La tragedia de la Escuela Wohnsiedler y un hecho curioso

Omar Garmendia
Cronista y escritor


Siete urnas blancas son llevadas en fila hacia el cementerio de San José. En ellas van los restos de igual número de niñas que murieron al derrumbarse su escuela.

Fue el 6 de junio de 1931 cuan­do la casa donde fun­ciona­ba la escuela pri­maria para niñas Juan Pablo Wohn­siedler, inau­gu­ra­da el 15 de enero de 1912, se vino aba­jo acom­paña­da de un pavoroso y ater­rador estruendo. 

De entre los lima­tones, peda­zos de tejas y escombros, cun­di­da ya la nat­ur­al alar­ma entre veci­nos y habi­tantes, en medio de gri­tos, ester­tores y lamen­tos fueron extrayen­do los cadáveres de siete niñas, mien­tras otras 26 resul­taron heri­das de gravedad.

Fotografía: La escuela Juan Pablo Wohn­siedler estu­vo ubi­ca­ba en donde se obser­va la con­struc­ción cir­cu­lar, en la car­rera 18 esquina calle 26. El cineas­ta Amá­bilis Cordero recreó dicho acon­tec­imien­to en un filme de 1932 denom­i­na­do “La trage­dia de la escuela Wohnsiedler”

Des­de luego, esta situación rep­re­sen­tó una trage­dia de incon­men­su­rables pro­por­ciones en una ciu­dad donde todos se conocían y donde muchas de las respeta­bles seño­ras de la sociedad habrían pasa­do por las recor­dadas aulas de dicha escuela, de gran arrai­go en la ciu­dad y en todo el esta­do Lara. 

Lola Álamo, Ana Luisa Gar­cés Elo­dia Álvarez y Berta Mují­ca, maes­tras de la Escuela Wohnsiedler

El Gob­ier­no Nacional, en la per­sona de su pres­i­dente, el gen­er­al Eusto­quio Gómez, decretó tres días de due­lo en las escue­las públi­cas y privadas.

Luego de los actos respon­so­ri­ales en la igle­sia La Con­cep­ción, el corte­jo fúne­bre par­tió con los albos ataúdes en andas y los cre­spones del due­lo en las espal­das en direc­ción al cemente­rio. Y aquí sucedió un hecho si se quiere extraordinario. 

Presidía el corte­jo el gen­er­al Eusto­quio Gómez, quien, aunque férreo, autori­tario y déspota jefe de gob­ier­no, se podría decir que has­ta los más cru­eles y desalma­dos hom­bres pareciera que tam­bién tienen corazón.

Es el caso que, al traspasar las puer­tas del cam­posan­to, el corte­jo fúne­bre se divide en dos, porque en dicho cemente­rio existía un sec­tor donde se enterra­ba a los ricos y otra parte para sepul­tar a los pobres y entre las víc­ti­mas había niñas de esca­sos recursos. 

El gen­er­al Eusto­quio Gómez, al darse cuen­ta de lo suce­di­do pre­gun­tó qué era lo que pasa­ba y al infor­márse­le de la situación, ordenó enter­rar a las niñas en tum­bas alin­eadas unas detrás de las otras.

 

La catástrofe de la escuela Wohn­siedler. Foto: Reyes Yanez

CorreodeLara

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