Memorias de un preso político del gomecismo

José Rafael Gabaldón (1882–1975) fue militar, caudillo político, escritor y diplomático. En 1929, tras encabezar “la gabaldonada”, insurrección fracasada contra la dictadura de Juan Vicente Gómez, fue encerrado en el Castillo Libertador, en Puerto Cabello. Tras la muerte de Gómez fue nombrado gobernador del Estado Lara (1936)


Comienzo del diario y descripción del calabozo

He debido empezar este diario el 27 de junio, día som­brío en que amanecí en este cal­abo­zo; pero la fal­ta de todo lo nece­sario para escribir me lo impidió, y es hoy, 5 de agos­to de 1939, que la gen­erosi­dad de un ami­go me pro­por­ciona este pequeño plac­er. Este buen ami­go, pre­so en un cal­abo­zo veci­no, tiene lib­er­tad para hac­er algu­nas com­pras, y por eso puede hac­erme éste mag­ní­fi­co rega­lo. ¡Dios lo premie!

Lle­vo ya 40 días de vida de pri­sionero, con las penas con­sigu­ientes a esa triste condi­ción, y más si se está soli­tario y aher­ro­ja­do como lo estoy yo; pero afor­tu­nada­mente el per­son­al carce­lario es bueno, y somos, en gen­er­al, trata­dos con benev­o­len­cia. Ojalá en todas las pri­siones el per­son­al sea como éste; y no con­signo estas apre­cia­ciones por el temor a que esta libre­ta pue­da caer en manos de mis carceleros, sino por un acto de justicia.

 


José Rafael Gabaldón (1882–1975) mil­i­tar, caudil­lo políti­co, escritor y diplomático

 

 

 

 

 

Des­de el primer día, que fue el 26 a la una p.m., he recibido, que envía mi esposa, lo nece­sario para lle­var una vida con­fort­able. Si no fuera que ten­go que dormir en el san­to sue­lo, y com­er algo incó­mo­do sobre un cajón, sen­tán­dome en una ban­quet­i­ca que no lev­an­ta 25 cen­tímet­ros del sue­lo, casi que estaría como un hom­bre decente; pero, a pesar de todo esto, que no deja de inco­modarme, estoy muy bien, pues se me tra­ta con bas­tante con­sid­eración nat­u­ral­mente, con todas las pri­va­ciones y pre­cau­ciones que acos­tum­bran con los pre­sos políti­cos, y cabe aquí decir que yo no soy un pre­so políti­co sino todo lo con­trario, impolíti­co, que si no lo hubiera sido dis­fru­taría, no diré que de hon­ores, pero sí de riquezas al lado del Dic­ta­dor, de quien siem­pre fui muy leal ami­go personal.

Mis impre­siones durante estos cuarenta días han sido muy diver­sas y amar­gas; la ausen­cia de la esposa y los hijos, a quienes espera la mis­e­ria con todo su corte­jo de incon­ve­nientes. ¡Pobrecitos! Tra­ba­jar diez años con tan­tas penal­i­dades para for­mar un pat­ri­mo­nio, y ver­lo desa­pare­cer de la noche a la mañana, es doloroso, y más aún si los autores de ese desas­tre son ¡los rep­re­sen­tantes del Gob­ier­no de la Patria!

Las med­ita­ciones políti­cas; las inco­mo­di­dades, no obstante ser tan bien trata­dos; la ausen­cia de libros y toda clase de lec­turas, como si no fuera sufi­ciente cas­ti­go la pér­di­da de la lib­er­tad, ¡el ais­lamien­to y el aherrojamiento!

En fin, trataré de recor­dar los detalles más impor­tantes de esta cuar­ente­na para explicar algu­nas de mis impre­siones de Soli­tario del N° 6, como me oigo lla­mar por ahí en los cal­abo­zos vecinos.

