La actividad comercial en Barquisimeto

 

Omar Garmendia
Escritor e investigador

 

El carácter mercantil de Barquisimeto y en general las actividades económicas y comerciales de la urbe se desarrollaron con gran empuje debido fundamentalmente a la posición geográfica de la ciudad, encuentro de caminos hacia los llanos, los Andes y el mar, hacia donde iban o llegaban mercaderes con productos de otras provincias en largas recuas de mulas. 

 
La población de Bar­quisime­to se incre­men­ta porque lle­gan muchos foras­teros y com­erciantes de las provin­cias cer­canas. De acuer­do con los datos de los cen­sos de 1873 a 1950, para 1873, Bar­quisime­to tenía 6.850 habi­tantes; para 1891 se incre­men­ta a 9.093. Más tarde, en 1926 ya era de 12.109 y para 1936 lle­ga­ba a 36.429. En 1941 sube a 54.176 y ya para 1950 era de 105.108. En todo ese lap­so señal­a­do, la población de Venezuela había vari­a­do entre 1.784.194 a 5.034.838 (Gorm­sen, Erd­mann, 1965:67).
 

Mercados rurales: del burro al ferrocarril

La Venezuela del siglo XIX es un país agrario, de provin­cias ais­ladas. El inte­ri­or nacional pro­duce bienes agrí­co­las o pecuar­ios, espe­cial­mente café, los cuales tran­si­tan de las zonas de pro­duc­ción al puer­to, de donde salen para los EE.UU. y Europa. El cen­tro-occi­dente del país se comu­ni­ca con Puer­to Cabel­lo La activi­dad com­er­cial con­siste fun­da­men­tal­mente en la exportación de pro­duc­tos agrí­co­las y mate­rias pri­mas. Las casas impor­ta­do­ras se ocu­pan de traer obje­tos man­u­fac­tura­dos y bienes ya proce­sa­dos. La sal se trae en bur­ros des­de la Vela de Coro a Caro­ra y des­de allí has­ta Bar­quisime­to, Quí­bor y el Tocuyo. Cuan­do se inau­gu­ra la car­retera que con­duce de Dua­ca a Aroa en la época del gob­ier­no de Jac­in­to Fabri­cio Lara en 1877, aumen­ta la aflu­en­cia de car­ga y pasajeros, uti­lizan­do coches y recuas.
 
Has­ta finales del siglo XIX, el mer­ca­do de la región de Bar­quisime­to se cir­cun­scribía, fun­da­men­tal­mente hacia lo rur­al. En esos tiem­pos algunos prósper­os bodegueros ya se ded­i­ca­ban al com­er­cio inter­me­di­ario de pro­duc­tos de importación que recibían en los puer­tos de Tuca­cas y Puer­to Cabel­lo. En largas recuas de mulas y bur­ros llev­a­ban café, papelón, cueros de chi­vo, maíz y otros pro­duc­tos que com­pra­ban a casas com­er­ciales, se dirigían a la cos­ta y volvían en el camino de vuelta con mer­cancías impor­tadas que vendían en sus pro­pios nego­cios al detal y parte en otras tien­das de la ciu­dad y otros poblados.
 

Cuando la palabra valía

El com­er­cio en Bar­quisime­to, como en todo el país, se hal­la­ba en una situación bas­tante sim­ple, basa­da prác­ti­ca­mente en una economía de trueque y com­pra-ven­ta per­son­al­iza­da de vende­dor a com­prador, donde la pal­abra tenía val­or de com­pro­miso y respon­s­abil­i­dad. A fines del siglo XIX el com­er­cio se percibía como lo había descrito el explo­rador francés Depons en 1806, cuan­do declar­a­ba que en el país no se conocían las bol­sas de val­ores o aque­l­los sitios donde pudier­an reunirse los com­er­ciantes, sino que cada uno tra­ba­ja­ba inde­pen­di­en­te­mente, recogi­do y en silen­cio (Depons, 1806: 371).
 

Signos de progreso

El fer­ro­car­ril rep­re­sen­ta el pro­gre­so en 1891 cuan­do se inau­gu­ra la eta­pa de la expan­sión com­er­cial. Bar­quisime­to aho­ra tiene sal­i­da hacia el mar por el puer­to de Tuca­cas. Este hecho amplía la activi­dad expor­ta­do­ra, prin­ci­pal­mente café como se acotó ante­ri­or­mente, estable­cién­dose para esa época, alrede­dor de 1900, las grandes casas com­er­ciales que abren fil­iales en Bar­quisime­to, como Blohm de Cara­cas, Boul­ton de Puer­to Cabel­lo y Senior de Coro, sien­do estas con la de Calderón e Hijos y Gar­cía Her­manos, las que cen­tral­izan y dom­i­nan el com­er­cio de exportación del café y otros pro­duc­tos, no sola­mente del esta­do Lara, sino tam­bién de otras enti­dades estadales.
 
