Marco Aurelio Rojas, un bardo de leyenda

Omar Garmendia
Cronista y escritor

Mar­co Aure­lio del Sacra­men­to Rojas nació en Caro­ra el 8 de mayo de 1888. No se tienen tes­ti­mo­nios de haber cur­sa­do estu­dios esco­lares ele­men­tales, aunque segu­ra­mente ha debido recibir bási­cas instruc­ciones en primeras letras por parte de algu­na per­sona de su entorno famil­iar o de la comunidad


La diosa de la for­tu­na no le otorgó un des­ti­no de opu­len­tos haberes en su condi­ción de humilde hijo nat­ur­al. Sin embar­go, Calíope, diosa de la poesía y una de las nueve musas le con­cedió el alto vue­lo de su fan­tasía que sobrepasó los límites mun­danos para encum­brarse lumi­nosa­mente has­ta lle­gar a ser el “señor de la per­fec­ta poesía” en el cul­ti­vo de las letras.

Foto ref­er­en­cial. Pinterest

Para Querales (1982.p.135), la poesía de Mar­co Aure­lio Rojas se inscribe den­tro de la sen­da de la escuela mod­ernista, la cual sigu­ió en for­ma lúci­da y mer­i­to­ria durante toda su vida, siem­pre con la ima­gen region­al­ista del paisaje, pince­ladas y notas del ter­ruño, tan queri­do para él. 

Su obra poéti­ca y en prosa fue amplia y desar­rol­la­da fun­da­men­tal­mente en la pren­sa de ese entonces como en el per­iódi­co La Pal­abra y los diar­ios El Mon­i­tor y El Impul­so y además colaboró en otros impor­tantes medios impre­sos. Aparece como direc­tor del per­iódi­co Caro­ra en 1909, cuan­do con­ta­ba con 21 años de edad y luego como edi­tor de El Her­al­do, de Bar­quisime­to, entre 1912–1915 (Museo del libro venezolano).

Ano­ta Sil­va Uzcátegui (1969, p.p. 319–320) que Mar­co Aure­lio Rojas fue uno de los mejores poet­as del esta­do Lara, de gran tal­en­to y tem­pera­men­to de artista. Como bar­do region­al­ista su poesía la ofrecía espon­tánea y sin rebus­camien­tos. Afir­ma el cita­do autor que Rojas, aunque escribió poesías de alto alien­to, no tuvo una obra con­stante, y pre­fir­ió ser como las aves, que can­tan un rato y se van a otras regiones y durante toda su vida  fue un eter­no andariego, como lo dice en uno de sus ver­sos, en un «azaroso andar de peregrino».

Via­jó por muchos lugares de la geografía region­al y alcanzó a pub­licar algunos libros en Bar­quisime­to y Cara­cas como “Jardín de ayer”, de 16 pági­nas de prosas poéti­cas, en 1917; “La dan­za de las horas” en 1925, con­tenti­vo de 18 poe­mas en 28 pági­nas y “Los héroes y otros motivos”, en 1933.

Casa Com­er­cial de Flavio Her­rera en Caro­ra. Foto Colec­ción del cro­nista de Carora

Como hijo de la bohemia, procur­a­ba de cualquier man­era obten­er sus recur­sos vitales, recur­rien­do para ello a su poesía, de su inge­nio e inven­ti­vas humorís­ti­cas, para, a veces, así recibir algo de dinero o tra­gos de licor. Siem­pre pobre, nun­ca logró super­ar su condi­ción social humilde, que dejo man­i­fes­ta­do en sus escritos, como en “El tri­no ausente”, poe­ma de su juven­tud, donde se pre­gun­ta en dónde se hal­la y cuál es la vía que debía seguir :

“El poeta”, insinu­a­ba algún amigo.

y tejí madri­gales, y conmigo

algo extraño ani­mábase a la pelea.

Y luché. ¿Fui par­ti­da o fui derrota?

El tri­no vuelve a la lejana aldea,

pero yo que­do con un ala rota…

 

O en el poe­ma sin títu­lo, del libro “Jardín del ayer”:

Paso por la vida sobre

mares de penas y hastío:

y como Rubén Darío,

feo, viejo, triste y pobre.

 

Este poeta caroreño tuvo como inspiración los aires musi­cales de la pop­u­lar ban­dola noc­tur­na y ser­e­nat­era, como en los cono­ci­dos versos: 

Ban­dola de Juan González, 

dulce ban­dola payera

que por las noches de luna

nos arrul­la­ba las penas…

O, tam­bién, las cotid­i­anas cuitas de las cam­panas pueblerinas:

La voz de las cam­panas de la aldea

la cono­ci­da voz de mis campanas;

ah, qué cosas comen­tan las comadres,

que tienen torre como gente hidalga…

Las cam­panas comen­tan muchas cosas,

que no pueden decirse con palabras.

