Presbíteros yaracuyanos frente a la gesta emancipadora

Mario R. Tovar G
Historiador

“(…) Tengo la especial de mis comitentes, expresada en las instrucciones que me han dirigido en forma auténtica, y en las que una de ellas se contrae a este caso de la Independencia, prohibiéndome por varias razones, que exponen, a acceder por ahora a su declaratoria”.
Padre Manuel Vicente de Maya (1811) 

El 19 de Abril de 1810, génesis del movimiento emancipador en nuestro país en contra de las autoridades monárquicas españolas,  constituyó  un histórico evento que sin duda alguna polarizó a los habitantes de las provincias venezolanas, unos a favor de permanecer como  súbditos vasallos a la corona española y otros en contra de este oprobioso régimen colonial, que durante trescientos largos años gobernó a estas nacientes provincias del nuevo reino. Encontradas posiciones que de igual manera alcanzó al clero que hacía vida religiosa en los cantones pertenecientes a esta vasta región yaracuyana, donde se vieron inmersos directamente los presbíteros yaracuyanos que a continuación reseñamos.

Liendo Larrea y el Club de los Sin Camisa

“Yo soy el sin camisa, yo soy el sin calzones, porque me los robaron los españoles.” Estribillo compuesto por  José Joaquín Liendo y Larrea  en 1810.-

El Club de los sin Camisa fue un grupo disidente de la Sociedad Patriótica, quienes eran partidarios  de emplear los medios más audaces para lograr su objetivo de acelerar la Emancipación Nacional. En este sentido, este grupo de exaltados patriotas querían suplantar al Congreso de 1811 y al no lograr su cometido desde la Sociedad Patriótica, optaron por separarse de ella, para formar tienda aparte en el denominado Club de los sin Camisa; grupo al que pertenecía el padre José Joaquín Liendo y Larrea, cabeza de los revoltosos, quienes se reunían en  casa de doña Micaela Delgado, prima del presbítero, en cuyo hogar  éste habitaba y además se fundó el citado Club de los sin Camisa; nombre que recuerda a los Sans-coulote de la época de la Revolución Francesa, según reseña el historiador Manuel Vicente Magallanes (1973).

Posteriormente, estas reuniones pasaron a la residencia de don Andrés Moreno, quien desde el regreso  de su prisión en Puerto Rico, mostraba un evidente descontento. A este respecto, el Congreso había decretado en su honor una cadena simbólica, que llevaba al cuello, que decía: “La sufrí por la Patria”, pero ello no era suficiente para satisfacer sus aspiraciones.

Según Manuel Vicente Magallanes, lo poco que se sabe del Club de los sin Camisa, se infiere por la personalidad y algunas de las acciones tomadas por el padre Liendo y Larrea, natural de San Felipe y de unos treinta y ocho años aproximadamente; hombre de ideas radicales y considerado por muchos como excéntrico y estrafalario; dotado de cualidades para la oratoria, quien expresaba con soltura las ideas hilvanadas por su mente libertaria, con la mayor sinceridad.

En tal sentido, Liendo y Larrea fue un nato propagandista de la revolución; creía en ella, así como en beneficios que le reportaría a la nación. Según la crónica de la época,  durante la celebración del primer aniversario del 19 de Abril de 1810, dicho presbítero organizó una manifestación hasta las orillas del Guaire, portando un retrato de Fernando VII y al llegar  al río, lo sumergió tres veces en el agua para “ahogar” al infame rey.

En sus acciones le acompañó Juan José Landaeta, así como el francés Pedro Antonio Leleux, quien vino con Miranda desde Londres como su secretario. Por último, para 1813 Liendo y Larrea  se encontraba prisionero, enjuiciado y enfermo de “flujo hemorroidal”, bajo el cuidado de su amigo el doctor José María Vargas, en espera de ser liberado bajo fianza, para irse a las Antillas, como era su deseo. Finalmente, el Club de los sin Camisa fue un grupo de jacobinos criollos surgidos de la Sociedad Patriótica, quienes representaron la primera división registrada en la historia de los partidos políticos en el país.

