La casa más antigua del casco histórico de Barquisimeto

Omar Garmendia
Cronista y escritor

Las viejas casonas de nuestro trasquilado y mal llamado casco histórico nos cuentan sus secretos en los documentos que reposan en los silenciosos y fríos estantes cronicales de las notarías y registros. Desde el terremoto de 1812, Barquisimeto se había desvanecido en su trama cuadricular con la caída de la gran mayoría de sus casas y templos y las ruinosas construcciones habrían de permanecer en ese estado por muchos años, como testigos mudos de una hecatombe


Las más antiguas casas de la ciu­dad se con­struyeron en torno a la Plaza May­or y los viejos tem­p­los colo­niales de entonces. Las igle­sias de La Con­cep­ción y de San Fran­cis­co, serían los núcleos cen­trifu­gadores del incip­i­ente crec­imien­to de la ciu­dad. Sin embar­go, muy pocas con­struc­ciones de esos prim­i­tivos núcleos urbanos sobre­vivieron al ter­re­mo­to de 1812.

Eso es lo que ten­emos ante la vista de los moradores y transeúntes de la ciu­dad: la des­o­lación, las ruinas dejadas por el ter­re­mo­to en mon­tícu­los de tapias y muros de las antiguas casas. Diez años después, en 1822, el via­jero norteam­er­i­cano-irlandés William Duane (1760–1835) describe el aspec­to de la urbe a su paso por Barquisimeto:

“A los pocos días tuve opor­tu­nidad para obser­var de cer­ca la ciu­dad de Bar­quisime­to, y para oír diver­sas noti­cias acer­ca de ella. (…). Nada que­da en la actu­al­i­dad de los antigu­os muros de las casas, y lo úni­co que sobre­sale a cier­ta altura son los mon­tones de tier­ra for­ma­dos por las ruinas de las tapias, con las cuales esta­ban con­stru­idas todas las res­i­den­cias. Hoy solo eran ver­daderas tum­bas que había adquiri­do su actu­al posi­ción incli­na­da a causa de la for­ma irreg­u­lar en que se amon­tonaron los escom­bros de los edi­fi­cios der­rum­ba­dos, y entre los cuales quedaron sepul­ta­dos no sólo los habi­tantes de la ciu­dad sino tam­bién un batal­lón de sete­cien­tos hom­bres. Aquel mon­tón de ruinas aparecía intac­to, a excep­ción de algunos sitios por los cuales se había trata­do de pen­e­trar a las sepul­turas de las per­sonas que tenían rep­utación de gente opu­len­ta. Los úni­cos ves­ti­gios per­cep­ti­bles de aque­l­la ciu­dad (que con­ta­ba, según se dice, unos ocho mil habi­tantes), y que se advierten a sim­ple vista, son las alturas de sus ruinas, a las que la llu­via ha venido dan­do una con­fig­u­ración redondea­da. Solo escaparon quienes se encon­tra­ban ausentes en via­jes de nego­cios o esta­ban en sus hacien­das situ­adas hacia la parte del valle…”.

(William Duane: Via­je a la Gran Colom­bia en los años 1822–1823)

De man­era que Bar­quisime­to ya no posee casas o mon­u­men­tos autén­ti­ca­mente colo­niales que nos puedan referir a un pasa­do de heren­cia españo­la. Las casas que hoy per­manecen en el denom­i­na­do cas­co históri­co de nues­tra ciu­dad, en real­i­dad cor­re­spon­den a con­struc­ciones de medi­a­dos del siglo XIX con dis­eños de estruc­turas que se con­ser­varon inclu­sive has­ta muy intro­duci­do el siglo XX, por lo que difí­cil­mente se puede deter­mi­nar la edad de esas casonas en base a esos car­ac­teres estilís­ti­cos (Moli­na, 2014; Gorm­sen, 1965).

El cas­co históri­co de Bar­quisime­to se cir­cun­scribe en la actu­al­i­dad a una sola área o man­zana, donde se encuen­tran los más rep­re­sen­ta­tivos caserones que la gente refiere como colo­niales, situ­a­dos en los pre­dios de la Plaza Lara (antigua Bolí­var), la calle 24 y las car­reras 16 y 17 frente al Edi­fi­cio Nacional y en algunos pun­tos especí­fi­cos de la ciudad.