El Obelis­co y su cielo bar­quisimetano. Foto: Luis Pas­cual Suárez. 1956

Ded­i­ca sus letras a los crepús­cu­los en el poe­ma “Bar­quisime­to”, pub­li­ca­do en el diario El Impul­so en 1923, ded­i­ca­do al poeta Rafael Gar­cés Álamo:

Bolí­var pien­sa, cuan­do Dios lo azota,

que bien vale en el peso de su gloria

un crepús­cu­lo tuyo una derrota!

Días de bohemia

En las taber­nas, botiquines y pulperías, entre el licor, la mor­daci­dad y el buen decir deleita­ba a sus ami­gos, ricos ter­rate­nientes, doc­tores y gen­erales que le daban limosnas por sus ver­sos, melancóli­cos algunos, humorís­ti­cos otros, o las sal­i­das pun­zantes e inge­niosas, a veces de tristes y aflic­ti­vas ocurrencias.

Se cuen­ta que un día, según rela­ta Car­los Pereira en su libro “Anéc­do­tas de humor larense”, lle­garon a un cono­ci­do botiquín los caroreños Car­los Her­rera, José María Riera y Octa­viano Her­rera, dueños de dilatadas hec­táreas de tier­ras y de espe­sos rebaños de semovientes. En el lugar se encon­tra­ba Mar­co Aure­lio, como era su cos­tum­bre, con su mod­es­ta ves­ti­men­ta y sus viejos zap­atos cubier­tos de polvo.

Los hacen­da­dos caroreños, luego de los con­s­abidos salu­dos a los con­cur­rentes, con­vi­daron al poeta ami­go a com­par­tir unos pal­i­tos con ellos. Pron­to la con­ver­sación quedó enmar­ca­da en el tema del gana­do de henchi­das ubres, de potreros y pas­tos, de propiedades, tier­ras y más tier­ras. Y ahí esta­ba Mar­co Aure­lio, sin poder expre­sar pal­abra algu­na, ajeno al entorno socioe­conómi­co de los tertuliantes.

Luego de un rato entró al botiquín un mucha­cho limpiab­o­tas o betunero, pre­gun­tan­do a los ter­rate­nientes si querían pulir sus zap­atos. Ante el rotun­do “no” de los señores, el betunero se dirigió hacia el aho­ra silen­cioso Mar­co Aurelio:

-Usté, señor, ¿le limpio los zapatos?

-No, gra­cias, respondió el poeta, no tan­to porque no quería, sino por no ten­er ni siquiera una nica en sus bol­sil­los llenos de telarañas.

El betunero insiste, obser­van­do los zap­atos del bardo:

-Entonces, ¿le quito la tierrita?

Mar­co Aure­lio, ya descon­so­la­do, mirán­do­lo fija­mente, le dice al muchacho:

-La úni­ca tier­ri­ta que ten­go… ¿Y me la vas a quitar? (Acos­ta, 2015).

Mar­co Aure­lio Rojas, poeta de exquisi­ta pal­abra, en cuya humil­dad y pobreza que lo sigu­ió durante todos los días de su vida encon­tró cobi­jo y amparo en la poesía y en la línea líri­ca de sus afanes lit­er­ar­ios. Dejó obra dis­per­sa en diar­ios y pub­li­ca­ciones, var­ios ver­sos lib­erti­nos y gra­ciosos, a veces apócri­fos, que cir­cu­laron de boca en Bar­quisime­to y otros lugares para deleite de quienes lo conocieron. 

Murió en San Felipe, esta­do Yaracuy, el 5 de octubre de 1951 a los 63 años, a los cua­tro días de haber sido oper­a­do de una peri­toni­tis, entre­gan­do su cuer­po a la tier­ra tal como vivió, solo y pobre.


Ref­er­en­cias
Acos­ta, Otto (2015). Per­fil pueb­leri­no. Bar­quisime­to: El Impul­so, 31-05-2015.
Museo del libro vene­zolano. Per­iódi­cos del siglo XX.
[Doc­u­men­to en línea] Disponible: https://museodellibrovenezolano.libroria.com/periodicos-siglo-xx/ Con­sul­ta: 27-10-2021.
Querales, Ramón (1982). Poesía region­al larense. Bar­quisime­to: Uni­ver­si­dad Cen­troc­ci­den­tal Lisan­dro Alvarado.
Sil­va Uzcátegui, Rafael Domin­go (1969). Enci­clo­pe­dia larense. Tomo II. Caracas.

Omar Garmendia

Escritor. Ensayista. Cronista de libre ejercicio. Profesor Titular UCLA, Doctor en Educación y Magister Scientiarum en Lingüística blogculturaomar.blogspot.com

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