Empezaré por describir mi cal­abo­zo; pieza bas­tante deshoga­da para una sola per­sona, pero bas­tante sucia, su puer­ta es una amplia reja de madera fuerte y pesa­da y en la pared que hace frente a la reja, hay tres claraboyas con reja de hier­ro; el piso es enladrilla­do. El mobil­iario es una cobi­ja, dos frazadas, una almo­ha­da, una peta­ca, un cajón kerosen­ero, una ban­quet­i­ca (rega­lo de un Cabo de pre­sos de quien hablaré en su opor­tu­nidad para hac­er­le jus­ti­cia), una jofaina, una jar­ri­ta para agua, una alcar­raza, un tobo, un vaso de cama, una cafe­teri­ta rusa, un peine, un cepil­lo para los dientes y la esco­ba. ¡Qué rico soy!

La comi­da nos viene en muy bue­nas condi­ciones, aun cuan­do algu­nas veces está fría. Digo, nos viene, porque tam­bién con la mía la de mi hijo Joaquín viene. Yo tomo mi parte y le man­do la suya al cal­abo­zo N° 3, donde lo aco­modaron jun­to con nue­stros buenos ami­gos y com­pañeros de causa doc­tores Alvara­do, Ara­pé, y señores. José Marín Suárez, Car­los Sequera y Jesús Altuve. ¡Cuán­to envidio tan gra­ta y fina com­pañía! Tam­bién nos viene con mucha opor­tu­nidad la ropa limpia.

Entrevista con el general Eustoquio Gómez

Recién venido vino a mi cal­abo­zo el 2do alcalde, coro­nel Tovar, muy apu­ra­di­to me dijo: “Párese, Gen­er­al, para que vamos allí”. Yo me puse de pie y lo seguí, con bas­tante difi­cul­tad com­para­da con las que me esperaban.

Se me llev­a­ba para la Sala de Ban­dera, en donde me esper­a­ba el Gen­er­al Eusto­quio Gómez, pres­i­dente del Estado.

Llegué a su pres­en­cia bas­tante con­trari­a­do por las inco­mo­di­dades del trayec­to, en donde hay dos rejas que pasar y como las ven­tanil­las que per­miten el paso son altas, se hace muy difí­cil para quien lle­va amar­ra­dos con hier­ros los pies. Cuan­do hubi­mos lle­ga­do a la primera reja, el coro­nel Tovar dijo a los cabos: “Tómen­lo car­ga­do para que le metan los pies”. Yo no acep­té, y recor­dan­do mis acroba­cias de niño, me agar­ré a los bar­rotes y me icé has­ta meter los pies para poder pasar. ¡Si el gen­er­al hubiera tenido el con­sid­er­a­do aca­to de hac­erme quitar los gril­los para ir a su pres­en­cia, yo habría lle­ga­do tal vez con agra­do al ver con quién tenía que habérmelas! 

El Gen­er­al Pres­i­dente esta­ba acom­paña­do por el coro­nel Mon­tene­gro, Jefe Civ­il del Dis­tri­to Cap­i­tal, y por un hom­bre joven y robus­to, de aspec­to agrad­able. Cuan­do entré cer­raron tras de mí la puer­ta y me señalaron la sil­la donde debiera sen­tarme. Yo, en mi condi­ción de pre­so, saludé con una venia, y pre­gun­té si esta­ba en pres­en­cia del Gen­er­al Gómez. De Eusto­quio Gómez, sí, señor, dijo el Gen­er­al pres­i­dente, y yo le dije: “Pues aquí estoy a sus órdenes”. Un cor­to silen­cio y el Gen­er­al Pres­i­dente me dijo: Yo creo que el Dr. Márquez Bustil­los me pre­sen­tó con ust­ed. Sí, señor, en Miraflo­res, le agregué yo. Me dijo que me encon­tra­ba un poco dis­tin­to, que si era que yo antes me pinta­ba el cabel­lo. Que no, le respondí, que sería que como hacía algún tiem­po que no me afeita­ba se me nota­ban mucho las canas. 