Todas esas grandes casas que esta­ban en esa man­zana frente a la Plaza Lara poseían cor­ralones y grandes solares, por lo gen­er­al de más de 1.000 met­ros cuadrados.Viviendas con­stru­idas con esmero y con los mejores mate­ri­ales y que tal vez alber­garon largas famil­ias tradi­cionales que iban des­de los esposos, los hijos, exten­di­da a los abue­los, tíos, arri­ma­dos, recogi­dos, esclavos, servidum­bre y uno que otro huésped. Además, tenían huer­to, ani­males de cría, cabal­los, cabal­ler­izas, gal­li­nas, cer­dos, vacas que le daban leche a la famil­ia. Era otra clase de vida. Una de las más grandes casas era la de los descen­di­entes de don Sabás Arráez, con 2.500 met­ros cuadra­dos de ter­reno (Moli­na, op. cit. p. 38).

 A pesar de que era la zona res­i­den­cial de la clase diri­gente y de grandes propi­etar­ios con hacien­das, trapich­es, potreros, casas y otras pos­e­siones en Bar­quisime­to, los llanos y en difer­entes lugares del esta­do Lara, la den­si­dad de lo con­stru­i­do era muy baja (aunque las famil­ias eran exten­sas y exten­di­das) y man­tenía un aspec­to semi­rrur­al. Uti­lizarían esas exten­siones de ter­reno como depósi­to tem­po­ral de los pro­duc­tos del cam­po para el envío en recuas y su pos­te­ri­or ven­ta. Estas propiedades pasa­ban de mano en mano en base a acciones de com­pra-ven­ta, cesiones, nego­cios, hipote­cas, remates, traspa­sos, per­mu­tas, partes de pago, tes­ta­men­tos y heren­cias, par­ti­ciones, etc., que evi­den­cian la gran movil­i­dad social y económi­ca de la población pudi­ente de esas épocas.

Casa de las Sil­veira. Foto colec­ción Museo Boli­var­i­ano Casa de las Silveira

Casa de las Sil­veira la más antigua de Barquisimeto

 

La casa más antigua cono­ci­da en la ciu­dad es la lla­ma­da casa de las Sil­veira, denom­i­na­da así por haber esta­do habita­da des­de 1860 por los descen­di­entes mater­nos de doña Pal­ma­cia Bar­rios Yépez y las her­manas Blan­ca, María y la sin par y eximia pianista de fama inter­na­cional Emma Sil­veira, quienes mar­caron pau­ta en la his­to­ria cul­tur­al de Bar­quisime­to. Está ubi­ca­da en el lla­ma­do cas­co históri­co, calle 23 entre car­reras 16 y 17, acera oeste.

Dicha ven­er­a­ble y vie­ja casona está referi­da en un antiguo doc­u­men­to tes­ta­men­tario del alcalde de 2da. elec­ción del Cabil­do de la ciu­dad don Fran­cis­co de Paula Escalona, que data de 1854. Aunque se dice que la casa de las Sil­veira había resis­ti­do el ter­re­mo­to, el doc­u­men­to alu­di­do expre­sa que otras propiedades que tenía el antiguo dueño se habían per­di­do durante el mis­mo en esa y otras zonas de la ciudad. 

A pesar de ello, la tradi­ción oral sug­iere que per­maneció en pie sola­mente la parte norte de la casa, que luego fue recon­stru­i­da y par­cial­mente trans­for­ma­da poco a poco, durante décadas, jun­to con las casas que hoy cono­ce­mos en los alrede­dores de la plaza Lara de Barquisimeto.

Esto ha sido cor­rob­o­ra­do in situ por excava­ciones y tra­ba­jos real­iza­dos selec­ti­va­mente, de acuer­do con las infor­ma­ciones per­son­ales apor­tadas por el cro­nista de la par­ro­quia civ­il de Cat­e­dral, pro­fe­sor Ricar­do Vale­cil­los. Señala el cro­nista que, en el caso de la casa de las Sil­veira, algu­nas pare­des exte­ri­ores e inte­ri­ores se recon­struyeron con parte de los escom­bros y mate­ri­ales deja­dos por el ter­re­mo­to, así como el rel­leno de algunos pisos de las habita­ciones, cuyas ven­tanas dan hacia el lado oeste del tem­p­lo de San Fran­cis­co, calle 23 de por medio.

