La Toma de Puerto Cabello, entre la historia y la leyenda

José Alfredo Sabatino Pizzolante
Individuo de Número  y vicepresidente
de la Academia de Historia del estado Carabobo

Con ocasión del 198º Aniversario de la importante efeméride


Un hecho con frecuencia soslayado es que Puerto Cabello, a lo largo de la guerra independentista, permaneció en manos de los realistas. En efecto, en junio de 1812 el entonces coronel Simón Bolívar a quien le había sido confiado el control de la plaza, enfrenta momentos aciagos cuando la pierde como consecuencia del alzamiento del comandante de la fortaleza de San Felipe, el oficial Francisco Fernández Vinoni. Apenas dos meses antes Bolívar presentaba sus credenciales como Jefe Político y Militar ante el cabildo porteño, compuesto por Manuel de Ayala, José Domingo Gonell, Carlos de Areste y Reina, José de Landa, Simón Luyando, Rafael Martínez y José Nicolás Olivero.

La ciudad amurallada en pintura de Pedro Castillo, quien hacia 1829 recreó para el Gral. Páez el asalto a la plaza fuerte

Las circunstancias imperantes por aquellos tiempos eran verdaderamente críticas, por el asedio de los realistas y la falta de provisiones dentro de la plaza, tal y como se advierte del acta levantada durante la sesión del Cabildo fechada a 29 de junio de 1812, el mismo día en que se produce la fatídica pérdida de la plaza: 

“… y estando así juntos [Bolívar y autoridades municipales] como igualmente un crecido número de vecinos que concurrieron el acto con motivo de haberse convocado al pueblo por carteles fijados en puestos públicos, el ciudadanos Comandante Político y Militar de la plaza hizo saber el concurso: que el objeto de esta convocatoria era para que tener cortada los enemigos la comunicación anterior y ser pocas las provisiones marítimas, ha tomado la prudente providencia de retirar las mujeres, ancianos, niñas e inválidos como inútiles para la guerra, con el fin de que sea menos el consumo de los mantenimientos en la presente crisis, porque continuando y excediendo la misma escasez, deben temerse sus fatales consecuencias, nada favorable a la patria y aun trascendentales a la confederación, no obstante el entusiasmo de los habitantes y de hallarnos en una plaza fuerte seria ventajosa al enemigo si lograse rendirla, por nuestra desgracia; que les hacía presente lo referido para que reflexionasen, discutiesen y propusiesen las provisiones de víveres necesarias, a precaver o de llevarse a efecto la emigración de las personas de que se ha hecho merito, sin escasearle sobre tan importante materia cuantas medidas se le ocurriesen dignas de atención al remedio”.

Simón Bolívar. Por M.N. Bate. Museo Contemporáneo

Se acordaría durante aquella reunión la recolección de todos los frutos que se hallaren dentro de la jurisdicción y almacenes del comercio para organizar su expendio de mejor manera; la recolección del ganado vacuno, lanar, cabrío y de cerdo para controlar su venta; la inspección de las existencias en las bodegas y pulperías y, finalmente, la regulación y control sobre la venta del pan.

La sesión finalizó abruptamente, pues como lo referimos, ese mismo día se produce el levantamiento de la fortaleza, ausente Bolívar de aquélla por estar presidiendo la reunión del cabildo, evento que indudablemente tendrán peso determinante en la pérdida de la Primera República, de allí las célebres palabras del general Francisco de Miranda al conocer la noticia: “Venezuela está herida en el corazón”El 6 de julio, el joven coronel Bolívar y sus hombres abandonan la plaza a través del puerto de Borburata, quedando Puerto Cabello a merced de los españoles por poco más de una década, mostrándose como una plaza fuerte inexpugnable, al menos hasta 1823.  