Templo matriz de San Felipe

Juan José Bustillos y su particular Guerra en Aroa

Contrario a lo que muchos pensábamos, durante la guerra de emancipación  nacional  el país no sufrió de una parálisis total y en tal contexto, se seguían realizando matrimonios, se abrían litigios, había vida universitaria y entre algunos de los sacerdotes dispersos en las diferentes provincias del país, surgían disputas relacionadas con las ideologías enfrentadas para la fecha, entre los  pro-monárquicos e independentistas.

A este respecto, la historiadora Inés Quintero coordinó un equipo investigador que durante dos años se dieron a la tarea de indagar cómo fue la vida cotidiana en estos cruentos años, con el objeto de reunir nuevas voces y hacer una nueva mirada sobre nuestro pasado, con la finalidad de ampliar y profundizar en problemas, temas y situaciones ignoradas hasta el momento por la historiografía; valiosa información que sería publicada en un texto bajo el título de “Más Allá de la Guerra”, editado en el 2008 bajo los auspicios de la Fundación Bigott.  

Pues bien, en este esclarecedor libro, encontramos reseñado un curioso litigio ocurrido en 1812 en la población de Aroa, entre el  sacerdote asentado en este curato, el anciano presbítero Juan José Bustillos y el Justicia Mayor de Aroa José Joaquín de Altolaguirre, quien había ordenado apresar al anciano sacerdote, para luego enviarlo detenido a la ciudad de Coro, debido a su apego a la causa republicana. A todas estas, es de destacar que el presbítero Bustillos había ejercido durante más de treinta años el ministerio sacerdotal del Valle de Aroa.

Sin embargo, la proclamación de la independencia, un año antes, lo distanció de su feligresía, quienes en su mayoría mantenían su lealtad a las autoridades realistas. En razón de esa adhesión, al restaurarse el orden manárquico, el Justicia Mayor Altolaguirre encarcela al religioso, iniciándose desde ese momento  una enconada rivalidad, ya que la estadía de Bustillos en las incómodas bóvedas de Coro duró lo mismo que tardó en restablecerse el orden republicano.

En 1813 el anciano sacerdote regresa a su curato, no sin levantar resquemores entre el vecindario de Aroa y, en específico, con su Teniente Justicia Mayor, José Joaquín Altolaguirre. La exacerbación del conflicto entre patriotas y realistas acentuó las fricciones entre Bustillos, Altolaguirre y la grey de Aroa y en vista de ello, el anciano sacerdote salió de su curato a la cercana y republicana localidad de Guama, donde se hospedó en la casa de su compañero de causa, Pedro Ibero, antiguo vecino de Aroa.

En este sentido, al poco tiempo Bustillos es instado por Altolaguirre a retornar a su curato, razón por la cual el sacerdote acude a su superior directo, Matías Brizón, sacerdote de San Felipe, para que justificase a las autoridades de Aroa su prolongada ausencia. Pese a la justificación emitida desde la casa parroquial de San Felipe, el vecindario entendió la salida de su presbítero como una fuga, cuya intención era fraguar algún plan con su parcial Pedro Ibero, en contra de los habitantes de Canoabo y su Teniente Justicia Mayor Altolaguirre.

No se equivocaban, ya que Bustillos había iniciado las diligencias necesarias ante el Capitán General Juan Manuel Cajigal para que nombrase a su amigo Ibero como teniente interino de Aroa, cuyo nombramiento logra, pero también atiza las fricciones dentro de Aroa y del bando realista de Altolaguirre, quien  reacciona irritado ante la presencia patriota en Aroa, iniciándose un largo proceso de más de cuatro años para impugnar este nombramiento, tras lo cual mandan largas misivas de impugnación a las autoridades militares y civiles para lograr su cometido.