Excavación que mues­tra el rel­leno de las pare­des con escom­bros del ter­re­mo­to de 1812. (Foto per­son­al del autor)

Foto: Luis Alber­to Per­o­zo Pad­ua . Diario EL IMPULSO

Leyendas y tradiciones orales de la casa de las Silveira

Las his­to­rias orales cir­cu­lan a la par de la his­to­ria doc­u­men­ta­da, con los con­s­abidos adere­zos y condi­men­tos que las rep­re­senta­ciones pop­u­lares le van aña­di­en­do. His­to­rias, leyen­das y tradi­ciones orales han cir­cu­la­do en torno a este inmue­ble, algu­nas de ellas no com­pro­badas con certeza. Des­de antaño se decía que la casona fue hos­pi­tal de san­gre durante la guer­ra independentista. 

Tam­bién se men­ciona­ba que allí fun­cionó la ofic­i­na de rentas munic­i­pales en la Colo­nia y que además fue sede del sem­i­nario San Agustín, el novi­ci­a­do del con­ven­to  de San Fran­cis­co y has­ta de una logia masóni­ca (Macías Muji­ca, 1995, p. 72), Igual­mente se dice que existía un túnel que conecta­ba la casa con la igle­sia y el con­ven­to de los fran­cis­canos y fue cár­cel real con un sótano donde se recluía a los pre­sos por temor a los terremotos.

Habitación donde fun­cionó la Ofic­i­na de Rentas Munic­i­pales en 1810. (Foto colec­ción Museo Boli­var­i­ano Casa de las Silveira)

Fran­cis­co de Paula Escalona. (Boce­to a lápiz. Autor Julio Par­ra. Colec­ción Museo Boli­var­i­ano Casa de las Silveira

La casa sirvió de vivien­da y despa­cho del alcalde de 2da. elec­ción del Cabil­do de la ciu­dad don Fran­cis­co de Paula Escalona y su esposa doña Car­men Alvara­do de Escalona, hija del Alférez Real don Juan José de Alvara­do, en la época del pro­nun­ci­amien­to a favor de la inde­pen­den­cia en 1810.

Se cuen­ta que el Lib­er­ta­dor Simón Bolí­var en su visi­ta a Bar­quisime­to el 14 de agos­to de 1821, en esa casa tuvo una reunión con veci­nos promi­nentes para recoger fon­dos con el fin de favore­cer el sosten­imien­to del ejérci­to patri­o­ta que sitia­ba Puer­to Cabel­lo, uno de las últi­mas trincheras real­is­tas luego de la Batal­la de Carabobo. 

Entre los con­tribuyentes vol­un­tar­ios se encon­tra­ba el pro­pio Fran­cis­co de Paula Escalona, quien para 1825 ya era alcalde de primera elec­ción, car­go que deten­tó has­ta 1828. En dicha reunión se reci­bieron pertre­chos, víveres, ropa, oro, alha­jas, joyas, vajil­las y cubier­tos de pla­ta que pudier­an servir para la venta.

La casa de las Sil­veira evo­ca una de las últi­mas y vie­jas casonas de las que sobre­vivieron al ter­re­mo­to de 1812. Se tra­ta de una edi­fi­cación cuyo ori­gen se pre­sume que ha sub­sis­ti­do des­de el siglo XVII. 
 
Es una casa de con­struc­ción tradi­cional, con corre­dores y colum­nas que bor­dean un patio cen­tral a la usan­za españo­la, con pare­des de ladrillo y mam­postería, lo que podría explicar su resisten­cia estruc­tur­al ante el embate del ter­re­mo­to de 1812. El techo es de madera y cañas entrete­ji­das, con tejas de arcil­la coci­da. La coci­na, ubi­ca­da en la parte pos­te­ri­or de la casa posee un horno de cúpu­la y fogones de topias.
 