En el año de 1866 el Concejo Municipal del Distrito inauguró el Mercado Público de Puerto Cabello en el área comprendida entre las calles Bolívar, Plaza, Independencia y Mercado

La guerra toma un giro decisivo el 24 de junio de 1821, tras la victoria en Carabobo. El general Latorre se refugia en Puerto Cabello con su mermado ejército, al amparo de la ciudad amurallada. Los realistas todavía conservan dos bastiones estratégicos: Maracaibo y Puerto Cabello, de allí que se estaba lejos de tener el control total del territorio nacional. El 24 de julio de 1823, los patriotas propinan derrota a la flota española en la Batalla del Lago, obligando al general Morales, a capitular y en carácter de Capitán General de la Costa Firme entregar Maracaibo y el Castillo de San Carlos, embarcándose para La Habana. Quedará tan solo Puerto Cabello –el último bastión de Castilla, como lo denominará el recordado cronista don Miguel Elías Dao- en manos realistas.

Resultaba imperativo, entonces, la expulsión de los españoles de este último reducto, cuyo comandante ahora era el general Sebastián de la Calzada, tarea en la que el general Páez, héroe definitivo de Carabobo, pone todo su empeño a partir de mayo de 1822, al sitiar a la ciudad, operaciones que se inician con la toma de El Vigía, Borburata y el arrabal o pueblo exterior. Los realistas, sin embargo, se encontraban a buen resguardo en la ciudad amurallada y la fortaleza de San Felipe, ya que como en el pasado el sistema fortificado ideado por los hombres de la Compañía Guipuzcoana, probaba ser por demás efectivo.

Habría que recordar, por otra parte, que Puerto Cabello estaba dividida en dos porciones: Puente afuera o el arrabal, que correspondía al pueblo exterior; y Puente adentro o la ciudad amurallada, separada de la primera por un canal unido a través de un puente. Desde el punto de vista defensivo, de cara al arrabal se encontraba el sector de La Estacada, flanqueadas por los baluartes El Príncipe al Este y La Princesa al Oeste, sirviendo a la defensa por el lado Sur; mientras que al extremo opuesto El Corito y la batería La Constitución completaban los puntos artillados.

Resguardaban la plaza fuerte, el Castillo San Felipe y el mirador de Solano; gran parte del extremo Este de la plaza, se encontraba rodeados de manglares y terrenos fangosos. A medida que transcurren los meses los sitiadores van ganando terreno sobre el enemigo; a principios del mes de octubre, los patriotas logran la captura de la batería de El Trincherón a orillas del manglar, toman control de la boca del río San Esteban y así el suministro de provisiones y agua potable, y construyen baterías en Los Cocos que le permite ejecutar fuego pesado sobre los muros de la ciudad, todos elementos que van dibujando el desenlace final.

Camino de Carabobo emblema del Parque Nacional San Esteban río. Foto: Boede EO 2012

El general Páez debe acelerar la toma de la ciudadela, pues noticias llegadas desde Curazao y San Thomas, anuncian una expedición comandada por Laborde, constante de 2.500 hombres y 10 buques de guerra, próxima a salir desde la Habana. Pormenores de la memorable acción militar que tendrá lugar en la madrugada del 7 de noviembre de 1823, la refiere el general Páez en su Autobiografía (Tomo I), por lo que nos permitimos transcribirlo en extenso:

“El hecho que voy a referir me hizo concebir esperanzas de tomar la plaza por asalto. Fue, pues, el caso que dándoseme cuenta de que se veían todas las mañanas huellas humanas en la playa, camino de Borburata, aposté gente y logré que sorprendiesen a un negro que a favor de la noche vadeaba aquel terreno cubierto por las aguas. Informóme dicho negro de que se llamaba Julián, que era esclavo de Don Jacinto Iztueta, y que solía salir de la plaza a observar nuestros puestos por orden de los sitiados. Dile libertad para volver a la plaza, le hice algunos regalos encargándole nada dijese de lo que le había ocurrido aquella noche, y que no se le impediría nunca la salida de la plaza con tal de que prometiera que siempre vendría a presentárseme. Después de ir y volver muchas veces a la plaza, logré al fin atraerme el negro a mi devoción, que se quedara entre nosotros, y al fin se comprometiera a enseñarme los puntos vadeables del manglar, por los cuales solía hacer sus excursiones nocturnas. Mandé a tres oficiales -el Capitán Marcelo Gómez, y los tenientes de Anzoátegui, Juan Albornoz y José Hernández- que le acompañasen una noche, y éstos volvieron a las dos horas dándome cuenta de que se habían acercado hasta tierras sin haber nunca perdido pie en el agua./ Después de haber propuesto a Calzada por dos veces entrar en un convenio para evitar  más derramamiento de sangre, le envié al fin intimación de rendir la plaza, dándole el término de veinticuatro horas para decidirse, y amenazándole en caso de negativa con tomarla a viva fuerza y pasar la guarnición a cuchillo. / A las veinte y cuatro horas me contestó que aquel punto estaba defendido por soldados viejos que sabían cumplir con su deber, y que en el último caso estaban resueltos a seguir los gloriosos ejemplos de Segunto y Numancia; mas que si la fortuna me hacía penetrar en aquellos muros, se sujetarían a mi decreto, aunque esperaba que yo no querría manchar el brillo de mi espada con un hecho digno de los tiempos de barbarie. Cuando el parlamento salió de la plaza, la tropa formada en los muros nos desafiaba con gran algazara a que fuésemos a pasarla a cuchillo. / Me resolví, pues, a entrar en la plaza por la parte del manglar, y para que el enemigo no creyera que íbamos a llevar muy pronto a efecto la amenaza que habíamos hecho a Calzada, puse quinientos hombres durante la noche a construir zanjas, y torcí el curso del rio para que creyesen los sitiados que yo pensaba únicamente en estrechar más el sitio y no en asaltar por entonces los muros de la plaza. / En esta ocasión escapé milagrosamente con la vida, pues estando aquella mañana muy temprano inspeccionando la obra, una bala de cañón dio con tal fuerza en el montón de arena sobre el cual estaba de pie, que me lanzó al foso con gran violencia, pero sin la menor lesión corporal. / Finalmente, casi seguro de que el enemigo no sospechaba que me disponía al asalto, por el día dispuse que todas nuestras piezas desde las cinco de la mañana rompieran el fuego y no cesaran hasta que yo no les enviase contraorden. / Era mi ánimo llamar la atención del enemigo al frente y fatigarlo para que aquella noche lo encontrásemos desapercibido y rendido de cansancio. Reuní, pues, mis tropas y ordené que se desnudasen quedando sólo con sus armas. / A las diez de dicha noche, 7 de Noviembre, se movieron de la Alcabala 400 hombres del Batallón Anzoátegui y 100 lanceros, a las órdenes del Mayor Manuel Cala y del teniente coronel José Andrés Elorza, para dar el asalto en el siguiente orden: / El teniente coronel Francisco Farfán debía apoderarse de las baterías Princesa y Príncipe con dos compañías a las órdenes del capitán Francisco Domínguez y cincuenta lanceros que, con el capitán Pedro Rojas a la cabeza, debían al oír el primer fuego cargar precipitadamente sobre las cortinas y baluartes, sin dar tiempo al enemigo a sacar piezas de baterías para rechazar con ellas el asalto. / Una compañía al mando del capitán Laureano López y veinte y cinco lanceros, a las órdenes del capitán Joaquín Pérez con su compañía apoderarse de la batería del Corito. El capitán Gabriel Guevara con otra compañía atacaría la batería Constitución. El teniente coronel José de Lima con veinte y cinco lanceros ocuparía la puerta de la Estacada que era el punto por donde podía entrar en la plaza la fuerza que cubría la línea exterior. Formaba la reserva con el mayor Cala la compañía de cazadores del capitán Valentín Reyes.