 


Gen­er­al Eusto­quio Gómez, 
pres­i­dente del esta­do Lara

 

 

 

 

 

 

Seguimos hablan­do no recuer­do de qué, has­ta que fue abor­da­do el ver­dadero obje­to de aque­l­la, para mí, penosa entre­vista. Con todo el respeto y la dis­cre­ción posi­bles, respondí a las pre­gun­tas que se me hicieron, las cuales no podría yo dejar sat­is­fe­chas; pero el Gen­er­al Pres­i­dente, para no des­men­tir el con­cep­to de hom­bre varón que me merece, respetó muy gen­erosa­mente mi con­duc­ta, y me hizo algu­nas obser­va­ciones que eran de su deber. 

Yo, para cor­re­spon­der el tratamien­to dis­cre­to del Gen­er­al, con­vine en diri­gir una car­ta a mis ami­gos Gen­er­al San­dalio Linares y coro­nel Leopol­do Rivero, para que entre­garan unas armi­tas que ellos tenían, y por cuyo moti­vo el gob­ier­no man­tenía fuerzas en aque­l­los lugares. Esto, que no era nat­u­ral­mente mi deber por mi condi­ción de pre­so, lo hice porque en nada afecta­ba mi hon­or, y para cor­re­spon­der en algu­na for­ma el gen­eroso respeto con que el Gen­er­al había oído mis respues­tas a sus pre­gun­tas. Entre las cosas que recuer­do de esta con­fer­en­cia, que habría sido gra­ta para mí sin el recuer­do del via­je engril­la­do, están que el Gen­er­al me dijo que el día ante­ri­or, pase­an­do él con su hijo Josué, ahí pre­sente, le había dicho que yo no sabría lo que era estar pre­so, cuan­do me había entre­ga­do, que él una vez lo había esta­do con dos gril­los a un tiempo. 

Pen­sé decir­le una chan­za, pero me abstuve. Le iba a decir: “O ust­ed es más malo que yo, o aquí com­pren­den que soy menos fuerte que ust­ed”. Creo que no le habría caí­do mal la chan­za, pues al sep­a­rarme me pare­ció que no le había sido ingra­ta mi con­ver­sación, y recuer­do que, como él me diera la mano para des­pedirme, los otros dos señores tam­bién me la dieron, y como yo no conocía al joven alto y fuerte como un roble que allí esta­ba, y que aho­ra me daba la mano, le pre­gun­té por su nom­bre: Josué Gómez, respondió; hijo del gen­er­al, agregó Mon­tene­gro, y el Gen­er­al dijo: “Su servidor”.

Vida ordinaria y relación con los cabos de preso y alcaides

Día 6. Pasé bien la noche y he amaneci­do menos marea­do que ayer. El híga­do me viene mole­stando un poco: procu­raré tomar algo, pues es muy urgente ten­er bien la salud, cuan­do se está en situación tan difí­cil como es la de un pre­so político.

Entre los recuer­dos de los 40 días tran­scur­ri­dos has­ta ayer están dos, uno muy gra­to, y otro todo lo con­trario. El gra­to es el del Cabo Tivi­dad, como todos le lla­man car­iñosa­mente. Es este un negri­to sen­ten­ci­a­do a quince años de prisión, por no sé qué causa; pero sea lo cier­to, que no puede uno expli­carse que un hom­bre tan bueno como aquel (lo lle­varon a cumplir su con­de­na en la pen­i­ten­cia­ría de Puer­to Cabel­lo) pue­da haber cometi­do un crimen que amerite tan larga con­de­na. ¿No será que, arrepen­ti­do, quiere hacien­do bien hac­erse gra­to ante los ojos de Dios?