Un lugar sin­gu­lar de la casa con­siste en una especie de recin­to hábil­mente ocul­to, tam­bién denom­i­na­do “fal­so”, que servía como escon­dite en caso de necesidad.
 

En la parte con­ser­va­da que cor­re­spon­dería a la ubi­cación de una antigua cabal­ler­iza se encuen­tra el guarda­fuego, una especie de aber­tu­ra en una pared, donde se man­tenía al abri­go del vien­to las velas y mechur­rios durante la noche.

Nat­u­ral­mente que esa zona de la ciu­dad estu­vo edi­fi­ca­da con inmue­bles y otras edi­fi­ca­ciones des­de la época de la colo­nia y aun des­de la fun­dación. El hecho de estar edi­fi­cadas en los aledaños de uno de los prin­ci­pales tem­p­los indi­ca que en ella se establecieron las prin­ci­pales famil­ias y veci­nos de las élites económi­cas, políti­cas y mil­itares. La casa de las Sil­veira fue, des­de entonces, un espa­cio de reunión de per­son­ajes impor­tantes del ámbito social, políti­co, reli­gioso, int­elec­tu­al y artís­ti­co y fue sede de insti­tu­ciones munic­i­pales del poder colonial.

Una de las tradi­ciones más arraigadas de esa vivien­da alude al agasajo conque fue obse­quia­do en hon­or al Lib­er­ta­dor Simón Bolí­var en su úni­ca visi­ta a Bar­quisime­to prob­a­ble­mente la noche del 15 de agos­to de 1821, pues la noche del 14 había sido obje­to de otro baile en la casa de don Juan de Ama­r­al, donde tuvo ocasión de entre­garse a sus habil­i­dades de dan­zarín en la casa de don Ramón Cor­ral May­or de acuer­do con las tradi­ciones orales al respecto.

Se dice que en el salón prin­ci­pal de la casa de las Sil­veira bailó un min­ué con Ana Jua­na Chequea, viu­da de Gue­vara, dama de la sociedad de ese entonces, dan­za­ri­na dis­tin­gui­da y pro­fe­so­ra de bailes de salón de las damas de sociedad. Esta dama fue esposa de Rafael Gue­vara, tenien­do descen­den­cia en famil­ias ampli­a­mente cono­ci­das en Bar­quisime­to, como los Gue­vara Par­tidas, entre las que se cuen­ta la famosa corre­do­ra de autos Car­men Gue­vara Par­tidas, ya fal­l­e­ci­da, cono­ci­da a niv­el nacional como “Doña Bár­bara”. En esa casa  se con­ser­van, de acuer­do con tradi­ciones orales, las cene­fas tri­col­ores de las corti­nas que estu­vieron en el salón prin­ci­pal donde se ofre­ció el baile al Libertador.

En ese sarao depar­tió larga­mente en el patio de la casa entre per­fumes de aza­har y jazmín, con la niña María del Rosario Guzmán Briceño, según lo dice Raúl Azpar­ren en Bar­quisimetanei­dad, per­son­ajes y lugares (1974) o Rosario González Briceño, de acuer­do con Eli­gio Macías Muji­ca, en Sol en las bar­das, 1995), don­cel­la y bel­la quinceañera, quien vivía jun­to con sus padres cer­ca de allí, en la calle Cat­e­dral, donde aho­ra está el edi­fi­cio del Con­se­jo Legislativo.

Una his­to­ria de amor

Se cuen­ta la famosa his­to­ria de amor entre el Lib­er­ta­dor y la agra­ci­a­da María del Rosario. Bolí­var, pren­da­do por la belleza de la damisela, tomó una rosa del jardín y la depositó en sus manos con galantería. Después bailó con ella sola­mente. Al ter­mi­nar el baile, la dama esper­an­za­da en la creen­cia de que volvería a ver a Bolí­var y casarse con ella, luego de un tiem­po, hizo preparar su ajuar de mat­ri­mo­nio el cual ate­soró con afec­tu­osa devoción.