General José Antonio Paez. 159 Calla Florida. Buenos Aires

Las lanchas que yo tenía apostadas en Borburata debían aparentar un ataque al muelle de la plaza. / No faltará quien considere esta arriesgada operación como una temeridad; pero debe tenerse en cuenta que en la guerra la temeridad deja de ser imprudente cuando la certeza de que el enemigo esta desapercibido para un golpe inesperado, nos asegura el buen éxito de una operación, por arriesgada que sea. / Cuatro horas estuvimos cruzando el manglar con el agua hasta el pecho y caminando sobre un terreno muy fangoso, sin ser vistos a favor de la noche, y pasamos tan cerca de la batería de la Princesa que oíamos a los centinelas admirarse de la gran acumulación y movimiento de “peces” que aquella noche mantenían las aguas tan agitadas. Pasamos también muy cerca de la proa de la corbeta de guerra Bailen, y logramos no ser vistos por las lanchas españolas destinadas a rondar la bahía. / Dióse pues el asalto, y como era de esperar, tuvo el mejor éxito: defendióse el enemigo con desesperación hasta que vio era inútil toda resistencia, pues tenían que luchar cuerpo a cuerpo, y las medidas que yo había tomado, les quitaban toda esperanza de retirada al castillo. / Ocupada la plaza, la línea exterior que había sido atacada por una compañía del batallón de granaderos que deje allí para engañar al enemigo, tuvo que rendirse a discreción. / Al amanecer se me presentaron dos sacerdotes diciéndome que el general Calzada, refugiado en una iglesia, quería rendirse personalmente a mí, y yo inmediatamente pasé a verlo. Felicitóme por haber puesto sello a mis glorias (tales fueron sus palabras) con tan arriesgada operación, y terminó entregándome su espada. Dile las gracias, y tomándole familiarmente del brazo, fuimos juntos a tomar café a la casa que él había ocupado durante el sitio. / Estando yo en la parte de la plaza que mira al castillo, y mientras un trompeta tocaba parlamento, disparó aquellos cuatro cañonazos con metralla, matándome un sargento; pero luego que distinguieron el toque que anunciaba parlamento, izaron bandera blanca y suspendieron el fuego. A poco oí una espantosa detonación, y volviendo la vista a donde se alzaba la espesa humareda, comprendí que habían volado la corbeta de guerra Bailen; surta en la bahía. Manifesté mi indignación a Calzada por aquel acto, y este atribuyéndolo a la temeridad del comandante del castillo, coronel Don Manuel Carrera y Colina, se ofreció a escribirle para que cesara las hostilidades, puesto que la guarnición de la plaza y su jefe estaban a merced del vencedor. Contestó aquel comandante que estando prisionero el general Calzada, dejaba de reconocer su autoridad como jefe superior. Entonces, devolviendo yo su espada a Calzada, le envié al castillo, desde donde me escribió poco después diciéndome que Carrera había reconocido su autoridad al verle libre, y que en su nombre me invitaba a almorzar con él en el castillo. Fiado como siempre en la hidalguía castellana, me dirigí a aquella fortaleza donde fui recibido con honores militares y con toda la gallarda cortesía que debía esperar de tan valientes adversarios”. (Hemos colocado en itálicas, aquellos pasajes de dudosa ocurrencia)