En 1816, Salvador de Moxó, como jefe militar superior de estas provincias recibe una de estas denuncias y manda abrir un expediente contra Bustillos y  remite esta denuncia al arzobispo Narciso Coll y Pratt, quien solicita al jefe realista pruebas de la denuncia y le recuerda que para la época no se podían remover curas sin que el proceso siguiese los trámites establecidos por la ley.

Por último,  le tocaría al presbítero yaracuyano Manuel Vicente de Maya dilucidar este conflicto, como encargado del arzobispado por ausencia del obispo Coll y Pratt, aplicando dos sentencias: instó a Bustillos a presentar disculpas públicas y notorias  al teniente Altolaguirre y le envió a la vecina población de Duaca, para seguir activo como sacerdote con la anuencia de las autoridades eclesiásticas de la época, concluyendo así esta particular guerra del Padre Bustillos en los valles de Aroa.

Iglesia de Guama

Salvador Delgado, diputado por Nirgua en 1811

El Padre Delgado (…) lejano en la geografía nacional, pero palpitante en el recuerdo vivo envuelto en la nostalgia patriota, de las sesiones de Caracas y Valencia, del Supremo Congreso.” Nicolás Perazzo (1978).-

Salvador Delgado,  pasó a las páginas de la historia regional como El Padre Delgado, y aunque no es natural del estado  Yaracuy, es oportuno agregar que gracias a su digna actuación en la región, quedó sembrado para la posteridad en el corazón de los yaracuyanos.

En tal contexto, es pertinente recordar que nació en la villa pastoril de Calabozo, el 25 de diciembre de 1774, fruto del matrimonio de sus padres don Adrián Delgado y doña Josefina Espinoza; ambos “blancos y de significación económica y social en el medio.” A este respecto, Salvador Delgado fue bautizado por el reverendo padre Fray José de Caracas, religioso capuchino debidamente autorizado por el cura de la Villa de Todos los Santos de Calabozo, Pbro. Bachiller don Juan Ángel Leal, quien actuó como padrino en la santa Iglesia Parroquial de la Villa, a los trece días de nacido, es decir, el 07 de enero de 1775.

La infancia de Salvador Delgado transcurrió en la misma población nativa, dando manifestaciones de inteligencia despejada, de apego al estudio y cuando concluyó su aprendizaje de las primeras letras, sus padres lo enviaron a Caracas en donde se capacitó para ingresar en la Real y Pontificia Universidad Metropolitana, alcanzando a los 18 años, el 25 de diciembre de 1792, el grado de Bachiller en Artes, paso previo al logro de su aspiración sacerdotal, pudiendo el 8 de noviembre de 1801, recibir con el reconocimiento de su “aplicación y capacidad de estudiante”, el título de Doctor en Filosofía y Teología, habiendo cursado ya, por más de un año, Derecho Canónigo, respectivamente.

Posteriormente, el Padre Delgado es destinado al Curato de Doctrina en la Santísima Trinidad de Calabozo; pero poco tiempo iba a permanecer entre los suyos, al ser designado para llenar la vacante de Vicario Foráneo en la ciudad de Nirgua, cuando contaba con 33 años de vida y 06 de su doctorado universitario.

En tal orden de ideas, el Padre Delgado legaría a su nuevo destino, el 27 de noviembre de 1807, investido además de las funciones como Juez Eclesiástico del Partido y Comisario Subalterno de la Santa Cruzada, con el encargo expreso de atender a las necesidades del culto de Temerla, pueblo carente de sacerdote y hasta de un lugar para celebrar los oficios religiosos, tal como lo reseña don Nicolás Perazzo, en su Discurso de Incorporación como Individuo de Número de la Academia Nacional de la Historia, el 21 de septiembre de 1978.