Al día sigu­iente, muy tem­pra­no, sal­ió Bolí­var de Bar­quisime­to con los cuer­pos de infan­tería y sus ede­canes para nun­ca más volver, pues murió nueve años después de aquel baile, cuan­do ella tenía 24 años de edad. Dicen que la señori­ta des­de ese momen­to has­ta su ancian­idad le guardó luto cer­ra­do, reclu­i­da, silen­ciosa, como en una lán­gui­da som­bra y con­servó la rosa que le obse­quiara Bolí­var durante muchos años has­ta su muerte y con la flor, ya mar­chi­ta entre sus manos, fue sepul­ta­da (Azpar­ren, Raúl, 1974).

La real­i­dad documental

Veamos aho­ra lo que nos dicen los amar­il­len­tos lega­jos doc­u­men­tales que indi­can inequívo­ca­mente la real­i­dad de los hechos. Par­tien­do del ter­re­mo­to de 1812, ten­emos que el más antiguo doc­u­men­to reg­istra­do en relación con la casa de las Sil­veira data del 10 de octubre de 1854 y cor­re­sponde al tes­ta­men­to de Fran­cis­co de Paula Escalona. En tales lega­jos se man­i­fi­es­ta que para el momen­to de redac­tar el tes­ta­men­to en 1854 la vivien­da en cuestión era su casa de habitación:

 “= Ítem. Declaro como bienes de mi propiedad la casa en que vivo en esta Ciu­dad, otra pequeña con­tigua que está en la esquina, y la que lla­man la Azotea.”

(Reg­istro Sub­al­ter­no de Bar­quisime­to. Libro de pro­to­co­los N° 4. Folios 3 al 5).

Esta casa, jun­to con otros bienes, fue lega­da por Fran­cis­co de Paula Escalona, casa­do con María del Car­men Alvara­do, a sus hijos Manuel María, José Ilde­fon­so, Juan Luis y María Rafaela Salomé y luego de la par­ti­ción de los bienes hereda­dos, de acuer­do con el doc­u­men­to de división y adju­di­cación del 21 de diciem­bre de 1858, que­da asig­na­da a Manuel María Escalona (Reg­istro Sub­al­ter­no de Bar­quisime­to. Libro de Pro­to­co­los N° 11, diciem­bre de 1858. Folios 3 al 4).

Más tarde, en 1860, esta casa sería ven­di­da por la suma de 4.000 pesos a José Anto­nio Bar­rios. En el doc­u­men­to de ven­ta aparece la ubicación:

“(…) hacia el poniente del antiguo tem­p­lo de San Fran­cis­co, hoy en fábri­ca, lin­dan­do la casa y su solar por el Ori­ente por ese mis­mo tem­p­lo, calle de por medio; por el Poniente con casas en fábri­ca y solares de Fer­nan­do Ávi­la y Manuel Otero; por el Norte con casa de Rafael María Gue­vara y por el sur con casas de Pra­jedes Piñero y María del Car­men Mogollón”.

(Reg­istro Sub­al­ter­no de Bar­quisime­to. Libro de Pro­to­co­los N° 7, 19 de junio de 1860. Folios 1 al 4).

José Anto­nio Bar­rios, nue­vo dueño de la casa adquiri­da, era nat­ur­al del pueblo de indios de San­ta Rosa del Cer­ri­to y pertenecía al esta­men­to social de com­er­ciantes locales en ascen­den­cia. Poseía cier­tas mod­estas propiedades urbanas, aunque no com­pa­ra­bles en cuan­tía y exten­sión con las de los opu­len­tos y prósper­os propi­etar­ios de la élite bar­quisimetana ante­ri­ores y pos­te­ri­ores a la época colo­nial, como lo era el mis­mo Fran­cis­co de Paula Escalona y sus herederos (Moli­na, op.cit. p. p. 26–28), por lo que no es de extrañar que haya podi­do dispon­er de posi­bil­i­dades pecu­niarias para adquirir la casona de los herederos de Fran­cis­co de Paula Escalona, ubi­ca­da en una zona muy exclu­si­va de ciudad.