Autobiografía del General José Antonio Páez

La versión en primera persona del general Páez, indiscutiblemente, es una fuente fundamental para conocer los hechos. No obstante, resulta parcial e insuficiente para el cabal conocimiento del episodio, de allí que en el pasado hemos manifestado públicamente reservas al respecto. En igual sentido se ha pronunciado el historiador Asdrúbal González, quien ha encontrado contradicciones en lo relatado en ese texto autobiográfico, y lo manifestado por Páez mismo en otros documentos y correspondencias, conjeturando acertadamente que: “Páez escribe su obra entre los años 1864 y 1867, esto es, a más de cuarenta años de los sucesos de Puerto Cabello; en la memoria más privilegiada, el obstáculo que representa en el tiempo revivir tales hechos con la precisión debida, resulta imposible; por otra parte, a pesar de conservar sus notas y algunos documentos que transcribe en su obra,  careció al elaborar sus memorias de un archivo, posiblemente porque a diferencia de otros Libertadores nunca tuvo el cuidado de llevarlo en forma, al extremo de que hoy se encuentran dispersos documentos producidos en momentos culminantes de la historia del país en los cuales le tocó actuar, en diversos archivos y publicaciones; además, debemos tomar en cuenta que Páez es un político exilado quien se dedica en los rígidos inviernos neoyorkinos a rehacer su vida a través del relato, lo cual influirá notablemente” en presentar una faceta intencional de su personalidad, orientada a dejar en el ánimo de los lectores -que serían fundamentalmente venezolanos- la mejor impresión, capaz de borrar recuerdos inmediatos de su dictadura durante los acontecimientos de la Guerra Federal. Cuando en 1869 aparecen publicadas las Memorias, se encuentra el héroe en el ocaso de su vida; y testigos y actores de acontecimientos narrados, los tendrá la muerte o el olvido en la imposiblidad de refutarlos”. (Sitios y Toma de Puerto Cabello, Ediciones de “El Carabobeño”, 1974, pp. 267-268)

El relato del general Páez, en torno a la toma de la plaza, lamentablemente, se ha impuesto en la medida que autorizados biógrafos como Vitelio Reyes y R. B. Cunninghame Graham se han hecho simplemente eco de aquél. También ha contribuido en gran parte a la difusión de ese relato el Dr. Paulino Ignacio Valbuena, porteño de relevante trayectoria en el puerto de antaño- quien escribió un texto titulado Sorpresa y Toma de la Plaza de Puerto Cabello, y trágico fin del Capitán Julián Ibarra, publicado en 1911, y en el que repite lo narrado por el catire, agregando algunas cosas de su propia cosecha: “Nos hemos permitido -escribe el Dr. Valbuena- dar publicidad a estas reminiscencias que se relacionan con uno de los hechos de armas más trascendentales de nuestra historia, porque hasta ahora, que sepamos, no hemos visto que se haya hecho mención siquiera del suceso al cual nos referimos y conociéndolo por tradicionales narraciones de actores y testigos presenciales creemos cumplir con el patriótico deber de transmitirlas conforme han llegado a nuestro conocimiento…”. (En Valbuena, Luis Martín, Historia de un Hombre y de un Pueblo, Tip. Vargas, S.A., 1953, p. 179) A lo anterior, para complicar las cosas, se agrega el propio entendimiento de los hechos históricos que tienen algunos, y la mala costumbre de repetir los errores sin detenerse a consultar a los estudiosos y las fuentes. 

Castillo San Felipe, Puerto Cabello.

 

Y es aquí en donde la historia se mezcla con la leyenda, obligando al investigador a la revisión crítica de los eventos con fundamento en las fuentes, para desvirtuar algunas ideas erróneas en torno al episodio que nos ocupa. Debemos necesariamente concluir, entonces, que el general Páez no participó personalmente en el asalto que se produce luego de que una columna de hombres medio desnudos atravesara el manglar en medio de la noche; no se produce escaramuza alguna en la hoy llamada calle Lanceros; tampoco se produce la rendición de la Calzada quien vencido entrega su espada a Páez.

Más importante aún es aclarar que lo que se toma aquel 8 de noviembre es la Plaza Fuerte de Puerto Cabello -por aquel año una ciudadela amurallada- y no el castillo San Felipe o Libertador, error con frecuencia afirmado por muchos, representado en el Escudo del estado Carabobo y repetido en el Escudo del municipio, que como alegoría es muy válido, pero que tergiversa los hechos. Claro está, que el castillo a donde había huido el coronel Manuel Carrera y Colina, y sus hombres, será el último reducto de los españoles antes de capitular, pero de allí a imaginar un lancero a caballo atravesando la boca de entrada a la dársena hay un gran trecho.