Tiempo después, con el voto unánime de los electores calificados de Nirgua, resulta electo  Diputado al Supremo Congreso en 1811, donde comparte  con el yaracuyano, Dr. Juan José de Maya, electo por San Felipe y firman ambos el Acta de Independencia, el 05 de Julio de 1811. Tras ello regresa a Nirgua, donde le sorprende el Terremoto de 1812; año en que se pierde la República. Luego de ello, el Padre Delgado es enviado a la Parroquia Santa Rosalía de Caracas, donde ejerce hasta que fallece, el 7 de mayo de 1834.

Navarrete, fiel defensor de la Independencia

“Instruir al pueblo es un ramo de nuestra Santa Libertad”. Fray Juan Antonio Navarrete (27 de noviembre de 1811).-

El fraile yaracuyano Juan Antonio Navarrete, nació en la población de Guama, hace 272 años, el 11 de enero de 1749, se constituyó en su tiempo en un férreo defensor de la causa republicana. En tal contexto y como prueba de ello, reseñó en el Libro Único, folios 274 al 283 de su monumental obra enciclopédica, aún desconocida por la mayoría de los venezolanos: “Arca de Letras y Teatro Universal”, noticias sobre los acontecimientos ocurridos en su propio tiempo, que revelan a un hombre informado e interesado en los asuntos religiosos y políticos de su época, tal como la Conspiración de Picornell y Cortez, así como la Expedición de Miranda en 1806.

Luego, en 1810 se declararía como un apasionado de la causa independentista en general y de Francisco de Miranda en particular, a quien llamó: “Nuestro digno patriota y paisano caraqueño”. Posteriormente diría de él: “Está ya llevándose las atenciones y estimaciones como sujeto digno de ellas, por su talento, experiencia y pericia en todas materias, hasta en inteligencia de Escrituras y Biblias Sagradas”.

A este respecto y como dato curioso, dichos apuntes del Libro Único, llegaron hasta agosto de 1813, y sin embargo, no mencionó en ellos al Libertador en ningún momento: tampoco alude a otros personajes importantes del acontecer político de los días de la Declaración de la Independencia, ni se encuentra alguna referencia a las reuniones del Congreso Constituyente de 1811.

Asimismo el padre Juan Antonio Navarrete, en su apego a la causa independentista, sostuvo algunos incidentes mientras oficiaba una misa en la iglesia de San Pablo, el 27 de noviembre de 1811 a propósito de las fiestas en honor a nuestra Señora de Copacabana y cuando quiso hablar sobre “Igualdad”, el cura teniente de la dicha iglesia, Pbro. Domingo Lugo, le sonó la campanilla para hacerlo callar.

En tal sentido, Navarrete debió molestarse en grado sumo, razón por la cual colocó en la puerta de la iglesia un papel  que demuestra un lenguaje bastante influenciado por el movimiento independentista. Allí, entre otras ideas Navarrete expresaba lo siguiente: “En Caracas estamos trabajando para destruir el despotismo, que no cesa en muchos petulantes; y  procuramos la felicidad para el ciudadano.”

En otra ocasión, el 4 de diciembre de 1811,  predicó en la iglesia de Santa Rosalía y atacó duramente al padre Lugo, quien había retirado el papel con el referido escrito  y frente a ello,  colocó otro aviso que decía: “Pueblo, alerta. El que ha quitado el papel esta mañana está lleno de despotismo y si no andamos vivos, volveremos a ser esclavos y la religión quedará vulnerada.” Finalmente al ser denunciado, el Arzobispo abrió una averiguación que no ameritó un castigo para Navarrete, fiel defensor de la causa independentista nacional.

Manuel Vicente de Maya ante la Declaración de Independencia

El presbítero Manuel Vicente de Maya, nació en San Felipe El Fuerte, el 10 de marzo de 1767 y fueron sus padres Gabriel de Maya y Tellechea, y Gerónima Vidal. Se graduó en la Universidad de Caracas como Bachiller en Ciencias Eclesiásticas, Cánones y Doctor en Ciencias Eclesiásticas; Cánones (1791); Licenciado y Doctor en Leyes (1793); y de Doctor en Teología (1797).