Puede ser, pero ¿no será un error de los jue­ces? Tam­bién puede ser, porque los jue­ces son humanos y saben errar. En nues­tra cara Venezuela, este es un ramo que mar­cha muy mal por fal­ta de preparación espe­cial, como debier­an ten­er­la los encar­ga­dos de tarea tan difí­cil e impor­tante. El otro recuer­do es el de Bal­tasar, Cabo Primero, que fue absuel­to, no sé de qué crimen. Este es un blan­co, la más per­fec­ta antite­sis del negri­to Tivi­dad. ¡El día que se marchó, hubo voces de ale­gría en todos los cal­abo­zos, así como las hubo de tris­teza por Tivi­dad! ¡Cuán equiv­o­ca­dos van los que obran mal!

Gril­los y cade­nas del Castil­lo Lib­er­ta­dor al agua, luego muerte de Gómez, 1936. Archi­vo: José Alfre­do Sabati­no Piz­zolante. Grá­fi­ca encon­tra­da entre los pape­les nue­stro Non­no Anto­nio Pizzolante.

2 p.m. Acabo de hac­er mi pocil­lo de café, el cual tomo a esta hora y no a las tres, como era mi cos­tum­bre, porque la comi­da viene a las cua­tro. Tam­bién hago otro pocil­lo que man­do para el cal­abo­zo donde está Joaquín. El pocil­lo que va para ese cal­abo­zo es un día para uno y otro para otra has­ta que vuel­va el primero. En días pasa­dos, me parece que el 15 de julio vino el Gen­er­al Pres­i­dente a la hora en que hago el café, y aso­ma­do al vigía, según sospe­cho, pudo verme en mi tarea. Ese día escribí en la pared: “¿que vino hoy el Gen­er­al y se asomó al vigía? Pues, Señor, si me vio hac­er café, ¡Cuán­to me envidiaría!”.

Hoy me ha ator­men­ta­do mucho el recuer­do de mi famil­ia, pues su situación debe ser muy difí­cil, pues sin per­sonas alle­gadas de la famil­ia, deben estar muy ais­ladas. Estoy seguro de que mis ami­gos dirán, para no ir a mi casa: “Me vig­i­lan”, “hacen pre­so al que pise esa casa”. Lo úni­co que me con­suela es la seguri­dad de que mi bue­na com­pañera es capaz para hac­er­le frente a todo. Dios la ha de acom­pañar. Yo me sien­to fuerte para sopor­tar todas las penal­i­dades, y más, con­ven­ci­do como estoy de haber cumpli­do siem­pre con mi deber; pero el recuer­do de la esposa y los hijos siem­pre me con­tur­ban el espíritu.

Me voy para la puer­ta, o, mejor dicho, para la reja, a ver repar­tir el ran­cho. ¡Pobres ami­gos míos, sufren ham­bre y yo no los puedo socor­rer! El ran­cho es demasi­a­do esca­so y tienen que apelar al dulce, los que tienen el cen­ta­vo, para medio com­ple­tar su sus­ten­to. Si yo pudiera les daría, pero sólo puedo dispon­er de un bolí­var diario, que repar­to así: Julián Báez, Pedro Mejía, Manuel Cañiza­les y un tal Morín que está enfer­mo: medio real para cada uno. Hoy el ran­cho es chi­vat­eras. ¡Qué me mor­ti­fi­ca esto!

Esta tarde me he sen­ta­do ahí cer­ca de la reja para con­tem­plar un rato el cielo y med­i­tar así en la jus­ti­cia, esa her­mana de Dios que a toda hora huye de los hom­bres porque sabe que la violan. El pedac­i­to de cielo que puedo mirar está enlu­ta­do por negros nubar­rones. ¿Sería que la jus­ti­cia no quiere que piense en Ella al mirar el azul del cielo? Me incli­no a creer que, como el cielo, ¡esté de luto la Augus­ta Señora!


*Frag­men­to del diario que per­manece inédito
 Pub­li­ca­do en Papel Lit­er­ario de El Nacional-enero 30, 2021

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