La hermosa dama de Tarabana

 

Luis Alberto Perozo Padua
Periodista


Un hombre apuesto cabalga por la ribera del río Claro en dirección al Central Tarabana, propiedad de su familia: los Yepes Gil. De sombrero e impecable atuendo, el caballero de elegante porte, aprovecha la marcha para revisar los potreros y cortes de cañamelar de sus posesiones en el Valle del Turbio. Alegres voces alertan tanto al jinete como al brioso caballo. A lo lejos, varias mujeres de edad juvenil lavan ropa en el caudaloso afluente. Acelera el paso para observarlas y descubrir quiénes son, qué hacen en sí. Allí, frente a él, la dama más hermosa jamás vista en aquellos predios. Quién era aquella damisela del Velle de Tarabana.

Toques de queda y despliegue de tropas convulsionaron a Barquisimeto y Cabudare por ese entonces, pues hacía pocos días que un movimiento político-militar había derrocado al presidente democráticamente electo don Rómulo Gallegos, obligádolo a exiliarse, y en su lugar instalarse una junta militar presidida por Carlos Delgado Chalbaud.

Rememora Haydee Padua, investigadora de la genealogía histórica de la familia Yepes Gil e hija de don Daniel Yepes Gil, que fue entre los verdes cultivos de caña, en épocas pasadas, donde este apuesto personaje “encontró su verdadero amor”.

Don Daniel ya había contraído nupcias con doña Nelly Arévalo, con quien tuvo cuatro hijas. Pero una mañana de sol radiante, en cabalgata por el antiguo camino real rumbo a la Hacienda Tarabana, en donde el moderno trapiche alemán de sus hermanos don Cruz María, don José Antonio y don Mariano, trituraba el cañamelar para convertirlo en azúcar, muy cerca de Cabudare, divisó a orillas del río Claro a una hermosa mujer que lo enamoraría para siempre. 
 
Describe con entusiasmo la investigadora, que don Daniel apresuró su caballo para atravesar el lecho y cautivo de una trampa del destino, sus animados ojos se clavaron en aquella bella silueta: una agraciada damisela, en edad juvenil, de rasgos muy criollos y pueblerinos, de largos cabellos azabaches, de labios que no agotaban la pasión del rojo, y dueña de grandes y expresivos ojos negros. Las travesuras de Cupido merodearon Tarabana en el remoto año 48. 
 

Y mi padre al acercarse cada vez más a aquella joven mujer, quedó inerte y sin aliento -recuenta Haydee Padua con ojos propensos a lágrimas pero sumida en un fascinante relato-, adicionando que su esquema de hombre recio y poderoso se derritió ante la presencia magnífica de la esplendorosa dama.

Don Daniel Yepes Gil de mozo
Es testimonio de don Daniel, entre las memorias escritas por su hija, que desde ese entonces las citas a hurtadillas “muy inocentes y de gran respeto, fueron más frecuentes, y las visitas a Tarabana se tornaron obligadas”.
 
-Así nació ese mágico amor, en encuentros furtivos en el escenario más sublime, a las puertas de la histórica Capilla Las Mercedes-, traza la escritora sin advertir que se agrietaba su corazón y sus ojos se anegaban de profusas lágrimas.
 
Allí, en Tarabana, lo flechó Cupido
 

Y, desde ese entonces don Daniel compartió su vida con Olga Padua, la hermosa dama de Tarabana, “La Negra” como la llamaba con mágico acento. De esta esencia maravillosa, inspirada por ese escenario auténtico, testigo de escaramuzas entre Bolívar, Urdaneta y Cristóbal Palavecino contra las hordas del español Ceballos y su lugarteniente Oberto, nacieron Oscar, Haydee, Héctor, Virginia, Gisela y Fernando.

Pero don Daniel, no pudo ser más franco, más llano, pues le ofreció a  la dama de Tarabana, eterna compañía, aunque el destino pronto se encargaría de negar esa noble promesa. Olga fue para él un tesoro de piratas, y con el transcurrir de los años, don Daniel dejaría de pensar en el tiempo que le asechaba, porque para sí, con ella ya todo lo tenía. Allí, en Tarabana, lo flechó Cupido.

 

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