Una vez ordenado como sacerdotes, ejerce la docencia como Catedrático de Latinidad y Sagrados Cánones; además, fue Cura Rector de la parroquia La Guaira y en 1811, se encuentra ejerciendo como Rector de la Universidad de Caracas, en momentos cuando resultó escogido para representar como diputado a la ciudad de la Grita al Congreso Constituyente de 1811-1812, donde se destacó y pasó a la historia republicana, por su oposición a la Declaración de Independencia, siendo el único diputado que no la aprobó el 5 de Julio de 1811; pero sí firmó la Constitución sancionada en diciembre de ese año; caso contrario de su hermano el Dr. Juan José de Maya, ferviente republicano, quien también resultó electo diputado ante dicho congreso, en representación de su ciudad natal, San Felipe.

Dentro de tal contexto, al caer la Primera República, se dedicó a ejercer como sacerdote en la parroquia del Sagrario de la Catedral de Caracas; pero antes de ello, se había entrevistado, en compañía de otros curas, con Domingo de Monteverde en la ciudad de Valencia.

Presbítero Manuel Vicente de Maya

Luego formó parte de la Junta reunida por el jefe realista canario, el 04 de diciembre de 1812, con el objeto de enfrentar “una conjuración contra el gobierno”, denunciada por el jefe militar de la Victoria.

Tal como lo señala el historiador Manuel Donís Ríos (2012), Monteverde escribe al Ministro de Guerra el 20 de enero de 1813, expresándole que la Junta fue de la opinión, por unanimidad, de que se arrastrase a los individuos peligrosos y entre las personalidades que firmaron las listas, figuró el padre Maya, catalogado según la Relación escrita en 1813 por Pedro de Urquinaona y Pardo como: “el venerable cura del Sagrario Don Manuel Maya (…) y otros muchos (…) recomendables por su lealtad y dignos de todo el aprecio de la Nación”.

Tras la entrada de Boves a Caracas, Maya da un sermón “implorando ayuda divina para el buen acierto de Fernando VII” y en 1815, respalda la llegada de Pablo Morillo al país. Finalmente en 1816, firma un documento de apoyo al arzobispo Narciso Coll y Pratt, acusado de haber colaborado con Bolívar y cuando el prelado viaja a España para rendir cuentas, el padre Maya queda como Gobernador del Arzobispado con plenos poderes.

En octubre de 1815, al padre Maya le correspondió redactar la defensa del Cabildo Eclesiástico, acusado por algunos ultrarrealistas de haber colaborado voluntariamente con los republicanos entre los años de 1813 y 1814 y además de ello, formó parte de la junta de la vacuna antivariólica restablecida en Caracas en 1815.

Asimismo, Maya aprovechó la Encíclica Etsi Longissimo del papa Pío XII (Roma, 30 de enero de 1816), según la cual la Iglesia Católica retoma el sueño de restaurar la cristiandad sobre la base jurídica del “legitimismo”; es decir, el principio por el cual la legitimidad secular, con raíz en el Derecho Divino, validaba la soberanía de los gobiernos. En la Carta Pastoral publicada por el padre Maya en sus funciones como Gobernador del Arzobispado el 18 de octubre de 1818, tuvo como propósito fundamental, quitarle cualquier legitimidad y ponerle freno a la revolución en marcha.

Por ello, el presbítero Maya argumentó en este documento y sin ambages lo siguiente: “(…) Venerables párrocos y ministros del Altísimo: trabajad infatigablemente en enseñar e instruir a los pueblos en el púlpito, en el confesionario, en las conversaciones privadas, que la obediencia y fidelidad para con nuestro Soberano el Señor D. Fernando Séptimo, es un deber de justicia, y una obligación gravísima de conciencia.