Por tradi­ciones orales lle­vadas por la famil­ia Sil­veira indi­can que llev­a­ba el apel­li­do Bar­rios por ser descen­di­ente de uno de los fun­dadores de Bar­quisime­to, don Damián del Bar­rio. Sin embar­go, de acuer­do con Moli­na (op.cit, p. 32), muy prob­a­ble­mente sería descen­di­ente de los indí­ge­nas gay­ones, que des­de los orí­genes del pueblo de San­ta Rosa con­sti­tuían el núcleo prin­ci­pal de los pobladores.

Manuel Sil­veira Huizi

Pal­ma­cia Bar­rios Yépez Melo

Al con­traer mat­ri­mo­nio José Anto­nio Bar­rios con Pal­ma­cia Yépez Melo, bar­quisimetana de nacimien­to, estable­cen su hog­ar en la cita­da vivien­da a par­tir de julio de 1860, donde nac­erían sus tres hijos, Ana, Pal­ma­cia y Juan Bautista. Para 1890 la hija Pal­ma­cia Bar­rios Yépez obtiene vín­cu­lo mat­ri­mo­ni­al con el doc­tor Manuel Sil­veira Huizi, naci­do en Gua­nare y quien había real­iza­do el bachiller­a­to en el cole­gio San Agustín de Bar­quisime­to. Luego se trasla­da a Cara­cas a con­tin­uar estu­dios de Dere­cho en la Uni­ver­si­dad Cen­tral de Venezuela, obte­nien­do el gra­do de abo­ga­do en 1883 y pos­te­ri­or­mente se establece en Bar­quisime­to en el ejer­ci­cio de su profesión.

Es dable supon­er que en la déca­da de 1890 el mat­ri­mo­nio Sil­veira Bar­rios habría de comen­zar la con­struc­ción de una casa inde­pen­di­ente, al lado de la casa mater­na de Pal­ma­cia Bar­rios, en un ter­reno de más de 600 met­ros cuadra­dos, cedi­do por su sue­gra, doña Pal­ma­cia Yépez, viu­da para ese entonces, que cor­re­spondía al solar y cabal­ler­iza de su casa de habitación. Para 1894 nac­ería la pri­mogéni­ta Emma y luego sus her­manas María, Blan­ca y los her­manos varones Manuel, Oswal­do y Rafael Silveira.

Otras real­i­dades

En el tes­ta­men­to de Fran­cis­co de Paula Escalona de 1854, de acuer­do con lo afir­ma­do por Querales (2010), no que­da claro que su casa de habitación fuese ante­ri­or al ter­re­mo­to de 1810, al declarar que “…cuan­do me casé apor­ta­mos al mat­ri­mo­nio diez mil pesos cada uno en dinero, casas, tier­ras y semovientes e inmue­bles que todos o la may­or parte de ellos se perdieron por el ter­re­mo­to y guer­ras acae­ci­das des­de el año de mil ochocien­tos doce has­ta la fecha”. 

Que la ciu­dad quedó dev­as­ta­da en sus con­struc­ciones, avala lo afir­ma­do por William Duane en 1822. Querales (op. cit. p. 100) men­ciona un doc­u­men­to del 12 de noviem­bre de 1831 y se tra­ta de una cor­re­spon­den­cia del jefe políti­co del can­tón Bar­quisime­to dirigi­da al vic­ario capit­u­lar, en relación con la demar­cación de un nue­vo espa­cio para edi­ficar una nue­va igle­sia par­ro­quial (la Con­cep­ción), cuyos escom­bros per­manecían des­de hacía 19 años atrás des­de la época del ter­re­mo­to, ubi­ca­dos en los cimien­tos del mis­mo y enmon­ta­do sitio.

En la car­ta se men­ciona el hecho de que la zona cir­cun­dante a la Plaza May­or de Bar­quisime­to era “un desier­to que a dis­tan­cia de tres cuadras por lo menos en cir­cun­fer­en­cia, solo hay dos casas pertenecientes la una al pár­ro­co José Anto­nio Meleán y la otra a Pbro. Mtro. Macario Yépez…”, lo que indi­ca feha­cien­te­mente que toda la pequeña ciu­dad en ese momen­to (1835) per­manecía en ruinas y no se men­ciona para nada la exis­ten­cia en pie de la que mucho tiem­po después sería la casa de las Sil­veira, sien­do que sería una casa promi­nente en esa zona que abar­ca­ba las tres cuadras men­su­radas y que supues­ta­mente habría resis­ti­do el ter­re­mo­to total o parcialmente.

