de la mitología boli­var­i­ana como refu­gio patrióti­co. Des­de entonces somos los campe­ones del min­i­mal­is­mo irre­spon­s­able en casi todas sus ver­tientes posibles.

Hay que esper­ar has­ta la Batal­la de Ciu­dad Bolí­var en 1903 cuan­do Juan Vicente Gómez der­rotó a la coali­ción de caudil­los regionales de la Rev­olu­ción Lib­er­ta­do­ra (1901–1903) bajo el lid­er­az­go del ban­quero y gen­er­al Manuel Anto­nio Matos para sel­l­ar el fin de nues­tra larga guer­ra de cien años que se ini­ció en 1810. La tran­si­ción de colo­nia a repub­li­ca ya no se puede enmar­car entre los años 1750 y 1830 como es lo usu­al sino que hay que exten­der­la has­ta las primeras décadas del siglo XX.

La Batal­la de Ciu­dad Bolí­var de 1903, la batal­la que acabó con las guer­ras civiles vene­zolanas. Foto Colec­ción  VenezuelaInmortal.com

Ya más luego, el petróleo (1914), y la riqueza ines­per­a­da que manó en el desier­to vene­zolano nos lle­varía a pactar una paz de com­pro­misos ende­bles entre unos vene­zolanos sin perdón y hacien­do de los agravios la atadu­ra de un pacto social siem­pre mezquino has­ta lle­gar al trági­co momen­to actu­al en pleno siglo XXI. El caudil­lis­mo y el mil­i­taris­mo son el arca fun­da­cional de Venezuela y sus des­gra­cias pos­te­ri­ores y duraderas. La épi­ca civ­il es ape­nas una his­to­ria mín­i­ma, incon­clusa y sabotea­da inclemente­mente por el par­tido mil­i­tar cuya pro­fe­sion­al­ización ple­na siem­pre estu­vo en entredicho.

Mien­tras el recuer­do de la Inde­pen­den­cia esté aso­ci­a­do al mito y a la épi­ca: una fic­ción patrióti­ca, los vene­zolanos nun­ca ser­e­mos capaces de com­pren­der ser­e­na­mente y de una for­ma jus­ta nue­stro pasa­do para apren­der de sus errores y no repe­tir­los más.

CorreodeLara

Esᴛᴀ́ ᴜsᴛᴇᴅ, ᴅɪsᴛɪɴɢᴜɪᴅᴏ ʟᴇᴄᴛᴏʀ, ᴇɴ ᴛᴇʀʀɪᴛᴏʀɪᴏ ᴅᴇ ʜɪsᴛᴏʀɪᴀ, ᴅᴇ ʜᴏᴍʙʀᴇs ᴄɪᴠɪʟɪsᴛᴀs, ʏ sᴏʙʀᴇ ᴛᴏᴅᴏ, ᴅᴇ ɢʀᴀɴᴅᴇs ᴀᴄᴏɴᴛᴇᴄɪᴍɪᴇɴᴛᴏs ϙᴜᴇ ᴍᴀʀᴄᴀʀᴏɴ ᴜɴ ʜɪᴛo

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