Las primeras grandes casas com­er­ciales que se establecieron después de la con­struc­ción del fer­ro­car­ril tra­jeron con­si­go un auge económi­co impor­tante para Bar­quisime­to. Esto se man­i­festó ya en 1914 con una con­sid­er­able den­si­fi­cación y expan­sión de las áreas edi­fi­cadas prin­ci­pal­mente al oeste de Bar­quisime­to y una ampliación hacia el norte bus­can­do comu­ni­cación con la estación del fer­ro­car­ril (Gorm­sem, Erd­man, 1965, op. cit. p. 81–82). Asimis­mo, algu­nas tien­das locales pequeñas de extran­jeros se ded­i­ca­ban a nego­cios inter­me­di­ar­ios de importación y exportación, que a la par de los grandes establec­imien­tos atendían en sus abi­gar­ra­dos depósi­tos las mer­cancías traí­das por el fer­ro­car­ril Bolívar.
 
Tratábase de com­er­ciantes que, a difer­en­cia de los “pulper­os enfranela­dos”, ya no tenían necesi­dad de via­jar hacia la cos­ta en lentas recuas des­de Caro­ra, El Tocuyo, Acarigua o Gua­nare, sino que aho­ra podían abaste­cerse de mer­cancías en el pro­pio Bar­quisime­to, adop­tan­do esta últi­ma ciu­dad las fun­ciones de un puer­to ter­restre. Para los años 30 en Bar­quisime­to todavía se com­pra­ba café en costales a los inter­me­di­ar­ios o grandes hacen­da­dos de man­era par­tic­u­lar y a un pre­cio estable­ci­do entre ellos, pero tales fru­tos se alma­cen­a­ban en los depósi­tos tal cual lle­ga­ban del cam­po. Luego se envi­a­ba el café a Puer­to Cabel­lo, donde se sometía a un pro­ce­so de limpieza, clasi­fi­cación y ensaca­do con el fin de preparar­lo para la exportación. Tiem­po después este pro­ced­imien­to ya no era nece­sario efec­tu­ar­lo, pues esas mis­mas labores se hacían en Bar­quisime­to, así como tam­bién los trámites adu­aneros, salien­do de la ciu­dad los tale­gos para ser envi­a­dos por el fer­ro­car­ril Bolí­var direc­ta­mente al bar­co para su exportación.
 

Se vende de todo

Las empre­sas com­er­ciales no se espe­cial­iz­a­ban en una sola especie de mer­cancías, sino que vendían toda clase y var­iedad de pro­duc­tos impor­ta­dos, tales como lámi­nas metáli­cas, mal­la de alam­bre, whisky y licores de todas clases, jabones, lám­paras de petróleo, cig­a­r­ros, her­ramien­tas, máquinas de coser, cámaras fotográ­fi­cas, pro­duc­tos far­ma­céu­ti­cos, aparatos médi­cos, botas de hule, ropa, som­breros, telas y toda clase de mer­cancías secas. Las pocas casas de com­er­cio más impor­tantes en todos los ramos mer­cader­iles están todas situ­adas en la parte cen­tral de la antigua Calle del Com­er­cio (aveni­da 20 entre las calles 24 a la 28). Nego­cios más espe­cial­iza­dos como los tex­tiles y ropa con­fec­ciona­da, dada su impor­tan­cia como pro­duc­tos de importación, se establecieron en las cer­canías de los grandes almacenes.
 

Títu­lo de caja
A medi­a­dos del siglo XIX, cuan­do ya la ciu­dad había comen­za­do a expandir e incre­men­tar su com­er­cio, ya las calles que rep­re­senta­ban la tradi­ción citad­i­na como lo eran la Ilus­tre Amer­i­cano, Regen­eración y Lib­er­ta­dor, enmar­cadas den­tro de los límites que van des­de la actu­al calle 21 al este y la calle 28 al oeste, ya se hacían insu­fi­cientes dado el inten­so desar­rol­lo de su com­er­cio, por lo que se extien­den a límites supe­ri­ores que las demás calles para­le­las. La necesi­dad hace que se forme una nue­va calle más al norte, donde se estable­cen com­er­cios y nego­cios de com­pra-ven­ta que se abren a las per­spec­ti­vas futuras de la ciu­dad. Nace entonces la lla­ma­da calle del Comercio.