 De acuer­do con Moli­na (2014, op. cit. p. p. 26–27) y de Querales (2010, op. cit. p. 100) de la lec­tura del doc­u­men­to se obje­ta o se pone en tela de juicio la afir­ma­ción de Macías Muji­ca que en ese mis­mo año de 1860 se había estable­ci­do el primer sem­i­nario de la dióce­sis de Bar­quisime­to y que des­de 1845 había fun­ciona­do una logia masóni­ca. Tam­poco hay for­ma de aut­en­ticar doc­u­men­tal­mente si fue hos­pi­tal de san­gre durante la guer­ra inde­pen­den­tista, si allí fun­cionó la ofic­i­na de rentas munic­i­pales en la Colo­nia o si fue cár­cel real con sótano donde se recluía a los pre­sos por temor a los ter­re­mo­tos o si existía un túnel que conecta­ba la casa con la igle­sia y el con­ven­to de los franciscanos.

Otro detalle que se mues­tra en el momen­to de la ven­ta de la casa que Manuel María Escalona vende a José Anto­nio Bar­rios en 1860, es que esta se encon­tra­ba en reparación o refac­ción, con el com­pro­miso de arreglar­la a su cos­ta antes de entre­gar­la efec­ti­va­mente al com­prador José Anto­nio Bar­rios. Asimis­mo, en ese doc­u­men­to se asien­ta que el “antiguo tem­p­lo de San Fran­cis­co” esta­ba en fábri­ca, así como las casas veci­nas de Fer­nan­do Ávi­la y Manuel Otero, lo que indi­ca que esa zona en par­tic­u­lar esta­ba todavía en un pro­ce­so de trans­for­ma­ción, 48 años luego del ter­re­mo­to de 1812.

 Es así que todo este asun­to de las ver­siones orales sobre la casa de las Sil­veira, los bailes y agasajos a Bolí­var, no están com­pro­ba­dos doc­u­men­tal­mente, por el hecho de que las mis­mas, aunque coetáneas con los hechos descritos y que cir­cu­la­ban de boca en boca, fueron reg­istradas mucho tiem­po después. Y resul­ta sig­ni­fica­ti­vo que acu­ciosos his­to­ri­adores y cro­nistas como Gumersin­do Giménez en 1877, Telas­co A. MacPher­son en 1883, Eliseo Sotel­do en 1910, así como otros más cer­canos a la actu­al­i­dad como R. D. Sil­va Uzcátegui y Fran­cis­co Jiménez Uzcátegui, no men­cio­nan los tales bailes ofre­ci­dos a Bolí­var en la casa de las Sil­veira y en la de don Juan de Ama­r­al o de don Ramón Cor­ral May­or. El úni­co que por vez primera los men­ciona es Azpar­ren, sin ofre­cer ref­er­en­cias doc­u­men­tales de dónde obtu­vo tales infor­ma­ciones en 1974 (Querales, 2010, Moli­na, 2014, op, cit), por lo que toca seguir inves­ti­gan­do en los reg­istros y notarías en búsque­da de datos que aporten luces sobre este intere­sante tema y el val­or que tiene la tradi­ción oral en la memo­ria barquisimetana.


Ref­er­en­cias
Azpar­ren, Raúl (1974). Bar­quisimetanei­dad, per­son­ajes y lugares. Bar­quisime­to: CANTV.
Duane, William (1968). Via­je a la Gran Colom­bia en los años 1822–1823.Tomo1. Cara­cas: Insti­tu­to Nacional de Hipódromos.
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Por­ta­da: Casa antigua del cas­co históri­co de Bar­quisime­to. Foto. Arq. Cesar Rodriguez (2014).

 

Omar Garmendia

Escritor. Ensayista. Cronista de libre ejercicio. Profesor Titular UCLA, Doctor en Educación y Magister Scientiarum en Lingüística blogculturaomar.blogspot.com

Un comentario en «La casa más antigua del casco histórico de Barquisimeto»

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