El general Páez se corona de glorias con el triunfo sobre los realistas y la capitulación de los españoles, marcando este evento el fin del dominio hispano en tierra patria. Sin embargo, el relato del negro Julián, esclavo de los Istueta (también escrito Iztueta), cuyas huellas son descubiertas en la playa por una patrulla patriota, más tarde, revelando cómo era posible salir y entrar de la plaza vadeando los manglares, es otro que requiere ser sometido al tamiz de la historia, mediante las fuentes escritas contemporáneas de los eventos.

Así, la lectura de un suelto aparecido en El Colombiano, edición del 8 de octubre de 1823, revela que un mes antes de producirse la toma, la capitulación era prácticamente un hecho: “Remitió Calzada ayer de Puerto Cabello –podemos leer en ese periódico caraqueño– diez prisioneros de buques mercantes y dos mujeres de Barcelona. Por estos sabemos que tanto el pueblo como la tropa son por la opinión de capitular; que Istueta es de igual sentimiento, y que solo Carrera, Picayo, Britapaja, Juan Villalonga, Burguera, Arismendi, Corujo y Mieles en contra; que tiene carne y menestra para 18 días, y que harina sí hay mucho más de 400 barriles, que ayer salieron tres pailebotes cargados de familias para Curazao, y el de Trasmales (sic) lo aguardan con víveres; que en fin no ha quedado gente alguna, y que solo el obstinado Carrera sostiene aquella máquina; que éste ha ofrecido que en caso de que no les venga auxilio de la Habana, mandarán a Martinica en busca de la escuadra francesa para que los acompañe y nos bata, y que esto se hace diciendo ‘viva el rey y muera la constitución’; que es tan malo el trato que da a nuestros prisioneros ingleses cuyo número es de 30 que el palo sumba sobre ellos; que todos los víveres, granadas y balas los trasladan al castillo y que de la artillería de la trinchera la tercera parte son violentos”.

La situación que se vivía dentro de la asediada plaza era insostenible, resultando obvio que el comerciante Istueta estaba trabajando a favor de la capitulación o, al menos, activamente promoviéndola; no es difícil, por lo tanto, imaginar que el mismo Istueta colocara a disposición del general Páez a su esclavo para guiarlos a través del manglar, y que tal encuentro fortuito nunca se produjo.

De lo que no hay dudas son las pérdidas sufridas por los realistas: 156 muertos y 59 heridos, 56 oficiales y más de 500 soldados prisioneros, incluidos la guarnición del castillo. Las pérdidas patriotas –según Páez y lo que parece poco verosímil- 10 muertos y 35 heridos, haciéndose con un botín de guerra constante de 70 piezas de artillería de todos los calibres, 620 fusiles, 3.000 quintales de pólvora y 6 lanchas cañoneras, más tarde devueltas a sus propietarios en atención a los términos de la capitulación

El 10 de noviembre vencedores y vencidos, representados por el coronel Manuel Carrera y Colina, negocian los términos de la capitulación acordándose, entre otros puntos, que al abandonar la guarnición realista la fortaleza de San Felipe, se “verificara con bandera desplegada, tambor batiente, dos piezas de campaña con veinticinco disparos cada una y mechas en encendidas, llevando los señores jefes y oficiales sus armas y equipaje, y la tropa con su fusil, mochilas, correajes, sesenta cartuchos y dos piedras de chispas por plaza, debiendo a este acto corresponder las tropas de Colombia con los honores acostumbrados de la guerra”. El transporte con destino a La Habana del general Sebastián de la Calzada, jefes, oficiales y tropas españolas se le encomienda al Capitán de Fragata J. Mactlan al mando del bergantín “Pichincha” y acompañados de la Corbeta “Boyacá” y otras.

