Los viejos arrieros de Duaca 

Alexander Cambero
Periodista, locutor, presentador, poeta y escritor
Columnista de los diarios: EL TIEMPO de Colombia, El Nacional
@alecambero

Arrib­a­ban des­de los ben­di­tos sem­bradíos para traer el fru­to a la vida cotid­i­ana. Era la Dua­ca de 1956 cuan­do ya el Fer­ro­car­ril Bolí­var era la reciente anécdota


Dua­ca esta­ba repar­tido entre el pueblo con sus com­er­cios, y la fer­til­i­dad de su mag­ní­fi­co valle gen­er­ador de riquezas gra­cias al empu­je de su gente labo­riosa. El trans­porte de los rubros nos lle­ga­ba en los lomos de los bur­ros, sac­ri­fi­ca­dos ani­males, con el paso cansi­no por las veredas, que abrieron los picos como la suave heri­da por donde brota­ba la prosperidad. 

No eran pocas aque­l­las car­a­vanas zigzague­an­do los espe­jos del agua, el lodo que hacía más difí­cil las pesadas car­gas para los asnos, que atrav­es­a­ban aque­l­lo como febril episo­dio de sus des­ti­nos. Des­de Que­bra­da de Oro venía el café en sacos firme­mente amar­ra­dos, los cam­bu­res de esos sec­tores entre verde y pin­tón para que los com­er­ciantes pudier­an colo­car­los en sus pulperías.

Era la Dua­ca de 1956 cuan­do ya el Fer­ro­car­ril Bolí­var era la reciente anécdota

Era la Dua­ca de 1956 cuan­do ya el Fer­ro­car­ril Bolí­var era la reciente anéc­do­ta. El armatoste de hier­ro había cesa­do en sus fun­ciones dos años antes, eso tra­jo como con­se­cuen­cia el replantearse toda la economía en torno al mer­ca­do inter­no. La otro­ra bonan­za era sen­cil­la­mente cosa del pasa­do, his­to­rias que con­ta­ban los abue­los, de patios llenos de pro­duc­tos, que cubrían mer­ca­dos más allá de nues­tras fron­teras. Aho­ra la vida sig­nifi­ca­ba no pere­cer como los rieles que dejaron de sopor­tar aque­l­la obe­sa máquina desahu­ci­a­da por la modernidad.

Los que no renun­cia­ban a su rol eran los fieles escud­eros de los caminos. Los arrieros car­ga­ban equipos de ocho bur­ros. Uno guia­ba con un campesino que con vara en mano le record­a­ba que no había tiem­po para flo­jear. En fila india por los des­filaderos seguían pere­gri­nan­do los jumen­tos. Pau­sada­mente iban atra­gan­tán­dose de mator­rales, que cubrían las entradas de los bosques. 

Los campesinos apura­ban un tra­go de agua  para des­cansar. Papelón con catali­nas mien­tras los bur­ros mas­ti­ca­ban amar­gosos y cruce­tos tier­nos. Subir la emp­ina­da mon­taña para obser­var a la per­la. El pese­bre esta­ba allí bor­dea­do de bosques, íncli­tos ciu­dadanos de som­breros y sola­pa estarían la plaza. Las car­gas iban des­de Cacho e Venao has­ta la calle de com­er­cio. Algún estri­bil­lo que se con­fundía con el viento. 

Los pasos los fueron aprox­i­man­do has­ta Dua­ca, las cam­panas anun­cian un nue­vo instante. Los bur­ros no saben de horas, avan­zan con lenti­tud, el que­bradi­zo camino de Los Cara­coles sirve en pla­to humede­ci­do al bar­ri­al de agua negra. Can­tan los pájaros en los semeru­cos. Las paraulatas llan­eras exhiben su pecho amar­il­lo con alas negras, todo lo ilu­mi­na en un paraí­so pre­cioso del ver­dor. El próx­i­mo cer­ro es un repe­cho escarpa­do lleno de roscas pun­ti­agu­das que inco­modan a los burros. 

Zona llena de mapanares y escor­pi­ones; se hace un letar­go alcan­zar la cima. Después de que­brar difi­cul­tades, vencer entuer­tos, lle­ga la desacel­eración propia de la baja­da como un envión has­ta los pies del valle. Se aflo­jan in poco las car­gas, la primera entre­ga está a la vista de ellos.

CorreodeLara

Esᴛᴀ́ ᴜsᴛᴇᴅ, ᴅɪsᴛɪɴɢᴜɪᴅᴏ ʟᴇᴄᴛᴏʀ, ᴇɴ ᴛᴇʀʀɪᴛᴏʀɪᴏ ᴅᴇ ʜɪsᴛᴏʀɪᴀ, ᴅᴇ ʜᴏᴍʙʀᴇs ᴄɪᴠɪʟɪsᴛᴀs, ʏ sᴏʙʀᴇ ᴛᴏᴅᴏ, ᴅᴇ ɢʀᴀɴᴅᴇs ᴀᴄᴏɴᴛᴇᴄɪᴍɪᴇɴᴛᴏs ϙᴜᴇ ᴍᴀʀᴄᴀʀᴏɴ ᴜɴ ʜɪᴛo

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