 

Las tiendas eran casas

La calle del Com­er­cio, que se pro­longa­ba ya a par­tir de 1870 has­ta el cruce de la actu­al calle 30, era, como su nom­bre lo indi­ca, esen­cial­mente ded­i­ca­da a asien­to de nego­cios de com­pra y reven­ta, por lo que tenía tam­bién un ámbito may­or que las demás calles para­le­las. O sea, que des­de el siglo XIX, la arte­ria fue toman­do un mar­ca­do matiz, níti­do, definido como zona com­er­cial has­ta el pun­to de que las res­i­den­cias de famil­ias de la mejor posi­ción económi­ca, no esta­ban ubi­cadas allí y eran excep­cionales las per­sonas que vivían por esa calle. Sal­vo, nat­u­ral­mente, quienes tenían como mora­da la parte inte­ri­or de los nego­cios y estos eran, en gen­er­al, las famil­ias de com­er­ciantes extran­jeros, los que ayud­a­ban a las labores del patrón (Felice Car­dot, Car­los, 1967: A‑3). Se puede con­sid­er­ar entonces que la todavía lla­ma­da calle del Com­er­cio era la más larga de la ciu­dad en sen­ti­do este-oeste.
     Pero sólo se cuidó de que fuera meramente comercial. En todo su curso no se construyó ni una pequeña plazoleta, ni un templo, ni un edificio público, ni nada que señalara alguna iniciativa distinta a la de los propios particulares. (…). Se puede decir entonces que la calle del Comercio fue obra de los particulares y está mayormente ligada a la ciudadanía que a las esferas estatales o municipales, pues estas no han realizado, posiblemente en todo el curso de la vida de la ciudad alguna obra de progreso efectivo que los venga a vincular con la principal arteria de la urbe (salvo, naturalmente, los sucesivos pavimentos que se han puesto, los recortes de aceras y el alcantarillado y acueducto de imprescindible necesidad y de obligatoria ejecución (Felice Cardot, Carlos, op.cit, p.A-3).
 

Nuevas calles para el comercio: prolegómenos de El Manteco

Luego de los años 30, con el incre­men­to de la población y la necesi­dad de ali­men­ta­r­la, hizo su apari­ción otro tipo de com­er­ciantes may­oris­tas que no trata­ban con pro­duc­tos de importación, sino con pro­duc­tos ali­men­ti­cios y de otra índole pro­pios del país que eran lle­va­dos ante­ri­or­mente por los pro­pios agricul­tores al mer­ca­do. En las cer­canías de la ciu­dad hay pocas posi­bil­i­dades de cul­ti­vo, por lo que de Por­tugue­sa lle­ga maíz, yuca y carao­tas; plá­tanos y cam­bu­res del sur de del lago de Mara­cai­bo. Fru­tas y ver­duras de la Andes; el gana­do viene del munici­pio (antes dis­tri­to) Tor­res y de los llanos, rum­bo al matadero munic­i­pal, con­stru­i­do en 1936–1937 para el abastec­imien­to de carne. Muchos de esos com­er­ciantes eran emi­gra­dos del cam­po y por su reduci­da e ini­cial fuerza económi­ca, este sec­tor de inter­me­di­ar­ios se ubicó en un lugar de la ciu­dad que para 1938 todavía no esta­ba edi­fi­ca­do en su total­i­dad y los ter­renos podían adquirirse a buen pre­cio. Estos com­er­ciantes se establecieron hacia el oeste de la calle 30 y a lo largo de las car­reras 21, 22 y 23, en la zona que con el paso del tiem­po se trans­for­maría en el mer­ca­do El Manteco.
 
En esta zona encon­tramos los pilones de maíz, que abaste­cen a la mis­ma ciu­dad y algunos sec­tores del cam­po. Tam­bién los fab­ri­cantes y com­er­ciantes de alpar­gatas, elab­o­radas estas, por lo gen­er­al, en talleres caseros, donde se mues­tra la división del tra­ba­jo entre hom­bres y mujeres. Los hom­bres cor­tan la suela y fijan por la parte supe­ri­or la pala o capel­la­da hecha de hilos de algo­dón de diver­sos col­ores que las mujeres tejen en pequeños rús­ti­cos telares man­uales. Las alpar­gaterías son almacenes de mate­ria pri­ma y pro­duc­tos elab­o­ra­dos que son ven­di­dos a com­er­ciantes minoris­tas y vende­dores ambu­lantes y com­pradores rurales. En 1950 había 12 alpar­gaterías en la ciu­dad que emplea­ban a 667 per­sonas, de acuer­do con el cen­so de ese año (Gorm­sen, E. 1965). Las per­sonas que calzan alp­a­gatas, por su ínti­ma relación con el mun­do rur­al, están con­sid­er­adas como pobres, que no pueden com­prarse un par de zap­atos. En un caso sim­i­lar están los zap­a­teros remen­dones, con 46 talleres de reparación.
 
REFERENCIAS
Depons, F. (1806). Voy­age a la parte ori­en­tale de la Terre-Ferme dans l’e Amérique Mérid­ionale (1801–1804). 3 vols. Paris.
Felice Car­dot, C. (1967). La aveni­da 20. El Impul­so, 18–05-67.
Gorm­sen, E. (1965). Bar­quisime­to. Una ciu­dad mer­can­til en Venezuela. Cara­cas. Edi­to­r­i­al Arte.

CorreodeLara

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