La flotilla de Mactlan estará de vuelta en el puerto hacia la tercera semana de diciembre de 1823, trayendo informes de hallarse Cuba en un estado de la mayor confusión y consternación. A los buques colombianos no se les permitió inicialmente la entrada al puerto, aunque más tarde les dejarían entrar con sus banderas enarboladas, “pero los botes eran continuamente apedreados, e insultados por los habitantes”. El Gobernador de la isla recibió cortésmente a los oficiales, pero les intimó al mismo tiempo que no les podía permitir andar libremente en tierra porque la situación interna en aquel momento no era la mejor. De la Calzada había sido puesto preso a su llegada a la isla, mientras que Carrera y Colina recibiría considerados tratos.

Páez en 1838- Lewis Adams. Oleo de 0,86 x 0,68

En consecuencia, urge y resulta necesario contrastar la versión del general Páez – repetida por otros autores, aunque justo es reconocer el recato de Felipe Tejera y Francisco González Guinán al referir el tema- a la luz de documentos fundamentales como lo son el parte oficial escrito por aquél a la Secretaría de Estado y del Despacho de Guerra, del 12 de noviembre de 1823; el Boletín del Ejército Sitiador de Puerto Cabello, suscrito por el Coronel George Woodberry, de esa misma fecha; y el informe enviado por el Brigadier don Sebastián de la Calzada al Capitán de Navío don Ángel Laborde en carta privada, fechado el 22 de noviembre de 1823, tan pronto llegan a La Habana los vencidos en el Puerto Cabello. De hecho, y de cara al bicentenario, sería deseable la revisión de los eventos a la luz de los postulados de la nueva historia militar, de la que es pionero y abanderado nuestro amigo el historiador Fernando Falcón.

Sea como fuere, la toma de la plaza fuerte de Puerto Cabello fue una memorable acción, que vestiría de gloria al general Páez, sus oficiales y soldados. El general Francisco de Paula Santander, en su condición de Vicepresidente de la República, decretó honores a los vencedores. El Batallón Anzoátegui pasó a llamarse “Valeroso Anzoátegui de la Guardia”, el regimiento de caballería Lanceros de Honor fue denominado en lo adelante “Lanceros de la Victoria”, a los Jefes, oficiales y tropas que participaron en el ataque y ocupación de la plaza se les concedió el uso de una medalla “que llevarán del lado izquierdo del pecho, pendiente de una cinta carnecí (sic), con esta inscripción: Vencedor en Puerto Cabello año 13º”, de oro para los jefes y oficiales, y de plata para los soldados; mientras que la misma medalla montada en diamantes le correspondió a los Generales en Jefe José Antonio Páez y José Francisco Bermúdez. Finalmente, la medalla de los Libertadores de Venezuela, le será concedida a todos los jefes, oficiales y tropa de la división del ejército y a los de marina, que concurrieron al sitio de Puerto Cabello.

Arribamos a los 198 años de aquella memorable hazaña, preparándonos para celebrar el bicentenario de tan importante efeméride que pondría punto final a la presencia española en nuestro territorio, con impacto significativo en términos políticos y económicos, pues el centro-occidente contará con una cómoda salida al mar lo que constituye el punto de arranque de un extraordinario desarrollo comercial.

Se trata de una celebración no solo para Puerto Cabello sino también para Venezuela, pues como lo apuntara don Francisco González Guinán “en territorio Carabobeño quedaron fijadas dos épocas: el 24 de junio de 1821, que aseguró la Independencia de Colombia; y el 7 de noviembre de 1823, que terminó la guerra; dos hechos que se encuentran representados en el Escudo de Armas de Estado Carabobo, sobre los cuales se escribió esta leyenda: Ocasus Servitutis, terminó la esclavitud”. (Tradiciones de mi Pueblo, Empresa El Cojo, 1927, p. 156). Ojalá que podamos celebrarlo por todo lo alto, siempre con apego a la verdad histórica y con la participación de todos por tratarse de un logro colectivo.

CorreodeLara

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