Disipad con discursos sólidos, apoyados en las divinas Escrituras, las nubes del error, que han intentado oscurecer la verdad luminosa de este precepto, que sólo puede disputar el orgullo y la sofistería de los filósofos de estos últimos siglos”. Según el historiador Donís Ríos (2012), para Maya, la revolución, en sus conceptos, representaba un ataque al cristianismo, en fin, una obra del demonio; razón por la cual redacta dicha Carta Pastoral: “Uno de los más valiosos documentos de la historia de las ideas políticas y religiosas de Venezuela y ciertamente el más importante de los textos doctrinales del partido realista durante la Guerra de Independencia, representó el choque entre el pensamiento moderno y el tradicional que siempre estuvo en el núcleo de todos los conflictos en la Era de las Revoluciones.”

Finalmente, después de Carabobo en 1821, siguió ejerciendo canónicamente como Vicario General y Gobernador del Arzobispado de Caracas, pero las autoridades patriotas, sin perseguirlo, se entendieron con el canónigo José Suárez Aguado y tras la muerte de Coll y Prat, el Cabildo Eclesiástico nombró a Suárez como Vicario Capitular y Gobernador de la Arquidiócesis, el 22 de abril de 1823; mientras el padre Maya ejerció como Canónigo Tesorero.

 

Pero retomemos su actuación entre los días 3 y 5 de julio de 1811, tiempo cuando el padre Manuel Vicente de Maya, en su investidura como diputado electo como representante de la Grita, tuvo una participación destacada en dicho congreso constituyente de dicho año.

Dentro de este contexto, en la sesión del 3 de julio, Maya tomó la palabra y entre otras ideas expresó: “(…) Siendo, pues, la declaratoria de Independencia una mutación sustancial del sistema de gobierno adoptado por los pueblos en la constitución de sus representantes, necesitan éstos una manifestación clara y expresa de aquéllos para obrar conforme a sus poderes, y dar a este acto todo el valor y legitimidad que él exige.

Esta razón, que creo tan fuerte y poderosa, respecto de todos los ilustres miembros que componen este respetable cuerpo, lo que es mucho más, respecto de mí que, fuera de esta consideración general, tengo la especial de mis comitentes, expresada en las instrucciones que me han dirigido en forma auténtica, y en las que una de ellas se contrae a este caso de la Independencia, prohibiéndome por varias razones, que exponen, a acceder por ahora a su declaratoria”. Y como bien lo expresa el historiador Manuel Donís Ríos, acto seguido presentó las instrucciones y el secretario leyó la cláusula referida por el orador, tras lo cual Maya salvó su voto y pidió se certificase a sus comitentes, “lo que se concedió por el Congreso”.

En este orden de ideas, en la histórica sesión del 5 de julio de 1811, el padre sanfelipeño Manuel Vicente de Maya, en su investidura como diputado por la Grita, se presentó para dar su dictamen sobre lo prematura de que creía la Independencia en esos momentos; y tal como lo hizo en la sesión del día 3, exhibió el artículo de sus instrucciones que se lo prohibían expresamente, el cual fue leído por el secretario, y luego su hermano, el diputado Juan José de Maya solicitó: “ que se diese testimonio de él en el acuerdo”.

Tal como lo dice el ya citado Donís Ríos, en relación a la actuación opuesta de los diputados andinos en el Congreso de 1811, Nicolás Briceño (Mérida) y Manuel Vicente de Maya (La Grita), señala que: “fueron próceres y padres fundadores de la República. Hombres de su tiempo, con sus aciertos y errores, les correspondió vivir los tiempos difíciles de la Guerra de Independencia”; mientras Nicolás Briceño aprueba la emancipación, el padre Maya pasó a la historia como el único diputado que no aprobó la Independencia el 5 de Julio de 1811, pero sí firmó la Constitución de diciembre de ese año. Finalmente este presbítero yaracuyano y activo defensor del monarca español, muere en Caracas el 5 de marzo de 1826. 

 

CorreodeLara

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